PROPIEDAD INTELECTUAL

Historias de Paco Sanz

Hay varios tipos de propiedad. Hay propiedad privada y pública. Entre las públicas las hay también de varias clases: familiares, municipales, nacionales… institucionales. Una acción no sé hasta que punto es propiedad privada o pública. A veces hay que decidirse por una u otra. Pero entre todas las propiedades la más nefasta es la intelectual. ¿Por qué digo ésto? Porque nos está matando. Los derechos a las patentes de la vacuna van a producir millones de muertos, porque si se ejercen retrasarán la vacunación universal de un modo nefasto, funesto, para precisar.

Recuerdo el título del libro de Proudhon “¿Qué es la propiedad?” viene a decir que es un robo. Ahora, con lo del retraso en la licencia para fabricar vacunas la propiedad intelectual ha subido de nivel, es un asesinato. Hasta el siglo XVII el término “propiedad” abarcaba la vida, el cuerpo, las libertades, las capacidades, los derechos… la posesión de objetos no materiales se consideraba más importante que la de objetos y rentas materiales (el “hablar con propiedad” ilustra ese uso hoy acabado). El disfrute de la propiedad entrañaba dos clases de derechos: el primero, el de excluir a otros del uso o disfrute de una cosa, y el segundo, el de no ser excluido del uso de cosas tales como tierras, parques y carreteras, que habían sido declaradas de uso común. Muchas cosas, como la casa heredada de los padres, no podían venderse. Otras como las tierras daban al propietario el derecho a rentas, no el de venderlas a otros. Luego, eso cambiaría, y de los dos derechos, sólo el exclusivista sobreviviría unido al significado de la propiedad, y algo pasaría a ser tuyo sólo en la medida en que podías venderlo.

Con el advenimiento de la burguesía, justo cuando mujeres, esclavos y niños empezaron a poder dejar de comprarse y venderse, su trabajo, las patentes, monopolios, derechos, cargos políticos y eclesiásticos, adquirieron categoría de “cosas”. Y pudo comerciarse con ellos.

Si hubiera un organismo internacional con suficiente peso, lo de las patentes de las grandes compañías farmacéuticas ante un estado de necesidad como el que atravesamos se iría a tomar viento. Pero no lo hay. ¡El que los esfuerzos de tantos científicos, empresarios y políticos por dar con una vacuna puedan “patentarse”! ¡Manda carajo! Los ricos israelitas, ingleses o de cualquier nación que sea, se están muriendo cada vez menos, pero es que vamos a ver cómo se mueren los pobres sin hacer nada.

De patentar cosas viven esas compañías. Para conseguir beneficios se necesitan nuevas patentes. Los fármacos que se hacen con ellas amortizan, es posible que consigan amortizar, la investigación. Cuando no se pueden encontrar uno tiene que tirar de los del “yo también”, es decir, los que surten el mismo efecto que los antiguos, pero que como su patente no ha expirado se pueden vender más caro. Y los del “yo otra vez”, que son los que han conseguido introducir astutas diferencias en la molécula de siempre, astutas porque hacen lo mismo, pero tienen la suficiente diferencia con las anteriores como para hacerse con una patente nueva.

Incluso han conseguido que se puedan patentar seres vivos. Desde 1980 se pueden patentar seres vivos siempre que incorporen los aspectos innovadores previstos legalmente: novedad, utilidad, y no obviedad. Hay tres tipos posibles de patentes: las patentes de productos, las patentes de procesos y las patentes de mejoras. Con los primeros está el lío. La controversia. Ahora pueden parar las licencias, aquí ya no se trata de lío. Se trata de dejar que se muera la gente.

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