Las esperanzas…

Historias de Paco Sanz

¿Cuál es el sueño de los que están despiertos? Sus esperanzas. No es lo mismo esperar que tener esperanzas. La esperanza está de lado del futuro, la espera está arropada en el instante. Uno tiene esperanza, uno confía en que pase esto o aquello, quizás no de inmediato, pero muy pronto. Cuando uno espera, en cambio, uno permanece en un estado de continua presencia, espera que algo que sucede en aquel momento pase, aunque quizás no pase nunca.

En cierto modo sigo esperando, ¡ay!, “pobre barquilla mía, entre peñascos rota, sin velas desvelada y entre la olas sola; ¿adónde vas perdida? ¿adónde di te engolfas? que no hay deseos cuerdos con esperanzas locas”. Decía Zaratustra haber conocido algunos hombres nobles que perdieron sus más elevadas esperanzas. Y a partir de ese momento comenzaron a calumniar las altas esperanzas.

Esperanzas de recuerdos y recuerdos de esperanzas. Cambiarlos, cambiarlas. Los que quieren que el pasado sea diferente del pasado deben estudiar el pasado. El primer paso para librarse de los males de hoy, para encaminarse hacia un futuro mejor es hacerse cuanto antes con otro pasado. Porque el pasado que permite este presente de mierda es necesariamente un falso pasado. Si no ¿cómo podríamos agradecer, recordar o tener esperanzas?

Sólo los muy valientes y los muy tontos pueden vivir sin esperanzas. Los muy pobres no pueden, pobres. Los subproletarios, los hombres sin porvenir están abandonados a la suerte y a vanas esperanzas de una transformación milagrosa del mundo. Los pobres no disponen de un capital simbólico que los inscriba duraderamente en la sociedad. Esta intranquilidad permanente explica las ambiciones soñadas o las esperanzas milenaristas de los más desfavorecidos. Si los juegos de azar son tan corrientes entre ellos es porque reintroducen expectativas finalizadas en caos de la vida sin empleo. Hasta el final de la partida por lo menos el tiempo recobra un orden tranquilizador que la pobreza extrema le quita en todas las demás dimensiones de la existencia social. La falta de porvenir explica los deseos de transformación más extremos. Bourdieu insiste en las ilusiones apocalípticas, a la manera de Marx, que nunca creyó poder colocar esperanzas revolucionarias en el “proletariado con harapos”. Hay que salir de la falsa alternativa entre el “todo es posible” milenarista y el “nada es posible” experimentado dolorosamente por los más pobres. Ni la pérdida radical del mundo, ni la expectativa de su fin constituyen premisas creíbles para la acción política.

De las personas que moderamos nuestras esperanzas locas se ha dicho que nos tomamos las cosas con filosofía. La filosofía, nacida del asombro, se instala en la incomodidad. Ahí es donde reside. Acampa en los callejones sin salida, explora la dificultad de hallar una escapatoria. Permite plantearse la existencia como un patchwork en el que se entrelazan esperanzas y desilusiones, resistencia e impaciencia… sin olvidar evidentemente, dichas y desdichas. Indefinidamente entretejidas unas con otras. Por eso, en definitiva, no dan la felicidad, ¡ni falta que le hace!
Ahora vamos menos al cine, decía Salinas que “La yerba de los cines está llena/ de esperanzas marchitas”. Será por eso. Para seguir pensando en verso: “Huyo del mal que me enoja/ buscando el bien que me falta./ Más que las penas que tengo/ me duelen mis esperanzas”. Feliz de aquél que puede pasar rápidamente de todo esto, o al que una benéfica educación ha provisto ya antes de una clara fantasía, de suerte que esta dulce confusión de su alma no le inspira sino hermosas esperanzas y al final lo conduce, por sobre un suelo encantado, hasta la bella criatura, trocando en deliciosa certeza una fascinante incertidumbre.

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