Tiempos de autostop

En aquélla, la época de la confianza, y para los que no teníamos vehículo, viajar haciendo autostop era algo muy común, y que nos permitía con cierta facilidad y de forma bastante efectiva, movernos con una falsa sensación de libertad por ahí por el mundo… Confiados, dábamos tumbos de coche en coche; de desconocido en desconocido… Hoy, ciertamente sería algo impensable.

Era una fresca y ya muy cerrada noche de viernes, a finales de septiembre, y hacía autostop a la vez que caminaba de vuelta a mi pueblo. Serían casi las once… Me había parado, situándome bien a la vista, bajo la zona iluminada por el haz de la luz mortecina de una farola solitaria, en el arcén de aquella carretera ya muy a las afueras de Torrevieja. Allí veraneaba mi novia y yo volvía de pelarle la pava… Había hecho el viaje de ida por la mañana en autobús, pero preferí aprovechar el trajín de la gente, de marcha en la carretera y moviéndose de aquí para allá un viernes por la noche, para volver a mi pueblo como tantas otras veces hacía; gracias a la suerte y a la amabilidad de algún samaritano al volante…

El año anterior, durante mi servicio militar, había estado volviendo a dedo casi todos los fines de semana de Madrid hasta mi casa. Tuve la gran suerte, de un día hacer buenas migas con un camionero murciano, que se ve me cogió cariño y por ello se ve que también cogió la costumbre, de esperarme sin falta todos los viernes de la una hasta las tres de la tarde, para ver si yo aparecía por aquella vieja gasolinera de la plaza de Legazpi y bajarnos juntos hasta Orihuela… Yo, le conseguía algo de hachís gratis, y él, encima, me invitaba también a merendar en alguna de las paradas que hacíamos durante el viaje… Cuatrocientos cincuenta kilómetros; más de siete horas juntos por aquellas carreteras nacionales… Un gran tipo.

Por fin, paró aquel Seat 127 azul oscuro, dos puertas, del que se bajó el copiloto reclinando el asiento diríase que como con algo de prisa, y haciéndome gestos para que entrara y me sentara atrás. Les di las gracias, aparté una especie de palo que había en el asiento, me senté, y arrancamos… Eran dos tipos jóvenes, normales, de los que no recuerdo casi nada salvo cierto mal olor en el coche y un clarísimo acento murciano. Noté eso sí al principio del viaje, unas extrañas miradas entre ellos y un incómodo silencio. Al buen rato, fue el conductor el que rompió la aspereza de aquel silencio al decirle a su amigo que se hiciese un porrito y preguntarme, si yo fumaba hachís… Y sí, fumaba.

Sonaban los Amaya en el radiocasete: “¡Vete, me has hecho daño, vete…! lejos de aquí, ¿qué quieres de mí…?”

¡Qué cosas…!

Me extrañó no ver al copiloto calentar la china antes de liarse el canuto, pero no le di más importancia cuando me lo ofreció para encenderlo. Desde la primera calada noté un sabor metálico y bastante extraño que atribuí a chocolate de mala calidad; cosa que, por educación y ya que yo era el invitado, ni siquiera les comenté a aquéllos mis amables y enrollados benefactores…

Pero fue en el momento en que tras unas caladas le devolví el porro, y me eché hacia atrás recostándome en el respaldo del asiento trasero, cuando noté el trancazo, el ciego, el pavo que me subía… Parecía que de momento me hubiese hincado entera una botella de vino tinto; todo me daba vueltas. Yo, estaba más que acostumbrado a fumar de todo, beber de todo, y hasta que se acabase todo y del todo… Pero aquel pedo, ese ciego tan espeso, semejante curda, no la cogía yo tan fácil así con tres o cuatro caladas de porro. Ni mucho menos. A saber qué coño era aquéllo

En aquel momento, aturdido, me di cuenta de que el coche abandonaba la ruta lógica para llegar a mi pueblo, desviándose por un caminucho a la derecha; oscuro por completo… Mareadísimo, no sé cuánto tiempo pasó hasta que pararon los tumbos del coche por aquel camino; fue entonces, cuando aquellos dos crápulas se volvieron hacia mí, casi al unísono… El copiloto era el que esgrimía la navaja, mientras el piloto gritaba que me rajarían de alto en bajo si no les daba toda la pasta que llevara encima ¡Pero ya, ostias…! ¡Vamos, vamos…!

Recuerdo muy borrosamente las caras que al mirarse pusieron, cuando al entregarles sumiso y ciego perdido mi cartera, comprobaron que llevaba escasamente el equivalente a cinco pavos actuales. Ternos, blasfemias, amenazas… ¡Bájate coooño…! ¡Que te baaajes…! ¡Ostiaaass…!

Con el ciego tan bonito que llevaba yo, recuerdo que era como si, en una nube, me la sudase todo el capullo. Y no sé porqué, agarré el palo… Ya estaba claro que aquellos dos gañanes, ni pretendían ni creo que podían hacerme mucho daño. Solo querían lo justo para un pico, o de lo contrario no hubieran subido al coche a un matao sin un duro encima. Y además, a estas alturas ya, habrían usado la navaja…

El caso es que con las puerta abiertas del coche, con aquellos quincallas gritándome como locos para que me bajara, y parapetado tras los asientos delanteros, me sentí como un gato atrapado pero seguro, apestillado en la parte de atrás de aquel coche y con un palo en la mano… Con el subidón que llevaba no sabía yo, siquiera dónde estaba; y ni de coña estaba dispuesto a quedarme allí tirado no sé dónde y en completa oscuridad… Yo no era ningún alfeñique, y serían ellos, los que tendrían que bajarme por la fuerza…

“¡Y una mierda…!”

Lanzándoles todo tipo de tarascadas desde el asiento de atrás cada vez que intentaban acercárseme, tuve la ocurrencia de decirles que yo ya había cooperado, coño… y que lo mínimo que podían hacer si no eran un par de hijosdeputa sin entrañas, era dejarme en un sitio donde yo al menos, me aclarase para llegar aunque fuera a rastras a mi casa…

Al final, no puedo decir que llegásemos a un acuerdo sensu stricto… Pero ¿cómo llegué a mi casa? ésa, es otra historia…

Sólo sé, que al poco me compré un coche…

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

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