ESTAR PENSANDO…

Historias de Paco Sanz

Mi hijo ha compartido conmigo la tara de la precocidad. No sólo cuando se tarda en saber, en comprender, puede uno convertirse en un “retrasado”, también haciéndolo antes de hora. Tuvo la suerte de tener una maestra que le puso en su sitio a tiempo. A mí no me pasó lo mismo, de haber sido puesto tanto como ejemplo por los maristas en clase, no me he recuperado nunca.

Su maestra, con la que compartí el gusto por ciertos libros y a la que ayudé cuanto pude en los “conciábulos y conventículos” con los padres de alumnos, me dijo que una vez encontró a mi hijo solo en el patio “encantado”, es decir con cara de no estar haciendo nada. Se acercó y le dijo “ Hola, ¿qué estás haciendo?”. El niño la miró de arriba abajo y contestó: “No me moleste, señorita, no ve que estoy pensando”. La pobre mujer se retiró de lo más cortada. En Oriente se considera una impertinencia interrumpir a alguien cuando está en contacto con su ángel bueno, y ella era un poco budista, como yo.

Hoy día eso de pensar por pensar ha ido a menos. No me extraña, y es que el pensar no conduce a un saber como las ciencias. El pensar no produce ninguna sabiduría aprovechable para la vida. El pensar no descifra enigmas del mundo. El pensar no infunde inmediatamente fuerzas para la acción.

Y es que no estamos para eso, con tanta necesidad por tener algo que hacer, no hay quien piense. Si el pensar actualiza la diferencia dentro de nuestra identidad dada en la conciencia, y ello produce la conciencia como subproducto; entonces el juzgar -el subproducto del efecto liberador del pensar- realiza el pensamiento, lo hace manifiesto en el mundo de las apariencias, donde nunca estoy solo y siempre demasiado ocupado para pensar… La manifestación del viento del pensar no es el conocimiento; es la capacidad para distinguir lo bueno de lo malo, lo bello de lo feo.

Supongo que el niño estaba encantado porque todavía podía pensar sin palabras. Lo que es todo un lujo, todo un nivel. Luego las necesitamos -a las palabras- tanto para pensar que no sólo dejamos de poder hacerlo sin ellas, sino que a veces, da la sensación de que sólo podemos pensar con las palabras que tenemos en la mente. Más tarde cuando nos da por escribir esto se acentúa, no sabes lo que piensas hasta no darte cuenta de lo que estás escribiendo. Y es que la pluma es al pensar lo que el bastón al caminar. El caminar más ligero se realiza sin bastón, el pensar más perfecto sin pluma. Pero cuando uno empieza a hacerse viejo usa de buena gana tanto el bastón como la pluma. Y los imbéciles (palabra que deriva de in-baculus: uno que lleva un bastón por compañía) ya no saben salir a pasear sin bastón o a pensar sin pluma o teclado. La imbecilidad no es mala, lo malo es ejercerla.

Historias de Paco Sanz

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