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¿QUE QUIÉN SOY YO…

“¿Que quién soy yo pa’escribir por ahí…?” Nótense las negritas.

Amplía para admirar…

Hay quienes se quejan, hasta de que los minutos duren sesenta segundos… Todo lo malo les pasa. Todo conjura en su contra: el pasado, el presente, y por supuesto el futuro. ¡Qué mala es la ignorancia…! Se quejan, de que haya que cumplir con la ley y de que haya que estudiar para aprobar o que trabajar para vivir; ignoran, que es necesario amar al prójimo y honrar a tu padre y a tu madre; y en defensa de su ideología son capaces de negar, cosas como que dos y dos sean cuatro y otras muchas verdades por el estilo… Son pensadores de lo inútil y especialistas del gafe; demócratas rojos; artistas de lo vacuo, escritores de la filfa; filósofos de lo desastroso y periodistas de lo falso… Meros esclavos del “y tú, más…” Tergiversadores en cadena…

La Historia del hombre es la que es, y juzgar el pasado con criterios de presente es de imbéciles…

Amplía con tus dedos… ¡Racista…!

Porque no le gusta lo que escribo, va, y me pregunta un gañán rojo de éstos que ahora nos toca sufrir en las redes “que ¿quién soy yo pa’escribir por ahí…?” Nótense las negritas.

Líbreme Dios de compararme, pero imaginemos a un Miguel, cualquiera. O a un pringao de Almoradí; de al’lao; de cerca… A catorce o quince kilómetros justos de su casa vivo: sí, de la de Miguel. De la de Miguel Hernández el de Orihuela, el las ‘Nanas de la cebolla…’ Con poco, siempre hicimos mucho en mi tierra… Se piensa desde hace mucho y muy bien a la sombra de Alicante.

¿Habéis visto el contraste, de lo humilde de su casa en el centro de Orihuela, justo al’lao, casi paré con paré con con el imponente palacio centenario del Colegio de Santo Domingo…? Un cabrero, un disidente, un matao, fusilao por valentones… ¿Que porqué escribo yo qué sé? Yo no lo sé pero pasa: empiezo, sucede, y acaba, como si saliera de los cojones…

Perdonadme el pareado pero ha salido… Yo aquí lo pienso, lo dejo y lo doy: la gente luego, que haga lo que quiera…

¿Que quién soy yo pa’escribir…? Va, y me pregunta el gañán…

Según él, en su día, hace quince mil años, habría que haberle preguntado con impertinencia al pintor de Altamira que qué coño hacía, ensuciando de humo y pintarrajeando a su antojo la cueva…

eeen fin…

Que no nos engañen.

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

DISCUTIR EN LA RED

Hace unos cuantos años me denunciaron arteramente y por el vil metal, esgrimiendo ella ante el juez lo muy amenazada que se sintió, debido a un inocuo comentario que le hice por escrito en una de nuestras tan frecuentes como inútiles discusiones (creía yo privadas) por WhatsApp… Cosas de la ideología de género…

Por ello, ya debería yo de haber aprendido que estos modernos medios de comunicación tecnológica, son nefastos para disentir… Medios éstos de comunicación paradójica, ya que cuando se desata de verdad una discrepancia, es casi imposible comunicar argumentando… Y voy a intentar explicarme.

Los que alguna vez hayáis discutido de verdad y agriamente con alguien por las redes, y si os fijáis un poco me lo reconoceréis, que en medio de la indignación y el acaloramiento de esas discusiones epistolares, todos, sentimos una especie de urgencia, de prisa rabiosa por teclear y explicarle al otro lo irrefutable de nuestros argumentos…

Pero fijaros también, en el hecho de que al no percibir presencia física alguna, no tenemos ningún mensaje del lenguaje corporal de ése otro con el que discutimos… Y por ello no percibimos, esos otros matices tan necesarios para mantener una comunicación intensa, como sin duda lo es una discusión… Y así, a ciegas, al no ver ni el rostro ni la expresión en los ojos del prójimo, solo sentimos una estéril aunque imperiosa necesidad de justificarnos constantemente; de defendernos…

Y precisamente ese tipo de detalles hacen, que no estemos atentos a lo que el otro nos argumenta… Pareciera, que solo estamos como esperando a que él termine de teclear, para darle su merecido escarmiento dialéctico, tecleando ahora nosotros nuestras propias razones…

Es un hecho comprobado, que es casi imposible discutir con hondura y ordenadamente por estas redes sociales de los cojones… Siempre, casi siempre, terminan interrumpiéndose emisor y receptor, pisándose las réplicas, y sin poder llegar razonablemente a ningún sitio común, acuerdo, o conclusión…

El otro día he de confesar que cometí la torpeza de discutir, nada menos que de política y por WhatsApp, con un muy viejo y buen amigo. Un antiguo camarada, con el que por otra parte no me une casi nada aparte de un profundo y verdadero cariño, ya que fuimos y somos hermanos boinas verdes; viejas glorias… Nos queremos mucho porque sí, y porque además nos da la gana… El caso es que él es muy de izquierdas, y yo no soy muy de casi nada.

Al comunismo sí que no le he votado ni le votaré nunca; pero se ve que fui de centro cuando voté a la UCD… Creo, que de izquierdas también fui, porque voté tres veces al PSOE… También de derechas se ve que podría ser tras votar otras dos al PP, creo… Y ahora, porque he votado a VOX según dicen, debo de haberme convertido en un fascista. En fin…

Yo, si hay que cambiar, se cambia…

El problema de muchos de nosotros es, la casi total incapacidad para cambiar nuestra opinión acerca de ciertas ideas adquiridas, bien por la costumbre o bien por inducción… Lo que se llaman comúnmente prejuicios.

La costumbre, nos hace añorar aquella cocina de nuestra madre pero no porque fuera la mejor, sino simplemente porque crecimos con ella. Y así, también nos acostumbramos a la lengua materna… Y nos convierte la costumbre, por ejemplo en zurdos, en lectores, o en dibujantes… Las costumbres de nuestros hábitos hacen, y luego dicen de nosotros, si somos buenas o malas personas, educados o maleducados, atentos o casquivanos…

Las ideas inducidas en cambio nos influyen, en detalles diríase más primitivos como por ejemplo el de ser de nuestro equipo de fútbol; a muerte con nuestra tribu aunque juegue como el culo; a muerte somos del Betis ‘manque’ pierda… Debido a ese mismo tipo de tribales resortes psicológicos, somos inducidos también y por multitud de razones, a identificarnos o a simpatizar, a alinearnos, o hasta finalmente afiliarnos a tal o cual partido político; y nos suscribimos de por vida a una ideología ya sea diestra o zurda… Las ideas inducidas, también nos convierten por ejemplo en adictos al tabaco o a las drogas; o nos inducen a dar por hecho, cosas tan extrañas y erróneas, como que nuestra pareja no solo ha de acompañarnos sino que también nos pertenece…

Creo, que todos deberíamos relajar el músculo de la intransigencia, y acostumbrarnos a llamar al pan pan y al vino vino; y disponernos, a cambiar aunque sea algunas de nuestras muchas convicciones erróneas…

Que no nos engañen…

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

LA NUEVA SUBNORMALIDAD

¡¡Qué cosas…!!

Lo de la nueva normalidad es en sí mismo un oxímoron, una nadería; otro de vuestros eslóganes tramposos, para que como silbido de pastor, haga entrar a vuestro rebaño por la vereda zurda…

Meteros esa nueva normalidad que por doquier pregonáis por donde os quepa, y poneros a trabajar de una vez para devolvernos la normalidad de siempre… Aquella normalidad de besar a nuestras madres, en vez de acostumbrarnos a este infame presente de distancia y mascarilla… La normalidad, de apoyarnos con naturalidad tanto en la barra de nuestro bar como en el hombro de nuestro amigo… La normalidad, de arrancar nuestro coche para ir donde nos salga de… La normalidad, de volver a confiar en mi médico y él en mí, sin que nos miremos recelosos de reojo, porque ni a él ni a mí nos hayan hecho la dichosa prueba del bicho ése…

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Dejaros de nuevos pactos de la Moncloa, de inventar el hilo negro, de desescaladas locas hacia nuevas normalidades, o de creeros que sois los primeros en asar la manteca… Poneros a trabajar ¡Magantos…! Empezad ya a hacer vuestro trabajo, en vez de hacer vuestro agosto con nuestra ruina..

¡Que llevamos más muertos por millón de habitantes que ningún otro país del mundo…! ¡Miles y miles de españoles muertos o infectados por el virus y vuestra desidia…!

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Nueva normalidad dicen…

Majaderos.

Que no nos engañen…

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras

Drogas

Aparcamos aquel viejo Citroën Dyane 6, tan justo al borde de los acantilados de aquella cala, que, sin asomarnos casi, podíamos ver el mar batiendo implacable las rocas de abajo… Tarde de invierno; el mar se estrellaba violento, furioso contra esos muros pétreos que abrazaban aquel trozo solitario de costa… El cielo gris mugriento, el paraje yermo y aquel viento infernal, húmedo y sucio, como que me enturbiaron la escena ya entonces, y parecería que hasta difuminan mis recuerdos todavía hoy… Apenas el coche se detuvo, ‘El Tamo’ ya tenía el chute casi preparado; lo acabábamos de pillar en el puerto; muy buen material nos dijeron.

Él, fue el primero… Silencio.

Solo había una ‘máquina’…

‘El Rigo’, ansioso, no dudó en arrebatar aquel asco de jeringuilla, todavía tibia de sangre ajena, de esas manos lentas, ya vacilantes y rendidas por el ciego; unas manos parecieran de sarmientos, que recuerdo huesudas, batracias, macilentas… El insensato, volvió a succionar tras mezclar una nueva dosis, en la misma cuchara quemada y sucia; a través de la misma aguja infamada…

Manejaba aquella jeringuilla resobada -que a mí su sola visión mareaba- con una soltura y una precisión de sanitario… Con una destreza que sólo otorga la costumbre, sus dedos daban leves golpecitos a aquel instrumento infernal para asegurarse, minuciosos, de sacar de él cualquier gotita de aire… Gotita que, por ínfima que fuese, transformaría en muerte segura e inmediata, lo que aquella tarde pretendía ser, sólo, un paso más en el camino a una muerte, también segura, pero más lenta…

Tras estirar con sus dientes y un leve giro de cuello, la goma que regulaba la presión de las acribilladas venas de su brazo izquierdo, penetró sin miramientos y con pericia, una de ellas… Transcurrieron un par de minutos creo, lentos… El émbolo emponzoñado, cadencioso, presionaba y succionaba, viciando sin remisión con su bombeo, un torrente de sangre adolescente, inocente, ignorante… La leve caída, como boba, de su mentón; el giro lánguido y vahído hacia la derecha de su cabeza… ‘El Rigo’ sudando, escalofríos; un gigantón a punto del vómito… Gracias a que ‘El Copas’ tomó la iniciativa; porque para evitar que debido al ciego, en un mal movimiento, se le desgarrara aquella vena infamada, arrancó la jeringuilla que como olvidada, colgaba tozuda, bamboleando sanguinolenta ensartada en aquel brazo…

La visión de conductor y copiloto en pleno viaje alcaloide, me hizo pensar estúpidamente en el viaje de vuelta… Era evidente mi pánico; quería irme, desaparecer, escapar de la atmósfera espesa y opresiva del interior de aquel coche. Temblaba de nervios, de asco, y de agudos remordimientos… A mi memoria vinieron mi padre, mi madre, mi novia; recordé mi afición al dibujo, a la música, a la lectura… Ya no me apetecía probarlo; para nada…

Y empezó a oler mal, muy mal…

A diferencia de conductor y copiloto, ‘El Copas’ se preparó un tubo con un billete nuevo; y con él en la boca, empezó a correr detrás del humo azulado de una bolita negra, que se consumía, al quemarse rodando sobre un tembloroso papel de aluminio, calentado sobre la llama de un mechero también tembloroso… Con la última calada de aquellas volutas envenenadas, azuladas y densas, le irrumpió la arcada…

Una asquerosa basta anegó por completo su regazo y mis alrededores, sin darle tiempo si quiera a abrir la puerta trasera para aliviarse… El interior del coche se infectó de ese hedor ácido y nauseabundo; miasmas que se mezclaban, con el rancio de nuestro sudor, además de con otras escatológicas pestilencias… Parece que en exceso, el ciego, relajó los esfínteres y estimuló las glándulas, de mis desconsiderados acompañantes…

Ante el estropicio en su coche, ‘El Rigo’ espabiló de su ciego lo justo, para cagarse varias veces en la puta…

Ahora me tocaba a mí… Lentamente giró su cabeza. Sus tristísimos ojazos azules, desde una oscura lejanía y como a través de una bruma narcótica y vacía, lograron fijarse en los míos… Y vieron, seguro que lo vieron, en mi rostro el rictus del asco y el color del miedo… Y de verdad os aseguro que a día de hoy, no sabría decir, si fueron palabras dichas por él, o las inmensas penas reflejadas en su mirada negra de gigantes pupilas perdidas y resignadas, las que gritando me advirtieron aquello de:

“Si tocas esta mierda, te hincho a hostias…”

Gracias ‘Rigo’…

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