LA LIBERTAD Y EL PECADO

Historias de Paco Sanz

Los hombres estamos capacitados para la libertad en la exacta proporción en que estamos dispuestos a controlar nuestros deseos; en la proporción en que nuestro amor por la justicia está por encima de nuestra rapacidad, en la que nuestra corrección y sobriedad de entendimiento está por encima de nuestra vanidad y presunción, en la que estamos dispuestos a escuchar los consejos de los sabios y buenos antes que la adulación de los bribones.

Ni la buena sociedad ni los hombres como Dios manda pueden existir sin que exista un poder hegemónico sobre la tentación de hacer lo que te venga en gana. Las sociedades que son permisivas con los malvados o los hombres de mente intemperante no pueden ser libres. Sus debilidades forjan sus grilletes.

Deo parere libertas est, decía uno de los latinajos de mi juventud. Otro rezaba: Patere legem, quam tibi ipse tuleris. Puede que obedecer a Dios sea la libertad, pero eso de tener que padecer la ley que uno mismo se puso lo tengo mucho más claro. Decía Wilde que podía resistir cualquier cosa menos la tentación. Y Emerson que tenemos la fuerza de la tentación que resistimos. No sé cual de los dos estaba más de broma, claro.

Los médicos echan mucho de menos los atajos de los sacerdotes para estas situaciones. Quisieran poner el pecado otra vez en el lugar que ahora ocupa la enfermedad. En Irlanda e Israel el problema de abuso de drogas es insignificante, mientras que en Suecia y Estados Unidos – y en otros países en los que el consumo de drogas no se considera tentación sino impulso, en términos psiquiátricos en lugar de religiosos, enfermedad en lugar de pecado – el problema es inmenso e ingobernable. Es más, cuando un pecado se convierte en delito, cuando la infracción de los mandamientos divinos en la de las leyes humanas… algo se ha perdido.

El pecado por excelencia es la idolatría, fuente de los demás pecados. Ésta nunca ha sido mayor y más dominante que ahora. Pasa casi totalmente inadvertida, precisamente por ser tan abrumadoramente universal. Está presente en todo. Nada queda fuera de su alcance. Fetichismo de máquinas, propiedades, títulos, privilegios… La bomba, que puede acabar con toda nuestra civilización, es el ídolo final.

Puedo entender que el obedecer la ley sea el fundamento de mi libertad. Pero no me acostumbro nunca a ser indulgente con el pecado de haber permitido que se me imponga la precisión de qué es pecado. No he olvidado las palabras del apóstol: “Todo lo que no nace de le fe es pecado”. Por dejar hablar al salmista: “¡Oh, Dios mío, purifícame de los pecados que ignoro y perdóname los demás!”

Historias de Paco Sanz

Que no nos engañen…

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