Sola y borracha

Tuve que atarla o la perdía, y tuve que esconderla o me la quitaban… No podía consentirlo y por eso la tuve así, porque ella era mía… Estaba completamente sola cuando regresó; vagaba, totalmente perdida… Recuerdo cómo, arrepentida y desesperada, desahuciada, me lo pidió ella misma… Y no fue otra cosa que su voluntad, la que en uno de sus escasos momentos de realidad y lucidez, consintió que pasase semejante cosa…

Al principio sufrió sin medida, retorciéndose como una posesa ante mis órdenes o mis ruegos… Blasfemaba como un arriero y gritaba, al sentir que me acercaba siquiera a la sórdida barraca en medio de la huerta, donde en completa soledad, la tenía alejada de ojos y oídos que nunca lo entenderían…

Encerrada… Solo entraba luz en aquella ruinosa barraca a través de dos ventanucos rácanos, ambos fuera de su alcance… Atada a una argolla anclada en la pared -antaño para inmovilizar a las bestias cuando había que refugiarlas en el interior de la vivienda- sólo le llegaba la cadena para sentarse frente una mesa cercana, mear y cagar en un cubo, lavarse en una jofaina, y acostarse en un camastro… Justo, el espacio de un semicírculo de no más de cuatro metros de radio…

Nadie podía saberlo… Furtivamente, dos o tres veces al día, venía todo el tiempo que podía a pasarlo con ella; le traía comida, velas, algo nuevo que leer o una cerveza… Limpiaba un poco, comprobaba si le falta tabaco, fuego, agua, o algo.. Me sentaba a su alcance y esperaba en silencio a ver si con suerte, deseaba mi compañía… Por las noches, nunca me iba hasta que se dormía…

La piedad de ceder al alivio de su agonía y de sus ruegos, tentaba lo férreo de mi voluntad… El hecho de presenciar todos los días ese dolor y esas súplicas, yo ya sabía, que no debían ablandar ni un ápice mi decisión de salvarla, purgándola a cualquier precio; arrancándole aquel puto vicio de cuajo…

Daba igual si chillaba o si lloraba; si sudaba fría como el mármol, o si temblaba hirviendo en fiebre… Yo debía permanecer impasible hasta cuando se golpeaba contra la pared con desespero… Inmutable había de parecer, incluso aunque se abrasaran sus tobillos, erosionados por el hierro de los cepos implacables de aquella cadena que la ataba a mí…

El peso de soportar a solas semejante secreto estaba royéndome las entrañas… Allí la tenía, atada como una perra a una cadena… Pero ya casi estaba a punto… Hacía una semana que había empezado por fin a ceder, poco a poco, al ir permitiéndome ciertos acercamientos…

Casi ni asearse había consentido en aquellas semanas… Pero esa tórrida noche, llené con agua fresca la jofaina, le di dos toallas limpias, y la obligué a lavarse o la amenacé de veras con hacerlo yo… Para respetar su pudor, me retiré a un rincón de la estrechez de aquella barraca en penumbra; pero no pude evitar el asistir, conmovido, a su desnudez…

Y así, a la luz de una sola vela, como al acecho y a lágrima viva, descubrí el espanto del vicio de su condena… Aquel cuerpo en cueros; demacrado, macilento y abusado… Brazos y manos, piernas y pies, horadados sin piedad a la búsqueda ansiosa de un hueco en la vena… Moratones, sangre, y roña en esa carne trémula, infamada… Carne de mi carne…

Me acerqué, y por fin, se me permitió besar aquella frente… Deslicé mi dedo índice bajo su barbilla, y en silencio alcé su cara para que me mirase; y en aquellas lágrimas vi, por fin, redención, contrición, y alivio… Pero sin cantar victoria me marché como todas las noches, sin hablarle; cuando se durmió…

Casi dos meses más tuvo los cojones de estar allí; atada… Seguí llevándole todo lo necesario a aquella barraca que, poco a poco, se transformó de cárcel en refugio… Lugar, donde reencontró la salud y la libertad, ambas dilapidadas y perdidas por la heroína… Droga, y cepos, que fuimos soltando juntos, con dolor, charlas, y paseos matutinos; poco a poco… Y llegó el momento, en el que ya no velaba todas las noches hasta que se dormía… Pero sí amanecí todos los días a su lado, con el solo objeto de llevarle un desayuno decente, y de verla, aunque encadenada, sonreír por las mañanas…

Casi nunca hemos vuelto a hablar de aquello; no ha hecho falta gracias a Dios… Tengo ya nietos de ella y claro, es nuestro secreto…

Que no os engañen…

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras
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