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TORTILLAS EN CALDO

a Jesús De La Llave.

El otro día hice por vez primera, y no sé porqué, este guiso que hoy llamaríamos vegano; y colgué de él una foto en el güasap. Recuerdo de niño cuánto detestaba esa comida; era una de aquéllas que yo calificaba sin duda como comida de viejas. También recuerdo cuando años después, harto de comida de rancho, volvía de la mili a mi casa y le decía a mi madre aquello de: “mamá, por favor, hazme aunque sea unas tortillicas en caldo…”

Pues resulta que un amigo entrañable de aquella misma mili, me ha pedido que le pase esta humilde receta, y que se la pase por güasap. Voy a ver si lo consigo. ¡Qué cosas…!

Es ésta, una de esas raras y valiosísimas recetas en peligro de extinción, de lo que yo llamo la cocina del hambre de mi tierra... De aquellos tiempos en los que había que cocinar con casi nada, o casi con cualquier cosa. Tenías que tener sobre todo hambre, algo de aceite, una patata para espesar el guiso, una cebolla y un tomate. Y luego, igual daba si tenías un puñado de judías o de guisantes, un par de champiñones o de alcachofas, zanahorias o pimientos; casi cualquier verdura que tuvieras a mano valía… Y para las tortillas solo había que tener pan duro y un huevo, un diente de ajo, sal, y si tenías, perejil.

Y espera, que se me olvidaba el consabido aunque imprescindible ingrediente del cariño. Porque mucho cariño había que ponerle a los trajines de ese guiso, si querías sacar algo sabroso de ingredientes tan parcos.

Como otras muchas en cocina, esta receta hay que empezarla pochando mucho y con criterio una cebolla picada fina; luego hay que añadir el tomate rallado, y a fuego muy lento, reducirlo todo casi a seco. Es lo único que se sofríe… El resto de las verduras, solo hay que cortarlas de forma que queden trozos lo suficientemente grandes, para que quepan en boca y así, poder apreciar los detalles de cada una de ellas adecuadamente. Luego, las añadimos al sofrito y las rehogamos apenas, sin maltratarlas, con cuidado de no romperlas… Un poco de vino blanco, otro poco de agua, y lo dejamos todo a fuego muy muy lento, cociéndose.

Y ahora viene cuando la peinan…

Es el momento de hacer las tortillas, que no son otra cosa que simples albóndigas, hechas solo con miga de pan duro ablandada con un poco de caldo de las verduras y un huevo crudo, y sazonadas solo con sal, y ajo y perejil muy picado. Hay que amasarlo todo con mucho cuidado, muy suavemente, sin aplastar, de forma que nos quede una masa amable y esponjosa, con la que hacer a mano las tortillas. Después solo hay que freírlas para que cuajen y no pierdan la forma. Y una vez fritas, hay que añadirlas con mimo al guiso de las verduras con el fin, de que cual esponjas se empapen de los sabores cocinándose poco a poco.

El punto justo del guiso, es, cuando tienes el caldo espesado por la fécula que suelta la patata al cocerla, y a la vez, puedes apreciar en boca el sabor y la textura de las verduras sin que se te hayan pasado por un exceso de cocción. Ése, es el momento en el que se añaden especias o hierbas aromáticas al gusto, y listo.

A estas alturas ya os habréis dado cuenta, que no he hablado ni de tiempos ni de cantidades: mi madre siempre dice que eso de medir es cosa de reposteros… Que en cocina lo que sirve es el instinto; que la misma comida te dice todo lo que necesita; y que la receta siempre depende de lo que tengas y de cómo hayas tenido, ése día para cocinar.

La cocina depende del tiempo que tengas, de los ingredientes que hayan, de la mucha o poca hambre de los comensales; de los fogones con que tienes que guisar; de si hace frío o calor, o de si estamos o no de humor ese día; de es fiesta o no.

Y ya está.

¡A la orden mi sargento…!

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras

AMIGOS DEL COLEGIO…

Quiero al Rovira algo así como a un hermano, porque nuestros apellidos casi consecutivos por orden alfabético, hicieron que casi siempre estuviéramos sentados en el mismo pupitre, durante años y años. Él era zurdo, y siempre jugábamos a eso de darnos porsaco sentándonos él a la derecha y yo a la izquierda: nos divertíamos estorbándonos al escribir.

Como los seres humanos nos formamos como tales -o nos forman- de niños, la infancia, es indudable que marca el resto de nuestras vidas de forma indeleble. Por ello, no sé si me pasa a mí solo, eso de tenerles tanto y tan especial cariño a mis viejos amigos, a aquéllos compañeros y colegas de infancia, de colegio, de juventud… Tengo la teoría de que, querámoslo o no, las personas de las que sabemos ciertos secretos están más cerca de nosotros; que nos unen con ellas, saberes íntimos de índole tan personal, que es un tesoro el saberlos.

Y yo, os advierto que tengo el tesoro de saber algunos secretos vuestros; nuestros… Recuerda, cómo eran de frías nuestras antiguas escuelas; de qué, era aquel bocadillo preferido que te ponía tu madre para almorzar; de si jugabas bien al fútbol o eras un fardo como yo, y de quién se duchaba luego en los vestuarios y quién no; de los que ligaban más, de quiénes no tanto, y de los que no ligábamos nunca… Yo me acuerdo, del gesto del llanto en tu cara cuando te lisiaste la rodilla en aquel golpe en bicicleta; de si tenías mal perder pero eras un buen chico, o de si eras un malqueda pero porque te daban miedo las chicas.

Sé de ti y tú de mi, secretos de compañero tan entrañables, que también sé que nos unirán un poco para siempre… Sé, si eras de los listos, de los revoltosos o de los empollones; si te comías los mocos, las uñas, las dos cosas, o ninguna; sé si eras valiente, solo tímido, o llorón. Todavía me acuerdo de la música que te gustaba, de muchos de los conciertos a los que fuimos; y de si eras viciosillo, solo bailaorico, o las dos cosas… Y sé si eras un genio, que también los hay entre nosotros, mira Daniel García.

Os quiero. Mucho.

💞

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

HUMILDAD Y AÑO NUEVO

Historias de Paco Sanz

El año se ha acabado, y pocas veces se le ha puesto más fácil al Año Nuevo mejorar al anterior. Ya veremos, dijo el ciego. Mirando hacia atrás sin ira, pienso en la lección de humildad que este desastre nos ha propinado. Me he pasado la vida intentando ser más humilde en vano. Nietzsche pensaba que la primera cuestión de la filosofía es la llevarse bien con la propia soledad, yo creo que lo verdaderamente difícil es ser humilde. De cabeza y de corazón. Recuerdo a Pasolini, la cualidad que poseía en rara medida no era la humildad, sino algo mucho más difícil de encontrar: el amor a lo humilde, y diría, la competencia en humildad.

Antes, que no hacíamos tanto la pelota a los niños, eran los niños más humildes, y siempre creeré que hasta que los niños no vuelvan a la humildad, la vida estará horrorosamente trastocada. Pasarse la vida estudiando creo que ayuda. La humildad, que no abunda entre los doctos, aun es menos frecuente entre los ignorantes. En el dominio de la inteligencia, la virtud de la humildad no es otra cosa que prestar atención. No hay nada más cercano a la verdadera humildad que la inteligencia. Es imposible estar orgullosos de nuestra inteligencia, en el momento en que la ejercemos realmente.

Tampoco tiene que irnos siempre bien en todo ¿no…? Es un desconocimiento racionalista de la esencia del fluir de la vida personal, el pensar y exigir que ésta, haya de vibrar en todo momento con las mismas amplitudes anchas y armoniosas con que brota en los instantes agraciados. Tales exigencias, arrancan de una falta de humildad interna ante el misterio y el carácter de gracia inherente a toda vida.

En política, por ejemplo. La vida política no es un proyecto de mejora del mundo en donde se invierten las esperanzas trascendentales de un mundo sin fe. En cambio, se trata, de una tarea desesperadamente humilde de improvisación infinita, en donde todo bien se ve comprometido por los demás; se busca un equilibrio entre los males necesarios de la vida humana. Y la perspectiva omnipresente del desastre, es conjurada hasta el día siguiente.

¿En qué consiste esa cualidad de la humildad, siempre tan elusiva y tan añorada? Es la única cualidad, que si se pensara que se posee se perdería al instante. Me recuerda a las frases cachondeándose de la lógica. La más famosa es: “Miento”. Si efectivamente miento al decirlo, entonces digo la verdad, aunque no lo sepa. ¿Puedo afeitarme a mí mismo…? Últimamente me despierto pensando que la vejez añade, mientras quita. Humildad, por ejemplo.

Es buena contra la envidia y contra las mentiras, favorece la bondad de quitarse de en medio. Por decirlo en verso: “Aquí la envidia y la mentira/ me tuvieron encerrado./ Dichoso el humilde estado/ del sabio que se retira/ de aqueste mundo malvado,/ y con pobre mesa y casa/ en el campo deleitoso,/ con sólo Dios se compasa,/ y a solas su vida pasa/ ni envidiado ni envidioso”. Aunque: “ En los extremos del hado/ no hay hombre tan desdichado/ que no tenga un envidioso/ ni hay hombre tan virtuoso/ que no tenga un envidiado.”

Considero que es un pecado contra la humildad el dar publicidad a lo que escribo. Pienso, que escribir es únicamente asumir la sacralidad que llena cada instante, es la humilde anotación, que tiene en el asombro su comienzo, el de un logos que alienta en todas partes. He disfrutado escribiendo, lo he hecho también leyendo lo que he escrito, ¿qué tercera cosa espero, como los necios?

La verdadera humildad es cuando puedes sorprenderte a ti mismo más que a los demás; el resto es timidez o buen marketing. La humildad no puede enseñarse por medio de la propaganda, pero la esclavitud sí… A ver si lo recuerdo.

Feliz Año Nuevo.

Historias de Paco Sanz

LA PÉRGOLA. LA VOCACIÓN.

OXALIS

“Mamá mira, mira que flores tan bonitas…” ¡Qué graciosa…!

Casi todos damos por hecho aquello de que hay carreras vocacionales, como la medicina, las matemáticas, la música o el sacerdocio. Pero si nos fijamos bien, en realidad, lo que hay son personas con vocación, o con vocaciones, o sin ellas… Por ello, sin médico no hay medicina, sin plantear el problema no surge el número, sin músico no hay melodía, o sin fe no hay Dios.

Y mira si es así, que ya desde bien pequeña mi hermana volvía tooodos los días del colegio, portando el tesoro a sus ojos de uno de aquellos primorosos ramilletes, que ella sola, iba componiéndose con las distintas floretas que se iba encontrando por ahí, por las calles. En aquellas calles, cada uno de los árboles plantados en los alcorques, se adornaba o con arbustos ornamentales o con plantones de flores; haciéndolas lucir de bonitas -las calles- de una forma que ya quisiéramos hoy.

En aquellos años, el simple primor de las mujeres era lo que las empujaba a plantar flores frente a sus casas: margaritas o cornetas, don pedros o geranios; algunas hasta se atrevían con las rosas. Otras, cultivaban hierbabuena, hierbaluisa o arbustos de laurel, alhábegas, galanes de noche o jazmines… Pasear por mi pueblo, engalanado de esas flores y por esas fragancias, tan humildes pero tan evocadoras, era una experiencia tan deliciosa, que incluso mi memoria olfativa puede recordarla hoy si cierro los ojos y vago rememorando aquellas calles.

Y claro, yo creo que ella heredó ese instinto digamos que materno-estético-vegetal, que la empujaba, con primor, a disfrutar contemplando todas y cada una de las plantas con las que se tropezaba, cual si de verdaderas maravillas únicas se trataran… Aprendía, por puro gusto, sus nombres latinos o cosas como qué tipo de abonos necesitaban; se interesaba por su época de floración, por sus zonas de cultivo, por la duración y el grado de la belleza de sus flores, por la clasificación de sus fragancias…

Y no te digo nada, cuando descubrió casi sin darse cuenta eso del arte floral, o sea, su propia forma, de expresar con detalle la profundidad de algunos sentimientos, para los que casi siempre y si os fijáis, usamos flores… Para las declaraciones de amor o para pedir perdón; para premios, recuerdos, honores; en los nacimientos y en los entierros; en las alegrías y en las melancolías.

Hoy, se ve que todo el mundo sabe lo que es una pérgola, pero recuerdo, la cara que le puse a mi hermana cuando me dijo que ése iba a ser el nombre de su floristería: “¿Nena, qué coño es una pérgola…?”

Y resulta que, encima, te casaste con el jardinero fiel… Dale un abrazo.

Te quiero Nena.

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

MI SOCIO

No siempre puedes decir que le has cambiado los pañales a uno de tus colegas. Es extraño, lo reconozco. Pero por eso le conozco tan bien, y encima lo quiero casi como a un hijo; pero insisto, casi: no es mi hijo, aunque quizá sí el mejor si no uno de mis mejores amigos. Una especie de socio especial.

— Eres un cascarrabias, siempre me estás riñendo.
— Muy bien, a partir de ahora me vas a dar igual del todo, completamente igual; no me importarás nada, como si fueras un crío cualquiera de los muchos que me cruzo cuando voy por ahí, por la calle…
— Vaaale, ríñeme.

El socio, es una figura que se ha ido perdiendo pero que yo reivindico. Ya no confiamos lo suficiente los unos en los otros para tal grado de relación; para, como dice el castizo “jugarte los cuartos” con él o por él. ¡Ay la confianza…! Como mucho, tenemos buenos amigos, pero con los que llevamos el cuidado de no jugarnos nada verdaderamente importante, y que podamos perder además de a ellos mismos; o conocidos sin más, tal vez colegas de infancias, de ciertos gustos o profesiones; pero ya, casi nadie tiene un socio… Yo, sí.

Como sus padres estaban separados casi desde antes de que él naciese, recuerdo con qué ternura me preguntó ya con cuatro o cinco añitos, que qué era yo de él… Si algo así como un tío suyo, tal vez como una especie de padre postizo, o quizás un abuelo extra; no lo tenía claro el pobre. “Nada de eso, yo soy tu socio…” Se lo dije tal y como me salió. Y ahí se quedó la cosa. Yo, salí del brete dialéctico de explicarle al crío, que amo a su abuela y vivo con ella pero no soy su abuelo; que lo he criado y le riño a diario pero no soy su padre; y que lo quiero muchísimo pero que él no es nada mío. Él, era ni más ni menos que mi socio.

Me deshago de cariño cada vez que recuerdo la inocente expresión en su carita, al hacer como que entendía aquéllo que yo le intentaba decir con lo de socio… Luego, me abrazó con mucha fuerza…

Qué bonito, qué gracioso y qué entrañable. ¡Quiero a ese chico…!

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

Caminante, no hay camino…

Respuesta a un TLP…

Que sepas, que no tienes pinta ninguna de estar trastornada en forma alguna. Ojalá pudiese yo ayudarte. Consuélate, sabiendo que la solución que tanto buscas la llevas dentro, la tienes ya.

La primera vez que vi una foto tuya, enseguida, como en un flash, me vino a la mente el semblante de tu padre. Y no sé porqué tengo la impresión de que aparte del enorme parecido físico y de su misma mirada, y por lo poco que yo sé, tienes también algo de aquellos legendarios cojones, de la misma impulsividad, garra y mala leche que tenía él. Vas bien.

Con el paso del tiempo y cuando él y yo ya nos conocíamos un poco, muchas veces le dije a tu padre medio en broma medio en serio, que si en vez de conocerle así peladito y de militar, le hubiera conocido con las greñas que se gastaba de civil, seguramente ambos hubiéramos terminado mal: peleándonos… Él era un heavy con cadenas, melenudo, macarrón y del Foro; y yo, era como un poco más moña y más formalito, de pueblo. Muy diferentes sí, pero teníamos en común el que éramos casi igual de altos y de bragados, de golfos, porreros y bebedores, de cabras locas; pero también de buenas gentes, nobles, cabezones, duros aunque sensibles, cumplidores.

Ambos éramos de los bajitos de la Compañía, pero en nuestro caso se debía a lo mucho que nos pesaban los huevos. Y claro, a mala ostia no nos ganaba nadie. Y recuerdo lo mucho que nos extrañamos primero y nos cabreamos después, cuando sin venir a cuento, nos ascendieron una mañana a cabos de cuartel. ¿A santo de qué…?

¡Qué ostias cabo me cago’n el Calis…!

Ninguno de los dos queríamos serlo, y fuimos a protestar y a pedir explicaciones a los oficiales quienes nos dijeron aquello de “chitón chaval y ajo y agua…” Que la decisión estaba tomada y era irrevocable. Nos habían estado observando con detalle durante las semanas que llevábamos allí y confiaban en nosotros; en cómo reaccionábamos. Que nos fuéramos haciendo a la idea.

Lo pasamos muy mal y en muchas ocasiones, pero porque siempre teníamos la obligación de llegar a la marca fijada en el mapa; conseguir el objetivo no era una opción. Al precio que fuese había que sortear los obstáculos; daba igual el tiempo que se tardase; daba igual lo mucho que costase llegar.

“No hay a su pie risco vedado,
sueño no ha de menester.
Quejas, no quiere.
Donde le llevan, va jamás cansado.
Sumiso, valeroso, resignado.
Obedece, pelea, triunfa,
y si es menester, muere”

Jamás he tenido soluciones ni para mí mismo. Pero como tú pareces ser casi calcada a cómo era tu padre, no te preocupes mucho porque solo tienes que seguir siendo justo así, justo como eres. Estás hecha de buena madera seguro. Y seguro, que ya sacarás cuando llegue el momento y sea necesario, los arrestos suficientes para sortear el obstáculo que sea.

Y mientras, cuídate siempre mucho, cultívate y lee mucho, viaja mucho y ama mucho, enamórate intensamente. Disfruta, goza dejándote penetrar por el mundo y penetra tú en sus caminos. Y pregúntale a tu padre; o a tu madre, que seguro es una santa queriéndoos como os quiere a pesar de los berrinches que seguro tú y tu padre le dais…

Dales un beso muy fuerte de mi parte.

Abrazoooooss

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

EL PAN…

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Cuando ahora al entrar en la panadería estiro el cuello, y a través del mostrador y de mis años, me asomo con curiosidad para ver el obrador, compruebo complacido que el horno es el mismo de hace más de cuarenta añadas… Solo la zona de venta al público ha sido actualizada y reformada; el resto del establecimiento es, a mis ojos, exactamente el mismo.

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Todavía puedo oír a La Dolo gritándonos, espantada, para que nos alejásemos de la peligrosa boca del horno… Monas, rollos secos, magdalenas y bizcochos de docena, salían a borbotones por aquel agujero abrasador; y peligraban, lógicamente, con nuestra ávida y atracadora presencia en las inmediaciones… Almojábanas, toñas o mantecados; relentes, pelusillas y pastas flora; tortas de sal y tortas de calabaza o boniato; dulces de yema tostada, almendrados y hojaldres con cabello de ángel; panes de leche, empanadas y pasteles de cierva; tortas de santiago, tartas de novia o tetas de monja.

Una maravilla os lo aseguro.

Siempre pillábamos algo porque sabíamos, de las vecinas generosas que obsequiaban con una de aquellas delicias todavía candentes, el que les abriésemos las puertas, o el que las ayudáramos a cargarse apoyándolas en las caderas, aquellas enormes bandejas negras, metálicas y quemadas por el uso, que acarreaban con garbo y maña.

En aquellos años de mi infancia los dulces se hacían en cada casa, casi nadie los compraba; en parte porque era caro, pero en mayor medida porque las mujeres tenían cada una el prurito de hacer sus propias recetas; en una especie de franca competición vecinal para que, al compartirlas, comparásemos la excelencia de aquellas ambrosías caseras.

Los críos, andábamos enredando y haciendo alguna faena entre delantales y artesas, pellizcando ávidos a diestro y siniestro las mullidas masas fermentadas y olorosas; babeando detrás de aquel baile continuo de aromas insinuantes y confitados. Engullíamos compulsivos los merengues batidos y azucarados, y rebañábamos afanosos, almíbares, mermeladas y mieles, en una vorágine de ir y venir en procesión incesante, y casi hipnótica, de irresistibles manjares golosos… Esas mujeres mágicas de mi puericia, creaban una repostería sublime con solo sus manos y unos saberes ancestrales, aprendidos de la tradición y del respeto a sus antepasados. Saberes que exhibían cada año en navidades o por pascua, por todos santos, y por cualquiera otra excusa que hubiera para un buen yantar.

el pan

Ayer compré un pan de kilo y medio, rotundo, hermoso, como los de hace ocho lustros. Una hogaza como antigua, salida del horno de la calle San Francisco, de esas que duran más de una semana, y que estarán mejor al tercer día que en el momento de comprarla.

Un pan de textura amable y crujiente, que junto con su sabor honesto, dulce y salado a la vez, invocó borrosos recuerdos, sentimientos difuminados y olvidadas sensaciones. Una hogaza de pan molludo, blanco y cálido, con un olor maternal y acogedor a tostado y a levadura, que tuvo la virtud de rebobinar mi memoria hasta evocar con intensidad y ternura mi niñez.

Antonio rodríguez Miravete. Juntaletras.