VER MORIR…

Historias de Paco Sanz

Siempre he andado a la greña con mis costumbres, a ser tiranizado por ellas no me hago. Hace muchos años cuando se me moría el alma después de asistir a la muerte de un paciente, la hermana me dijo, para consolarme, que no me preocupara, que ya me acostumbraría. Le dije que no quería acostumbrarme. Cuando uno está dolido suele ser impertinente. La verdad es que no me he acostumbrado a eso, a otras miserias sí, para mi vergüenza.

Además de ver morir en clínicas y hospitales, aparte de amigos y familiares, por enfermedades y vejeras, he sido testigo de primera línea de muerte por accidente en tres ámbitos que no he podido olvidar. El primero en la montaña, a mis dos compañeros de mesa, de una de esas cenas en hoteles de montaña que por ser mis parientes hoteleros solía disfrutar cuando era muy joven, se los llevó un alud, delante mío, o detrás, porque a mí me pilló adentrándome en el bosque y no se me llevó por un pelo. Tuvieron que sacarme, a ellos nadie pudo hacerlo. El alud cayó por la mañana, hasta la tarde del día siguiente no dimos con ellos.

Cuando ya estaba terminando mis estudios fui testigo de la muerte de un compañero de excursión a caballo. Era un hombre grande, montaba a la española un caballo blanco, como él, más grande que los demás. Con estribos de esos de que aunque te caigas no puedes quedarte estribado. Llegaron ambos caballo y caballero, con uno de esos galopes cortos que hacen tan agradable la monta, donde estábamos los demás decidiendo dónde íbamos a merendar aquel día. Uno de los caballos al llegar el nuevo al grupo puso el culo, y se fueron ambos a la cuneta. Le vi caer mal. Se rompió el cuello. Uno de los caballistas era adjunto de cátedra en quirúrgicas, saltamos los que solemos saltar en estas ocasiones, él le puso el cuello bien y a mí me tocó lo del boca a boca, no ens en vam sortir como dicen los catalanes, no salimos bien de esa. Inolvidable.

La tercera vez no fui testigo pero sí era compañero de hospital y de café de media mañana del padre del muerto. Es uno de esos casos que si se hace una película hay que remarcar que se basa en hechos reales. Un servidor siempre iba a trabajar al hospital en bici. Mi compañero, traumatólogo, en moto. Habíamos bromeado más de una vez acerca de quién ponía más su vida en juego por jugar a eso. Mi amigo vivía en una finca en las afueras, en bici no habría llegado en el poco tiempo que le costaba llegar en moto. Yo vivía más cerca, así que iba de ecologista avant-la-léttre.

Su hijo que aun no tenía carnet todavía usaba una pequeña moto para moverse por la finca. Por fin iba a tener un hermanito. Su padre estaba en el hospital mientras que su madre estaba de parto, cuando el guarda le dice al joven que su padre se ha dejado la moto fuera del garaje. Y parece que va a llover. El joven se ofrece a ayudar a entrarla. Es una moto grande. La pone en marcha, le da demasiado gas, la moto se le encabrita y le cae encima. El niño no pierde el sentido, pero le dice al guarda que se ha hecho mucho daño, que llame a su padre. Muere en el traslado al hospital mientras su madre está dando a luz.

¿Se puede uno acostumbrar a cosas como esas? Cosas como esas no se olvidan nunca.

Historias de Paco Sanz

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