Y las bibliotecas, ¿volverán?

Historias de Paco Sanz

En la casa que va a ser de mi nieto hay veinte o treinta mil libros. Mi consuegro y yo hemos heredado libros de nuestros mayores, nuestros amigos nos los han dado, otros los hemos comprado. En el casoplón del pueblo, antigua mansión de algún noble, han ido quedándose los libros. He ramoneado en bibliotecas y librerías desde niño. En una ciudad nueva mientras los demás van de tiendas y museos yo me pierdo en ellas. Sigo haciéndolo en la casa que va a ser de mi nieto, me maravillan. Como Borges, siempre imaginé que el paraíso sería algún tipo de biblioteca. Decía Ramón que cuando sacamos unos libros de la estantería, los otros se atraviesan en su hueco como para no volverlos a dejar entrar.

Cuando a mi primo el loco de la montaña le dije que nadie iba a leerlos, que me sabía mal tirarlos pero que estaban empezando a ocupar demasiado sitio, a acumular demasiado polvo, incluso en la gran casa que nadie vive; me dijo que no se me ocurriera tirarlos, que volverá a hacer frío en invierno, que si se queman despacio arden bien, dan calor, que hay otras formas más caras de devolver el carbono a la atmósfera. Me he acordado de Farenheit 451. Ahora no hace falta quemarlos, basta dejarlos en sus estanterías para que mueran solos. Cada vez hay menos gente que lee libros… viejos. La curiosidad sigue otros caminos. Y como dice la primera frase del libro ese: “It was a pleasure to burn”.

Pedir a los niños que dejen la tableta es como pedir a la gente que vive sola que no vea tanta televisión, es inútil. Si encontraran algo mejor que hacer lo harían. Además, las virtudes de la lectura están sobrevaloradas. Cuando los godos devastaron Grecia, uno de ellos salvó las bibliotecas de ser quemadas diciendo que convenía dejarlas a los enemigos, como cosa idónea para apartarlos de los ejercicios militares y entregarlos a ocupaciones sedentarias y ociosas. Mega biblion, mega kakón.

Creo que en los libros veo a las personas que los escribieron, tradujeron, editaron, compraron, regalaron, almacenaron, e incluso a los que los leyeron. A veces recuerdo al que era cuando leí alguno de ellos. Siempre me han gustado los cuentos de los abuelitos, tirarles de la lengua a los que vivieron cuando yo era niño. Siempre he pensado que cuando un anciano muere, aunque sea en una remota aldea de la selva, es como si ardiera una biblioteca entera. Los mayores eran las bibliotecas de las sociedades sin libros. Cuidar a los ancianos podría ser una cuestión de vida o muerte, similar al cuidado que un marino debe tener por sus cartas náuticas.

Incluso cuando los androides replicantes se mueren, desaparecen como lágrimas en la lluvia, pasa algo parecido: “I’ve seen things you people wouldn’t believe. Attack ships on fire off the shoulder of Orion. I watched C-beams glitter in the dark near Tanhauser Gate. All those moments will be lost in time, like tears in rain. Time to die”.

En los monasterios, y estoy viviendo la pandemia ahora en lo que fue uno de ellos, al lado de la biblioteca había otro recinto más íntimo aun: el scriptolorium. El nombre procede del pequeño espacio en el que en la Edad Media los cistercienses copiaban los códices. Era un scriptorium de menores dimensiones: un simple rincón donde escribir, de paredes desnudas, y con sólo una mesa, una silla y un atril. Los copistas, muchas veces tenían que memorizar el texto antes de escribirlo.

Las bicicletas han vuelto a las ciudades, y las bibliotecas, ¿volverán?

Historias de Paco Sanz

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