Murieron tres…

El revolcón de aquella bestia metálica, esparció los cuerpos de mis hermanos como las esquirlas de la desgracia de una tragedia…

Y seguía lloviendo…

Desperté aturdido; tardé, en darme cuenta de que estaba tumbado en una estrecha camilla, de aquellas de hierro y lona verde; en la parte de atrás de un furgón… Olía mal…

Oscurecía cuando sucedió… De forma borrosa y embotada, solo podía percibir la penumbra raquítica, mortecina, de algún piloto encendido en el interior lúgubre de aquel vehículo… Alarmado, me di cuenta que, pese a que me esforzaba, no podía enfocar mi vista con nitidez… Intenté incorporarme cuando me detuvo, en seco, la puñalada de un dolor infame que me traspasaba la cabeza…

Y recordé el golpe en la cabeza; los golpes… Como dados en un cubilete de hierro; sacudidos por una mano implacable…

Ensartado por ese dolor en mis sienes, tuve que dejarme caer, lentamente, cerrando y apretando los ojos… Así, intenté evitar esa punzada que se me atornillaba en la cabeza… Encerrado en la completa oscuridad de mis párpados, de nuevo tumbado, crucé las manos descansándolas sobre el pecho; y comencé a controlar mi respiración… Pretendía relajarme y aplacar, tanto aquel dolor, como la ansiedad y el espanto que iba cada vez más provocándome, el ir recordando lo sucedido…

Dieciocho toneladas blindadas de hierro bruto, y al menos otra por cada una de sus seis ruedas macizas, hicieron ceder aquel funesto camino de tierra por el que, en hilera, cruzábamos una pequeña vaguada… Cerrada, la curva a la derecha; también el precipicio… La lluvia, llevaba muchos días encargándose del sabotaje de empapar y ablandar aquella senda de mierda… Lluvia asesina, esperando emboscada nuestro paso faltal.

Maldita lluvia…

Cuando casi la mitad del monstruo metálico tenía ya, sus dos primeras ruedas fuera y a salvo de la puta curva, aquel castigado camino empezó a ceder, derrumbándose, haciendo inútil la tracción del resto del acorazado… La mole, comenzó a caer por la pendiente, volteando sobre sí misma, retorciéndose en un doble mortal y medio macabro…

Cinco segundos y dos violentas vueltas completas, para quedar de nuevo en pie, allá abajo, incólume; tambaleándose sobre sus seis poderosas ruedas… Abollado el monstruo por los tremendos golpes; reventadas y abiertas todas sus escotillas, quedó situado en medio de un caos de escupitajos humanos, arrojados cual muñecos a través de aquéllas…

..

Un incómodo pitido zumbaba inmisericorde en el interior de mi cabeza… Apreté mi nariz, y después de notar esa descompresión que nos alivia el oído interno, pude apenas comenzar a escuchar un pandemónium de carreras, motores, gritos, lamentos, blasfemias… De fondo, percibía los sonidos del crepitar de unas grandes hogueras, cuyos fulgores a través de las ventanillas pude ir distinguiendo, a medida que recuperaba la nitidez de mi vista maltrecha… El retumbar doloroso de los latidos de mis sienes, también fue cediendo, por lo que para pedir ayuda intenté gritar… Solo pude emitir una especie de patinazo vocal, un extraño gallo desgañitado…

Y, en ese momento, me dí cuenta, de que no estaba solo en aquel vehículo…

Envuelto en la penumbra, escuché un estertor; un intento de voz ahogada… A la vez, paralizado, sentí el palpar lento, de una mano en mi pierna izquierda… El susto y la impresión helaron mi alma…

Ayúdame… Creí entender.

Me incorporé, no sin dificultad, para descubrir espantado que a mi izquierda tenía un compañero de infortunio, y que éste, estaba horriblemente aplastado de cintura para abajo… Sangre y humores, borbolleaban desahuciando su cuerpo empapado… El golpear de aquella bestia, en su caída, había aplastado sus piernas, sus caderas, sus costillas; se moría desangrado, reventado, asfixiado…

Al momento, le reconocí…

Hacía poco más de un mes era para mí un completo desconocido… Ahora, me veía obligado por el destino a contemplar su muerte… Diecinueve años… La fatalidad me había convertido en la última persona de su vida; el responsable de cumplir con su deseo postrero:

“Ayúdame…”

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Hice el ademán de salir del vehículo con la intención de pedir esa ayuda, cuando, suavemente, agarró mi mano con toda la fuerza de su última súplica…

– No, no me dejes solo.

Me lo dijo sereno…

Unos segundos tardé, conmovido hasta el tuétano, en soltarme con mimo de esa mano y volver a tumbarme… Mi cabeza junto a la suya… Llorando en silencio, le abracé, deslizando con cuidado mi brazo izquierdo bajo su cuello. Y volví a tomar, con mi mano derecha, la suya que agarró la mía, ensangrentada…

Así, apagándose, y cogidos de la mano, empezó a susurrarme una retahíla de recuerdos ya turbios, deslavazados: varias veces mentó a su Madre; me contó de un viaje en moto con una tal Lola; dijo no se qué de Villena y de un hermano; y hasta me quiso hablar, creo, que de el mar…

Parecía no tener miedo…

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Como recitando una letanía de sus cosas más queridas, fue consumiendo su hálito último, tras el que soltó, con la languidez del óbito, mi mano…

– Gracias… Le oí.

…y gracias a ti Romerita.

muerte en las hurdes

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras

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4 comentarios sobre “Murieron tres…

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