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LOS MUERTOS TIENEN NOMBRE

Al igual que tú, lector, ya no recuerdo casi…

In memoriam. Almoradí.

Paco Martínez “El Caballero”

¡Que fuésemos a Elche me decía…! ¡Ni más ni menos que a treinta y tantos kilómetros del pueblo, a comprarme un traje de novio…! ¡Chica calla…! Mi madre estaba casi histérica con lo de mi boda. Y yo, no sé cuántos kilómetros llevaba ya hechos repartiendo las invitaciones, como para que ahora tuviese que ir como un pollo sin cabeza por ahí probándome trajes de novio… Deja deja.

Es extraño, pero nunca me gustó comprar y menos comprarme ropa… Los que me quieren bien saben, que es raro, pero llevo como veinte años sin comprarme yo siquiera unos calzoncillos. Ellos me regalan casi toda la ropa que necesito… No conozco a nadie a quién le suceda como a mí semejante cosa. Y quizá, sea porque en el fondo nunca me he gustado del todo… ¿Quién sabe en realidad porqué, somos lo que somos?

En aquella época el único sitio donde yo me quitaba los pantalones fuera de casa -con decencia- era en los probadores de la tienda de ropa de La Casa del Caballero… Curiosamente, cerca de casa.

Como siempre fui de pata gorda y cintura estrecha, claro, siempre había que “meterle o sacarle” a mis pantalones… No habían entonces ni tantas tallas como hay ahora, ni los tejidos tenían tampoco nada que ver con los de ahora. Siempre, siempre, necesitabas un arreglico…

“Wrangler resiste, si tú resistes…” Ése era el eslogan de aquella entonces nueva y ahora legendaria marca de ropa vaquera… Fue un alivio el comprobar que primero mis muslos, y luego todo mi culo y cintura, se deslizaron, acoplándose a la perfección a las hechuras de esos vaqueros. Ese mismo culo mío nunca más se vería deslucido, embutido en aquellos otros horribles pantalones de tergal de la época… Por fin se me marcaban bien el culo y las piernas; ganaba bastante con aquellos vaqueros puestos… Y encima, me duraron ocho o diez años.

En cuanto entré con mi madre arrastrando en la tienda, Paco El Caballero detectó mi incomodidad; mi desasosiego… Y como me conocía bien y desde siempre, en seguida hizo gala de su apodo, y dejó todo lo que estaba haciendo para atenderme personalmente… Con la tranquilidad de su temple profesional y un evidente cariño, me preguntó algo extrañado:

– ¿Qué pasa Antonio…?
– ¡Me caso, Paco…!

Creo, que se lo dije como suplicándole con la mirada, y en seguida, me leyó… Y tras una larga mirada ahora suya en silencio y de alto en bajo a mis hechuras, se metió en la trastienda sacándome, al momento, tres trajes impolutos envueltos en fundas de plástico transparentes… Se paró delante mía, me miró con una ligerísima sonrisa entre socarrona y cómplice, y me dijo:

– Como ves, hay uno marrón, uno azul y uno negro…

– ¡Paco, coooño…! ¡No tengo bastante con el follón que me da mi madre, que encima vengo yo aquí a que tú me lo compliques más… !

Le rogué que por favor, me hiciese el inmenso favor, de emparejarme de novio enteramente a su gusto y dejarme a mí de líos… Que a mí, de verdad que no hacía falta que me preguntara nada y a mi madre menos… Que me ponía completamente en sus manos; completamente…

Y oye, no hizo falta más. Se giró, y tras unos segundos de valoración descartó dos de los tres trajes; luego, deshizo su giro y casi me ordenó:

– Pruébate éste.

¡Y coño! entré a la primera en aquel traje negro como si en un guante… Solo me sobraron unos centímetros de camal, pero yo, ya me veía hecho un pincel… Luego todo pasó muy de prisa; que si la camisa y la corbata; que si el chaleco y el pañuelo; los calcetines, cómo no los calzoncillos, y hasta un fajín… Y claro, no me podía ir sin zapatos; por lo que también los compré allí mismo aquella tarde… Como un pimpollo salí; ya te digo… Y todo, justo al ladito de casa.

Un artista…

En su memoria…

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

Se están muriendo

Historias de Paco Sanz

En mi entorno hay cientos de sanitarios que han pasado a la reserva. Acabo de recibir una comunicación del Colegio de Médicos felicitándose por tener tantos colegas que han salido de sus escondrijos y han dado un paso al frente. En el caso de los jubilados tiene doble mérito. Sé que a determinadas horas la gente jalea a los que siguen en el frente dando la cara. Incluso se ha dicho, pero ya en tono de broma, que habría que buscar también una manera de aplaudir a los maestros. Que nos permiten seguir queriendo como queremos a nuestros hijos.

En la Guerra Civil Española los alféreces provisionales cayeron como moscas. Terminé como alférez mi servicio militar. Pero nunca sentí que se ponía mi vida en peligro. Bueno, sí, una vez en un ejercicio con granadas. Tampoco he sentido estar sometido a mucho riesgo laboral en clínicas y hospitales. Para muchos esto ya no va a ser así. He perdido dos compañeros cercanos. Uno de laboratorio, manipulando mal un placa de Petri con meningococos. Otro al que un paciente psiquiátrico “le entró” con unas tijeras. Pero nunca pensé que eso pudiera pasarme a mí.

¿Dónde está el frente? En el sufrimiento, claro. No hace falta ser budista para entenderlo así. Los que andamos siempre buscando el sentido de las cosas sabemos que el sufrimiento no tiene sentido. La responsabilidad moral frente al sufrimiento estriba en nuestra capacidad de prevenirlo, aliviarlo, acompañarlo y utilizarlo, huyendo de la fantasía de que con nuestra intervención podemos controlarlo en todos sus componentes, circunstancias e intensidades. Debemos evitar caer en el “encarnizamiento moral” que supone la fantasía y la voluntad de dar a cualquier precio un sentido al infortunio. El “hospital sin dolor” puede ser un objetivo, pero perseguir “el hospital sin sufrimiento” no deja de ser una falacia.

No hace falta tener conocimientos de medicina para presentarse voluntario en un hospital en tiempo de pandemia, hacen falta un par, y por decirlo con menos crudeza: Ser bueno. Porque, a ver, ¿qué es bueno? Ser valiente es bueno. Aunque todos los valientes no lo sean, claro. Pienso en los dictadores de los que más he sabido, en Franco y en Hitler. Gente con un par.

Dicen que Amazon no va a distribuir más el Mein Kampf. Es un libro estúpido, no se merece esa propaganda. Cuando lo leí me quedé con la idea de que ese tío era idiota. Sin embargo hay un pasaje del libro que no he olvidado: “El hombre que ha nacido para ser dictador no es obligado a ello; quiere serlo. No es llevado, sino que va por sí mismo. No hay nada inmodesto en ello. ¿Es inmodesto que un trabajador pida un trabajo duro? ¿Es presuntuoso que un hombre dotado de la elevada inteligencia de un pensador cavile durante las noches hasta dar al mundo una invención? El hombre que se siente llamado a gobernar un pueblo no tiene derecho a decir: si me queréis o me llamáis yo cooperaré. No, su deber es dar un paso al frente”.

Nuestros hogares se han convertido en refugios para la guerra microbiológica que está teniendo lugar… fuera. En ellos el frente es el aburrimiento. Sin embargo habría que entender mejor el aburrimiento. Aprender a dejar pasar las horas, a no sentirse mal frente al vacío. Este no sería un aburrimiento en sentido etimológico (abhorrere, significa horrorizarse), sino un encuentro amistoso con uno mismo, o incluso compartido, durante el que se disfruta de la compañía de alguien sin hacer nada. Entre este aburrimiento y la tristeza y la depresión está el frente… en casa.

Historias de Paco Sanz

ES LA GUERRA

Si la única forma que hay de luchar en esta guerra contra el coronavirus es quedarme en casa, voy de culo… Pero porque es la peor de mis guerras posibles ya que siempre he tenido serios problemas para estarme quieto… No estoy acostumbrado a la guerra, pero jamás la he rehusado si la he creído necesaria… El problema para mí de esta lucha en la que estamos, es que permanecer quieto parece ser que es la única arma… Y no soy yo alma inmóvil sino más bien culo de mal asiento.

Con ochenta y cinco años mi madre se muere; pero eso no es lo importante. Todos moriremos; yo, llevo muriéndome cincuenta y tres… El problema, es si tener muchos o pocos años de vida es, condición sine qua non para que te mueras… Pero porque sería ésta una condición que nunca lo ha sido; sería humanamente injusta… La gente desde siempre se ha muerto sólo cuando le llegaba su hora… Por ello, la muerte nunca ha sido cosa de calendarios sino de relojes…

Que se mueran los viejos siempre nos ha parecido que era lo normal. Sin embargo, siempre hemos deseado entre comillas una muerte digna. Aunque obcecados por vivir mucho, morir joven siempre nos ha parecido algo como ejemplar; morir en la flor de la vida… ¡Vaya tontería!

Pues resulta que a día de hoy, mi madre está en la flor de su vida y eso que acaba de enviudar… Tiene la lucidez que ya quisieran muchos treintañeros; la experiencia necesaria que casi ninguno tenemos; la fortaleza mental que a su edad todos desearíamos; y todavía ese instinto maternal, que hace de nuestras madres esas personas imprescindibles para sentirnos seguros… La única ventaja que le tengo, es el tiempo que se supone nos queda a ella o a mí… ¿Pero qué importancia se supone que tiene eso del tiempo…? ¿Acaso es algo tan cierto, y por ello tan importante, lo del tiempo…? Yo, creo que no.

Los viejos en el fondo, siempre han sido más útiles que los jóvenes pero por el simple hecho de que no creaban problemas aparte de los de salud; es más, bien al contrario, solían tener las soluciones… Y desde siempre tras las guerras solo quedaban, para recordarlas, los viejos inservibles para ellas… Lo trágico de esta guerra es que son ellos, los viejos, la primera línea de trinchera; ponen ellos casi solos todos los muertos. Peligra por ello el recuerdo de los viejos; peligra tal vez la civilización…

Mierda de guerra que no me deja luchar…

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

El hambre…

Un puñado de aproximadamente ciento cincuenta gramos de harina diarios, para cada dos; y tres kilos de sal y uno de manteca de cerdo, fue lo único que nos dieron ese primer día… Eso, era todo lo que tendríamos para comer en los siguientes veinticinco o treinta días; no sabíamos…

Nos habían vaciado las fuerzas haciéndonos caminar unos setenta kilómetros casi sin comer… Y una vez que exhaustos llegamos al punto, nos vaciaron también las mochilas de cualquier cosa que se pudiera por supuesto comer, beber, masticar o fumar. Nos lo quitaron todo: encendedores, cosas de aseo, tijeras, bolsas de plástico, navajas, brújula, y hasta la munición… Nos dejaron sólo el peso muerto de las armas inservibles, las botas, la ropa de abrigo, y el machete como única herramienta, defensa, o arma. Yo solo pude colar un librito de papel de fumar y algo de hachís, escondidos en mis calzones; entre los huevos y el culo…

Constantemente escabulléndonos, escondidos, superviviendo en refugios camuflados en el bosque construidos con nuestras propias manos… Frío. Teníamos terminantemente prohibido contactar con civiles en forma alguna, fabricarnos otras armas, y matar para comer cualquier animal más grande que un conejo…

El primer día, para hacer pan con aquellos ciento cincuenta gramos de harina, tuvimos que utilizar orina para fermentar la masa… Podríamos haber hecho pan ácimo, pero los cabrones no nos lo dijeron… Y claro, como militares hicimos lo que se nos ordenó, y tal y como se nos había ordenado: meando en la masa del pan… Bueno, solo utilizamos un poco al amasarlo por vez primera. Los días siguientes, utilizábamos un pequeño pellizco de aquel mejunje, que guardábamos, como masa madre para fermentar nuestro siguiente pan de cada día… Y funcionó, porque que a la tercera o cuarta jornada, ya nos zampábamos entre los dos un bollo de pan decente…

El resto de lo que comíamos consistía sobre todo en helechos; con suerte unas borrajas o unos dientes de león, y alguna que otra seta que te encontrabas en las salidas de recolecta que hacíamos por turnos… Aquellos helechos que nos advirtieron tóxicos consumidos en exceso, pero que constituían nuestro único placebo para el hambre, tenían al menos, fibra vegetal digerible, y una vez hervidos en agua y sal, no había otra cosa en cantidad suficiente con la que saciar y engañar nuestros estómagos huecos y al punto de la atrofia…

Diecisiete días, y sin comer nada decente…

Poníamos trampas, lazos, cebos de pesca… Esperábamos siempre un conejo o algo con carne, pero solo capturábamos alguna rata, pájaro, pececillo, rana o bicho así… Más hambre.

Yo estaba potabilizando agua de deshielo del riachuelo cercano, hirviéndola en una lata grande y añadiéndole un pellizco de tierra para aportarle sales minerales; la dejábamos enfriar; se posaban los restos de tierra, y ya estaba lista para que no te entrara una cagalera…

Recuerdo, el ver venir a mi binomio desde lejos, al contraluz del último sol de la tarde, y con algo parecido a una bufanda fina colgándole del cuello… Al ir acercándose caminando, y permitirme el velo del contraluz definir la visión nítida de su figura, me di cuenta de que era una culebra de gorda como un brazo de niño y de más de metro y medio de larga, lo que colgaba de su cuello… Estaba decapitada; aún goteaba sangre, y bamboleaba lánguida acompañando el ritmo del paso cansino -agotado por la inanición- de mi binomio… Recuerdo bien, que no sentí nada parecido al asco, repulsión o reticencia alguna ante la idea de llevarme aquel ofidio muerto a la boca; es más, comérmelo fue lo primero en que pensé… Lo que no sabía y sí me preocupaba, era cómo comérmelo… Cosas del hambre.

Mi binomio, en cuanto llegó y descansó lo justo para coger el resuello, extendió sobre un poncho en el suelo aquella bicha todo lo larga que era, y con pericia y su cuchillo, la rajó entera solo un poquito con la intención de arrancarle del tirón, la totalidad de aquella piel que se desprendió como una funda con cremallera… Miramos con gula hambrienta aquel trozo de carne cruda, con el aspecto de un largo cuello de pavo sin piel… Mi binomio, sin parpadear y casi babeando, terminó de rajar de alto en bajo un poco más el reptil, para extraer esta vez una especie de columna vertebral como cartilaginosa, y alguna que otra tripa y víscera rara… Así, nos quedó un cilindro de más de un metro de carne pareciera que de ave, sin hueso alguno, rosada, fresca, limpia…

¡Qué hambre…!

En el silencio de aquella noche, al freír los trozos de carne sólo con sal en la manteca de cerdo, poco a poco, se fueron acercando cual zombis famélicos algunos de nuestros compañeros; en silencio… El sonido del crepitar y el olor del ofidio friéndose, los habían atraído cual hambrientos ratoncitos de Hammelín al calor de nuestro fuego… Al final, tocamos a casi nada de tanto repartir… ¿Pero cómo íbamos a dejar sin cenar a los camaradas que iban viniendo?

Diecisiete días, y sin comer nada decente…

Os aseguro que sufrir hambre cruda; padecer hambre de verdad; ésa que no puedes saciar en forma alguna, te cambia, vaya si te cambia… Tu vacío, y la mala ostia, te quitan el sueño profundo; te vuelves más susceptible y sutil; más salvaje y más protector de lo tuyo y de los tuyos; se te afilan los sentidos y los instintos, al mismo ritmo que se te debilita el cuerpo… El hambre te va matando, sí, pero precisamente por eso se te afilan esos sentidos e instintos, para proporcionarte las armas con las que combatirla…

Terminamos el banquete aquella noche, charlando, y distrutando hasta las tantas de unos porritos de manzanilla seca y silvestre, mezclada con lo que escamoteamos en aquel registro inicial…

El hambre, no es mala…

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

…..

curas, raros, y LGTBIs…

Es muy difícil y sé que sin cobrar, no hago del todo bien escribiendo en bruto sobre temas tan escabrosos, políticamente no ya incorrectos sino cuasi prohibidos, y que entran en conflicto incluso, con algunas de mis propias convicciones… Espero que curas, LGTBIs, raros y otros, tengan el cuajo necesario para terminar de leerme sin juzgarme, ya que yo sí intento tenerlo -el cuajo- en la precisión y en el cuidado al escribir… Tanto es el cuidado que cuando leáis “cura”, y para respetar este lenguaje inclusivo de mierda, digáis: “y monja…”

……….

El Dios, que mis padres con bondadoso ahínco pero con poco éxito pretendieron inculcarme, fue el cristiano; y éste amaba a todos sus hijos por igual y sin hacer distinción alguna…

Y recuerdo que por pura bondad, la beatífica fe de mi madre probó durante algún tiempo a ver si yo me animaba, llevándome tooodos los domingos de visita a ver a mi primo al seminario de Orihuela…

De nada sirvieron aquellas cándidas jornadas catecumenales, o los fervorosos ejercicios espirituales en el colegio Estella Maris; tampoco los obligatorios y cansinos rosarios de los miércoles; ni su tierna insistencia materna…

Y es que yo -su gozo en un pozo- ni era ferviente ni LGTBI; era raro éso sí… Sensible e introvertido, cabezón, y confieso que algo viciosillo. Ya entonces había empezado a fumar, y a otras cosas.

Desde siempre, casi todos aquéllos de familias pudientes, y otros muchos de familias solo acomodadas, terminaban consintiendo el ser curas; y si eran muy pobres, monjes… Así, tomar los hábitos era una forma digamos que de búsqueda de escondite o de amparo, o de simple futuro… En aquellas sociedades pacatas, puritanas y atrasadas, muchos LGTBIs que podían, se refugiaban bajo la sotana y el presunto celibato, pero para que no los clavaran -pobres de ellos- por el culo en una estaca por sodomitas. Es duro pero era prácticamente así… Y eran la sotana y los cachivaches eclesiásticos, símbolos escondites, tras los que sin duda a veces se camuflaban ciertas inclinaciones…

Para ser LGTBI, al igual que para ser cura, necesariamente tienes que poseer algo raro y especial… Y tienes que esconder cosas. Eso de los curas de consagrarse a Dios y renunciar a los placeres del mundo, o a todo lo contrario en el caso de los LGTBIs, debe de ser duro, muy duro… Sólo se concebía el cura, bien para consagrarse al amor de una verdadera vocación y a una fe; bien para disimular unos malditos instintos bujarrones; o para enclaustrar otras enfermizas rarezas, también instintivas… Siempre había sido lo normal y la usanza; era un hecho incontrovertible: curas, raros, y LGTBIs.

Hace años, no había muchas veces nadie mejor que un cura para escucharte, acogerte, y entender tus rarezas... Deseos, piedad, compasión y onanismo; vicios veniales y secretos íntimos; pero seguro también que mucho y verdadero amor… El cura, al igual que el LGTBI, siempre se ha hecho muchas pajas; pero no tiene porque haber nada malo en un sexo cohibido, íntimo, ocultado… Amor, simplemente amor; tanto en el cura como en el LGTBI.

A mí, he de confesar que en el fondo, ambas me parecen tiernas rarezas muy similares: unos dicen enamorarse de sus semejantes, y los otros dicen enamorarse de Dios… ¿Hay alguna diferencia…? ¿Dónde meten la polla, dónde ponen su empeño…?

Ser LGTBI te convertía antes, y ser cura te convierte ahora, en víctima por un amor secreto, denostado, incomprendido…

Por ello, no acierto a entender el porqué se llevan hoy tan mal, los LGTBIs y los curas si siempre han ido de la mano y dormido juntos… Y tampoco entiendo el porqué la sociedad hoy, es tan indulgente con los LGTBIs, y sin embargo, le tiene tanta tirria revanchista a los curas candorosos… Los vicios y virtudes de ambos colectivos siempre han sido muy parecidos: amores ocultos y secretos de confesión; mucha paja, y sensibilidad especial ante la belleza y la bondad; y una enorme capacidad para entregar amor…

Deberían ser los LGTBIs ahora que no son perseguidos, quienes se apiadaran compasivos de la gente a la que se persigue por una fe justa, sea cual sea el tipo amor que la inspira… A lo mejor, los maricones siempre han estado más cerca de Dios…

Y si los LGTBIs actuales escarbaran en el clero -que no en la Iglesia- encontrarían seguro hermosísimas historias teresianas de amor maricón, con las que ilustrar su dignidad y su lucha LGTBI a lo largo de la Historia…

Siempre ha habido curas, LGTBIs, y raros. Y ninguna de las tres condiciones tienen porqué ser malas per sé… Solo son meras formas de amor.

Pero hoy en día, parece ser que la Fe, el culo y el cerebro, no se llevan bien…

eeen fin…

Antonio Rodríguez Miravete… Juntaletras.

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Almoradí. La inundación.

Ha llovido, creo, más que nunca…

Y Almoradí ha demostrado de nuevo que es el remanso de una isla, en la tempestad de cualquier inundación que nos venga… Tengo cincuenta y tres años y la primera riada que en verdad recuerdo es la del año ochenta y tres, creo. La verdad es que mi memoria siempre fue algo difusa… En la famosa inundación del ochenta y siete estaba yo en la mili, y solo recuerdo mi honda preocupación en la distancia, y las siempre escalofriantes imágenes en dramático blanco y negro de la televisión de aquella época…

Almoradí nos cuida… No sé si os habéis dado cuenta, pero yo os cuento.

El río, en aquella época sin canalizar, había reclamado suya la Vega como ha sucedido estos días… Nuestra Vega es un verdadero paraíso pero llano, muy muy llano… La simple vista no permite distinguir una diferencia de altura de un par o tres de metros en el terreno. Es imposible percibirlo cuando las pendientes son tan leves y tan largas, cuando el hermoso verde es tan variado e inacabable, y cuando los desniveles son tan suaves como lo son cuando vas de un pueblo a otro en nuestra Vega… La Vega Baja del Segura…

Es precisamente por eso, que las riadas en nuestra Vega podría decirse que son suaves, progresivas aunque despiadadas, como lentas; lo engullen todo pero pareciera que avisando, avisándonos… Al no haber pendientes pronunciadas, no se crean corrientes de aguas agresivas sino frentes previsibles pero implacables, de lenguas de agua sucia y ripios echándote de tu propia casa…

……….

En aquella época, Juan Miguel, en vez de la mula con la que acostumbraba a ir a su escuela en la Daya Nueva, se traía a hurtadillas el Citroën dos caballos furgoneta de su padre para venir al instituto en Almoradí… Ello, pese a sus dieciséis años recién cumplidos… Si conducías bien y parecías más menos un adulto, nadie te paraba en la carretera; nadie; y menos aún si te conocías a la perfección todos los recovecos, las veredas y los caminos secundarios de tu pueblo… Lo importante era si sabías o no conducir… Si no sabías, nadie subía contigo…

El caso es que la noticia nos pilló allí, en el instituto; se suspendieron las clases… Había muchísimo menos miedo e histeria que hoy en el ambiente, por lo que en cuanto supimos del suceso, no se nos ocurrió otra cosa que coger el coche y hacer un reconocimiento -algo insensato pensaríamos ahora- de los alrededores del pueblo… Rincón, Iván, Juan Miguel, y yo. Aventura pura… Había playas alrededor del pueblo como hoy: donde el Bar Angelín, frente a La Cruz de Los Caídos, en el Bañet… Y apenas había salidas; pero para ojos que no conociesen el terreno como lo conocían los nuestros…

Con una seguro que imprudente sensación de peligro controlado, recuerdo que como a unos dos kilómetros, a la altura ya de la Puebla De Rocamora, íbamos por una vereda con casas diseminadas a ambos lados, cuando, de repente y por nuestra izquierda vimos venir una rambla que comenzó vertiéndose entre las casas a la vera del camino… Empezó desde lejos, como a unos cien metros; y la vimos venir hacia nosotros; parados, varados… Un fluido marrón viscoso de lodo irrumpía entre las casas con aquellos chorros laterales pareciera como que lentos pero en realidad monstruosos e implacables; engulléndolo todo, sin piedad; acercándosenos…

Nunca he ido marcha atrás en un coche de una forma tan salvaje e insensata como aquella vez… De repente, frenamos para rescatar a una señora que salía apresurada de su casa en medio de semejante avalancha ensordecedora de crujidos de ramas y arrastre de enseres; terrorífico… Abrimos una de las puertas de atrás y entró a prisa y en silencio, con la mirada espantada; empapada. Y arreamos huyendo con el coche de culo por aquel camino, en dirección creíamos que a la Daya Nueva…

Recuerdo cómo nos encontró diría que milagrosamente, el padre de Juan Miguel… Tras poner a salvo a la señora y dejar aquel heroico Citroën allí tirado, nos subió a todos al remolque de un enorme tractor que conducía, con la sensata intención de devolver a todo el que pudo a su casa… Rescatamos a no sé cuántos paisanos ofreciéndoles el auxilio de aquel remolque, justo en el momento justo, en que la riada arramblaba con el resto de sus restos…

Ayudamos a unos cuantos, y los tuvimos que llevar a Almoradí…
……….

Es el tercer día de riada que estamos aislados por tierra mar y aire, y acaba de pasar el camión de la basura frente a mi casa… Ésto, no pasa en ningún pueblo salvo en el mío: Almoradí.

Me he dado cuenta que nuestro pueblo funciona, si funcionamos juntos.

Y Almoradí, nos cuida…

¡¡ VIVA ALMORADÍ…!!

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

E.T. el extraterrestre

Están locos estos humanos…

Que si la muerte o la vida; la fiesta y la muerte… Un truhán o un señor. Ésto o lo otro; vienen, van. Salvación o infierno; el bien y el mal… El día del sol, o la noche de la luna; cara y cruz… El hombre y la mujer…

No hacen sino copiarse; repetir a sus madres, replicarse en sus hijos… Nada nuevo bajo este sol…

Muy inteligentes, eso sí…

Uno por uno, al observarlos detenidamente como individuos vivos, hemos de reconocer que son absolutamente maravillosos; y gracias a la muerte, también son casi biológicamente perfectos… Polvo de estrellas enormemente valioso… Están compuestos por buena parte de la totalidad de los elementos de la tabla periódica; y son, muy eficientes en su funcionamiento fisiológico; y lo son, durante casi cien, de sus posibles años solares de vida… Una especie muy bien adaptada sin duda.

Pero hay cosas que ya, no entendemos… Se creen, como predestinados o inducidos, conducidos o empujados, constantemente obligados a elegir o a creerse que eligen algo… Una y otra vez, parece que desde el inicio de los tiempos caen, en la trampa vital de creerse libres…

Mira, que llevamos ya un par de miles de sus años solares observándolos, pero no sabemos qué tipo de miedo cerval colectivo, o qué retorcido impulso natural intrínseco, empuja inexorablemente al abismo a esta extraña tribu humana que ahora nos ocupa… Y a la que en particular observamos y estudiamos, para intentar entender con detalle científico al conjunto de la especie que devasta este planeta, que hoy, nos toca salvar…

Se devoran, se depredan entre ellos… Siglos solares, milenios llevan, conquistándose y siendo conquistados, en un estúpido y estéril empeño fratricida de acabar consigo mismos; robándose o matándose; enamorándose y traicionándose; escondiéndose o mintiendo… Pero a la vez, sabemos de su enorme capacidad para cosas, tan extrañas, como eso de amarse con locura…

O de su habilidad de comunicarse sin tecnología, haciendo palmas; de gestionar la incertidumbre y el riesgo; de emocionarse hasta apasionarse… Juegan con la mismísima muerte a los toros, y crean, con esa misma muerte, conceptos como familia, historia, fe, orgullo, o arte… Fabrican tanto guitarras, como navajas… Impredecibles, capaces a la vez de lo mejor y de lo peor… Incluso a veces creen, saberse felices… Música, amor, envidia, la risa… Conceptos éstos, y aquéllos, que, desde nuestro evolucionado y exacto punto de vista racional, hemos de reconocer que ya no logramos comprender en su puridad científica…

Cual máquinas biológicas cuasi divinas, y con solo su primitivo ingenio, la totalidad de esta especie humana está rozando las honduras de una ciencia, la nuestra, para la que sabemos que todavía no están en forma alguna, ni mental, ni intelectual, ni moralmente preparados…

Pero dan… como que envidia, porque todavía no han perdido eso… Ahora están, en ese crucial momento evolutivo en el que aún, no han olvidado que el sexo o el fuego, el caos y lo violento, el choque o la explosión, los cataclismos y la ignorancia, impulsan y son a la vez energía y motor de éste nuestro Universo… Algo que nosotros olvidamos, hace ya milenios, al dejarnos guiar solo en pos de la seguridad de nuestras tecnologías…

Y ellos están empezando -como hicimos nosotros- a olvidar su Historia arrumbada entre tanto cachivache tecnológico… Y claro, comienzan a tener tanto miedo que no pueden -les es casi imposible- discernir nada con claridad, con sensatez, o con cierto grado de seguridad…

Siempre, como espiritualmente ahítos, ora de un atracón de ocio mendaz, ora de una panzada de multimedias basura… Saturados de wikipedias torticeras; henchidos de datos corruptos; saturados hasta la arcada, de vídeos y opiniones de famosos, listillos, fantoches, youtubers, juaneslanas, y somierdas…

Todo, completamente vacío; carente de cualquier valor al que, realmente, poder aferrarse tan solo con las manos…

Tal, y como nos pasó a nosotros en aquella época olvidada, en la que perdimos ese poder mágico que se generaba, al juntar al calor y amor de una pequeña fogata, a familias amigables contando historias…

Están locos estos humanos…

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

Carta de mi Madre a los Reyes Magos

Este año no sé si me he portado lo suficientemente bien, creo que no; vivimos por desgracia tiempos difíciles. Pero, pese a los muchos problemas que me agobian y al cierto flaquear de mi fe, no quiero faltar a mi cita anual con la hermosa tradición de escribiros ésta, mi carta:

Queridos Reyes Magos, son muchos años pero voy a pediros lo mismo de siempre; ya sabéis: mis hijos y mi familia…

Últimamente discutimos, disputamos, reñimos demasiado, y con acritud tan enconada, que algunos de mis amados hijos se están alejando irremisiblemente del seno de mi abrazo… He de confesar que como madre, estoy por ello muy preocupada…

“Nada satisfaría más al buen pastor, que el reencuentro con sus ovejas descarriadas.”

Me gustaría que mis hijos todos, llegasen donde ellos quiera que se propongan, sin límites. Pero también anhelo que, pese a las distancias con las que la vida inexorablemente nos aleja, mi prole, no olvidara nunca ni su rica historia, ni por supuesto el calor de su familia… Por ello, ruego fervientemente a Sus Majestades que intercedáis, para que sus diferentes anhelos particulares no me los alejen entre sí, ni de mí… Crear, criar y mantener durante tantos años una familia numerosa y diversa como la nuestra, ha costado vidas de esfuerzo y sacrificio abnegado; y me aterra que pudiésemos separarnos debido a la desidia, quizás a nuestras naturales diferencias mal entendidas, o tal vez por un olvido o por un silencio cobarde…

Así, voy a pediros el regalo de una ilusión común… Ilusión que nos recuerde que todos juntos somos mejores y más fuertes; y que sin duda unidos, fuimos, seríamos y seremos, más felices…

También para todos ellos quiero pediros trabajo, prosperidad, esfuerzo y éxito. Me gustaría que empezasen algo grande, importante, trascendente… Ojalá un noble proyecto colectivo que aglutinase sus voluntades en una sola, y que por su grandeza, estuviera a la altura de la enorme herencia de nuestra familia; herencia que estamos por honor obligados a preservar, a respetar, y a legar aumentada a nuestros descendientes…

Necesitamos repito, ilusión…

Por último, perentoriamente, os imploro para mí la concesión de solo un íntimo deseo: arden mis entrañas por encontrar un nuevo y gran amor…

Hace tiempo que no me enamoro perdidamente. Y de veras que lo necesito… Enamorarme ya… Que alguien, suba y recorra con deleite mis hermosas cumbres, y que descienda anhelante a recrearse en mis más recónditos valles; alguien, que goce con fruición de estos generosos dones que con tanta pasión ofrezco… Y sentir, que pese a mi largo y tortuoso pasado soy amada por entero y con fervor… Y saber, que acepta gustoso la totalidad de mi azaroso presente… Y amar, amar intensamente a aquél a quien, como a mí, le ilusione un porvenir venturoso y común…

Agradeciendo de antemano sus mercedes, me despido por este año…

Atentamente. 🇪🇸🇪🇸

🇪🇸

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

el borracho…

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Eran las tantas de una de aquellas madrugadas escarchada de invierno, y todavía estábamos en el WAY-KAY… Un sempiterno garito de mi pueblo. Apurábamos nuestro cuarto o quinto gintonic de aquella noche cuando oímos abrirse la puerta de entrada… Nos giramos con desgana para ver quién era el parroquiano que, a semejantes horas, buscaba refugio a su noche…

Al ver entrar a Vicente, nuevamente nos giramos al unísono esta vez pero para mirar a Pepe, el dueño del establecimiento…

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Éste, frunció el ceño y cordialmente aunque con cierta superioridad paternalista, salió de la barra para con unos empujoncitos insistentes, conminarle a que se marchase a su casa.

Vicente, se le acercaba trabajosamente. Le miraba nebuloso y beodo… Los vaivenes cruzados de sus pasos y el pícaro desatino de su mirada, evidenciaban su animoso y espeso estado etílico…

Había sido Vicente toda su vida aparcero de mi abuelo Antonio en nuestra finca de El Saladar, y yo le recordaba siempre cercano y familiar desde que tengo memoria. Era un tipo chaparro, bajo y ancho en exceso aunque no gordo sino ligeramente como chafado; tenía sin duda una figura algo grotesca… Su cara, también como aplastada, así como su chata expresión, estaban surcadas por unas arrugas de tiempo indefinible, que le daban el aspecto de un raro y feo treintañero, pero cincuentón…

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Como trabajador era algo maganto, pero era valioso por lo leal y por lo gracioso, y especialmente, porque poseía una enorme experiencia y algo parecido a un don especial para casi todas las labores de la agricultura… Derrochaba, una simpatía ramplona y sincera aunque en absoluto estúpida ya que no era tardo ni mucho menos… Y tenía una conversación siempre chocante, ácida y bullanguera y algo ‘salida’, cosa que yo en mis tiempos mozos siempre le agradecí, dada la falta de fuentes de información que había a esos respectos…

Vicente, pese a los empellones que Pepe le daba en dirección a la puerta de salida, con toda la corrección que su pedal le permitía y dejándose arrastrar, le imploraba para que le sirviese una copa de soberano…

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En ésas estaban cuando en su tira y afloja pasaron por delante de nosotros, y Vicente, al reconocerme, con el suplicar de su mirada me pidió que intercediese por él para conseguir aquella copa…

No me pude resistir, era amigo mío… Haciendo un gesto condescendiente a Pepe, aplaqué a regañadientes su intención de sacar a empujones de su establecimiento a tan estrafalario parroquiano… Accedió a ponerle la copa finalmente.

Se la sirvió con desgana; dejando caer poco a poco aquel líquido ambarino mientras fijaba molesto sus ojos en los desvalidos de su cliente… Éste, oscilaba espirituosamente frente a él con la suavidad de su pedal, mirando la copa, y agarrándose a la barra con sus dos manos; abriendo ligera y aunque trabajosamente las piernas, en una búsqueda inestable de estabilidad corporal…

Una vez servida la copa, de forma desabrida y rotunda, Pepe le dijo:

– ¡Vicente, ésta es la última copa que te pongo…!

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Vicente abrió como platos sus ojos de curda mirando a los de Pepe; a la vez, beodo perdido, seguía meciendo suavemente su cabeza cuando estiró de repente los brazos que le agarraban a la barra, hasta el punto de casi caer de espaldas… Pasaron unos segundos de silencio entre mutuas miradas extrañadas, hasta que Vicente consiguió aclarar lo justo sus pensamientos… En aquel momento, incorporándose apenas y casi retador, va, y le dice con voz caldosa, mirándole todo lo fijamente que podía y con un bamboleo borracho y socarrón:

– ¡Ootiaa Pepe…! ¿la údtima…? ¿Eg que te vasss aa moriiirr…?

Justo estaba escuchando la respuesta con el trago de gintonic en la boca, cuando de la risa, la pedorreta inevitable me hizo escupir hasta por las narices aquél combinado…

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El pub entero comenzó a reír por lo ocurrente de la respuesta hilarante, ágil e inesperada, de un tipo tan sencillo como Vicente… Aquello no pareció gustarle demasiado a Pepe, quien haciéndose el sueco empezó a enredar con sus labores propias de barman, restándole importancia a la chocante derrota dialéctica que acababa de sufrir a manos de alguien como Vicente…

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Estábamos apenas reponiéndonos de nuestras carcajadas cuando del tirón, Vicente se embauló de un trago la copa… Con garbo chocarrero y con sus pasos cruzados por el pedal, se despidió de mí y del resto de los feligreses nictálopes que ahí quedábamos en el garito… La bonita curda que llevaba hizo que del impulso al abrir la puerta para salir, se golpease fuertemente los hocicos con la misma, cayendo de espaldas con una marcada línea roja en la cara que le cruzaba verticalmente el ojo derecho y parte de la nariz…

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No pude evitar el recoger del suelo a Vicente y acompañarle durante los acaso cien metros que nos separaban de su casa, a la que llegamos haciendo eses, abrazados, y parloteando de forma viscosa y embarullada de nuestros recuerdos comunes…

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

8 de Marzo…

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Me preguntan mis dos hijas, desde su inocente adolescencia, mi opinión acerca de la huelga feminista del ocho de Marzo…

Les respondo que, hasta que yo recuerdo, siempre se había celebrado el ocho de marzo, como el DÍA DE LA MUJER TRABAJADORA… Que siempre había sido ese día, jornada no de huelga sino de merecida celebración insisto; y de justas reivindicaciones, como no podía ser de otra manera…

Celebración de lo femenino, del mérito de ser mujer en toda época y circunstancia. Y siempre habían hecho las mujeres de este día, repito, no uno de de tensión social y huelga cuasi obligatoria, sino algo así como un ‘día feriado’ en el que la que podía, no trabajaba… Pero ese ‘no trabajar’ era algo así como un gesto casi festivo, de demanda y exigencia de de unos derechos y libertades más que merecidos.

Había sido siempre el ocho de marzo una ocasión para alabar la valentía de la maternidad trabajada; el coraje de engendrar, parir, educar y nutrir amorosamente…

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Una fecha histórica para exaltar las virtudes del trabajo, el esfuerzo y la dignidad femeninas. Un día éste, para ensalzar a la mujer en la figura de las esposas amadas y las amantes deseadas; de las hijas adoradas; de las madres abnegadas y de las hermanas cercanas… Un gesto para amigas sinceras y compañeras… Era en el fondo un rendido homenaje a un género, el femenino, que si no existiera, habría que inventarlo…

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Creo que el hacer de una celebración así, ocasión para enfrentar casi agresivamente en una huelga tramposa a hombres contra mujeres, no es sino un intento sibilino de instaurar, la perversión paranoica de un complejo maníaco depresivo, que persigue la disolución de lo femenino en favor de una sectaria ideología de género, ya no feminista, sino represora, oscura y revanchista; además de segregadora y completamente inútil…

Que no os engañen

¡¡¡ VIVA EL DÍA DE LA MUJER…!!!

Antonio rodríguez Miravete. Juntaletras