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Tiempos de autostop

En aquélla, la época de la confianza, y para los que no teníamos vehículo, viajar haciendo autostop era algo muy común, y que nos permitía con cierta facilidad y de forma bastante efectiva, movernos con una falsa sensación de libertad por ahí por el mundo… Confiados, dábamos tumbos de coche en coche; de desconocido en desconocido… Hoy, ciertamente sería algo impensable.

Era una fresca y ya muy cerrada noche de viernes, a finales de septiembre, y hacía autostop a la vez que caminaba de vuelta a mi pueblo. Serían casi las once… Me había parado, situándome bien a la vista, bajo la zona iluminada por el haz de la luz mortecina de una farola solitaria, en el arcén de aquella carretera ya muy a las afueras de Torrevieja. Allí veraneaba mi novia y yo volvía de pelarle la pava… Había hecho el viaje de ida por la mañana en autobús, pero preferí aprovechar el trajín de la gente, de marcha en la carretera y moviéndose de aquí para allá un viernes por la noche, para volver a mi pueblo como tantas otras veces hacía; gracias a la suerte y a la amabilidad de algún samaritano al volante…

El año anterior, durante mi servicio militar, había estado volviendo a dedo casi todos los fines de semana de Madrid hasta mi casa. Tuve la gran suerte, de un día hacer buenas migas con un camionero murciano, que se ve me cogió cariño y por ello se ve que también cogió la costumbre, de esperarme sin falta todos los viernes de la una hasta las tres de la tarde, para ver si yo aparecía por aquella vieja gasolinera de la plaza de Legazpi y bajarnos juntos hasta Orihuela… Yo, le conseguía algo de hachís gratis, y él, encima, me invitaba también a merendar en alguna de las paradas que hacíamos durante el viaje… Cuatrocientos cincuenta kilómetros; más de siete horas juntos por aquellas carreteras nacionales… Un gran tipo.

Por fin, paró aquel Seat 127 azul oscuro, dos puertas, del que se bajó el copiloto reclinando el asiento diríase que como con algo de prisa, y haciéndome gestos para que entrara y me sentara atrás. Les di las gracias, aparté una especie de palo que había en el asiento, me senté, y arrancamos… Eran dos tipos jóvenes, normales, de los que no recuerdo casi nada salvo cierto mal olor en el coche y un clarísimo acento murciano. Noté eso sí al principio del viaje, unas extrañas miradas entre ellos y un incómodo silencio. Al buen rato, fue el conductor el que rompió la aspereza de aquel silencio al decirle a su amigo que se hiciese un porrito y preguntarme, si yo fumaba hachís… Y sí, fumaba.

Sonaban los Amaya en el radiocasete: “¡Vete, me has hecho daño, vete…! lejos de aquí, ¿qué quieres de mí…?”

¡Qué cosas…!

Me extrañó no ver al copiloto calentar la china antes de liarse el canuto, pero no le di más importancia cuando me lo ofreció para encenderlo. Desde la primera calada noté un sabor metálico y bastante extraño que atribuí a chocolate de mala calidad; cosa que, por educación y ya que yo era el invitado, ni siquiera les comenté a aquéllos mis amables y enrollados benefactores…

Pero fue en el momento en que tras unas caladas le devolví el porro, y me eché hacia atrás recostándome en el respaldo del asiento trasero, cuando noté el trancazo, el ciego, el pavo que me subía… Parecía que de momento me hubiese hincado entera una botella de vino tinto; todo me daba vueltas. Yo, estaba más que acostumbrado a fumar de todo, beber de todo, y hasta que se acabase todo y del todo… Pero aquel pedo, ese ciego tan espeso, semejante curda, no la cogía yo tan fácil así con tres o cuatro caladas de porro. Ni mucho menos. A saber qué coño era aquéllo

En aquel momento, aturdido, me di cuenta de que el coche abandonaba la ruta lógica para llegar a mi pueblo, desviándose por un caminucho a la derecha; oscuro por completo… Mareadísimo, no sé cuánto tiempo pasó hasta que pararon los tumbos del coche por aquel camino; fue entonces, cuando aquellos dos crápulas se volvieron hacia mí, casi al unísono… El copiloto era el que esgrimía la navaja, mientras el piloto gritaba que me rajarían de alto en bajo si no les daba toda la pasta que llevara encima ¡Pero ya, ostias…! ¡Vamos, vamos…!

Recuerdo muy borrosamente las caras que al mirarse pusieron, cuando al entregarles sumiso y ciego perdido mi cartera, comprobaron que llevaba escasamente el equivalente a cinco pavos actuales. Ternos, blasfemias, amenazas… ¡Bájate coooño…! ¡Que te baaajes…! ¡Ostiaaass…!

Con el ciego tan bonito que llevaba yo, recuerdo que era como si, en una nube, me la sudase todo el capullo. Y no sé porqué, agarré el palo… Ya estaba claro que aquellos dos gañanes, ni pretendían ni creo que podían hacerme mucho daño. Solo querían lo justo para un pico, o de lo contrario no hubieran subido al coche a un matao sin un duro encima. Y además, a estas alturas ya, habrían usado la navaja…

El caso es que con las puerta abiertas del coche, con aquellos quincallas gritándome como locos para que me bajara, y parapetado tras los asientos delanteros, me sentí como un gato atrapado pero seguro, apestillado en la parte de atrás de aquel coche y con un palo en la mano… Con el subidón que llevaba no sabía yo, siquiera dónde estaba; y ni de coña estaba dispuesto a quedarme allí tirado no sé dónde y en completa oscuridad… Yo no era ningún alfeñique, y serían ellos, los que tendrían que bajarme por la fuerza…

“¡Y una mierda…!”

Lanzándoles todo tipo de tarascadas desde el asiento de atrás cada vez que intentaban acercárseme, tuve la ocurrencia de decirles que yo ya había cooperado, coño… y que lo mínimo que podían hacer si no eran un par de hijosdeputa sin entrañas, era dejarme en un sitio donde yo al menos, me aclarase para llegar aunque fuera a rastras a mi casa…

Al final, no puedo decir que llegásemos a un acuerdo sensu stricto… Pero ¿cómo llegué a mi casa? ésa, es otra historia…

Sólo sé, que al poco me compré un coche…

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

SEÑORITAS DE SALÓN

En serio: íbamos allí casi casi por amor; y él era mi mejor amigo. Ligaba el pobre menos que el chófer del papa, aparte de por que era algo feíco, porque también entonces era inexperto, inocente; buena gente pero muy cortaíco. Yo, tenía novia ya… Y vaya, digamos, que le había cogido mi amigo mucho cariño, a una de las Señoritas de un salón de ésos que había en la carretera nacional.

Pues resulta, que aquella noche cuando fuimos, las otras Señoritas nos dijeron que habían trasladado de tugurio a su chorba… A otra zona.

¿Cómo iba a dejar yo entonces, sólo a mi amigo y viernes por la noche, subiendo por esa garganta oscura, en busca de un lupanar barato y perdido en medio de ninguna parte…? Al fin, en un collado de aquella sierra, envueltas por la oscuridad entre los montes y donde la carretera se retorcía en una doble curva, languidecían, las luces tristonas y encarnadas del rótulo aquél del puticlub: ‘La Garganta’

Aparcamos.

Sólo fue entrar, y aquella Señorita chisporroteante apareció y se abalanzó al cuello de mi amigo, dándole un beso breve pero con un toque de lengua. Me fijé… Fue un beso de esos calentones, pero como corto, discreto y meloso. Me gustó ella, porque estuvo en ese beso el tiempo justo, para que no pareciese por su parte algo obsceno ni interesado. Diríase que fue hasta sincero; pareció sincero…

Una vez adentro y en cuanto pude reaccionar, me di cuenta de que mi amigo se esfumaba, desapareciendo tras unas cortinillas bamboleándose, al ritmo de la música y del culo de aquella Señorita que tan efusivamente nos (le) había recibido cuando entramos en… no sé cómo describir aquel garito…

Pedí una copa… Girando por ahí, recuerdo los reflejos cutres de aquella bola de cristal colgada del techo, iluminada tan solo por un par de focos uno verde y otro rojo; girando, en el centro de una pista como oscura, cuadrada, y de color como lúgubre; y es que, me mareaba un poco con esa oscuridad y esos tonos verdirojos, mezclándose, girando… El medio porrito que nos habíamos fumado también contribuía a esa especie de mareo, o de sugestión debido a semejante momento… Era la primera vez, lo juro, que yo, siquiera, entraba en un antro así…

A solas, una vez bien acodado en una punta de la barra, y cuando ya me había embaulado bastante más de media copa, noté, que me hizo la muestra una Señora desde el otro extremo de la barra… Guiñándome el ojo derecho, se levantó lenta, dirigiéndose sinuosa caminando hacia mí… De repente, un parroquiano, oculto tras la sombra de una de las columnas del local se le cruzó bamboleante, y mirándola beodo, amenazante y como despechado, va, y le dijo:

– Eres una puuuta. ¿Dooonde vas…?

– ¡Eh, eh, eh…! ¡Deje Usted en paz a esta Señora, pero ya…! Tercié.

– ¿Qué mierda…? ¡Si te pego una ostia te esclafo, mañaco…! Me dijo.

Y recordé, a mi abuelo cuando decía aquello de que cuando no había oportunidad de librase de un problema, pégale tú primero…

Pero oye: en aquel momento, justo, se cruzó entre nosotros un negro enorme, con unas manos y un olor agrio también enormes, para advertirnos de que si no nos estábamos quietecitos lloverían guantás… Y no, yo no conocía al negro ése de nada, pero parece ser que aquel parroquiano borrachín sí… Y oye, mano de santo: le hicimos caso, y de inmediato se acabó la discusión.

Entonces, al girarme, se me plantaron enfrente la Señora y un escotazo, hermosísima; y clavándome con sus ojazos verdes y vidriosos, me agradeció el haber terciado como un caballero; como un Quijote me dijo luego… Me fijé, en que era una hembra andaluza de belleza ya marchita; una todavía hermosura, lejana, de ojos verdes muy maduros, y que seguro tuvo que estar muy muy buena en su día, pero que seguramente había exprimido ya en exceso los jugos de sus deleites…

– “Guapo, estoy a farta de cariño, de caricias, y de amor…” Me dijo, taladrándome lentamente con la coquetería de aquellos ojos verdes, y después, de haberse relamido despacito y golosa el labio superior…

En aquel momento reapareció el cachondo y ruidoso de mi amigo, apartando, medio enredado entre aquellas cortinillas… Había acabado ya de festear y le brillaba la cara, y como en trance, satisfecho él, va y me dice el cabrón:

– “¿Qué, nos vamos ya…?”

Reconozco, que a esas alturas, yo, ya estaba tan encabritado por las hechuras caídas del escotazo de aquella Señora tan atractiva, que hubiera estado dispuesto a todo…

🤣😂

💞

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

Cumpleaños…

¡Que cuántos cumplo, me preguntan…! ¡Pues coño, uno…!

Cumplo uno, los otros cincuenta y tres ya los tenía… Otra cuestión es cuántos tengo o si realmente los tengo, o si los tenía, si realmente los tuve; o si viviendo los he perdido, los he quemado, fundido o gastado, acaso dilapidado; o si quizás, los he aprovechado… Finalmente, la última controversia es, cuál es en verdad mi edad…

Y como es precisamente el tiempo, transcurrido en experiencias vitales, lo que en verdad nos marca realmente los anhelos, me siento todavía diríase que con el mismo tiempo que yo tenía, justo, en el momento justo que asistí al tiempo justo que duró el parto de mi segunda hija… ¡Vaya momento, justo a tiempo, y vaya experiencia tan vital…! ¡Qué ganas de vivir…!

Y sí, yo soy aquél, mentalmente aún soy aquél. Algunas cosas ya no funcionan igual pero en el fondo yo soy el mismo; incluso algo más mañaco; como que aún más niño… El tonto de mí… Pero bueno, como en este juego mental de tontos te puedes plantar cuando quieras, yo, me planto en aquella época… Me quedo, en aquellos los años de la potencia de fuego; del vigor máximo, y de la mente abierta también al máximo pero a golpes de experiencia… Luego, la vida ya me la pondrá dura o no…

¿Qué cuántos cumplo…? Yo qué sé; siempre he necesitado que me llevaran las cuentas…

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

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Bailad, bailad malditos…

Historias de Paco Sanz

Recuerdo un tiempo que a los bares se les llamaba tabernas. En una de ellas había un letrero que rezaba: “Se prohíbe cantar mal. Si usted cree que canta regular o bien, cante, pero en la calle”. Ahora parece que lo que vamos a tener que hacer en la calle es bailar, porque en sitios cerrados no dejan bailar ni con mascarilla. Bailar no respetando las distancias, es bailar mal. “Se prohíbe bailar mal, si usted cree que baila regular o bien, baile, pero en la calle”.

En mi pueblo queda una taberna, al menos una que conserva ese nombre. Es pequeña, mal iluminada y sin apenas sillas, casi nunca hay nadie en ella. Una de esas poesías que no he podido olvidar, supongo que es porque de algún modo compone conmigo, decía algo así: “Si es o no invención moderna/ vive Dios que no lo sé/ pero venturosa fue/ la invención de la taberna./ Porque allí llego sediento/ pido vino de lo nuevo/ mídenlo, dánmelo, bebo,/ págolo y voyme contento”. Supongo que de esas tabernas salía la gente a bailar a la calle, como todavía se hace en las fiestas del pueblo.

La expresión “que me quiten lo bailao” se va a convertir pronto en un anacronismo similar al de las tabernas. Me entristece pensar que bailamos menos. Es una de las mejores maneras de escuchar música. También hubo un tiempo que se cantaba para acompasar el paso militar y cargar mejor contra el enemigo. Para crear un esprit de corps se han descrito diversas formas de “bonding muscular”. Las manadas se vuelven eufórico-grupales al responder sus individuos conjuntamente, el acompasamiento del esfuerzo se experimenta como un desahogo, el desgaste de fuerzas rítmico común aleja el punto de agotamiento. Siguiendo el ejemplo de los macedonios, las tropas romanas utilizaron la marca del paso en voz alta para marchas que exigían gran rendimiento. Ciertamente, el compás mecánico es sólo una forma sustitutoria del arrebato del baile.

Decía Nietzsche que la buena escritura, la buena música invitan a levantarse, a ponerse en marcha, a ponerse a bailar. “Se escribe con la mano, pero se da testimonio de lo bien que se escribe con el pie. Leyendo o escuchando música hay que darse cuenta de si el pie levanta la oreja. Los dedos del pie se levantan para escuchar”. A mí me cuesta mucho menos escribir con música que leer con ella.

Ahora mismo ha acabado el “Diminuendo and Crecendo in Blue” de Ellington, casi sin darme cuenta se movían mis pies aun estando sentado. Y es que cuando Duke tocaba el piano, con la mano izquierda tocaba un ritmo bailable, mientras que con la derecha se dedicaba a arrojar arena de colores por el aire.

Tanto los caminos como los discursos tienen que poder ser danzados, cantados. En el momento en que el poeta empieza a escribir “lentamente, para poder ser leído”, cuando sus palabras no son una invitación a la danza, hay una pérdida de magia, de “poder milagroso”.

Historias de Paco Sanz

Ni sonrisas, ni caras….

Historias de Paco Sanz

Eso de no poder ver la boca de la gente… iba a decir que jode un huevo, pero voy a dejarlo en que es una putada. Parece que estemos rodando una película de extraterrestres; cuando alguien se ríe parece que lo haga con sordina, y la verdad, necesito ver cómo la gente se ríe, incluso la gente con la que me cruzo por la calle, porque “Tu risa me hace libre,/ me pone alas/ soledades me quita,/ cárcel me arranca. / Boca que vuela,/ corazón que en tus labios/ relampaguea”. Hay en la cara algo luminoso que no se encuentra en otras partes del cuerpo.

En cuanto a lo de no ver poder ver sonrisas o caras enteras voy a dejarme de calificativos. Hoy una persona que hace más de veinte años que no veía me ha reconocido. “Pero si iba con mascarilla y sombrero”, le he dicho. “Ha sido por los ojos”, ha contestado. Pues menos mal que no llevaba gafas de sol, he pensado, si encima llevo gafas de sol no me reconozco ni yo. Tengo que empezar a sonreír más sinceramente, quiero decir con los ojos, con el orbicular de los ojos, para dejar ver al otro que estoy sonriendo. Se nos van a acabar poniendo ojos de bocaza.

Me ha dicho mi prima, que está pasando unos días en una playa de cuyo nombre mejor no acordarse, que los vigilantes de la playa usan drones para ver quién no lleva mascarilla, aunque esté a cincuenta metros de cualquier otra persona. Para poder reconocernos es posible que tengamos que incorporar a nuestra mascarilla una matrícula. Que con saber de nuestro móvil igual los algoritmos que nos tutelan no tengan bastante.

Lo que cuesta es llevar la boca cerrada dentro, cuando podamos volver a ir sin mascarilla a alguno se le habrá quedado cara de tonto, de tanto ir por la vida con la boca abierta para poder respirar. De momento cuando voy por la calle parece que volviera a tener que trabajar, gran parte de mi vida ha sido entre enmascarados. La gente a la que no puedo ver la cara me parece más amenazante, menos amable.

Tendremos que volver a apreciar la sonrisa arcaica, esa expresión profunda de amabilidad, que despierta allí donde la cara rompe su rigidez, se hace “carente de límites”, se transforma en una especie de “cara de nadie”. La amabilidad arcaica está despojada de toda interioridad, no conoce ningún tú enfático. Nos hemos vuelto todos malcarados de repente.

Algunos investigadores han informado de que una cara enojada “sobresale” entre una multitud de caras de felicidad, mientras que una sola cara de felicidad no sobresale entre una multitud de caras enojadas. En el cerebro de los humanos y de otros animales hay un mecanismo diseñado para dar prioridad a los eventos malos. Reduciendo en unas pocas milésimas de segundo el tiempo necesario para detectar la presencia de un predador, este circuito mejora las probabilidades de que el animal viva el tiempo necesario para reproducirse.

Historias de Paco Sanz

EL PARTO

Como le interesaban tanto lo de las energías, lo del yoga, el karma y eso de los chacras y el despertar del tercer ojo, le pregunté ¿que si entendiéramos la vida como una sucesión de ese tipo intercambios energéticos, cuál, diría que es el acto más energético que podríamos experimentar…?

Tardó, un poco, en responderme que hacer el amor; vamos, que follar… Que estar dentro de o tener dentro a alguien. Porque sin duda es un acto aquél, en el que se intercambian multitud de energías humanas y de fluidos esenciales para la vida y tal…

Yo le dije, que seguramente lo más energético que hay en este mundo es hacer explotar una bomba atómica… O tal vez parir… Pero, porque no debe haber forma más energética de sentir dentro a alguien o sentirse dentro de alguien, que pariendo o naciendo… Ese empujar de una misma y desde dentro; desde tus propias entrañas, sin remedio y sin siquiera punto de apoyo… Esa condena a parir o a morir, a salir o a matar. Esa hemorragia de vida. Todo ese mal trago. Todo, solo por tener o ser un hijo… Energía pura.

Recuerdo abrir la puerta del paritorio del hospital con terror, y ver de repente a aquella parturienta sudando encendida y congestionada, retorcida, gritando a no sé quién y mirando a no sé dónde: “¡Que te salgas…! ¡Que te vayas de aquí…! ¡Que me dejes…!” Estaba como fuera de sí.

¿Y yo qué sabía…? No sabía, ni dónde meterme en medio de tanto grito de las al menos cuatro o cinco hembras pariendo en aquella sala. Los dolores de verdad ya habían empezado… Rotas las aguas, las contracciones aumentaban, la tensión me espantaba. Ya, de parto… El dolor en todas sus formas siempre me había aterrado, superado.

Estaba a su derecha cagado de miedo agarrándole la mano, cuando los ojos de la matrona emergieron por encima de aquel monte de Venus que paría, para urgirme a que fuera corriendo a cortar el cordón umbilical…

“¡Vamos, ven, ahora…! ¡Ya está aquí…!”

¿Cómo coño iba yo cortar semejante cosa… Yo, que me mareo siquiera al pincharme cortando una rosa…?

Deja deja, córtalo tú, le dije en un puro mareo… Casi que me caigo al suelo en redondo. ¡Qué nervios! Entre gritos nacemos… Y yo, como un pollo sin cabeza, blanco como el papel, y enredando por allí enmedio…

Me la dejaron echada como ahí; como en el mostrador de una tienda. Solita… Recién lavada eso sí, pero como desamparada y envuelta ella, tan solo en una ligera muselina también de color verde hospital claro… Como si me la hubiesen dejado en un dispensario cualquiera, a la espera de que alguien viniera y se me la llevara… Y claro, no me separé de ella ni un solo segundo.

Recuerdo a mi derecha a un tipo como desagradable, con gorro, mascarilla y bata verde como yo; luego, supe que era el doctor jefe de maternidad del hospital. No paraba de mirarme de soslayo aquel tipo, ni de enumerar un sin fin de detalles médicos varios e incidencias técnicas del parto; luego, supe que estaba dictando los detalles del certificado de nacimiento… Cuando ya llevaba descritos muchos detalles de aquellos, se paró extrañado. Me miró ahora fijamente, y me dijo el desagradable ¿que qué coño hacía yo que no tomaba notas…?

¿Notas yooo…? ¡Ufff qué nervios…!

Sosteniéndole la mirada y muy sorprendido por lo maleducado de su pregunta, le respondí algo retador ¿que qué coño noootas…? No se había percatado el doctor de que yo era el padre… Como de puro nervioso no me estaba quieto por ahí, me confundió, con el enfermero encargado de rellenar el formulario certificando el nacimiento… ¡Ufff qué nervios…!

Entonces, aquellos ojos de matrona con mascarilla abandonaron por un momento la episiotomía en la que estaban, y volvieron a emerger de aquel mismo monte de Venus ahora ya parido, para decirme casi encanada de la risa que dejara ya de enredar por ahí, que me portara bien y me estuviera tranquiliiico… Y que ya, faltaba poco para que todos saliéramos de allí… Hasta la madre recién parida empezó a reírse de lo chocante de la situación…

Y no te digo nada, cuando pretendieron subir a mi pequeña a la planta de neonatos sin que yo la acompañara… Una enfermera me dijo sin más que me apartase, que iban a subirla… Yo le dije “que nanai, que lo que había en esa incubadora era mío; y que tenía que acompañarla sí o sí para saber dónde me la dejaban, no fuera a ser que por error me la cambiasen por otra…”

Aquella enfermera bufaba, e insistía: “que no dijera tonterías y que no podía subir y punto… Que entendiera que estaba prohibido; que esto era un hospital y que era las normas y tal…”

Y yo, cabezón, también le insistí mirándola fijamente: “que era ella la que no lo había entendido… Que yo era el padre, y que me daba igual todo; porque iba a subir a planta con mi hija sí o sí, se pusiera ella como quiera que se pusiera…”

Y al final claro, subí con mi hija y ella…

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

La alegría…

Historias de Paco Sanz

Escribir como si leyeras, leer como si escribieras, vivir como si comprendieras, comprender como si vivieras. Pero algo hay que hacer, por mucho que nos digan, que nos digamos, que no se puede hacer nada. Conatus, la palabra con la que Spinoza designaba la voluntad de perseverar en su ser de todas las criaturas. Que no falte. Que nos pillen haciendo por mejorar.

Intento adivinar eso del tener que quedarse en casa, esa devastación que nos encontraremos al salir, cómo nos va a cambiar. Pienso que va a cambiar la manera de entendernos a nosotros mismos, que nos espiritualizará y politizará de manera que acabaremos siendo distintos, y distintas serán nuestras instituciones.

Cuando la espiritualidad adquiere protagonismo, cuando hay que quedarse en casa sin hacer nada, lo místico parece volver; lo político, lo identitario, lo laboral se quedan sin patrimonio. Se impone el believing without belongin de los individuos y la inquietud cunde entre nosotros. Es como si los muy politizados no quisieran ser representados. Como si a los compradores compulsivos ya no pudieran vendernos nada.

Cuando uno empieza practicar la meditación, lo primero que se encuentra son las molestias corporales, lo segundo son las distracciones mentales y lo tercero las heridas del alma. Tanto las molestias, como las distracciones y las heridas nos van poniendo más y más nerviosos. De ahí que huyamos del silencio. Que no podamos aceptar la falta de estímulos. El que busca su verdadero rostro, que se tranquilice pues lo hallará convulso de inquietud, con los ojos desorbitados. “Caracasa, ¿tiemblas?”, decía Turenne camino del cadalso, “¡más temblarías si supieras dónde te llevo!”

Durante el ocio la existencia vaga por el mundo lejano y ajeno, para apropiárselo sólo por su aspecto, para quedarse mirándolo de hito en hito, mira a lo lejos, desde la distancia: ve la televisión. No busca demorarse observando, sino la inquietud y la excitación de lo permanentemente nuevo y la alternancia de aquello con lo que se encuentra. La existencia zapea por el mundo.

¡Huye! Me decía antes de que por los muchos años y por los malos microbios, me hayan obligado a quedarme en casa. Huye, que sólo el que huye escapa. Pascal advirtió ya de la desorientación vital que suponía la huída permanente. Porque la huída, como tránsito de un entorno hostil a un entorno propicio, debe conducir a la felicidad, no a la inquietud, una inquietud que a su vez impulse a una nueva huida, y ésta otra vez a la inquietud, y de nuevo a una huída, en una repetición incesante. A esta huida permanente la llamó Pascal divertissement (que se ha traducido por divertimento), y por agitación, alienación, y que probablemente resulte más preciso llamar aturdimiento. Según él la única cosa que nos consuela de nuestras miserias es el aturdimiento, y, sin embargo es la más grande de nuestras miserias. Porque es lo que nos impide pensar en nosotros y lo que nos hace perdernos ‘insensible mente’.

Quisiera como Spinoza ver si pillo alegría, su idea de ella: “Tras haberme enseñado la experiencia lo fútil y vano de todas las cosas con que tropezamos de ordinario en la vida corriente, y habiendo comprobado que los motivos y objetos de mis inquietudes nada tenían en si mismos de bueno o malo, sino solo en cuanto el alma se veía afectada por ellos, me determiné a averiguar si había un verdadero bien capaz de comunicarse, por el que el alma pudiera verse afectada con exclusión de todo lo demás; si existía realmente algo cuya adquisición me hiciera poseedor de una alegría continua y suprema para siempre”.

Historias de Paco Sanz

EL EFECTO MARIPOSA

“La insoportable levedad del ser…”

Es inquietante, la frecuencia con la que podemos descubrir que el famoso efecto mariposa, es un fenómeno del todo cierto y comprobable, empírico; además de inevitable… En cuanto cambias cualquier pieza de tu puzzle vital, puedes quizás desencadenar acontecimientos que no podrías haber tenido previstos en forma alguna… De la misma manera que un pequeño gesto confiado, que te despiste solo un poco al conducir, puede desembocar en algo inesperado por una autovía a ciento treinta kilómetros por hora… Prender un cigarrillo, girar la cara para fijarte en ese hermoso atardecer del que te alejas; una llamada en el móvil, un inesperado vahído de sueño… Tragedia, susto o quizás nada… Un ligero cambio, un leve despiste, un tenue movimiento bastaría, para cambiar el sino de los acontecimientos que te sucederán.

…Como cuando te alejas de algo queriendo evitar un mal que supones cierto, y como de la sarten a la lumbre, te sorprendes habiendo saltado al fuego peor de otro de tus errores garrafales…

Formamos, de nosotros mismos algo así, como una de esas complejas figuras compuestas por fichas de dominó puestas de pie; pero creyéndonos, que las colocamos nosotros mismos y por propia voluntad… Esa figura, la nuestra, la vemos perfecta desde nuestro punto de vista; pero siempre y cuando no la toquemos mucho, o no nos la toquen… Se compone de miles de piezas, colocadas a propósito y con cuidado, por lo que creemos es nuestra personalidad… Pero si solo se nos volcara una de esas pequeñas piezas vitales, comprobaríamos, cómo se derrumba irremisiblemente esa imagen que de nosotros mismos tenemos; cómo se destrozaría, envuelta en el caos del caos que desencadenan las cosas cuando se caen… Pero gracias a no se quién, ni somos fichas ni somos cosas; y la imagen, para nosotros seguiría ahí…

O como cuando eres joven y crees, que tienes que tomar esa decisión que supones crucial; y la tomas por huevos, porque en el fondo ignoras si en verdad va a cambiar o no en algo tu destino… No sabes que simplemente esa decisión, va a formar parte de otras muchas, que como ladrillos de los que estamos construidos, nunca terminarán hasta nuestra muerte, de formar del todo el edificio de nuestra persona…

Pero de todas formas, continuamos con la carambola de nuestro viaje… Porque tanto el peligro como el hambre, la curiosidad y la ignorancia; el acierto, el error, y la muerte o el amor, son motores que nos mueven…

No nos engañemos…

Antonio Rodríguez Miravete…

Juntaletras.

EL VIRUS

He tenido un episodio chocante con mi tableta…

La otra noche ‘se me coló un chino’ y me bloqueó completamente el dichoso aparato… Nunca me había pasado algo así, nunca… De hecho, presumo de ser un friki con estos aparatitos tecnológicos porque, rara vez, se resisten a alguno de mis manejos…

El caso es que instalé una simple aplicación de limpieza; completamente segura creía yo, al haberla usado ya en otros dispositivos. Al momento de ejecutarla se abrió con total normalidad… Peeero, ya no hubo manera alguna de cerrarla… Aquel cachivache estaba completamente colgado…

Apreté todos los botones posibles, por separado y simultáneamente, unos y otros… También una y otra vez saqué la tarjeta SIM, afanosamente, unas veces con la lengua fuera y otras sin ella…

Probé, repetidas veces, a pinchar en ese agujerito diminuto y fantástico que todo lo soluciona… Ni de coña…

Insisto en el detalle, de que soy bastante ducho en el manejo de estos chismes, por lo que, muy extrañado, me di cuenta que no podía siquiera apagarlo… No respondía en forma alguna…

Rendido, concluí que lo mejor era dejar que la condenada batería se acabase, y así, por la mañana, reiniciar completamente el dispositivo para desinstalar inmediatamente la dichosa aplicación; y salvar, todo aquello que pudiera ser salvado…

La punzada de aquellos timbrazos implacables me despertaron; como todas las mañanas… Me levanté, legañudo, a apagar la tozudez de la dichosa alarma…

Confuso por la espesura de mi sopor matutino, y espantado por lo inmisericorde de aquel escándalo, comprobé impotente que, al seguir todavía con batería, también estaba activo el jodido ‘chino…’

No había forma alguna de silenciar el enervante chillido de aquel infernal aparato… Era imposible; el artilugio vibraba y aullaba en mis manos impunemente, avasallándome con su urgencia…

Maldije como un albañil por la frustración, ante la imposibilidad de silenciar aquello… Los vecinos seguro estarían jodidos y extrañados por el pandemónium que el cacharro armaba esa mañana; tan temprano…

Botones de volumen y de inicio; botones de menú y de atrás; pinchazo al agujerito… Nada… No hubía manera; aquella alarma no dejaba de zaherir mis oídos recién despiertos, y la mala ostia empezó a subir inevitablemente por mi garganta…

Pese a la algarabía matutina que me acosaba, intenté tomar mi sagrado por necesario café con leche; desesperado desterré aquel chisme al fondo de uno de los armarios de mi cocina…

Aunque algo atenuados por el encierro, timbrazo tras timbrazo iban quebrándose mis nervios y mi paciencia…

Salvo estrellar la tableta contra la pared, no encontraba otra forma de librarme de aquel sinvivir repetitivo… Aquella tortura sonora había conseguido ponerme realmente nervioso; me estaba sacando del quicio…

Tras casi media hora de andar como un pollo sin cabeza con aquel guirigay por toda la casa, desesperado y aturdido, buscaba escondite suficiente como para hacer acallar aquel castigo… Tras varios intentos fallidos, atormentado, decidí enclaustrarlo en el más recóndito zulo que pudiera encontrar…

Al fin, lo arresté al fondo de un remoto armario de la cochera, en el sótano, bajo mullidas capas de mantas y toallas, y con la desesperada intención de amortiguar de una vez, aquella injuria sonora que me enloquecía sin misericordia ninguna…

Pasadas bastante las doce del mediodía, pude comprobar que aquel infernal aparato había rendido, por fin, la vida de su puñetera y eficiente batería, acallándose definitivamente…

Tras conectarlo de nuevo, y esperar ansioso el tiempo mínimo para reiniciarlo, rápidamente busqué en los ajustes de instalación, la condenada aplicación que me había atormentado de esa manera durante toda la mañana…

Liquidé con el mayor ahínco, todo rastro del ‘chino’ que hubiese quedado aún, acaso agazapado, quizá camuflado, en cualquiera de los recónditos recovecos cibernéticos de éste, mi puñetero dispositivo…

Paradojas tecnológicas…

En fin, que ya estoy operativo al cien por cien…

Antonio Rodríguez Miravete

Mis primeras tetas

El alpargate subía y bajaba sobre el vientre de mi madre, acompasando perezosamente su sueño ligero de siesta escasa; mi hermana durmiendo a su lado, y yo al otro haciendo como que dormía… Ese alpargate, era la garantía de que como dictaba la norma no escrita entre los vecinos: “durante la siesta, los sagales estaban cada uno en su casa para no dar cancán”. Por ello, en el caso de que mi madre detectara algún sonido o anómala vibración, distinta de las habituales que causaría el sopor canicular a tres personas en una misma cama, ese calzado liviano, súbitamente se convertía en fusta lacerante y sonora ¡plafff…! que cortaba de raíz el impulso de escamotear la anteriormente descrita norma no escrita.

Quería bañarme sí o sí… las posibilidades eran escasas, pero tras agotar la espera mi paciencia, con movimientos de caracol pude deslizarme, descolgándome del borde de la enorme, alta y vetusta cama… Con un silencio de ofidio y cual tal, conseguí reptar hasta la puerta de la habitación cuya apertura era la justa, para escabullirme sin que sus goznes oxidados por el salitre chirriasen delatores mis intenciones transgresoras.

Tenía la playa parecía que para mí solo; las tempestuosas jornadas anteriores habían trastocado en una maravillosa tarde, de un tardío día de agosto… El mar rizado y brioso, aunque noble al mostrar con su irregular oleaje sus ocultas y peligrosas cicatrices, invitaba de nuevo al baño confiado.

Entonces, el rugido batiente de las olas pareció silenciado completamente debido a unos alaridos de auxilio desesperados, angustiosos, entrecortados…. Miré alrededor hasta localizar a duras penas una cabeza y unos brazos, que rendían su intento de permanecer a flote… La chica se ahogaba, y mis trece o catorce años dudaron a la hora de lanzarme en su auxilio, esperando que aquel hombre, como a unos treinta metros de la ella, lo hiciese…

-¿Es que no vas a ayudarla? Grité muy nervioso.

Era evidente que no… El tipo estaba petrificado; me miraba con ojos ovinos, de canguelo… Tras unos cincuenta metros de trabajoso esfuerzo contracorriente, me encontré jadeando y zarandeado cual pelele por la inmisericorde resaca, justo a un par de metros de ella…

Antes de que me diese tiempo a reaccionar me vi agarrado, arañado, mesado y sumergido, por una vorágine histérica en lucha a muerte por un vital resuello… La chica, al batallar por su vida de forma ciega, asustada y visceralmente egoísta, me utilizaba cual salvavidas pingajo sin reparar en mi también urgente necesidad de respirar, al menos de vez en cuando…

El croché submarino y desesperado que me vi obligado a estampar contra su rostro, claro que la hizo reaccionar, y puso una distancia entre nosotros que sirvió para que se diese cuenta que la calma, era lo único que nos hacía realmente falta, a los dos… El intento vano de hablar con ella se esfumó al darme cuenta de que era extranjera; así que, acercándome de nuevo con precaución, la agarré esta vez yo de la muñeca, firmemente. Sin dejar de mirarla a los ojos le solté el brazo e inmediatamente le tendí mi mano, dándole a entender que solo debía apoyarse en ella… Me sumergí empujándola hacia arriba, y pese al lastre que aquel cuerpo encima mío suponía, apenas podía agarrarme a la movediza arena del fondo anclando en ella mis pies intentando llegar al rompeolas, para lo que necesité varias agónicas e interminables inmersiones…

El avance hacia la orilla se hacía casi imposible por la corriente; suerte que el peso de ambos jugaba a nuestro favor y penosamente, nos permitió ir avanzando hasta el banco arenoso, sobreelevado del resto del fondo marino donde las olas rompían con más fuerza, pero donde también pudimos ambos hacer pie, y descansar con la respiración desbocada y el agua literalmente al cuello.

Extrañado, me di cuenta que llevaba algo como anudado en mi brazo, cual brazalete de tela casi a la altura del hombro… Varias veces tuve que mirarlo para darme cuenta de que era la braga del bikini de la chica, que en el fragor de la refriega marina por su vida y la mía, se deslizó de su trasero y sus rollizos muslos hasta que, Dios sabe debido a qué casualidad, terminó abrazada a mi brazo derecho…

Ella no se dio cuenta y yo no le di más importancia hasta que, a medida que el nivel del agua delataba nuestro esforzado avance hasta la salvadora orilla, me percaté de un par de prominentes bultos con puntas sobresalientes, como de azúcar tostada, flotando y asomando caóticamente del agua a poco más de un palmo bajo la barbilla de la chica… Con el agua por la cintura, comprobé que tampoco había rastro alguno del sujetador entre las generosas y temblorosas lorzas de la moza.. Ésta, en estado de shock no se daba cuenta del desnudo integral que estaba regalando a la no muy concurrida audiencia, que prestaba indolente atención a los detalles de nuestra peligrosa peripecia en la playa…

Con el agua en los gemelos, la madre de la chica se acercó tremulosa y con lágrimas corriendo por su barbilla, con una toalla para tapar los excesos magros de su hija. Ésta, al reconocer su desnudez comenzó a proferir unos aullidos extraños, perdiendo de forma más histérica que en el verdadero trance que acabada de sortear, los papeles y el sentido del decoro… Algo descompuesta, comenzó a correr por la playa delante de su madre y chillando en no sé qué idioma, con el consiguiente despliegue de sus orondas hechuras tremolantes… Ésto, qué duda cabe contribuyó, a aumentar el interés de los espectadores que nos contemplaban…

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Yo, derrengado, subía la pendiente de la playa arenosa hasta mi casa, envuelto en tribulaciones de carne y roces temblorosos que soliviantaron mi ánimo esa tarde y muchas otras, sólo con su mero recuerdo…

Al fin y al cabo eran las primeras tetas que había… rescatado.

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras

LA VIDA. Un caso real.

El grito de terror nos hizo dar un respingo a todos; eché a correr alarmado por el pasillo mientras su madre salía hasta el umbral de la puerta del dormitorio, con La Niña en brazos; inerte, amoratada por el atragantamiento…

Me la entregó suplicante, aterrada; ocho días de vida colgando flacidamente de mis brazos… Mientras la tomaba en mi regazo, un regusto de impotencia desgarraba mis entrañas…

Frenéticos, corrimos hasta el coche… Hice el ademán de entregarle La Niña a mi hermana para ponerme rápidamente al volante; pero era evidente la expresión de gravedad en su cara: es tu hija…

Era conmigo con quien mejor podía estar en este trance. Posteriormente me confesó que, al verla tan mal, pensó que lo que tuviera que pasarle, era mejor que le pasase en mis brazos…

No respiraba… solo podía susurrarle cariñosamente de forma entrecortada debido al pánico y al llanto; solo podía darle ánimos… hablarle, rogarle… acunarla. Era tan, tan pequeña, que no encontraba forma alguna de ayudarla… Estaba aterrorizado tratando de hacer algo por ella, cuando casualmente descubrí que soplando suavemente en su carita, de forma refleja, La Niña intentaba aspirar aunque de forma muy tenue y trabajosa…

No respiraba, apenas inhalaba, pero continué soplándole suavemente, intentando acompasar mi ritmo con el de su hálito trabajoso… Solo algunos gestos vitales, apenas perceptibles, casi estertóreos; pero estaba viva…

El pánico invadía hasta el último resquicio de mi cuerpo, aumentando la presión de mi miedo hasta límites que no había experimentado nunca. He visto la muerte varias veces, también la violencia y el delito; he visto la droga, el desamor y la decepción, pero jamás el miedo había impregnado de ese modo mi ánimo.

Entramos en el ambulatorio como una exhalación, tropezando; cegados por las lágrimas y por el espanto; dando alaridos, imploramos una ayuda que sabíamos imprescindible para salvarle la vida…

Ya llevaba varios minutos en apnea; y su color macilento, y la casi completa atonía de su cuerpecito, evidenciaban lo crítico de la situación…

Recuerdo, las miradas de estupor del personal del ambulatorio al ver el estado de La Niña y el del padre… Pude detectar la renuencia lógica de la mayoría de ellos, al ver a la diminuta criatura que yo les llevaba casi muerta… Era evidente que no querían cargar con la posibilidad de que “eso”, sucediese en sus manos…

Alarmado, salió a nuestro encuentro un doctor veterano (el Dr. Rodríguez) a quien entregué -yo rendido y empapado en llanto- el cuerpecito de mi pequeña…

…El intento de sondarla para proporcionarle oxígeno fue inútil; era demasiado pequeña para utilizar el catéter o cualquier otro instrumental de que disponía… Un rictus de impotencia y temor asomó también en la cara del doctor.

¡¡¡Dios mío…!!!

Finalmente, como último y creo que único recurso, el doctor inició unas simples maniobras con los bracitos y una serie de masajes en el vientre… En ese momento rompió a llorar… Me sorprendí sonriendo a lágrima viva… Me sonó extraño, solo la conocía ocho días… Había estado muchos minutos (parecieron horas, lo juro) sin emitir sonido alguno y casi totalmente inerte. La Niña lloraba, y eso significaba que había conseguido llenar sus pequeños pulmones de aire.

En ese momento presentí a Dios…

Reaccioné, arrancando brusca e instintivamente la criatura de los brazos y cuidados del doctor, con la intención de llevarla cuanto antes al hospital…

Al principio el doctor se sorprendió de lo impulsivo de mi acción, pero inmediatamente, y sin decir palabra, comprendió que mi intención era también la mejor opción: había estado demasiado tiempo en apnea y era imprescindible hacerle otras pruebas, que eran imposibles de realizar allí…

Balbuceando y envueltos en lágrimas, dimos las gracias, y a trompicones, salimos a toda prisa, sin hablar; hacia el hospital…

Podría haber muerto en mis brazos; peeero…

Gracias a Dios, la Niña hoy tiene 12 años y es uno de los grandes amores de mi vida.

Antonio Rodríguez Miravete