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AMIGOS DEL COLEGIO…

Quiero al Rovira algo así como a un hermano, porque nuestros apellidos casi consecutivos por orden alfabético, hicieron que casi siempre estuviéramos sentados en el mismo pupitre, durante años y años. Él era zurdo, y siempre jugábamos a eso de darnos porsaco sentándonos él a la derecha y yo a la izquierda: nos divertíamos estorbándonos al escribir.

Como los seres humanos nos formamos como tales -o nos forman- de niños, la infancia, es indudable que marca el resto de nuestras vidas de forma indeleble. Por ello, no sé si me pasa a mí solo, eso de tenerles tanto y tan especial cariño a mis viejos amigos, a aquéllos compañeros y colegas de infancia, de colegio, de juventud… Tengo la teoría de que, querámoslo o no, las personas de las que sabemos ciertos secretos están más cerca de nosotros; que nos unen con ellas, saberes íntimos de índole tan personal, que es un tesoro el saberlos.

Y yo, os advierto que tengo el tesoro de saber algunos secretos vuestros; nuestros… Recuerda, cómo eran de frías nuestras antiguas escuelas; de qué, era aquel bocadillo preferido que te ponía tu madre para almorzar; de si jugabas bien al fútbol o eras un fardo como yo, y de quién se duchaba luego en los vestuarios y quién no; de los que ligaban más, de quiénes no tanto, y de los que no ligábamos nunca… Yo me acuerdo, del gesto del llanto en tu cara cuando te lisiaste la rodilla en aquel golpe en bicicleta; de si tenías mal perder pero eras un buen chico, o de si eras un malqueda pero porque te daban miedo las chicas.

Sé de ti y tú de mi, secretos de compañero tan entrañables, que también sé que nos unirán un poco para siempre… Sé, si eras de los listos, de los revoltosos o de los empollones; si te comías los mocos, las uñas, las dos cosas, o ninguna; sé si eras valiente, solo tímido, o llorón. Todavía me acuerdo de la música que te gustaba, de muchos de los conciertos a los que fuimos; y de si eras viciosillo, solo bailaorico, o las dos cosas… Y sé si eras un genio, que también los hay entre nosotros, mira Daniel García.

Os quiero. Mucho.

💞

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

EL LAGO DE SANABRIA

El Tajo y el Gordo, Plátano y Dibidibi, el Tahullas y el Bascu, Salticos y el Cabesón… Y muchos otros que no quiero nombrar porque me olvidaría de otros muchos, ya que muchos son también los años que hace de aquéllo. Unos pipiolos; yo incluso era todavía menor de edad. Fue un viaje legendario. Fue, creo que mi primer verdadero viaje. Unos tiempos en los que no teníamos nada parecido a lo del Erasmus, y lo más lejos que habíamos salido de nuestras casas era, francamente poco… Fuimos de acampada ni más ni menos que al lago de Sanabria; tan lejos como en autobús de Alicante a Zamora; y con mis amigos de siempre y del instituto.

“No te digo ná, y te lo digo tó…”

Lo primero que me viene al recuerdo según escribo, es, la Luna reflejada en la superficie del hermoso espejo negro de aquel lago; serían ya las tantas de la noche… Con el empuje de las cervezas que ya llevábamos en el cuerpo, y la excitación acumulada en nuestra primera jornada de viaje, nos propusimos no dormir esa noche en las tiendas sino a la intemperie; con un par… Tras unas cuantas vueltas exploratorias a los alrededores del lago, encontramos algo así como un promontorio, una maravillosa plataforma rocosa plana, justo, al borde mismo de aquellas aguas tan oscuras, quietas totalmente de tan plácidas… Precioso.

Hacía una temperatura estupenda, y elegimos quedarnos a pasar la noche allí mismo, en nuestros sacos, fumando, charlando y bebiendo cerveza. Y tan estupenda era la temperatura que claro, por la noche, durmiendo nos fuimos destapando… Lo bueno fue de madrugada, cuando nos despertamos acribillados por el escozor de los picotazos en nuestros culos destapados.

Unos picotazos no ya de mosquitos sino pareciera que de tábanos, que muy hermosos ellos se criaban la mar de bien entre tanta humedad, tanta mierda de vaca, y tan estupenda temperatura… La madre que los parió. ¡Qué risa…!

La segunda de las cosas que me vienen a la mente, es, cuando para fumar porros y que no nos vieran los profesores, acordamos el meternos siempre en la tienda del Gordo y del Plátano. La alegría de la fiesta del campamento era aquella tienda. El completo desastre al entrar en ella, lo tenías claro cuando veías que para que le diera el aire a la provisión que tenían de morcillas, salchichas y chorizos, los tenían oreándose sí, pero simplemente así como que echados fuera de la tienda, justo encima de los calcetines sucios, de las camisetas sudadas y de los calzoncillos usados, que se iban amontonando… Luego, en la barbacoa, igual daba.

¡Qué cosas…!

El día que tuvimos libre, que nos dieron la suelta, no se nos ocurrió otra cosa que alquilar un taxi: un Dodge Dart antediluviano, enorme, de color beige, y con un muy buen conductor. Luego, una vez montados en él, que si vamos a Orense que si vamos a Zamora, que dónde coño vamos. “Vamos a Portugal que está más cerca” sugirió el conductor. ¡No hay huevos…! Nos miramos unos a otros; y si un recuerdo tengo clavado fue esa escapada hasta Braganza… No te rías. Fue más que una aventura.

En aquella época no formábamos parte siquiera del Mercado Común; y esta Unión Europea que hoy disfrutamos era algo impensable. Pasaportes no teníamos, carnets de identidad sí, menos mal. El problema era que yo, un menor de edad sin tutela, no podría cruzar frontera alguna… El lío empezó cuando llegamos a una de aquellas barreras con caseta y guarda, en la que tenías que enseñar hasta lo que habías comido ese día para que te dejaran pasar la frontera. Tras terciar con el guarda el conductor a nuestro favor, él mismo, Dibidibi, el Gordo y el Plátano -los cuatro- tuvieron que firmar un documento en el que se responsabilizaban de mí y de cómo me comportara; como si fueran algo así como mis padrinos.

Tras unos treinta kilómetros más por aquellas carreteras tremebundas, llegamos a Braganza. “Llévenos al centro…” Nos chocó, el que unos rebaños de cabras cruzaran una capital de provincia, justo frente a la oficina de correos y la del ayuntamiento; como si vieses borregas pasando frente al Corte Inglés de Alicante… Recuerdo, cómo íbamos acabando las existencias de cerveza Sagres fría, conforme íbamos sentándonos en las terrazas de aquellos baretos del centro.

“No te digo ná, y te lo digo tó…”

Cómo volvimos es otra historia… Todo, fue mérito del conductor del taxi.

Menudo viaje.

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

LOS CUÑAOS

Los cuñaos están muy infravalorados. Mira el mío: le das un par de destornilladores y a mi hermana y te monta una casa; es muy mañoso. Quiero mucho a mi cuñao Carlos, casi tanto como a un hermano pero como sin el casi. No tengo hermanos; no tengo esa suerte. Sabe de mí prácticamente lo mismo que sabe mi hermana, y pese a ello, creo que algo sí me aprecia todavía… Sólo tengo cosas fantásticas que contar de todos los que fueron y son mis cuñaos: Lorenzos, José Albertos, José Antonios, Andreses, Antonios, José Marías, Lennes, Joaquines… y Carlos.

Muchas veces, son incluso mejor que uno mismo y por éso justo, precisamente por éso, no sé si me tengo del todo por un buen cuñao; no sé si estoy del todo a la altura de mis cuñaos. El mío por antonomasia siempre ha sido Carlos, pero porque lo ha sido desde siempre. Y me explico: tanto es así, que a su madre, cuando lo parió, la matrona al entregárselo para que se abrazasen por vez primera le diría algo así: “tome Señora, ha tenido Usted al cuñao de Antonio…”

Si es que lo tengo que querer… Mi cuñao está tan junto a mi hermana, y lo está desde que eran tan jóvenes, que desde siempre han dado envidia de ésa de la buena. Y la pregunta siempre ha sido la misma: ¿Cómo puede ser éso, de estar siempre con la misma persona y que después de tantos años, te siga gustando, la sigas amando, y encima que se te note, así…?

Sólo tienes que ver con qué brillo se miran cuando discuten. Ahora que lleva gafas para la presbicia a mi cuñao se le nota un poco más: cómo se baja esas gafas, muy lentamente, hasta la punta de su nariz, y mirándola por encima y con pachorra, cómo le dice eso de: Emilia ¡coooño…!

Precioso, no me lo negaréis. El amor, y la intimidad que aporta la frecuencia y la cercanía en una pareja, se pueden expresar de tan distintas formas. ¡Qué bonito…!

Y ahora, gracias al vivir con mi Señora, resulta que a más de cien kilómetros de casa, encuentro por casualidad a unos que ahora también son mis cuñaos; y me lo paso tan bien con ellos, son tan queridos y tan familia, que mira tú por dónde qué suerte he tenido… La de juergas y aventuras cómplices que se corre uno por ahí con sus cuñaos.

¡Ay, si yo contara…!

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

Santi, la Vespa, y la lotería…

Nunca, me ha tocado nada a la lotería ni en ningún otro juego de azar, nunca; salvo, el gran premio de tener la suerte de que uno de mis más grandes amigos, es un queridísimo primo segundo mío, que fíjate tú por dónde también es el lotero de mi pueblo… Bueno, confieso, que cuando tenía no sé si doce o trece años, sí que me tocó en una rifa del colegio un álbum completo de cromos: “El más, y el menos…”

Festero como él solo, sí. Pero era el más elegante, responsable y cumplidor, de todos aquellos cafres que formábamos mi grupo de amigos de juventud: ésos, que nunca dejarán de serlo… Se había comprado una moto: una Vespa 200. Y se le ocurrió, para estrenarla, que hiciésemos los ciento veinte kilómetros hasta la Sierra de Aitana, y que participásemos en mi primera concentración de motos.

¡Venga, vamos, arranca…!

Los primeros cincuenta kilómetros sin problemas; pero fue entrar en la ciudad de Alicante, y negociar una de aquellas rotondas nuevas que estaban proliferado por todas las carreteras, cuando, con la Vespa algo escorada a babor va y me dice: ¡Ostiaaas, agárrate Primo…! Y Pam… Una mancha de aceite en nuestro carril, hizo que pagáramos cara la novatada de entrar algo más fuerte de la cuenta en la rotonda, y termináramos nosotros y la moto arrastrando por el suelo. ¡Coooño…!

Nos sacudimos el polvo y evaluamos daños, comprobando, que solo se había partido por la mitad la maneta del embrague y lijado un poco la parte izquierda de la moto. ¡Naaada…! Su diagnóstico fue que podíamos proseguir sin problemas, porque, aunque fuese con dos dedos sólo de su mano izquierda, podría apretar esa maneta rota y cambiar de marcha sin problemas durante el resto del viaje.

¡Venga, vamos, arranca…!

Sesenta kilómetros después, y ya de noche y helados de frío, comenzamos a subir aquellas cuestas llenas de curvas que se empinaban y se cerraban cada vez más. Tercera marcha, segunda; arreón; tercera, y vuelta a la segunda marcha para entrar en la curva siguiente; y otra vez, y otra… Nosotros dos y el equipaje aupados por aquella bendita y heroica Vespa. Llegó un momento que para negociar aquellas curvas y cuestas, y debido a que los dos dedos y la muñeca de mi primo ya no daban más de sí, tenía que bajarme en marcha para que así pudiéramos seguir subiendo, casi escalando, avanzando, y que no se nos calase la moto.

¡Venga, vamos, arranca…!

No sé ni cuánto tiempo tardamos en plantarnos tan trabajosamente en lo alto de aquella Sierra de Aitana. Noche cerrada era ya… Y claro, veníamos con tantas ganas de fiesta, que del tirón nos metimos en el chiringuito que tenían montado los moteros. Y tantas ganas de divertirnos traíamos, que, en vez de cenar dado que era tan tarde, empezamos con lo de las bebidas bárbaras, con los porritos, y con el rollo y el cachondeo con los moteros… Ya cenaríamos mañana.

¡Vaya nochecita que pasamos allí riéndonos helados de frío…! ¡Qué juerga nos pegamos prácticamente solos…! ¡Qué pedal más chocante pillamos…! El caso, es que ya de madrugada, andamos no más de veinte pasos desde la puerta del chiringuito hasta encontrar un pino, bajo el que dormir metidos en nuestros sacos la mona tan bonita que lucíamos…

Y os lo juro, que nos pareció que transcurrió solo un instante, cuando al fin nos despertó el escándalo de las motos, el olor a Castrol, y el rumor del ir y venir de la gente pasando casi por encima de nosotros debido al trasiego del chiringuito… Desperezándonos, comprobamos que eran más de la una del mediodía y que la gente lo que estaba era yéndose… Todo, había terminado.

Jajajajaja… ¡Venga, vamos, arranca…!

Él, no sé si se acordará pero yo sí. Siempre, fue mi primo un ejemplo de sinceridad en el trato y de cómo ser un caballero. Y por eso, recuerdo cuando no se estilaba eso de regalar a los clientes en Navidad, pero él, con veinte añitos poco más o menos, se empeñó en convencer a su padre Don Mariano con la innovadora idea de regalar vino en esas fechas. Y su padre le hizo caso, sí, pero compró unas botellas para regalar, digamos que no muy… Menudo berrinche cogió mi primo al ver la birria de vino que estaban regalando. Sería el año 88 o 89, más o menos.

Y aparte de por otras muchísimas cosas, para mí, mi primo, es el mejor lotero del mundo porque pese a que llevo más de diez o doce años sin comprarle absolutamente nada, todos los años me toca. Todos los años me regala una botella de vino mejor… Seguramente nunca me tocará la lotería porque no compro casi. Pero no encontraría a nadie, nunca, con más gracia a quién comprársela ni con más ganas de hacer el bien a los demás, que a mí primo.

Así que, suerte…

Te quiero Santi.

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras

AYER SE MURIÓ MI AMIGO

Historias de Paco Sanz

Ayer se murió mi amigo. Hace mucho que no nos veíamos, pero sabíamos el uno del otro. Se acercaba a los ochenta. El yuyu le dio en el coche. Volviendo de trabajar. Le dio tiempo a pararse, bajarse y morirse en la calle. Sin haber dejado nunca de luchar, con las botas puestas, como se moría la gente en la películas del Oeste que veíamos de jóvenes. Siempre había contado con ello. Lo de de morte subita liberanos Deo siempre nos pareció una majadería.

Suscribíamos mejor aquello de que el que ama el peligro perece en él. Dicho de otra manera: “Los que tomen la espada perecerán por la espada… y los que no la tomen por enfermedades malolientes”. De joven había destacado en lucha grecoromana, y en la Universidad “sacamos” las marías tirando a pistola. Tener un amigo más valiente que uno anima mucho. Me enseñó a dar la cara. Era un artista en evitar las confrontaciones que podían acabar siendo violentas en unos entornos en que eran muy posibles.

En muchas cosas me recordaba a Mishima. Mishima vivía de manera que jamás, pudiera encontrarse en el brete de tener que defenderse echando mano a la espada… ¿Hay alguien que desee después de todo siempre el triunfo? Solamente aquellos seres de probada estupidez, aquellos seres mezquinos… Este sabio a pesar de su ejemplaridad jamás asumiría liderazgo alguno. Estos sabios no persiguen cambiar el mundo, sino que cambian los mundos, tal como urgía San Francisco de Asís a sus discípulos.

Entiendo la admiración de Federico por Ignacio Sánchez Mejías, el torero. Recuerdo a este respecto unos versos de otro poeta: “La mano del piadoso nos quita siempre honor;/ mas nunca ofende al darnos su mano el lidiador./ Virtud es fortaleza, ser bueno es ser valiente;/ escudo, espada y maza llevar bajo la frente;/ porque el valor honrado de todas armas viste:/ no sólo para, hiere, y más que aguarda, embiste”.

Es algo como lo de antigua nobleza. Que el mucho andar a caballo a unos hace caballeros y a otros caballerizos. Por decirlo de otra manera: “El noble sigue siendo noble aunque sea un pésimo espadachín, mientras que el mejor espadachín no se convertirá por ello en noble”.

Hay algo en la manera de moverse de los que saben defenderse, que recuerda a la manera de andar de un corredor. Los maestros de esgrima dicen a menudo: “Demasiada fuerza” porque la esgrima es una suerte de cortesía. Cualquier cosa mínimamente brutal y arrebatada es descortés: los signos son suficientes; la amenaza es suficiente… una taza de té sostenida en la mano civiliza a un hombre. El maestro de esgrima juzgaba a un tirador por la manera de remover la cucharilla en la taza de café, sin hacer un movimiento de más.

¡Ay! “Los caminos del recuerdo/ se pierden detrás de mí/ y no puedo recorrerlos./ No puedo volver a verlos,/ ni a soñarlos, ni sentir/ su lejanía de tiempo./ ¡Ay!, lo pasado se ha muerto/ en mi corazón, dejándome/ sin memoria el pensamiento.

Historias de Paco Sanz