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BESTIAS

Empezó a anochecer y buscábamos desesperados un lugar seguro donde protegernos de aquellos bichos. El estado de la rodilla y sobre todo del tobillo de mi compañero, no nos permitirían regresar a tiempo al campamento, y sabíamos, que era de locos quedarnos por ahí a la intemperie y completamente expuestos. Toda la tarde llevábamos cagados de miedo en medio de esos páramos, huyendo y esquivando como fuese el peligro, de cualquier tipo de contacto con aquellas bestias, oscuras, grandes, y tan agresivas… Nos habíamos equivocado de ruta de vuelta, y lo teníamos francamente muy mal porque en aquel secarral, solo habían olivos, matorrales y encinas. No había cueva, refugio, cobertizo o abrigo alguno, donde poder pasar una noche a salvo de los ataques de esas alimañas.

Pese a que solo nos quedaban seis u ocho kilómetros, era imposible completarlos sin que nos los cruzásemos; y eso, y a oscuras, resultaría mortal. Con el último arrebol de la tarde llegamos, menos mal, junto a un olivo enorme al que me encaramé encontrando por suerte, y a una altura suficiente como para mantenernos a salvo, dos fuertes ramas casi paralelas sobre las que podríamos acoplarnos de alguna manera, y apañarnos, para pasar esa noche como fuese.

Habíamos sido previsores y llevábamos una mochila cada uno: él con la comida, sacos y abrigos, y yo con el botiquín y los aperos de montaña. Pude aprovechar aquellas últimas luces anochecidas, para inmovilizar y vendar el tobillo de mi compañero. Luego, no sin mucho dolor, logró subir y acomodarse penosamente en aquellas ramas, apoyando el cuerpo contra el tronco principal hasta quedar en una posición razonablemente cómoda, como para pasar las horas que nos esperaban bien agarrado, o atado si hiciera falta, a la ramas de más arriba… Una vez aupadas también las mochilas subí yo; y no sé si fue debido al canguelo, pero me pareció que justo en ese momento nos invadió, engulléndonos por completo, la oscuridad espesa de aquella noche zahína sin luna.

Y fue al encender estúpidamente la linterna mientras nos abrigábamos, cuando empezó todo. Como bobos habíamos delatado nuestra posición, y comenzamos a oírlos acercarse, despacio. Completamente a oscuras sentíamos sus resuellos, el golpe de sus pisadas, pesadas, acercándose, cercándonos… Y empezaron aquellas tremendas embestidas contra el tronco de nuestro refugio. Cada cierto tiempo, como si pareciese que se turnaran, se acercaba uno de ellos para arremeter contra el árbol y nuestro ánimo, una y otra vez… Oyéndolos durante horas bufar al recular para volvernos a embestir.

Y así estuvieron durante casi cuatro horas, hasta que seguramente se ve que decidieron sin más, que mañana más, que ya estaba bien… Y cejaron en su empeño, yéndose también sin más.

¿Alguna vez habéis dormido como los monos, o como los pájaros, sobre una rama…? Jajaja nosotros sí; maldormimos, pero sí… Recuerdo que, una vez asegurado al tronco con una cuerda por debajo de mis sobacos, y totalmente vencido por el cansancio y el sopor del sueño, más de una vez me desperté alarmado y al punto de caerme, abrazándome con instinto no sé si de pájaro o de mono, a una de aquellas ramas.

Y como hubiera sido insensato bajar antes de que amaneciese, lo más chocante del caso es, que volvía a dormirme como un lirón careto cada vez que me despertaba; como intentando aprovechar el sueñecito de aquellas tres horas, y aunque estuviéramos arriba de un árbol.

¡Cómo somos los dormilones…!

¡Vaya nochecita la que nos dieron aquellos putos toros bravos…!

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

Furtivos

El aspecto exterior del edificio era imponente pero ruinoso, aunque las ajadas y desvencijadas puertas exteriores todavía lo mantenían, aunque precariamente, cerrado y secreto….

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Ellos dos sabían que saltando la valla trasera se podía acceder al patio posterior; éste, comunicaba con el fondo del antiguo escenario, a través de una pequeña puerta casi completamente desarbolada de puro vieja… Yo, en cambio, pese a ser familia de los propietarios del vetusto edificio, casi no sabía absolutamente nada del mismo, y he de confesar que hasta ese momento nunca había tenido curiosidad alguna por él…

Pero la propuesta de colarnos esa tarde, de forma furtiva, era irresistible.

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Esperamos rondando nerviosos por los alrededores el momento adecuado, cuando Luis dio la señal… Tras saltar rápidamente la valla exterior y forzar sin mucho esfuerzo la pequeña puerta de acceso, de repente, nos encontramos al principio de un lóbrego pasillo que iluminábamos apenas con la única linterna de que disponíamos…

Avanzamos, hasta llegar a una pequeña habitación de techo muy bajo, que a su vez comunicaba con el enorme e inquietante patio de butacas… El haz de luz de nuestra raquítica linterna, se perdía en la espesa oscuridad del negro espacio vacío y húmedo, iluminando tan solo, un caótico universo en movimiento de infinitas motas de polvo, suspendido por el tiempo y la desidia…

En penumbra, llegamos hasta el pasillo y casi a tientas nos dirigimos hacia la salida central, llegando hasta lo que parecía el hall de la entrada principal. Allí nos separamos… Fernando se quedó con la linterna, y Luís y yo nos tuvimos que apañar con cerillas y mecheros para abrirnos paso por la aplastante oscuridad que nos rodeaba…

Giré intimidado a la izquierda, llegando hasta un estrecho pasillo lateral por el que se accedía a los palcos; éste, se curvaba ligera e inquietantemente siguiendo la forma elíptica de la enorme sala, lo que hacia que no pudiese ver el final del mismo… La sensación al avanzar era como si ese opresivo, angosto y tétrico pasillo, no acabase, no tuviese al recorrerlo un final definido…

Crujían mis pisadas al aplastar papeles, cristales y pedazos de ajados marcos de madera que, seguramente, alguna vez habían orlado fotos de viejas glorias del espectáculo, hacía mucho tiempo olvidadas. De repente, unos ruidos extraños e inquietantes; rítmicos, tétricos, sobresaltaron mi ánimo erizando cada pelo de mi cuerpo de puro miedo; grité llamado a mis compañeros…

Guiado por el sonido de sus respuestas, llegué a trompicones de nuevo a la zona del patio de butacas, justo al pie de una escalera por la que se subía al escenario; sobre éste, y situado en el centro, se hallaba un fantasmagórico y destrozado piano, cuyas viejas y desgastadas teclas estaban siendo aporreadas nerviosamente por Fernando, de forma que roncas notas metálicas, desafinadas y lúgubres llenaban el espacio espantándonos…

Debido al canguelo que sentíamos los tres, instintivamente, nos reunimos nerviosamente junto al piano, y justo cuando bromeábamos golpeando de nuevo las desgarbadas y sordas teclas, sentimos un gran crujido sobre nuestras cabezas, tras el que se produjo un enorme estruendo, precipitándose sobre nosotros gran parte de la arcaica tramoya situada sobre el escenario…

Los polvos de color rojo cubren a uno de los participantes en el festival de Gauhati, India.

De repente, aunque milagrosamente indemnes de daño físico alguno, quedamos completamente cubiertos de una polvareda sucia, espesa y asfixiante, que nuestra exhausta linterna podía apenas penetrar…

La enorme dificultad para respirar, y el gran susto en mayor medida, hizo que arrancásemos a correr casi a ciegas, espantados, tropezando, y buscando frenética y ansiosamente la salida por la que habíamos penetrado en el edificio…

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Casi sin resuello nos encontrábamos en el exterior del teatro, corriendo, y alejándonos espantados a la vez que exultantes, cubiertos completamente de polvo, y con la respiración entrecortada por el gran susto, la excitación, y la carrera…

A nuestros 13 o 14 años, la experiencia había valido la pena…

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras