Bailad, bailad malditos…

Historias de Paco Sanz

Recuerdo un tiempo que a los bares se les llamaba tabernas. En una de ellas había un letrero que rezaba: “Se prohíbe cantar mal. Si usted cree que canta regular o bien, cante, pero en la calle”. Ahora parece que lo que vamos a tener que hacer en la calle es bailar, porque en sitios cerrados no dejan bailar ni con mascarilla. Bailar no respetando las distancias, es bailar mal. “Se prohíbe bailar mal, si usted cree que baila regular o bien, baile, pero en la calle”.

En mi pueblo queda una taberna, al menos una que conserva ese nombre. Es pequeña, mal iluminada y sin apenas sillas, casi nunca hay nadie en ella. Una de esas poesías que no he podido olvidar, supongo que es porque de algún modo compone conmigo, decía algo así: “Si es o no invención moderna/ vive Dios que no lo sé/ pero venturosa fue/ la invención de la taberna./ Porque allí llego sediento/ pido vino de lo nuevo/ mídenlo, dánmelo, bebo,/ págolo y voyme contento”. Supongo que de esas tabernas salía la gente a bailar a la calle, como todavía se hace en las fiestas del pueblo.

La expresión “que me quiten lo bailao” se va a convertir pronto en un anacronismo similar al de las tabernas. Me entristece pensar que bailamos menos. Es una de las mejores maneras de escuchar música. También hubo un tiempo que se cantaba para acompasar el paso militar y cargar mejor contra el enemigo. Para crear un esprit de corps se han descrito diversas formas de “bonding muscular”. Las manadas se vuelven eufórico-grupales al responder sus individuos conjuntamente, el acompasamiento del esfuerzo se experimenta como un desahogo, el desgaste de fuerzas rítmico común aleja el punto de agotamiento. Siguiendo el ejemplo de los macedonios, las tropas romanas utilizaron la marca del paso en voz alta para marchas que exigían gran rendimiento. Ciertamente, el compás mecánico es sólo una forma sustitutoria del arrebato del baile.

Decía Nietzsche que la buena escritura, la buena música invitan a levantarse, a ponerse en marcha, a ponerse a bailar. “Se escribe con la mano, pero se da testimonio de lo bien que se escribe con el pie. Leyendo o escuchando música hay que darse cuenta de si el pie levanta la oreja. Los dedos del pie se levantan para escuchar”. A mí me cuesta mucho menos escribir con música que leer con ella.

Ahora mismo ha acabado el “Diminuendo and Crecendo in Blue” de Ellington, casi sin darme cuenta se movían mis pies aun estando sentado. Y es que cuando Duke tocaba el piano, con la mano izquierda tocaba un ritmo bailable, mientras que con la derecha se dedicaba a arrojar arena de colores por el aire.

Tanto los caminos como los discursos tienen que poder ser danzados, cantados. En el momento en que el poeta empieza a escribir “lentamente, para poder ser leído”, cuando sus palabras no son una invitación a la danza, hay una pérdida de magia, de “poder milagroso”.

Historias de Paco Sanz

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