“VARONÍA O MACHISMO. ANVERSO Y REVERSO DE LA MASCULINIDAD”

Una delicia, lengua española aderezada con salsa americana…

Salvador Juan Vallone ©®

“VARONÍA O MACHISMO.
ANVERSO Y REVERSO DE LA MASCULINIDAD”
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El justificado desprestigio del machismo no cesa de crecer. Amerita sobradas razones para eso. Grupos de militantes promotoras de la igualdad de los sexos lo definen así: «Conjunto de actitudes y prácticas transmitidas generacionalmente y llevadas a cabo en pro del mantenimiento de órdenes sociales en que las mujeres son sometidas o «discriminadas». Otra pasada en limpio: «Conjunto de leyes, normas, actitudes y rasgos sociales y culturales del hombre, cuya finalidad, explícita y/o implícita, ha sido y es producir, mantener y perpetuar la opresión y sumisión de la mujer en todos los niveles: sexual, procreativo, laboral y afectivo».

Esas actitudes y prácticas son demasiado conocidas como para ventilarlas ahora. A todo esto, tantos cascotazos contra el machismo nos hacen perder de vista su contracara. Es que el sexo masculino (o ‘género’, según se prefiere ahora decir) no se agota en esa abominable actitud despectiva hacia el otro sexo (o género). Allá en un rinconcito, sin alardes ni vocinglerías, segura de sí, con sonrisa inalterable y gesto bonachón, ocupa su lugar la faceta límpida de la masculinidad.

Se trata de LA VARONÍA.

Cotejemos.

  • El machista, jaqueado por sus propias inseguridades, procura modelar a la mujer «a gusto y piacere».
  • El varonista se empeña en que la mujer sea, genuinamente, ella misma.

  • El machista anda siempre a la caza de eventuales errores que pueda cometer la mujer, para refregárselos por el rostro y hacer que se sienta inútil.
  • El varonista comienza por reconocer sus propios errores. Luego, si detecta alguno en la mujer, se lo hace notar amablemente, como si estuvieran aprendiendo juntos.

  • Al machista le conviene la mujer propensa a los estados depresivos y autodescalificadores. Eso lo salva de competir y de que salgan a la luz sus propias imperfecciones e insolvencias.
  • El varonista acompaña amorosamente esos estados, y trata de que ella vaya superándolos por sus propios medios, poniéndole en resalto cada uno de sus méritos y sus valores.

  • Al machista le temblequean las piernas y el bolamen cuando se cruza con una mujer inteligente, racional, analítica, gustosa de escarbar en cada tema hasta llegar a su origen. Es porque él está acostumbrado a reducir los asuntos de la vida a nociones cerradas y frasecitas hechas.
  • Para el varonista es un festival toparse con una mujer de tales características. Mantendrá con ella conversaciones mutuamente abastecedoras. Intercambiarán opiniones y conocimientos sin polemizar ni tratar en momento alguno de imponer sus respectivas opiniones.

  • Para el machista, su aporte a un logro de la mujer, con el exclusivo fin de que ella contraiga una deuda de gratitud, nunca dejará de ser echado en cara ni de ser propagado entre las relaciones.
  • El varonista irá acompañando prudentemente a la mujer, creando y recreando las condiciones para despejarle el camino de obstáculos, y que así ella pueda dedicarse por entero a ese objetivo. Y jamás se atribuirá méritos.

  • El machista detesta todo progreso e independencia de la mujer en el estudio, el trabajo, la economía o el ascenso en la escala social. Necesita que ella permanezca siempre en segundo plano, a la sombra de él.
  • El varonista hará todo lo que esté a su alcance para, si fuera necesario, aportar al éxito de ella. Y nunca dejará de alentarla ni de complacerse por cada logro.

  • El machista se muestra reacio a que la mujer cultive amistades o vínculos que él no pueda controlar. Su temor a perder en las comparaciones registra grado de enfermizo. No ahorra críticas ni observaciones insidiosas.
  • El varonista respeta y estimula la apertura de ella hacia gente variada que la enriquezca afectiva e intelectualmente.

  • Al machista le conviene la mujer indefensa, abandónica, sin recursos, para lucirse y para que ella deba besarle la mano con que él, desde lo alto, le arroja sus limosnas.
  • El varonista le tributará trato de reina. Y se manifestará agradecido por la oportunidad que ella le dio de ayudarla.

  • El machista encubre sus fragilidades y sus necesidades de figura materna bajo un empaque de forzada reciedumbre. Jamás recurrirá a la opinión de la mujer para tomar una decisión ni atenderá advertencia alguna que ella le exprese, aun considerándola sensata.
  • El varonista expone francamente su natural demanda de complemento femenino. No siente menoscabo en su hombría por el sano «destete irresuelto» que lo impulsa a buscar amparo en caso de precisarlo. Tampoco, por pedir opiniones y atender advertencias de la mujer.

  • En trance íntimo, el machista dará exclusiva prevalencia a su goce. En vez de autogestionarse a mano activa, se valdrá de la mano sustituta que localiza en el supremo atributo femenil.
  • El varonista se esmerará en explorar cada pliegue y repliegue corporal de su compañera. Una vez detectados los reflejos querendones, se aplicará a honrarlos minuciosamente. El deleite y la multiorgasmia de ella son compromisos de honor para un varonista cabal. Al cesar el «tsunami», arrullarla en sus brazos mientras la homenajeada va volviendo en sí constituye uno de los momentos sublimes de la varonía. En cuanto a su propio placer, el de él, puede esperar.

  • El machista, acorralado por su propia insignificancia, agobiado por su insoluble pequeñez y enceguecido por su miserable necesidad de tener, sorda y neciamente, unívoca razón, no vacila en cometer agresión física contra la mujer. «Ponerle la mano encima» representa un parche para su harapienta autoestima
  • El varonista posa su mano en el cuerpo de la mujer para darle palmadas de apoyo, protección, camaradería o consuelo; para acariciarla, propocionarle masajes, masajitos y masajazos, encenderle a llama viva los puntos erógenos, recorrerla a pellizquitos, repulgarla a cosquillitas, despeinarla juguetonamente, tomarla tiernamente de la mano y besársela ceremoniosamente, subirla «a upa», llevarla «a caballito», trenzarse con ella en jocosas luchas, propinarle cariñosos culichirlitos, esmerarse en el enjabonado y el enjuague, esparcirle protector solar, llevarla del brazo, de la cintura, abrazarla, rodearle la cintura para bailar apretaditos. Y más.

  • El machista, carente de recursos seductores, instigado por un morboso afán posesivo, y desprovisto de valores humanos esenciales, fuerza sexualmente a la mujer como si se tratara de una pieza cárnica depredable.
  • El varonista «deja fluir» hasta que la mujer se muestre ciento por ciento dispuesta. Noventa y nueve le resulta todavía poco a un varonazo íntegro.

Si se trazara un gráfico con los puntos cardinales de la varonía, ellos serían: NOBLEZA, GRACIA, SENSIBILIDAD, ESTILO.

Póquer de ases.

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Autor: Salvador Juan Vallone ©®

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