BUENA CONVERSACIÓN

Historias de Paco Sanz

Una vez le pregunté a mi cuñado qué pensaba sobre algo de lo que sabía mucho más que yo. No lo sé, me contestó, no lo tengo hablado con nadie. Echo de menos hablar las cosas como cuando las hablaba después de comer con mis amigos. ¿Cómo voy a saber lo que pienso de ellas? Tres meses ya sin intentar entenderlas conversando, ¡qué palo! Uno busca alguien que le ayude a dar a luz a sus pensamientos, otro alguien a quien poder ayudar; así es como surge una buena conversación.

Me da la sensación que uno se puede convertir en un charlatán escribiendo, sin darme cuenta de cómo caen mis palabras, sin intentar entender cómo defienden mis interlocutores más sabios que yo, unas posturas contrarias a las mías, ¿cómo no acabar pensando que me estoy quedando sin entendimiento? Los chiflados, por definición creen en sus propias teorías, y los charlatanes, no; pero eso no impide que una persona pueda ser ambas cosas.

Tengo ganas de descansar de mí mismo hablando con los amigos. Cuando me los encuentro por la calle, al otro lado de las mascarillas, a más de dos metros, parece que no pudiéramos decir más que tonterías. Dos pueden hablar yendo de camino, pero para ser más los que hablamos necesitamos la mesa, la sobremesa, el café, la copa. Comprobar si puedo poner a los reidores de mi parte, o al menos ponerme de la suya. En las horas en que estamos abiertos a los demás por la conversación, en cierta medida estamos cerrados a nosotros mismos. Por fin.

Y es que si un individuo acapara la conversación con alguna de sus irrelevantes obsesiones, el grupo puede llegar a un consenso de forma natural -palabras, entonaciones, expresiones faciales, gestos incluso- para transmitir su impaciencia. El mundo de las relaciones cara a cara está plagado de encuestas improvisadas que tantean la opinión colectiva. Las mayorías tiene lugar tan rápidamente que ni siquiera nos enteramos de que estamos participando en ellas, y por ello, entre otras cosas, son tan eficaces. En el mundo real, todos somos termostatos sociales: leemos la temperatura grupal y ajustamos nuestra conducta de acuerdo con ella.

Y eso que soy un letraherido, quiero decir un hombre de libros, pero es que eso de estar tantos días: “Retirado en la paz de estos desiertos/ con pocos, pero doctos libros juntos,/ viviendo en conversación con los difuntos/ y escuchando con mis ojos a los muertos…” acaba cansando.

Recuerdo aquello que dijo Freud de su entrevista con Einstein: Ha sido una conversación maravillosa, yo no sabía nada de física y él no sabía nada de psicología. Siempre olvido que si hablo con un científico, o con un niño, mejor que no le pregunte por lo que sabe, sino por lo que él quiere saber. La filosofía es la sabiduría práctica necesaria para participar en una conversación, o dicho de otro modo, el intento de impedir que la conversación derive en investigación. El amar y el hablar están esencialmente ligados.

Historias de Paco Sanz

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