EN FRANCA RETIRADA

Historias de Paco Sanz

A los que nos había tocado retirarnos del mundanal ruido, y que además no necesitamos salir de casa para trabajar, eso de tener que quedarnos en ella es un mal menor. Si encima somos más asociales de la media, pues parece que nos estuvieran dando nuestro merecido. Aunque no es lo mismo no salir de casa o no relacionarse porque no quieres que porque no te dejan. Algunos a eso no le acabamos de ver la gracia. Así que en cómo lo estarán llevando los demás mejor no pensar.

El uso de metáforas bélicas para describir esta situación en la que estamos no es afortunado. Por mucho que estemos en franca retirada. La retirada ordenada de un posición insostenible es la quintaesencia del arte de la guerra; todos los buenos estrategas han sabido eso, y todos los bisoños lo han olvidado. Vamos cambiando de estado de ánimo, de maneras de aburrirnos como el hombre ante la muerte. Negación, ira, negociación, depresión, aceptación. Hay algo así en la sucesión de aburrimientos:

El indiferente: Uno se retira del entorno, se relaja, no está y está bien de esa manera. El de calibración: Uno no se plantea hacer otra cosa, pero tiene la mente en otro sitio, está algo incómodo, deja de estar satisfecho. El de búsqueda: Uno está inquieto, mira la salida, el móvil, hace lo posible por hacer otra cosa. El reactivo: Llega el mal gesto, el malhumor e incluso la agresividad. El apático: La persona resignada desconecta, se rinde resignada a su destino. Al aceptar la muerte o el confinamiento jugamos a eso.

Antes de que el del hospital te diga que no estás para intubarte a los jubilados ya nos habían sacado de en medio. Cuando el funcionario te dice que no puedes tener más sueldo que el de la jubilación lo que está haciendo es retirarte de la circulación, descatalogarte. Lo que en los pueblos se decía antes del que no tenía trabajo: “está de más”. De hecho antes en los pueblos no tocaban a muerto, “tocaban a clamor”. Para la misa de difuntos se tocaba un clamor. Cuando moría una mujer se tocaban dos clamores. Cuando moría un hombre se tocaban tres clamores. Cuatro, si se moría un sacerdote.

La verdad es que con eso de la pérdida de las libertades sí parece que estemos en guerra. Entre las libertades que de manera casi inevitable se pierden en tiempos de guerra se encuentra la libertad de desesperar a propósito del futuro del país en el que uno casualmente reside, e incluso del futuro mismo del ser humano. El pesimismo pasa a ser una suerte de traición; prevalece un optimismo casi obligatorio. Ayuda en la lucha.

En la Última Guerra Mundial a lo largo de cuatro años todo lo que se publicó en la prensa francesa como en la inglesa, tuvo que concurrir con un pronóstico optimista sobre el resultado final de la contienda. Las retiradas a gran escala y los desastres imprevistos e indeseables tuvieron que presentarse al público como si fueran parte de una estrategia general concebida con especial brillantez. Hubo que dar a entender que en la época de posguerra se fundarían formas y estructuras políticas capaces de garantizar a todos cierta media de prosperidad, de justicia y de felicidad. Y debido a una horrenda paradoja, fue preciso insistir en que si tantas vidas se habían perdido, la vida misma era algo que realmente merecía la pena.

En fin: “Qué descansada vida/ la que huye del mundanal ruido/ y sigue la escondida/ senda por donde han ido/ los pocos sabios que del mundo han sido”.

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