La bicicleta

Era genial. Con seis años, veía a mi padre cual superhéroe llevándome en volandas de aventura en aventura por ahí… Era capaz de meterse por la estrechez de casi cualquier recoveco conmigo, sentado en el macho de su bicicleta… Yo, absorto, miraba hacia abajo mis pies colgando del lado izquierdo del marco; y a los suyos pedaleando; y al camino, que parecía hacerme guiños arrugándose bajo nuestro paso… Todos, nos hemos quedado mirando alguna vez a la carretera cuando pasa bajo nuestro…

El contraviento del aire a su pedalear cadencioso, y la sombra protectora que a mediodía proyectaba su cuerpo al agarrar el manillar inclinándose sobre mí, refrescaban mi ánimo ante el sopor de aquellas tardes de faena y huerta, con mi padre…

¡Qué maravilla a mis ojos aquellos viajes de no sé cuántos kilómetros…! No había cosa mejor que me pudieran proponer, que subir por las tardes con mi padre en su bici… Sentía algo así como la sensación que evoca esa mítica escena cinematográfica, de unos enamorados con los brazos abiertos y en la proa del Titanic… El viento en tu rostro y en el suyo; al frente la aventura y un paisaje maravilloso; y tu amor detrás, cuidando de ti… Mi padre.

Los cañaverales a los lados de las veredas por las que pasábamos, recuerdo que parecían, desde mi perspectiva, correr en nuestra contra… Y a veces se estrechaban tanto las sendas a nuestro paso, que las hojas volcadas de aquellas cañas golpeaban ante nuestra velocidad, como pequeños látigos en los brazos fuertes de mi padre…

Y sus fuertes brazos a cada uno de mis lados, eran mi mejor refugio; pero no le gustaba que me agarrara a ellos mientras montábamos, porque así peligraría nuestro sutil equilibrio… Y por ello, debía asirme fuertemente al manillar, aunque fuera peligroso… Aquel manillar con frenos de varillas de hierro, podía darte un buen y doloroso pellizco en los dedos si te descuidabas… Cosa que yo, ya sabía por experiencia…

Y no podía descuidarme, porque ir en bicicleta así con él era realmente cosa de dos. Por pocos años que yo tuviera… Me acuerdo bien.

Hoy, los niños, van siempre en bicicleta creemos que protegidos por una especie especial de cesta o de jaula; y casi siempre en la parte de atrás de la bici… Con casco, cinturón, coderas y rodilleras. Yo, los he visto con un teléfono móvil fijado a la parte de atrás del tubo del sillín de su papá, y ellos solitos conectados a unos auriculares viendo Bob Esponja… Y hasta con un protector bucal…

Convendréis conmigo, que para un niño no es lo mismo ir delante o detrás en una bici… Y se va mucho mejor delante, sin auriculares y sin protector bucal; os lo aseguro…

Tenía mi padre una relación especial con la tierra que lo había sido del suyo. Y como le gustaba volver a casa razonablemente limpio, se quitaba en la intimidad de su huerto casi toda su ropa de calle.. Lo primero que hacía si era verano era quedarse en cueros, solo a calzón puesto. Y en calzoncillos, tranquilamente, dejaba que el polvo de su propia tierra, el sol, y las ramas de su propio huerto, mancharan, doraran y arañaran su piel… Y empezaba la faena… Cuarenta y tantos años y con una agilidad felina, se movía entre la maraña de arañazos de las ramas de nuestro huerto.

Y ahora, voy a por una mascarilla y a ponerme un supositorio, pero no por miedo al contagio sino por asco… ¡Qué asco, cuánto miedo…!

En fin. Que no os engañen…

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.