El dilema

Va a hacer nueve años ya, desde que tuvimos que romper la infancia de mis hijas; nueve… ¿No fue suficiente con que inevitablemente, tuvieran que sufrir aquéllo…? No acierto a entender porqué, para hacerme daño a cualquier precio, tiene que volver a avergonzarlas y a hacerlas sufrir con esta infamia…

Después de todo este tiempo, resulta, que el próximo día 21 de este mes de Octubre, a las doce en punto y en la ciudad de Orihuela, como denunciado tengo obligación de asistir a juicio penal en calidad de acusado, onerosa, cicatera y falsamente, de un delito por impago de la pensión de mis hijas…

Y ahora que faltan solo unos días, he de confesar que sí, que ya tengo miedo…

La única manera que tengo de probar mi inocencia ante esta denuncia ratera, es, ni más ni menos, que subir al estrado a mis hijas… Usarlas cual armas arrojadizas como testigos, para que declaren, contradiciendo y por ello acusando a su madre en público y bajo juramento, que han sido siempre ellas las que todos los meses, han ido recibiendo de mis manos y en metálico, la práctica totalidad de la cuantía de esa mensualidad… Haberes que con tanta penuria y esfuerzo -a dios pongo por testigo- les he ido sin falta entregando…

Y mi gravísimo dilema es, que tengo que elegir entre defender legalmente mi libertad, o luchar moralmente por mi hondura y ejemplaridad como padre… Me encuentro ante la decisión salomónica de, o bien asumir el cáliz amargo del oprobio y la prisión; o bien de ser yo también la causa del trauma, que seguro sería para mis hijas el verse en la obligación, de tener que testificar ante un juez contra de las mentiras avaras de su madre. Con ello tal vez conseguiría librarme de la prisión, sí; pero traicionaria el lema que siempre he pretendido inculcar en mis hijas: aquél de que la familia, es siempre lo primero…

No estoy dispuesto, ni a obligar a mis hijas declarar en contra de su madre, ni a consentir que siquiera el juez lo haga… Solo consentiría que fueran su libre albedrío y su conciencia, lo que las hiciese subir al estrado…

Y como tampoco estoy dispuesto en forma alguna a volver pagar, un dinero que ya he pagado, precisamente porque el hacerlo sería aceptar esa espuria acusación de que no lo había hecho antes, creo que, a menos que suceda un milagro, voy a ir a la cárcel… Pagaré, con cárcel.

Me siento tan impotente y tan atrapado, tan enmarañado entre la injusticia y la indefensión de esta denuncia, que hace tiempo decidí plantarme ese día yo solo y a calzón quitado, en la Sala de lo Penal Número Tres de Orihuela… Voy a presentarme allí, siempre con el máximo de los respetos, pero a portagayola… Ni me he preocupado siquiera de disponer o no de abogado, ya que ni lo quiero, ni lo necesito dado cómo de en mi contra están estas leyes… Voy a comparecer, con las armas solas de mis palabras, la tranquilidad de mi conciencia, mis cojones, y mi profunda indignación…

Pero, pese a ésta mi pose digna y chulesca, confieso que necesito alivio y consejo, porque estoy comenzando a temblar ante la proximidad de los padecimientos de este cáliz que me espera… Cáliz, que no puedo apartar de mí en forma alguna, y cuyos tragos amargos son, precisamente, lo que quiero describir aquí, y ahora…

Antonio Rodríguez Miravete

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