Salir, cómo salir

Historias de Paco Sanz

Salir, cómo salir. Esa es la cuestión. Fenómenos de membrana, de presión osmótica. A un lado y a otro de una membrana empezó la vida. Superficie hidrofóbica por un lado, hidrofílica por el otro. Vacuolas. Célula. Una parte mira hacia adentro de la célula, la otra hacia fuera. Se hace una vacuola, dentro, ¿hacia dónde mira la parte interior de la vacuola? Dentro de ella una muñeca rusa más. Está saliendo como los zen, hacia dentro, interior íntimo meo, superior superio meo, como San Agustín.

Mi padre en sus últimos días, cuando ya había que atarle a la silla de ruedas. Decía una y otra vez : y ¿qué más?, y ¿qué más? Pues bien como diría Atahualpa: “Teniendo rancho y caballo/ Es más liviana la pena/ De todo aquello que tuve/ Solo el recuerdo me queda./ Nada más”. A mi padre ni eso.

Veo que el hombre es tan inconsciente como el perro o el gato; habla debido a una inconsciencia de otro orden; se organiza en sociedad debido a una inconsciencia de otro orden. Me impresiona entonces, siempre que así siento, la vieja frase de no sé qué escolástico: Deus est anima brutorum, Dios es el alma de los brutos. Así entendió el autor de esta frase, que es maravillosa, explicar la seguridad con que el instinto guía a los animales inferiores, en los que no se divisa inteligencia, o nada más que un esbozo de ella. Pero todos somos animales inferiores -hablar y pensar no son más que nuevos instintos, menos seguros que los otros porque son nuevos. Y la frase del escolástico, tan justa en su belleza, se ensancha y digo: Dios es el alma de todo.

Y cada uno de sus dioses: silencio. Hay varios tipos de silencio. Está, por ejemplo el silencio que los poderes hacen reinar por razones políticas, el silencio de la reprobación moral o religiosa, el silencio cómplice que se impone a otro en nombre de la omertá. Son silencios restrictivos con el objeto de prohibir toda palabra, es el terrorismo del lenguaje.

Pero también existe el silencio de la saciedad, de la satisfacción del deseo, del apaciguamiento, de la felicidad sin palabras ni palabrería. Un silencio en la intimidad sin inquietud. En tercer lugar hay un silencio del fin, cuando todo se para por falta de voluntad o de energía. Es el silencio del “no hay nada más que decir”.

Pero existe también una cuarta forma de silencio, el del recogimiento que acompaña toda escucha. Escucha de otro o escucha de sí. Para esta relación entre el silencio y la escucha, que deja llegar la música, venir la palabra, es posible encontrar lugar en una habitación. Que no me hagan odiarla…

Porque a puerta cerrada, como en la obra de teatro de Sartre, el infierno son los otros. Una sociedad que maximaliza la digitalización sin prestar atención apenas a sus efectos negativos puede esperar dos consecuencias ya evidentes: No sabes lo que sabes, y empiezas a odiar a todo el mundo.

Historias de Paco Sanz

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