EL PANCHO Y LOS TEJADOS

Sólo queríamos aventura, lo juro; éramos tan jóvenes; tendríamos doce o trece años poco más o menos. Vivíamos todos cerca, vecinos casi de la misma manzana; y éramos también como familia; como primos segundos, miembros de la misma tribu: Mi Primo y el Grillo, el Pancho, el Gitano y yo.

Estábamos los cinco digamos que estudiando en mi casa aquella tarde, cuando los pollos del gallinero empezaron a chillar espantados, como locos. En aquella época eran frecuentes los gatos famélicos y asilvestrados, especializados, en dar caza a los animales domésticos que la gente criaba en sus casas. Y por éso, se ve que se nos ocurrió subir a la terraza para ver qué coño pasaba con los pollos y los gatos; también para descansar un rato de los libros; y seguro, que para ver qué tal se veía el mundo desde lo alto de los tejados.

Todo empezó como el juego de a ver quién la tiene más grande. ¿A ver, quién tiene los huevos de llegar más lejos andando por los tejados…? Me hice yo el chulico primero cuando, ya desde el tejado, me asomé al patio de mi vecino y le vi durmiendo la siesta a pierna suelta, con la boca abierta de par en par, y con sus más de ciento cuarenta kilos acostados bocarriba en el suelo y a la sombra de su morera… ¡Qué risa, qué animal, cómo roncaba…!

Luego le tocó al Pancho… Con la agilidad de un mico saltó el muro del linde, y echó a andar en cuclillas sobre los tejados hasta que lo perdimos de vista cuando pasó a la otra casa. Tardó un poco en volver; y lo hizo como traspuesto, excitado, extasiado… Casi con los ojos en blanco y cachondo como era él, sudando un poco y diría que como relamiéndose, nos contó que había visto a mi vecina, desnuda.

— Le he visto hasta las tetas… Dijo.

De verdad, que vino descompuesto y claro, aquello fue algo irresistible. A toda prisa fuimos a ver en tromba pero a hurtadillas cómo la moza se lavaba desnuda en el patio de su casa, con aquel derroche de carne, jabón y palangana… Toallas húmedas, bragas y sostenes usados esparcidos por ahí, ruido de agua, olor a limpio… Sensualidad pura.

En aquella época si veías, aunque solo fuera unas bragas colgadas secándose en una cuerda de tender, ya te ponías ido. Pues imagínate… Y claro, nos dio por estudiar muchísimo juntos durante aquel curso.

¡Qué cosas…!

A José Antonio Ruiz Puig, nuestro Pancho; el principal mecánico de mi millón y pico de kilómetros. Alguien, que tenía la virtud de hacerte sentir especial solo porque estabas a su lado… Los habrá iguales pero mejores no. Adiós, amigo.

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

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6 comentarios sobre “EL PANCHO Y LOS TEJADOS

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