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ABUSO. PODER.

Historias de Paco Sanz

Que los que se han hecho con el poder abusen, se podía esperar. Todo poder es abuso de poder, es de derechas. Cada vez se saben más cosas de cada uno de nosotros. Del abuso de memoria se pasa muy fácilmente al abuso de poder. El poder sin abuso pierde su encanto. El poder se convierte en abuso en cuanto se olvida de toda responsabilidad, particularmente la de informar, la de formar, y la de delegar.

Yo también he abusado. He abusado de mi hastío. ¿Pero que otro vocablo escoger para designar un estado, en el que la exasperación está sin cesar corregida por la lasitud y la lasitud por la exasperación? Todo es locura, vanidad, naderías, pero sólo una cosa es pecado: el abuso de la palabra. Lo dice un libro sagrado. También dice que no hay que tomar el nombre de Dios en vano. Abuso de la palabra Dios, la utilizo con frecuencia. Lo hago cada vez que alcanzo un extremo y necesito un vocablo para nombrar lo que hay después. Prefiero Dios a lo Inconcebible.

Las máquinas son cada vez más inteligentes, pero no abusan de nosotros. Los hombres las usamos para abusar unos de otros. No todo el mundo ve con buenos ojos que los sistemas cognitivos se hagan más inteligentes o que incluso nos superen. Temen que vendedores o políticos, servicios secretos u organizaciones criminales, puedan cometer abusos si los ordenadores descubren fácilmente nuestras preferencias a través de nuestro lenguaje.

Algo de eso hay. Existe un uso ideológico de internet en orden de aparentar cercanía, limitar la participación, protegerse mediante la simulación de transparencia, o simular comunicación. La construcción política de un espacio deliberativo, capaz de generar relaciones de responsabilidad, empatía y respeto entre representantes y representados, puede hacerse más difícil precisamente por el abuso de inputs y outputs en pantallas táctiles.

En la naturaleza humana existen, al menos en la medida en que el hombre convive con otros hombres, tres causas principales de conflicto: La competencia, la desconfianza, y el afán de fama. La primera conduce al abuso de las ganancias, la segunda al abuso de la seguridad y la tercera al abuso del prestigio.

En algún rincón de mi biblioteca, detrás de alguna fila de libros deben estar durmiendo, enrollados en un tubo de plástico, los documentos que certifican mis dos licenciaturas. Nunca he tenido los huevos de enmarcarlos y colgarlos en la pared, pero en cierto modo he disfrutado de la posibilidad de abuso que me conferían. La palabra para expresar abuso era en el mundo romano licencia. La licencia implica permiso, y si me apuras abuso. Por ejemplo la licencia de armas.

En la comunidad de regantes a la que pertenecía mi abuelo materno era preceptivo que el presidente de la comunidad, ante la autoridad competente, tomara una vez al año agua del canal con un vaso y se la bebiera. Decía entonces: ¡Uso!. Luego tomaba otro vaso. Se llenaba la boca y la escupía. Decía entonces: ¡Abuso!, levantando claramente la voz.

Historias de Paco Sanz

LÁGRIMAS DE MUJER

Hace solo unos meses que lo enterramos, y no quiero siquiera imaginarme que lo tuviésemos que enterrar hoy en día, con lo del coronavirus éste de mierda…

Y no sé porqué, pero últimamente me arranco a llorar con una insólita frecuencia. Se ve, que ahora estoy de lágrima floja porque siempre fui de lágrima fácil… Aunque también siempre he necesitado un buen motivo, un buen porqué para que se me soltaran esas lágrimas: el tormento del amor bien retratado en el cine; los actos de heroísmo; la añoranza de mis hijas; anhelos de viejos reencuentros; los remordimientos… Cosas así eran las que me hacían llorar…

Como no sé estar en la cama sin dormir me levanté, Manuela dormía a mi lado la siesta desde hacía un rato… Me dio por recordar cuando de pequeño también hacía como que la dormía, echado junto a mi padre… Entonces, casi abrazado a él y oyéndolo respirar, solo esperaba con impaciencia a que despertase para irnos toda la tarde a la huerta montados en su bicicleta… No había aventura mejor.

Eché a andar fuera de la habitación, y el caso es que sin venir a cuento, me asaltaron unas inesperadas pero imperiosas ganas de llorar muy extrañas; diríase como que femeninas; de ésas, que ellas muchas veces intentan explicarnos a los hombres. No sabes porqué coño estás llorando, pero lloras y lloras… Me encontré en medio de la cocina de casa, a lágrima viva, a las cuatro y pico de la tarde, y sin tener ninguna de las razones para llorar de las que antes os hablaba… Lloraba solo y porque sí.. Y oye, he de confesar mi sorpresa, al sentirme tan a gusto sollozando sin motivo alguno, aparentemente…

¡Qué cosas…!

Luego recordé a mi hija la pequeña, cuando con solo ocho días de vida tuvo que luchar, a muerte y con la sola arma de su llanto, llorando contra un atragantamiento… Estuvo más allá que aquí; se puso azul, y prácticamente dejó de respirar… Pero desde el primer momento y como una jabata salvaje chillando por su vida, mi pequeña plantó batalla, guerreando hasta el último segundo de aquellos quince angustiosos e interminables minutos… Y tanto combatió mi pequeña guerrera recién nacida, que venció llorando, chillando y así recuperando, aquel resuello vital que finalmente la mantuvo aquí sin irse allá…

¡Por muy poco, pero ganamos…! A veces hay que tener los redaños de hierro…

Así que lloremos sin miedo. No debe ser malo…

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras….

El mundo ha muerto

¡Vaya mieeerda…!

Tengo la tele enchufada y tan solo asoman noticias pagadas, falsas, putas; programas viejos y tiempo muerto, mucho… Da igual el canal que pongas. Nuestras televisiones son una extensión de la sociedad que las genera y su escaparate… Y, ya no la totalidad de las televisiones sino también casi todo el periodismo actual, son en general una verdadera sentina llena con mierda de intereses espurios, a rebosar de cagadas de rata…

“Si un traidor puede más que unos cuántos,/ que esos cuántos no lo olviden fácilmente…”

Pues yo, no me resisto a irme. Me voy, me bajo…

Me voy directo a la rebeldía de mis letras. Voy, a refugiarme tras el parapeto seguramente erróneo de mis convicciones, de mis creencias e instintos más profundos. Dice mi maestro Paco Sanz algo así como que escribir es pasear, o algo así debería ser… Fluido, rítmico, agradable. Algo, que te permita respirar mientras lo practicas porque no ofusca el habla, ni el pensamiento, ni la atención; porque son precisamente estas tres habilidades las que marcan nuestros pasos con las letras… Atrapar con la atención lo fugaz del pensamiento, para que haga pensar a otros atentamente; y todo ello sólo con el habla…

Tengo la infinita suerte de que este infierno de encierro me haya pillado junto al amor de mi vida; beatífico, redentor… Las penas son menos si te pillan unido muy fuerte a la mujer con la que quieres futuro… “Se pare el mundo que yo me bajo,/ si no te puedo ver…”

Pero es curioso ésto del amor porque echo de menos también muchos otros amores, ésos que corrían por las calles… Vosotros. Vosotras mis hijas alejadas. Nuestros hijos. Nuestros viejos padres enclaustrados por el peor miedo posible, que no es otro que el de perderlos inmediatamente…

Extraño tiempo éste que en el siglo XXI, nos exige sacrificios ascetas en medio de tanta tecnología… Claustro, resignación, paciencia y silencio; y el que sepa: oración, comedimiento, análisis, reflexión…

Eso solo le pido a Dios…

Que no nos engañen.

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras…

¡nooo me toques…!

El jodido coronavirus…

Los rebaños, sólo se mueven por miedo, o por hambre.

El instinto rebañudo que todos tenemos, me empuja a quedarme en casa pero no por el miedo mío, sino por respeto al miedo de los demás. Como creo que debe de ser, si somos solidarios… Pero por otro lado, mi instinto de rebeldía me dice que el actual estado de las cosas es, para mandarnos a todos la mierda por histéricas…

Porque lo de los supermercados y lo del papel higiénico, convendréis todos conmigo en que es muy muy significativo… Seguro que en unos cuantos meses no podríamos los españoles limpiarnos el culo lo suficiente, como para acabar con las reservas nacionales de semejante producto se ve que de primera necesidad…

Me voy a quedar en mi casa, sí, pero rabiando.

Ni tocarnos podemos ya… Este mundo moña y cobardón que nos hemos creado, chilla y echa a correr a las primeras de cambio tal como una espantada de pavos azuzados…

Toda nuestra historia como especie matándonos hasta por millones en guerras y hambrunas, y resulta que ahora, hoy, en el siglo XXI y como pollos sin cabeza, nos cagamos de miedo porque nos entra la tos y se mueren cuatro gatos…

Yo, voy a seguir ofreciendo siempre mi mano; y hasta deseando que la paz sea contigo con un beso, como hacía mi padre… Y seguiré tocando siempre a mi prójimo, si él se deja…

Y jamás, jamás, haré acopio de papel del culo.

Sé, que soy un poco bruto perooo, en fin.

Que no nos engañen.

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras

¡Viene el coronavirus 😱!

Miedo a vivir…

El café sin cafeína; el lenguaje políticamente correcto; el creer que se puede comer sin engordar; la cerveza sin alcohol y la leche sin lactosa; también las hamburguesas vegetales, los teléfonos inteligentes o el sexo seguro, y por supuesto, el querer soplar y sorber a la vez, están cambiando el mundo…

El otro día cerraron una playa, no sé dónde, porque alguien encontró una medusa; una… Eso sí, francamente peligrosa; una carabela portuguesa según dijeron algunos listos… Una especie de medusa aquélla, casi imposible por nuestros mares porque es oriunda de nuestras antípodas; peeero, el miedo es como el culo, y cada uno tiene el suyo… Dos días tardaron, en volver a permitir el baño al rebaño… Menos mal…

¿Y las olas de calor…? Hasta hace algunos años yo no había asistido a ninguna; de niño nunca; se ve que en que en aquella época el sol estaría más lejos; o se sudaba menos; no sé… ¿Pero ahoraaa…? Toma, tres tazas; una ola de calor cada quince días durante tres meses. Pues eso…

Y la gente… que oye no sé qué coño del glúten y ¡Ostias! ¡Cuidado con el glúten! ¡Medio mundo celíaco…!

Coooño, que vemos un celíaco y parece como que mola; como que está de moda o bien el serlo, o el quedar como un histérico alimentario… Voy a quitarme eso del glúten no sea qué…. Igual adelgazo, o se me pone la piel fina; o el éso duro… O a lo mejor, me transformo en hermosa alevilla ligera, o en bella candelilla luminosa… Y es casi seguro que hasta logro ¿porqué no? alargar mi senilidad seis u ocho años más… ¡Cuaaanto tonto…!

¿Y la carne…? ¡Ni se te ocurra porque morirás…! O bien de pena por el bicho muerto, o bien de exceso de colesterol, o bien cuando te revienten las venas de tanto llevar cuidado con las arterias… La solución: el forraje. Oootra vez el rebaño.

¿Y la listeria…? ¡Que se han muerto tres o cuatro de eso joder…! ¿Y el coronavirus…? ¡Que la gente se muere coño…!

Siempre, siempre, y desde siempre, teníamos la obligación de de lavarnos las manos después de cagar… No sé a qué, tanta alarma y semejante histeria…

¿Y ahora qué hacemos con el rebaño…?

¿Qué hacemos ahora que hemos sembrado tanto miedo a vivir; eh… qué hacemos?

Y recordad:

POLÍTICOS NO, EXPERTOS SI…

Que no nos engañen 🤔Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras

La cincuentena…

Si cuando brincas la cincuentena, te levantas de la cama una mañana, y no te duele absolutamente nada… lleva mucho cuidado, mucho, porque puede que estés muerto…

Me pone de muy buen humor el hecho de que todavía, muchas mañanas parece, como que amanezco con la promesa de una alegría al despertarme con una bonita erección… Peeero, si no puedo disponer de la oportunidad de cumplir con la alegría de tal promesa, lo primero, me cuelgo del cuello las gafas de cerca…

Luego, legañoso y espeso por el sopor perezoso, me llevan mis pasos al baño, bostezando, lento… En el trayecto, alivio con gusto y sin pudicia esos irresistibles picores inguinales que a los hombres nos avasallan recién levantados… Así adormilado, entro, enciendo la luz, y en tres pasos más me planto frente al retrete; termino de rascarme, y meo… Y al mear, aunque no mi buen humor, sí va cediendo poco a poco lo enhiesto de aquel ánimo inicial… Y así, ahí me quedo, unas veces pensando en ello, y otras, sólo me quedo embobado, rascándome un ratico más…

Luego me giro, y de pronto aparezco frente al espejo… O más bien podría decirse que comparezco, ante esa realidad especular, siempre tornadiza, como de clon zurdo, que de mí rebota en todos los espejos con los que me cruzo… Y al mirarme así casi de cuerpo entero, diríase que por instinto, el tonto de mí se engaña, presumido, al forzar una leve contracción ventral que apenas esconde mi ya barriga… Parecería como que me cuadro; como estirando un poco de mi altura y de mi anchura; como queriendo timar la opinión a ese reflejo mutante…

Para afeitarme, me acerco poco a poco a ese rostro simétrico… Y para evitar que se manchen, me descuelgo del cuello las gafas de cerca…

Menos mal que hace tiempo ya, que la presbicia, piadosa, me evita el castigo de asistir con nitidez, al espectáculo lento y lamentable de ver crecer cada vez más, pelos en mi nariz y en mis orejas… Esa misma degeneración natural del cristalino, también me salva, de contemplar con todo detalle, el inexorable arrugarse de las comisuras de mis párpados, la nevada del encanecimiento en mis sienes, o la huída lenta de mis formas y vigor…

Con vista cansada asisto, impotente, al hecho de ver ahondarse unos surcos en las líneas de mi semblante. Señal de que el tiempo va… sí, pero estragando mis vestigios, a la vez que acercando inexorablemente mi destino… Hace ya bastante que acepté la forzosa habilidad de afeitarme al palpón, ya que no termina uno de ver con claridad sus propios detalles… Y oye, sin problemas. A todo se adapta uno…

Después de afeitado y tras ducharme, vuelvo al escrutinio de ésa mi imagen ahora en cueros; efigie la mía que, tonta, no cede en lo de mantener esa casi imperceptible contracción ventral que no engaña a nadie… Y ahora hay que peinar a esa apariencia, y arreglarla para que salga decente a la calle… Toca ponerme a ordenar casi uno por uno los pelos de mi otrora cabellera, para camuflar pérdidas, para maquillar apariencias… Y me consuela, el que todavía entraría en algunos vaqueros de cuando soltero con treinta y tantos…

Una camisa; y finalmente, cuelgo en mi cuello de nuevo las gafas de cerca…

¡Qué sabio es el tiempo, cómo gasta poco a poco…!

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras

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Drogas

Aparcamos aquel viejo Citroën Dyane 6, tan justo al borde de los acantilados de aquella cala, que, sin asomarnos casi, podíamos ver el mar batiendo implacable las rocas de abajo… Tarde de invierno; el mar se estrellaba violento, furioso contra esos muros pétreos que abrazaban aquel trozo solitario de costa… El cielo gris mugriento, el paraje yermo y aquel viento infernal, húmedo y sucio, como que me enturbiaron la escena ya entonces, y parecería que hasta difuminan mis recuerdos todavía hoy… Apenas el coche se detuvo, ‘El Tamo’ ya tenía el chute casi preparado; lo acabábamos de pillar en el puerto; muy buen material nos dijeron.

Él, fue el primero… Silencio.

Solo había una ‘máquina’…

‘El Rigo’, ansioso, no dudó en arrebatar aquel asco de jeringuilla, todavía tibia de sangre ajena, de esas manos lentas, ya vacilantes y rendidas por el ciego; unas manos parecieran de sarmientos, que recuerdo huesudas, batracias, macilentas… El insensato, volvió a succionar tras mezclar una nueva dosis, en la misma cuchara quemada y sucia; a través de la misma aguja infamada…

Manejaba aquella jeringuilla resobada -que a mí su sola visión mareaba- con una soltura y una precisión de sanitario… Con una destreza que sólo otorga la costumbre, sus dedos daban leves golpecitos a aquel instrumento infernal para asegurarse, minuciosos, de sacar de él cualquier gotita de aire… Gotita que, por ínfima que fuese, transformaría en muerte segura e inmediata, lo que aquella tarde pretendía ser, sólo, un paso más en el camino a una muerte, también segura, pero más lenta…

Tras estirar con sus dientes y un leve giro de cuello, la goma que regulaba la presión de las acribilladas venas de su brazo izquierdo, penetró sin miramientos y con pericia, una de ellas… Transcurrieron un par de minutos creo, lentos… El émbolo emponzoñado, cadencioso, presionaba y succionaba, viciando sin remisión con su bombeo, un torrente de sangre adolescente, inocente, ignorante… La leve caída, como boba, de su mentón; el giro lánguido y vahído hacia la derecha de su cabeza… ‘El Rigo’ sudando, escalofríos; un gigantón a punto del vómito… Gracias a que ‘El Copas’ tomó la iniciativa; porque para evitar que debido al ciego, en un mal movimiento, se le desgarrara aquella vena infamada, arrancó la jeringuilla que como olvidada, colgaba tozuda, bamboleando sanguinolenta ensartada en aquel brazo…

La visión de conductor y copiloto en pleno viaje alcaloide, me hizo pensar estúpidamente en el viaje de vuelta… Era evidente mi pánico; quería irme, desaparecer, escapar de la atmósfera espesa y opresiva del interior de aquel coche. Temblaba de nervios, de asco, y de agudos remordimientos… A mi memoria vinieron mi padre, mi madre, mi novia; recordé mi afición al dibujo, a la música, a la lectura… Ya no me apetecía probarlo; para nada…

Y empezó a oler mal, muy mal…

A diferencia de conductor y copiloto, ‘El Copas’ se preparó un tubo con un billete nuevo; y con él en la boca, empezó a correr detrás del humo azulado de una bolita negra, que se consumía, al quemarse rodando sobre un tembloroso papel de aluminio, calentado sobre la llama de un mechero también tembloroso… Con la última calada de aquellas volutas envenenadas, azuladas y densas, le irrumpió la arcada…

Una asquerosa basta anegó por completo su regazo y mis alrededores, sin darle tiempo si quiera a abrir la puerta trasera para aliviarse… El interior del coche se infectó de ese hedor ácido y nauseabundo; miasmas que se mezclaban, con el rancio de nuestro sudor, además de con otras escatológicas pestilencias… Parece que en exceso, el ciego, relajó los esfínteres y estimuló las glándulas, de mis desconsiderados acompañantes…

Ante el estropicio en su coche, ‘El Rigo’ espabiló de su ciego lo justo, para cagarse varias veces en la puta…

Ahora me tocaba a mí… Lentamente giró su cabeza. Sus tristísimos ojazos azules, desde una oscura lejanía y como a través de una bruma narcótica y vacía, lograron fijarse en los míos… Y vieron, seguro que lo vieron, en mi rostro el rictus del asco y el color del miedo… Y de verdad os aseguro que a día de hoy, no sabría decir, si fueron palabras dichas por él, o las inmensas penas reflejadas en su mirada negra de gigantes pupilas perdidas y resignadas, las que gritando me advirtieron aquello de:

“Si tocas esta mierda, te hincho a hostias…”

Gracias ‘Rigo’…

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MEMORIA DE UN FANTASMA

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Era uno de esos típicos días del norte, de color plomo y olor a tierra y sirimiri… Un cartucho de guerra de 16mm parabellum disparado a bocajarro desde atrás de mi coche, como a unos cinco metros de distancia, hizo estallar la luneta trasera, mi cráneo, el cristal delantero, y el trasero del vehículo aparcado justo a continuación del mío.

El estampido del disparo pareció reventar el tiempo, que quedó detenido, con el eco retumbando en los tímpanos y las conciencias…

La inercia de semejante proyectil disparado a tan poca distancia, empujó violentamente mi cuerpo hacia delante; y mi desvencijada cabeza cayó, desgranada, inerte y desangrada, presionando el claxon del volante de forma tozuda, enervante y acusadora; durante casi media hora…

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La constancia delatora del alarido desgañitado de la bocina, no logró remover lo más mínimo ni las fibras sensibles, ni las sordas entrañas de los vecinos -por llamarles de alguna manera- que asistían, inanes, al execrable crimen que acababa de perpetrarse justo delante de ellos…

NADIE salió de los portales cercanos a socorrerme; ni siquiera a cotillear… Tampoco se alzaron con precaución las persianas aledañas debido a la curiosidad espantada o indignada; ningún grito femenino, ni masculino… NADA.

Los bares de la zona continuaron abiertos, como si nada, con los parroquianos dentro -por llamarles de alguna manera-. Éstos, infames, hacían como que atendían de forma impostada y cobarde a sus también ahora fingidas partidas de cartas, o de dominó, o de cualquiera otra miserable cosa que estuviesen haciendo…

Un silencio hiriente y espeso de felonía, que seguro los condenará al infierno, sustituyó a las animadas conversaciones chocantes, agrias y anisadas propias de cualquier bar.

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Las miradas, temerosas, conniventes y rendidas al suelo; las dignidades, aún más abajo, aún más rendidas… NADIE hizo NADA, para intentar socorrerme en vista de que acababan de esparcir mis sesos a las puertas mismas de sus propias casas, de su bar cercano y en su propio barrio; delante de hijos propios y ajenos, de amigos y vecinos…

No parecía notarse en el exterior alarma o interés alguno por lo que me había ocurrido; algún breve asomo furtivo, quizá cómplice, pero nada más… Esos callados miserables sin signo alguno de contrición, buscaban, hipócritas, algo de consuelo y justificación con el comentario cómplice, podrido e ignominioso, de “ALGO HABRÁ HECHO”.

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Era extraño, y vergonzante, pero NADIE hizo NADA por mí durante esa corrosiva media hora. NADIE… NADA.

Finalmente, en vista del implacable aullido plañidero y culpable de aquel claxon, completamente a solas y sin mirones ya fueren cómplices o afligidos, se acercó con parsimonia una pareja de la policía local… Su actitud no era la de la urgente prestación de ayuda, propia de su condición de agentes de la ley, sino más bien la de un evidente fastidio, y una mal disimulada y contenida repugnancia; renuente al auxilio incluso…

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Solo me movieron lo justo, para dejar de presionar ese insoportable botón de la culpa colectiva en el que se había convertido el claxon de mi coche.

Mi cuerpo quedó torcidamente echado hacia atrás, mostrando una mueca quebrada de la mitad de mi rostro destrozado, empapado por la sangre y los humores de la otra mitad reventada por el disparo.

Al cabo de un rato, los transeúntes -por llamarles de alguna manera- reiniciaron su deambular fingidamente tranquilo; como si pasar ante los restos esparcidos de un vecino asesinado, chorreando sesos y sangre, fuese igual que pasear junto a un cubo de basura volcado: desagradable sí, pero sin mayor importancia…

Dos horas más dejaron mi cuerpo allí tirado, como expuesto en el coche, hasta que un juez se acercó solapadamente, como a hurtadillas, a levantar mi cadáver.

“ALGO HABRÁ HECHO” decían.

Se llevan mi cuerpo, pero yo no me puedo ir…

Antonio Rodriguez Miravete. Juntaletras