De la tierra a la luna…

A ciento cuarenta, noté una anomalía en el empuje del motor tras el que oí un pitido; de repente, una brusca caída de potencia… Me había quedado sin aceleración, sin reprise… Había bajado a cien kilómetros por hora pese a que pisaba a fondo el acelerador… Trasteando alarmado los botones del salpicadero y del volante, descubrí que, al menos, podía controlar la velocidad fijándola con el regulador electrónico; pero sólo a cien, o ciento diez como mucho…

Preocupado, aminorando aunque sin detener la marcha, comprobé minucioso el funcionamiento del resto de los elementos críticos del vehículo… No era mal síntoma el que los sonidos y rumores del motor fuesen normales; los niveles de la temperatura o del aceite tampoco planteaban problema alguno; la batería y el sistema eléctrico funcionaban con aparente normalidad; también la dirección, y los frenos… Mi diagnóstico -experimentado aunque dudoso ya que no soy mecánico- concluyó que, seguramente, debía de ser un problema de los inyectores del combustible… Y solo por eso, sabia yo, no se rompía un coche…

Llevaba unos doscientos kilómetros desde que salí de Villafranca del Bierzo, y estaba a casi otros doscientos de Madrid; por lo que hasta mi casa quedaban como seiscientos más… Ochocientos kilómetros del tirón y no había hecho ni una parada… Aquella mañana, extrañamente, se me había ocurrido llenar hasta los topes el depósito…

Era tan solo un chivato en rojo: STOP

No estaba seguro de si parar o no el motor cuando, en ese instante, me vino a la cabeza una experiencia que tuve con mi, ya legendario, Seat 131 Supermirafiori 1430…

Os cuento:

Camino a Valencia en aquel coche, estaba ya a unos ochenta kilómetros de casa cuando, bruscamente, en el leve repecho de una solitaria carretera nacional, me espantó el sonido de un fuerte impacto; como un estampido metálico, pareceríase a un disparo… Aferrado al volante, también sentí en mis manos la violenta vibración de aquel impacto; como en el motor, un martillazo; como si hubiese golpeado con una piedra en medio de la carretera, o más bien con algo metálico… Pero estaba seguro de no haber chocado con nada…

A partir de ese momento, aquel motor herido de muerte, comenzó a aullar un lamento en forma de chirrido agudo y metálico; chirrido que se tornaba insoportable al intentar acelerarlo, tan solo un poco… Pero no se paraba el jodido…

En aquella época los seguros no funcionaban como ahora. Ni soñábamos con teléfonos móviles o grúas disponibles veinticuatro horas… Si tenías una avería, tenías que buscarte la vida y pedir, de una manera u otra, la ayuda de algún paisano… Quedarte tirado con una carriola segunda mano como la mía, e intentar transportarla y repararla, podía costarte más caro que comprar otro coche similar. Y yo ya sabía, que mi coche estaba del todo desahuciado…

Por ello, antes que quedarme tirado ‘tan lejos’, decidí darme la vuelta y deshacer los ochenta kilómetros hasta mi casa.

Mi coche y yo, lenta y trabajosamente, nos arrastrábamos apenas a treinta por hora por aquella carretera encrespada y sinuosa… Era casi imposible acelerar; sólo podía aprovechar, en primera o en segunda marcha, alguna cuesta abajo, y el leve empuje del ralentí agónico de aquel sacrificado motor… Finalmente, poco a poco, los niveles de la temperatura y del aceite fueron saltando por los aires…

Casi tres horas tardé en arrostrar mi coche, ya fúnebre, al taller; lugar donde solo pudieron certificar su heroica defunción… Mi mecánico no podía creer que, tras ochenta kilómetros agónicos, aquel vehículo me hubiera traído de vuelta indemne, sacrificando hasta la última gota de sus vitales fluidos lubricantes… Una biela ajada y torcida, había destrozado no se yo qué parte vital de ese motor ahora desangrado e inerme. Pero me había traído, el jodido…

El caso es que al motor de mi viejo coche, lo sacrifiqué yo, parándolo para siempre en aquel taller; a poco más de cien metros de la puerta de mi casa…

Aquel recuerdo determinó mi decisión de no parar tampoco ahora el motor de mi Renault… Tenía que llevarme también a mi casa, pero aquel chivato imperativo mantenía su orden: STOP…

Seguí mi instinto; y mantuve el motor encendido y vivo, tomando la determinación de permanecer atento a cualquier alerta de fallo grave, que pudiera truncar definitivamente mi perentorio viaje de vuelta.

Al menos seis horas más del tirón, mantuve la tensión de tan inolvidable viaje de vuelta hasta que, ya frente la puerta de mi casa, y cual jinete que palmea agradecido el cuello de su caballo tras un gran esfuerzo, me sorprendí dando unas palmaditas cariñosas en el salpicadero mi coche…

Apagué el motor…

Al día siguiente, cuando lo arranqué de nuevo, comprobé que había desaparecido todo rastro de avería o problema alguno; como un reloj… Ciento treinta caballos, y casi intactos todavía.

Confieso que le he tomado cariño a mi coche, y he hecho un pacto con él:

si no me lleva al taller, yo no lo llevo al rastro…

Trescientos ochenta y cuatro mil kilómetros; ninguna avería mecánica reseñable…

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Antonio Rodríguez Miravete

2 comentarios sobre “De la tierra a la luna…

  1. pues aqui me he sentido identificada con un coche que tuve hace algunos años cuando ni manejar sabia y ademas estaba endemoniado ajjajajaj …Excelente historiaaaa…ya me da miedo decir que me rio tanto!!!

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