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LAS ESPERANZAS…

Historias de Paco Sanz

Sólo los muy valientes o los muy tontos pueden vivir sin esperanzas. Ahora más que tener esperanzas estamos a la espera de que esta pesadilla pase. Esperamos poder por fin salir, volver a ver a los nuestros, que no nos coja el virus ni la pobreza, que inventen algo… Antes esperábamos cosas mucho más vagas: que les siguiera yendo bien a los chicos, suerte para envejecer como Dios manda, que gane mi equipo, mejorar como personas…

¿Estamos a la espera o tenemos esperanzas? Esa es la cuestión. No es lo mismo esperar que tener esperanzas. La esperanza está de lado del futuro, la espera está arropada en el instante. Uno tiene esperanza, uno confía en que pase esto o aquello, quizás no de inmediato, pero muy pronto. Cuando uno espera, en cambio, uno permanece en un estado de continua presencia, espera que algo que sucede en aquel momento pase, aunque quizás no pase nunca.

La falta de porvenir explica los deseos de transformación más extremos. Bourdieu insiste en las ilusiones apocalípticas, a la manera de Marx, que nunca creyó poder colocar esperanzas revolucionarias en el “proletariado con harapos”. Hay que salir de la falsa alternativa entre el “todo es posible” milenarista y el “nada es posible” experimentado dolorosamente por los más pobres. Ni la pérdida radical del mundo, ni la expectativa de su fin constituyen premisas creíbles para la acción política.

Los subproletarios, los hombres sin porvenir están abandonados a la suerte y a vanas esperanzas de una transformación milagrosa del mundo. Los pobres no disponen de un capital simbólico que los inscriba duraderamente en la sociedad. Esta intranquilidad permanente explica las ambiciones soñadas o las esperanzas milenaristas de los más desfavorecidos. Si los juegos de azar son tan corrientes entre ellos es porque reintroducen expectativas finalizadas en caos de la vida sin empleo. Hasta el final de la partida por lo menos el tiempo recobra un orden tranquilizador que la pobreza extrema le quita en todas las demás dimensiones de la existencia social.

Me gusta mucho la historia porque estoy siempre modificando mi pasado. Si resulta que las cosas de mi vida no fueron como me parecía mis esperanzas mejoran. “Esto hiciste, dice la memoria. No hice eso, contesta el orgullo inexorable. Finalmente la memoria cede”. Los que quieren que su pasado sea diferente del pasado deben estudiar el pasado. El primer paso para librarse de los males de hoy, para encaminarse hacia un futuro mejor es hacerse cuanto antes con otro pasado. Porque el pasado que permite este presente de mierda es necesariamente un falso pasado. Si no ¿cómo podríamos agradecer, recordar o tener esperanzas?

La reforma del pasado que acometen todas nuestras actividades internas se conjuga con la confianza en un incierto futuro. Por anodina que pueda parecer la vida de un adulto en comparación con los grandes proyectos que trazara en su infancia y adolescencia, la firme esperanza en que un golpe del destino le vaya a convertir en el héroe o semidiós que una vez soñara no lo abandonará del todo en ningún momento; las primeras esperanzas constituyen la últimas decepciones.

Como ni soy muy valiente ni muy tonto alimento cada día mis esperanzas, me ayuda a dormir mejor. Como los poetas: “Huyo del mal que me enoja/ buscando el bien que me falta./ Más que las penas que tengo/ me duelen mis esperanzas… Mientras que se sienta que se ríe el alma/ sin que los labios rían;/ mientras se llore, sin que el llanto acuda/ a nublar la pupila;/ mientras el corazón y la cabeza/ batallando prosigan,/ mientras haya esperanzas y recuerdos,/ ¡habrá poesía!”

Historias de Paco Sanz

Relato de un mal rato…

En aquella época de mi infancia las casas permanecían siempre abiertas, de par en par… Solo las cancelas interiores permanecían cerradas, aunque francas a las cuitas de vecinos y transeúntes… Oímos un ligero frenazo frente a mi casa, y el desgarrador aullido al ser aplastado por el neumático del vehículo.

Mi madre se disponía a salir a calle a curiosear el suceso cuando, al abrir la cancela, descubrió espantada que un pobre gato, amenazante, con la mitad del cuerpo machacado y buscando abrigo a su infortunio, se había refugiado en el pequeño espacio del recibidor de mi casa…

El reguero de sangre dejado en el suelo y las escaleras de la entrada, alarmó enormemente a mi madre, que cerró de nuevo, horrorizada, la cancela que impedía que el pobre animal penetrara en casa. No podíamos salir por esa puerta…

Mi cuñado y yo, extrañados, salimos por la cochera y dimos la vuelta a la casa hasta situarnos frente a la puerta de entrada que, completamente abierta, dejaba ver el dantesco espectáculo del pobre animal aplastado, arrinconado al fondo, con la mirada amenazante de ira y perdida de dolor, restregando lo que quedaba de su cuerpo contra el cristal esmerilado de la cancela… Hicimos el amago de entrar cuando, erizados, oímos el ululante y espantoso bufido con el que aquel felino herido de muerte nos amenazaba… Cualquiera que haya visto un gato acorralado sabe de lo que hablo…

Resultado de imagen de reguero de sangre

Al sentirse de nuevo intimidado y atacado por nuestra presencia, el gato, enloquecido por el dolor, empezó a arrastrarse con las patas que todavía le respondían, a la vez que aullaba amenazante y convertía el recibidor con sus hemorragias, en un inefable espectáculo de sangre y humores de gato restregados por el piso y las paredes.

No iba a dejarnos cogerle tan fácilmente. El animal, nos advertía de que iba a vender cara la poca vida que le quedaba… Y aunque nuestras intenciones eran las de recogerlo e intentar ayudarle, era algo que, lógicamente, no podíamos “explicar con detalle” al pobre bicho moribundo.

Decidimos hacernos con una manta para atrapar al gato y sacarlo de allí… Volvimos de nuevo a la puerta y entramos al alimón estirando la manta para, cual red, atrapar dentro al gato y poder hacernos con él sin peligro para nuestra integridad… Cuando el pobre animal se vio de nuevo acorralado y cercado por la manta, no os podéis imaginar el estallido de ira, pánico y furia del desdichado gato…

Empezó a aullar endiabladamente; como un torbellino empezó a dar botes violentos y exagerados, estampándose contra las paredes y el cristal de la puerta de la cancela con una violencia y fuerza inusitadas, provocando que mi cuñado y yo nos cagásemos de miedo… Era seguro que no nos íbamos a librar de algunos mordiscos, y de muchos arañazos desesperados… No había forma de sacar al gato de nuestra casa sin que saliésemos mal parados del lance…

Finalmente, en vista de la imposibilidad de hacer nada por el desdichado animal, uno de nuestros vecinos trajo una escopeta de perdigones. Era la única forma que se nos ocurrió de acabar con la situación, pero mi cuñado y yo ya estábamos bastante afectados y nerviosos como para apretar el gatillo… No podíamos hacerlo nosotros…

El revuelo de vecinos, curiosos y espantados por el suceso, se incrementaba a la vez que el desagradable hecho se complicaba. Mi madre, mi hermana y algunas vecinas, estaban fuertemente impresionadas además de horrorizadas por lo sucedido, y lloraban, casi histéricas, impotentes ante el incómodo y repulsivo episodio que estábamos padeciendo. Finalmente, uno de mis vecinos se arrancó y cogió la escopeta… Cada uno de los primeros tres disparos, fueron acompañados de unos espantosos alaridos de dolor intenso y de unos desesperados movimientos frenéticos, desafiantes y estertóreos, del pobre gato desahuciado… Cinco tiros hubo que darle antes de que el infeliz animal rindiese cara su pobre vida…

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El hecho de asistir al horrendo espectáculo de la degollina de aquel pobre animal, malherido y espantado por el dolor y la muerte cercana, nos afectó a todos con una sombra de tristeza, impotencia, pena y asco, que amargó enormemente aquel día, y algunos otros…

Antonio Rodríguez Miravete