PRESENCIA DE DIOS

Historias de Paco Sanz

Siempre he pensado que la mejor prueba de la presencia de Dios es la necesidad de agradecer; que el no poder dar las gracias a nadie ni a nada por nuestra alegría, por las buenas cosas de la vida, o al menos por nuestra no tan mala suerte, es una pena. Usar la idea de Dios para otras cosas, como por ejemplo para encontrar sentido a la vida me parece conformarse con un Dios de rebajas, es algo así como creer en su existencia.

En cuanto a la idea de Dios como artífice de castigos y condenas me parece tan repugnante como el rebrote del nacionalismo en Europa ahora que vienen mal dadas. Mis antepasados por la línea paterna en las tierras altas de Soria, que cinco generaciones arriba eran pastores, solían dirigirse a sus hijos llamándoles cariñosamente: “¡Hijo de un condenao!” Y a mi querida compañera de vida y actual amante le ha sonado siempre algo blasfemo decir: “¡Dios te ha castigao!”

En fin, condena o castigo, de Dios o del Azar, que así algunos a Dios le llaman, la peste ha venido; y un poco como la primavera, nadie sabe como ha sido; se ha presentado porque sí.

La manera de morir de estos apestados parece hacer innecesaria la presencia de Dios. Eso de poder agradecer va bien para poder despedirse, para poder morir bien, como Dios manda. El ver cómo se están muriendo estos días nuestros mayores es como para ponerse a llorar. Como diría Campoamor “se ha muerto porque sí otro canario viejo”.

Cuando España era un imperio, Felipe II ordenó que se construyera cerca del Escorial un hospital cuyo reglamento preveía entre otras cosas: “Para dar la extremaunción a los moribundos, que se disponga una habitación aparte, a fin de que ese espectáculo no afecte a los otros enfermos… Cuando uno de ellos está agonizando, que se haga sonar una campana, para que en el monasterio y en el pueblo se rece por él y no muera como una bestia”. Ahora no se puede. Ya no nos preguntamos por quién doblan las campanas; las iglesias, esos monumentos funerarios a Dios, están cerradas, abandonadas, calladas.

Ahora sí que está quedando claro que en esas ciudades vacías, silenciosas como en una película de ciencia ficción, estamos de funeral. Celebrando el funeral del mundo de antes de lo del maldito virus y la madre que lo parió. El ocaso de ciertas teorías se produce por muerte lenta, y si procede tan despacio es porque, como apuntó en su día Max Planck, los investigadores más veteranos suelen aferrarse a las viejas maneras de hacer ciencia. “La ciencia progresa de funeral en funeral”. La física que aun desconocemos tiene mucho margen para ponerse en contra de nosotros. La biología, por lo visto, más todavía.

Vuelvo a mis cosas esenciales, al despertar de las viejas poesías que permanecían dormidas en los recovecos de la mente, al ver lo que veo desde mi ventana: “Estos, Fabio, ¡ay dolor! que ves ahora,/ campos de soledad, mustio collado,/ fueron un tiempo Itálica famosa./ De su invencible gente,/ sólo quedan memorias funerales/ donde erraron ya sombras de alto ejemplo./ Este llano fue plaza, allí fue templo,/ de todo apenas quedan las señales”.

“Yo he dicho que el alma no vale más que el cuerpo,/ y he dicho que el cuerpo no vale más que el alma/ … y aquel que camina una sola legua sin simpatía camina amortajado hacia su propio funeral./ Yo digo a todos los hombres y mujeres: Serenad y componed vuestra alma ante un millón de universos”. Walt Whitman cantándose a sí mismo.

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