El Buey, y el tocino de cielo

Resultó una excelente cena, de lo más coqueta y sin mucho aspaviento culinario; sencilla… El pulpo, diríase estofado, acomodaba su sabor maravillosamente rodeado de unos sedosos corazones de alcachofa, cuidadosamente perfumados con especias, y confitados hasta el deleite… Mi entrecot, maduro, magistral como siempre, hizo justicia y merecer la altura de la fama del local… Y por último, el rodaballo mimado al horno que Manuela pidió, también resultó mullido y perfecto para lo sibarita de la comensal…

Pero, fue en los postres…

Sin dudarlo, al oír la sugerencia de Pilar elegí el tocino de cielo, ignorando el resto de las excelencias del abanico de postres… Pero, al instante, me percaté del leve guiño renuente de Manuela desaprobando discretamente mi elección… Por ello, como mi intención era la de compartir el postre, cambié mi ilusionada elección inicial, por otra más mundana y más acorde a su gusto: helado de turrón…

¿Qué se le va a hacer…?

– Muy bien: helado, de turrón. En seguida…

Ay, el destino… Agradezco la conjura de casualidades que produjo una tan maravillosa carambola…

El caso es que Pilar, de manera providencial se equivocó, y por bendito error, trajo a la mesa mi elección primera: el tocino de cielo… Tras un momento de duda y el cruce de una mirada indulgente y comprensiva con Manuela, decidí, que no iba a hacerles el desaire ni causarles la molestia de que me cambiasen el plato. Ese error parecía como una señal, insistente, de que quizá, no debía de irme sin probar ese postre…

Y ahí empezó todo… Un carrusel de olvidos infantiles, me embistió desde la primera cucharada; como a Antón Ego en la maravillosa película de Ratatouille… Pareció como que una puerta, en algún recóndito zaquizamí de mi memoria instintiva, se abriese… Recovecos íntimos repletos de borrosos recuerdos; lugares donde guardamos, casi como tesoros olvidados, rastros de antiguos olores y sabores perdidos; quizá también aquellos besos que no dimos; y seguro que ciertos ánimos añorados, precisamente también por perdidos…

Y de entre esas memorias rescatadas distinguí a mi madre, guardando como oro en paño aquellas yemas de huevo sobrantes, después de elaborar con sólo las claras, los níveos merengues batidos de sus celebradas, legendarias, y ahora añoradas tortadas de novia… La rememoré, remangada y ataviada con aquel entrañable delantal raído, heredado, de pequeños cuadros blanquinegros; siempre espolvoreada de harina, de canela, polvo de chocolate, o de azúcar glas… Sus manos diestras, empalagadas hasta los codos de pegotes de masas palpitantes, de chorreones de confites y merengues…

A los pocos días, y con solo el rechazo de aquellas cándidas yemas, únicamente azúcar, y el punto de cocción, creaba mi madre una ambrosía realmente excelsa y sublime: el tocino de cielo…

De las volutas de mi memoria rescaté, incluso, aquel ‘toque secreto’ que convertía ese dulce de yema de mi madre, en el mejor que yo haya probado nunca… Me vi, a fuego lento, removiendo parsimonioso aquella mixtura olorosa, hasta que ella, sentenciaba el punto justo de cocción…

Cucharadas lentas de tan delicado colofón de yema… Suavidad como de besos golosos y melosos, exquisitos… Textura suave, pero densa, como de dulce nube espesa… Sabor prístino, solo a huevo y caramelo… Sorpresa de almendra tostada al fondo…

Aquel baile de sentidos y recuerdos, hicieron de mi cena un rato realmente maravilloso…

Y un buen whisky al final…

Gracias Pilar… Y gracias Moisés.

Y gracias, Manuela…

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

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