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La desconfianza y el amor

Y fue condenado eternamente por los dioses, a subir rodando una y otra vez la misma enorme roca, hasta lo alto del pico de la misma colina; pero sólo, para sufrir el castigo de ver caer esa piedra una vez tras otra, rodando, cuesta abajo…

El mito de Sísifo, describe así la paradoja de someternos constantemente a los mismos esfuerzos inútiles. De nuestro celo compulsivo, inconsciente y subconsciente, de cometer siempre los mismos errores repitiendo nuestros miedos… De engañarnos creyéndonos salvados, seguros y guarnecidos de todo peligro, en esas trincheras cavadas con nuestros temores y costumbres; parapetados tras nuestras propias estupideces, creencias, y vicios adquiridos… Una, y otra vez. Todo, pese a que sin duda conocemos lo sutil y evanescence de esta vida: se va, en un momento…

Y perdemos el tiempo… pendientes, solo de nosotros mismos…

Siempre he creído que la confianza, al igual que el verdadero amor bien entendido, es un sentimiento endógeno… Ambos, al ser dones a entregar, tienen que ser engendrados primero en nosotros; han de nacer en nuestro interior, en ese lugar difuso a medio camino entre nuestro corazón y nuestra psique… Y desde ahí, tienen que fluir y ser otorgados sinceramente y sin condiciones al otro; si es que en verdad lo amamos…

Y si no es así; si solo esperamos que sea el otro el que se gane esa confianza o conquiste ese amor, esperaremos en vano… Pero precisamente, porque al esperar nos crearemos expectativas; nos formaremos una idea onanista y estereotipada, de éso que esperamos y de cómo deseamos que suceda… Y la otra persona, ciertamente nos defraudará siempre; pero porque seguro tendrá conceptos diferentes a los nuestros al respecto, de los matices en la expresión del sentimiento amoroso, o de cómo se demuestra o se gana uno la auténtica confianza del otro…

Cuando tenemos hijos, tenemos la obligación de confiar en ellos por amor… Confiar, en que surtan efecto nuestros consejos y la educación que les hemos dado; que hagan su trabajo, tanto lo mucho que los queremos como el tiempo necesario para que maduren… Del mismo modo hemos de obrar con el amor y la confianza en nuestra pareja. De lo contrario, tristemente, nos habremos acostumbrado a entender el amor, o la confianza, sólo como nos gusta; justo como nosotros esperamos que sea… Nos perderemos así otras formas de amor o de confianza; formas que quizá al principio no entendamos, pero que podrían apasionarnos y hacernos gozar, solo, si nos entregásemos…

Y si tu amor quiere cobrarse, porque es celoso, exigente o avaro; o si tu confianza duda constantemente de cada paso que ignoras en el otro; sin remisión ambos sentimientos, tan hermosos, se convertirán en algo así como en un patrimonio; en una cuenta a llevar; en una simple propiedad que como tal, tendremos que defender frente al robo o la traición. Y esos sentimientos tornarán en dominio en vez de amor, o en control en vez de confianza… Y se convertirán por ello, esclavizándonos, en meras sensaciones u objetos de posesión; perdiendo la hermosa cualidad vivificante que ambos sentimientos tienen, para hacernos la vida todavía más libre, más feliz y más fácil, junto al otro…

💕❤️

Antonio Rodríguez Miravete

¿pero, y el amor…?

¿Y si os amo con locura…?

Soy, pese a ser vuestro padre, quizás una mala influencia para Vos; eso podría admitirlo… Pero ha de saber Vuesa Merced que los malos ejemplos son, para correr esta vida, tan importantes si no, más que los buenos…

Por eso, escuchadme con atención:

No necesito saber siempre dónde estáis, porque no sois objeto de mi propiedad; aunque sabed que sí, lo sois de mis anhelos… Solo necesitaría saber cómo vais, cómo os conducís… Cuál, es vuestra actitud frente a lo que os acontece en la vida…

Ahora, que asisto al despertar de vuestra madurez, tenéis que perdonarme el que quiera entrometerme; pero, sabe más el que os habla por padre viejo que por padre sabio… Señoritas sois; no lo olvidéis nunca…

Es, sin duda cierto, que nos alejamos… Y por ello, solo anhelo el que nunca os distancieis del todo de vuestro pasado; de quién sois… Que no reneguéis de la madera de la que estáis hechas; porque, si logramos mantener encendida la llama de nuestro amor, esa madera os mantendrá siempre cálidas, envueltas y abrigadas, al calor del fuego de vuestro íntimo pasado… Y no habrá ni frío ni distancia que nos separe; nunca…

Y siempre, siempre, podréis volver…

Pero dudad, dudad de cada cosa que yo afirme hoy, porque ya os tengo dicho que no soy el mejor espejo donde miraros Vos…

¿Debemos fiar, al amor la vida…?

A Paula y a Rosa; y a Nati, y a Inma…

Antonio Rodríguez Miravete

Si levantas la mano, y no das…

Cuando en mi niñez te castigaban, el escarmiento lo era, y de veras… Y nunca, jamás, se perdonaba el correctivo porque dejaba entonces de de tener sentido, de ser efectivo, de servir para algo…

“El que la hace la paga… Porque si de verdad tienes que levantar la mano, y no das; luego, no tienes fuerza pa’ná…”

Sólo se levantaba la pena en caso de que el penado, primero, hubiera cumplido una buena parte de aquélla, y segundo, diera verdaderas muestras tanto de contrición, como de un firme deseo de no volver a cometer aquellos actos causa de su penitencia…

El propósito así de los castigos, no era el del resarcimiento de una afrenta o de un delito, como lo es la pena para un reo… Su finalidad en cambio era la imposición, aunque fuere a la fuerza, de algún concepto importante, muy importante; generalmente relacionado con aspectos troncales de nuestra educación, comportamientos, o formas de actuar en determinadas situaciones vitales, trascendentes, o morales…

Por ello, la motivación de quien nos imponía un castigo ejemplar era, casi siempre, fruto de alguna forma de aprecio o de cariño, de sincera amistad, o hasta de amor…. Nadie, se toma el trabajo de castigarte si no espera inculcar algo positivo en ti, o si no desea pulir alguna mejora en tu persona… Así, el castigo, es también y en cierta forma un acto de estima y de fe en el castigado, ya que con esa expiación forzosa de sus faltas, se pretende, la redención de sus errores, una evidente mejora personal, o el aprendizaje de alguna lección muy muy importante…

Es un hecho demostrado, que aquella educación clásica basada en el mérito y la valía personal, en la disciplina, en el respeto a los mayores y en el esfuerzo constante, era la forma más efectiva de formar personas completas, responsables, curiosas y cultas… Y modernas.

Y, de verdad, estoy ya hasta los cojones de los independentistas…

¿Porqué no les hemos levantado una gran mano nacional, para darles una buena y ejemplar ostia, también nacional…? 🤔

Cataluña es mía también. Y de mis hijas…

Los cobardes son más, pero ésta es una lucha de valientes…

Antonio Rodríguez Miravete

Ángel de la guarda…

Ahora que soy más que talludo todavía siento, que cada vez que la veo, es como si mi ángel de la guarda al verme él, deseoso, corriese a darme un abrazo y un beso en verdad cariñoso; y en ese abrazo y con sincera ternura, me dijese aunque con suavidad: “Hasta los mismísimos huevos me tienes ya; lleva cuidaaao…”

Es chocante mi ángel de la guarda…

Se ve que tiene buen humor, y yo le adoro por éso y por cuánto me dice lo mucho que la cago…. Si solo me diera mimitos tiernos y consejos cuidadosos, desconfiaría… Solo me fio, de quien que me dice sin ambages lo mucho que me equivoco.

Y también se ve que sí, es verdad; que todavía cuida de mí; por cómo me riñe así lo parece… Cuando no le importas a alguien ese alguien simplemente te ignora, no te regaña, no se toma el trabajo…

Tengo la suerte de disfrutar, y de querer mucho más que mucho, a una hermana de ésas de las de verdad; rotunda, concienzuda y cumplidora; muy lista; pilar y sostén de mi familia, y muy muy cariñosa aunque regañona cuando la situación así lo requiera…

Como cuando antes… como cuando éramos pequeños.

Sólo somos ella y yo…

A mis dos hijas, siempre les he dicho que una de las cosas más valiosas que tienen en esta vida, es la una a la otra… Tus padres, se mueren; tus hijos, se van; tus amigos, van y vienen; tu trabajo, suele ser un asco y de ilusiones no se vive… Tu pareja es tu presente más inmediato pero puede que sí o puede que no, por lo que cuídala y gánatela… Pero tu hermano, si de verdad se cultiva la hermandad, casi siempre está o estará justo ahí…

Seguramente tu hermano, será una de las últimas personas que abandonen tu velatorio cuando hayas muerto; y tu tumba, cuando te hayan enterrado…

La relación de hermandad, si en verdad hermana, suele ser la que más tiempo dura en la vida -si llegamos a viejos- ya que dura justo si te fijas, más o menos lo mismo que durará tu propia vida… Es un hecho estadístico que los hermanos -si llegamos a viejos- nos solemos morir, todos, en un breve lapso de tiempo de apenas diez o doce años… Por lo tanto, si vivimos una media de noventa años, significa, que compartiremos casi ochenta de esos años, en relación con nuestros hermanos… Más tiempo, que con nadie…

Ésas, son el tipo de cosas que hacen tan importante a tu hermano. Porque guardará toda su vida el tiempo de aquellos remotos secretos infantiles, y algunas, de tus más tímidas intimidades… Y conservará, lugares de tu personalidad que no conoce nadie.

Tu hermana sabe, en realidad, cómo eran papá y mamá, y por ello todo de vuestro pasado común y original… Sabe, si te meabas o no en la cama; lo que te hacía solo rabiar, y lo que te aterraba hasta meterte bajo la almohada; cuáles eran tus asignaturas nefastas; y cuánto lloraste por aquel amor primerizo…

Y por supuesto que se acuerda de cuántas veces le escarbaste la hucha; o de aquella vez que te apropiaste en secreto y saliste a la calle con su vestido favorito… Sabe, en realidad lo que te gusta y cuando mientes; o si lo escondes, o si simplemente no lo cuentas… Nota si sufres, si disfrutas, o si has llorado hace un rato… También sabe, y recuerda, esos detalles que te hacían realmente feliz…

Por eso la relación entre hermanos, al haber compartido niñez, tiene la cualidad de devolvernos a lo infantil que aún quede, entre los vericuetos de esos adultos en los que nos hemos convertido…

Como cuando antes… como cuando éramos pequeños…

Te quiero Nena…💕

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras

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Almoradí. La inundación.

Ha llovido, creo, más que nunca…

Y Almoradí, ha demostrado de nuevo que es el remanso de una isla, en la tempestad de cualquier inundación que nos venga… Tengo cincuenta y tres años, y la primera riada que en verdad recuerdo es, la del año ochenta y tres creo… La verdad es que mi memoria siempre fue algo difusa… En la famosa inundación del ochenta y siete, estaba yo en la mili, y solo recuerdo mi honda preocupación en la distancia, y las siempre escalofriantes imágenes en dramático blanco y negro, de la televisión de aquella época…

Almoradí, nos cuida… No sé si os habéis dado cuenta, pero yo os cuento.

El río, en aquella época sin canalizar, había reclamado suya la Vega como ha sucedido estos días… Nuestra Vega es un verdadero paraíso, pero llano, muy muy llano… La simple vista no permite distinguir una diferencia de altura de un par o tres de metros en el terreno; es imposible percibirlo cuando las pendientes son tan leves y tan largas, cuando el hermoso verde es tan variado e inacabable, y cuando los desniveles son tan suaves como lo son, cuando vas de un pueblo a otro en nuestra Vega… La Vega Baja del Segura…

Es precisamente por eso, que las riadas en nuestra Vega podría decirse que son suaves, progresivas, despiadadas pero como lentas; lo engullen todo pero parecería que avisando, avisándonos… Al no haber pendientes pronunciadas, no se crean corrientes de aguas agresivas sino frentes previsibles pero implacables, de lenguas de agua sucia y ripios, echándote de tu propia casa…

……….

En aquella época, Juan Miguel, en vez de la mula con la que acostumbraba a ir a su escuela en la Daya Nueva, se traía a hurtadillas, el Citroën dos caballos furgoneta de su padre para venir al instituto en Almoradí… Ello, pese a sus dieciséis años recién cumplidos… Si conducías bien y parecías más menos un adulto, nadie te paraba en la carretera; nadie; y menos aún, si te conocías a la perfección todos los recovecos, las veredas y los caminos secundarios de tu pueblo… Lo importante era, si sabías o no conducir… Si no sabías, nadie subía contigo…

El caso es que la noticia nos pilló allí, en el instituto; se suspendieron las clases… Había muchísimo menos miedo e histeria que hoy en el ambiente, por lo que en cuanto supimos del suceso, no se nos ocurrió otra cosa que coger el coche y hacer un reconocimiento -algo insensato pensaríamos ahora- de los alrededores del pueblo… Rincón, Iván, Juan Miguel, y yo. Aventura pura… Había playas alrededor del pueblo, como hoy: donde el Bar Angelín, frente a La Cruz de Los Caídos, en el Bañet… Y apenas había salidas; pero para ojos que no conociesen el terreno como lo conocían los nuestros…

Con una seguro que imprudente sensación de peligro controlado, recuerdo que como a unos dos kilómetros, a la altura ya de la Puebla De Rocamora, íbamos por una vereda con casas diseminadas a ambos lados, cuando, de repente y por nuestra izquierda, vimos venir una rambla que comenzó vertiéndose entre los bancales que separaban aquellas casas a la vera del camino… Empezó desde lejos, como a unos cien metros; la vimos venir hacia nosotros; parados, varados… Un fluido marrón viscoso de lodo, irrumpía entre las casas con aquellos chorros laterales pareciera como que lentos, pero en realidad monstruosos e implacables; engulléndolo todo, sin piedad; acercándosenos…

Nunca he ido marcha atrás en un coche de una forma tan salvaje e insensata como aquella vez… De repente, frenamos, para rescatar a una señora que salía apresurada de su casa en medio de semejante avalancha ensordecedora de crujidos de ramas y arrastre de enseres; terrorífico… Abrimos una de las puertas de atrás y entró a prisa y en silencio, con la mirada espantada; completamente empapada. Y arreamos huyendo con el coche de culo por aquel camino, en dirección creíamos, que a la Daya Nueva…

Recuerdo cómo nos encontró diría que milagrosamente, el padre de Juan Miguel… Tras poner a salvo a la señora y dejar aquel heroico Citroën allí tirado, nos subió a todos al remolque de un enorme tractor que conducía, con la sensata y valerosa intención de devolver a todo el que pudo a su casa… Rescatamos a no sé cuántos paisanos ofreciéndoles el auxilio de aquel remolque, justo en el momento justo, en que la riada arramblaba con el resto de sus restos…

Ayudamos a unos cuantos, y los tuvimos que llevar a Almoradí…
……….

Es el tercer día de riada que estamos aislados por tierra mar y aire, y acaba de pasar el camión de la basura frente a mi casa… Ésto, no pasa en ningún pueblo salvo en el mío: Almoradí.

Me he dado cuenta que nuestro pueblo funciona, si funcionamos juntos.

Y Almoradí, nos cuida…

¡¡ VIVA ALMORADÍ…!!

Antonio Rodríguez Miravete
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Cumpleaños feliz…

Comenzamos nuestras vidas, querámoslo o no, unidos siempre a otras personas; siendo el hijo de alguien, y con suerte, tal vez siendo también el hermano de alguien…

Más tarde, quizá igualmente por suerte nos convertimos, o no, en padres y hasta en abuelos de alguien; y aún más tarde todavía, nos convertimos en nada, en nadie…

Por eso hay que ocuparse, siempre y sobre todo, de alguien; cuidar de alguien… Y de vez en cuando preocuparse de ser feliz. Recuérdese…

Quiero felicitarte a ti Papá, o a ti lector, porque seguro seguro, que también tenéis a alguien…

Llevo tiempo deseando escribirte algo como ésto: una felicitación de cumpleaños de verdad, agradecida, y que te sirva para siempre…

Dan igual los años que cumplas; cuántos cumplas; pero si los cumples ¡felicidades…! Conozco a muchos a los que eso, ya no les pasa… Ya no cuentan años; al menos entre nosotros. Sí que cuentan en nuestro recuerdo, pero solo ahí, en la remembranza de nuestro pasado…

Así, que ése es tu mayor regalo a los ochenta y ocho: seguir, sufrir y aprender, perseverar, reír y envejecer; cumplir, o no, tanto con lo que se espera de uno, como con lo que la ruleta de la vida nos tenga reservado. Y si es posible, ello con valentía…

¿Hay mayor presente, que el presente…?

Felicidades. Y un abrazo…

Te quiero Papá, luego te daré la botella de whisky…

Antonio Rodríguez Miravete.

……….

Mi primera vez… (censurada)

Ella no se acordará, pero yo sí…

Continuó con su cortejo en aquella pinada donde nos apartamos… Era ya de noche y me llevó al abrigo ciego de una pendiente; tumbados en la ligera cuesta de una duna a cubierto de cualquier mirada voyeur… Oíamos la música cercana de los coches de choque. Éstos, eran la atracción estrella de la feria en aquel puebluco y el sitio donde por casualidad nos habíamos tropezado ella y yo… Lo recuerdo como si hubiera sido ayer justo; justo ayer…

Era imposible no fijarse en el palmito de aquel cuerpón paseándose delante mío, pese a su vestido… Ella no es que me gustara ni mucho ni poco, pero a mis quince o dieciséis años confieso que la veía como a una irresistible oportunidad; mi oportunidad; mi primera oportunidad…

Olía maravillosamente y me daba igual que fuese un poco ampulosa en carnes; que luciera aquel pelo negro ensortijado y tan corto; o que mirara un poco extraño con uno de sus ojos desde aquella cara tan pálida…

Ni siquiera recuerdo cuál era el vizco, si el derecho o el izquierdo… Tampoco me importó su reputación picante y famosa en el pueblo; no era el mío.

No podría recordar su cara con precisión, pero lo que sí recuerdo es lo excitante para mí de su nombre: Mari… Y asombrosamente, diríase que todavía hoy me excito imaginándome oyendo su hermosa, su hipnótica voz… Es curioso que recuerde aún vívidamente, aquel tono de voz grave de chica mayor, jugoso y sugerente. Y su delicioso deje valenciá…

Y es chocante porque el extraño atractivo de su voz no le hacía juego para nada, ni con ese cuerpo como que difícil, ni con su cara de mirada digamos que compleja…

Pero con esa voz embaucadora y sus casi diez años de ventaja, consiguió cual flautista de Hammelín hacerme seguir el rastro de sus feromonas hambrientas, carnívoras… Me eligió ella a mí como no podía ser de otra manera… Aunque supongo que también el rastro de mis feromonas así mismo necesitadas, desbocadas y receptivas a cualquier estímulo, ayudaron a la cosa. Pero juro que me eligió ella a mí…

Desarmado, me rendí ante aquel paseillo de exuberancias… Jamás había visto un escote así ni así de cerca; y nunca, se me había permitido deleitarme en la observación detenida, de las voluptuosas hechuras de tetas ni culo semejantes…

Y no digamos nada de mi rendición cuando ya palpando, bajé las manos de su cintura…

No estaba buena como entenderíamos hoy pero era fragante, rotunda y excitante, limpia y mullida, sobrada de recovecos cálidos y húmedos donde incitar mis manos vírgenes e inexpertas…

He de reconocer que recuerdo todo de aquella chica con una especie de agradecimiento y de verdadero cariño; seguramente provocado por esa cercanía entrañable, de mantener cómplice un muy antiguo y trascendental secreto… Algo en mi vida que debo a ‘aquella chica’, y al arrebato del delicioso recuerdo de su olor…

Y claro, cuando ella empezó a exigir yo me asusté un poco, lo reconozco; pero no así mi excitación, que siguió encabritada pese al susto…

Y recuerdo la arena de aquella duna y aquellas urgencias caldosas, ¡cómo restregaron a contrapelo mis carnes ansiosas…!

¡Qué daño…! ¡Pero qué gusto…!

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletra

Del sofá, al Camino de Santiago…

Cuarto día.

Llevo los gemelos, amén de otros músculos, como si me los hubiera masticado un perro de presa… Para colmo, esta mañana, a los setenta pasos justos de empezar a andar me ensartó, por la espalda, una contractura que me traspasa las costillas del pecho como si llevara clavado un destornillador… Si en vez de en el lado derecho, sufriera semejante dolor en el izquierdo, pensaría en los síntomas de un infarto… También me duelen y se me duermen, los brazos, algo hinchados por la presión sanguínea debido a la compresión del peso de la mochila en mis hombros…

Los primeros días se convierten en una especie de fase de endurecimiento… Los pies, a partir de los quince primeros kilómetros, arden bajo el peso y los golpes continuos de los pasos trabajosos… La sensación, es de que caminas en carne viva, tal que si andaras con muñones sin pie, clavándote, pese a tus suelas, todas y cada una de las piedras y arrugas del Camino…

Es curioso cómo, el Camino mismo, si te atreves y te comprometes con él, te pone en forma por fofo, maganto, temeroso, o desentrenado que estés… Te va endureciendo desafiándote, despacio; pero empieza destrozándote primero, consumiéndote poco a poco, paso a paso… Vas sudando, exprimiendo, purgando de tu organismo hasta la última gota de las toxinas que has acumulado, debido a la mierda inevitable de convivir con muchas de tus monotonías cotidianas…

Como pentenciando pecados, o defectos, que no reconocemos en aquélla nuestra otra vida fuera de ésta…

El caminar, va así demoliendo, triturando tu voluntad y tu anquilosada musculatura, con cansancio y puñaladas de cristales de ácido láctico; tentándote, constantemente a la rendición, al abandono, y a veces hasta a el llanto… ¿Qué cojones estás haciendo al límite de la derrota, de la lipotimia o del esguince, a más de mil kilómetros de tus cosas…?

¿Es un reto físico, una huída interior, un viaje iniciático quizás…? ¿O tal vez solo, eres tonto del culo castigándote así…?

¿Acaso, penitencia?

Y llueve; no deja de llover coño… Cuatro días ya… Y no es que llueva mucho, pero llueve jodiendo… Llueve como de lado, llueve de frente, y también de abajo arriba… Llueve, y la ventisca incesante enloquece jugueteando con el orvallo, mezclándolo a ráfagas con mi sudor, y metiéndomelo por los vanos del chubasquero de tal manera que, a mares, me chorrean hasta las ingles…

Nubes, todo nubes, siempre nubes… No se puede ubicar el sol en el cielo, tampoco el oeste en la tierra… No te lo permite esta luz difuminada, nubosa y lechosa… Luz que es siempre la misma, ya sean las nueve de la mañana o las cinco de la tarde… Luz fría, pareciera de un gigantesco tubo de neón, grisácea, y sin sombras…

Cada día que pasa estás más fuerte; eres más duro, necesitas menos… Y quedan atrás el trabajo, la familia, tu cama, los amigos, tu ropa seca del todo, y tú…

Y continuará, porque todo continúa…

Antonio Rodríguez Miravete

El día del padre

No fue uno de esos comentarios estúpidos y huecos que hacemos a veces, incómodos, para romper un silencio entre extraños; como nos sucede en los ascensores, o en los retretes públicos; o como nos sucedería en una sala repleta de aspirantes a una misma entrevista de trabajo… Pero no, creo que no lo fue…

No tenía la chiquilla el porte claro, por lo que me ofrecí a acercarla en coche a la estación de autobuses de Murcia. A Granada iba… Había comenzado ya, su búsqueda de vida; de vida de verdad…

Aquella hija ajena, al poco, me preguntó a puerta gayola, si, tras ocho años de divorcio y dado que vivían con su madre, echaba yo de menos a las mías…

Supuse que se referiría a cómo, a cuánto, o a porqué las echaba de menos… Empezó, creo, a temblarme la barbilla…

Dolorosamente, siempre, y por amor…

No teníamos mucha costumbre ni oportunidad de charlar, por lo que me agradó de veras disponer de aquel momento de acercamiento; de sinceridad… Poco más de veinte minutos tardamos en llegar, y los invertimos en contarnos y preguntarnos… Y, si bien no pude responder con detalle a aquella primera pregunta, sí hablamos sí…

De la búsqueda de vida, en medio de la ruina de las dudas… De nuestra obligación de encontrar esa vida, sea cual fuere, entre el lento discurrir del tiempo y el arduo recorrer de las distancias…

Llegamos a la estación; se bajó del coche, cogió su maleta y nos despedimos; una joven valerosa, culta, hermosa y honda… Esa muchacha, a la que miraba alejarse, también añoraba como yo -y como todos- tal vez un retorno, un viaje de vuelta… Un volver a no sé qué sitio, donde la esperaría algo, alguien tal vez… Algo o alguien, que dé sentido a todo esto…

Durante el proceso de separación, y debido a nuestras vitriólicas refriegas, volaron por los aires todos los puentes de comunicación entre vuestra madre y yo… Estaba aterrado ante la idea, la posibilidad, de dejar de vernos en completa libertad y con la frecuencia a la que estábamos acostumbrados… Espantado, de que pudiese malograrse nuestra sincera y hermosa intimidad…

¿Que si os echo de menos, me pregunta…?

Aquella vez, en la que me preguntábais, picaronas, no recuerdo qué escabrosos detalles de una, apasionante para vosotras pero del todo inocente, conversación de temática sexual que manteníamos los cuatro… ¡Qué graciosa Paula! cuando, al ver mi embarazo al elegir las palabras adecuadas de mi arriesgada respuesta, y con esa tierna chulería que siempre ha sazonado su carácter, desde sus solo siete años, guiñándome cuca un ojo y con sus bracitos en jarra, me dijo aquello de:

– Papá no te preocupes… Nosotras, ya lo sabemos todo…

Con solo siete años… Lo sabíais todo; de sexo… Adorable…

Era evidente, que no podía dejar enfriar tan hermosa relación… Tenía que distinguir, separar en medio del combate interior que libraba, entre la aversión que no podía dejar de sentir por vuestra madre, y el irresistible amor por vosotras que no estaba dispuesto a perder…

Me sentía ante la posibilidad de vuestra pérdida, como si en medio de un combate, y al descubrir que detrás de ti solo hay un muro, lejos de rendirte al creerte sin salida, arrecias la lucha al saber que tienes al menos, tu flanco trasero cubierto… Te sabes perdido, pero no puedes cejar en esa lucha frente a la que da igual la derrota o la muerte… Una lucha, que no te puedes permitir perder…

Lo siento así; como si a jirones me hubiesen arrancado momentos clave, vitales; míos… Me he perdido vuestra puericia… Me faltan minutos vuestros, horas; años de vuestra vida, meses de tiempo vuestro; muchos momentos… Momentos que, si juntos, podrían haber sido momentos nuestros… Lo siento…

¿Cómo es la habitación donde dormís…? No sé cómo es… Casi no recuerdo vuestro olor por las mañanas, recién levantadas… Echo de menos el ojear vuestros cuadernos y escudriñar los recovecos de vuestra caligrafía; descubrir secretos de vuestro puño y letra… Añoro, el veros salir por la puerta y esperaros al regresar… Privado de tactos cotidianos, roces simples pero imposibles, como el de posar mi mano sobre vuestra frente si enfermáis… Me he perdido el sufrir escuchando vuestros suspiros si, en la intimidad, llorábais tras la puerta de algún cuarto cerrado; perdida está también la posibilidad, de llegar a conocer el porqué de aquellos suspiros…

Pero tenéis que saber que, si bien, como padre tradicional no he tenido oportunidad de disfrutaros, sí presumo de tener con vosotras una relación especial, sincera, una relación verdad, rotunda… Es curioso porque sé que sí, me queréis… Me he convertido en alguien a quien amáis, sin duda; entrañable, sí; con algo de autoridad, también; alguien vuestro, por supuesto… Pero no sé, si soy el padre que me hubiese gustado ser…

Lo que sí habéis de saber es que os adoro… Y que no renuncio a representar ese padre que sí quiero ser: el vuestro…

Que sepáis, que me tenéis; que me tenéis incluso aunque no queráis…

Siempre he procurado que los árboles, de algunas cutres tribulaciones personales, no me impidieran ver el hermoso bosque, de uno de los más importantes objetivos de mi vida:

El de estar a la altura, del amor que habéis depositado en mí…

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Antonio Rodríguez Miravete

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Carta de mi Madre a los Reyes Magos

Este año no sé si me he portado lo suficientemente bien, creo que no; vivimos por desgracia tiempos difíciles. Pero, pese a los muchos problemas que me agobian y al cierto flaquear de mi fe, no quiero faltar a mi cita anual con la hermosa tradición de escribiros ésta, mi carta:

Queridos Reyes Magos, son muchos años pero voy a pediros lo mismo de siempre; ya sabéis: mis hijos y mi familia…

Últimamente discutimos, disputamos, reñimos demasiado, y con acritud tan enconada, que algunos de mis amados hijos se están alejando irremisiblemente del seno de mi abrazo… He de confesar que como madre, estoy por ello muy preocupada…

“Nada satisfaría más al buen pastor, que el reencuentro con sus ovejas descarriadas.”

Me gustaría que mis hijos todos, llegasen donde ellos quiera que se propongan, sin límites. Pero también anhelo que, pese a las distancias con las que la vida inexorablemente nos aleja, mi prole, no olvidara nunca ni su rica historia, ni por supuesto el calor de su familia… Por ello, ruego fervientemente a Sus Majestades que intercedáis, para que sus diferentes anhelos particulares no me los alejen entre sí, ni de mí… Crear, criar y mantener durante tantos años una familia numerosa y diversa como la nuestra, ha costado vidas de esfuerzo y sacrificio abnegado; y me aterra que pudiésemos separarnos debido a la desidia, quizás a nuestras naturales diferencias mal entendidas, o tal vez por un olvido o por un silencio cobarde…

Así, voy a pediros el regalo de una ilusión común… Ilusión que nos recuerde que todos juntos somos mejores y más fuertes; y que sin duda unidos, fuimos, seríamos y seremos, más felices…

También para todos ellos quiero pediros trabajo, prosperidad, esfuerzo y éxito. Me gustaría que empezasen algo grande, importante, trascendente… Ojalá un noble proyecto colectivo que aglutinase sus voluntades en una sola, y que por su grandeza, estuviera a la altura de la enorme herencia de nuestra familia; herencia que estamos por honor obligados a preservar, a respetar, y a legar aumentada a nuestros descendientes…

Necesitamos repito, ilusión…

Por último, perentoriamente, os imploro para mí la concesión de solo un íntimo deseo: arden mis entrañas por encontrar un nuevo y gran amor…

Hace tiempo que no me enamoro perdidamente. Y de veras que lo necesito… Enamorarme ya… Que alguien, suba y recorra con deleite mis hermosas cumbres, y que descienda anhelante a recrearse en mis más recónditos valles; alguien, que goce con fruición de estos generosos dones que con tanta pasión ofrezco… Y sentir, que pese a mi largo y tortuoso pasado soy amada por entero y con fervor… Y saber, que acepta gustoso la totalidad de mi azaroso presente… Y amar, amar intensamente a aquél a quien, como a mí, le ilusione un porvenir venturoso y común…

Agradeciendo de antemano sus mercedes, me despido por este año…

Atentamente. 🇪🇸🇪🇸

🇪🇸

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

LA VIDA EN UN MOMENTO

HABITACION

Me despertó bruscamente aquel sordo ronquido, entre agónico y estertóreo, que apartó de mí el rácano pero necesario sueño que comenzaba a conciliar… Eran las once de la noche; del cuarto día ya…

Mis lumbares crujieron al incorporarme de aquel sillón infernal de la habitación del hospital donde la habían operado… Una vez que embotado conseguí levantarme sin quebrarme, observé los labios amoratados y me alarmó su respiración sibilante, trabajosa y desacompasada; síntomas que, a sus ochenta y cuatro años, no presagiaban nada bueno…

La llamé por su nombre, y solo acertó a balbucear sonidos guturales deslavazados que, junto con lo perdido de su mirada, confirmaban el síncope inesperado que estaba sufriendo tras su colectomía de la víspera… Como aturdido, y embridando el miedo y mi alarma, llamé a las enfermeras de guardia; quedé en silencio y a solas con ella, con la frustración de comprobar lo poco que yo podía hacer…

Mi entereza estaba a punto de romperse por el pánico de asistir, a solas, a la muerte de mi madre… Pensaba en llamar a mi única hermana cuando, de repente, entraron en tromba al menos tres enfermeros y un médico, quién con una rotundidad calculada, me sugirió que era mejor que saliese de la habitación…

El pánico seguía ganando terreno en mi espíritu cuando, al controlar mentalmente lo desbocado de mi respiración asustada, y así, aquietar aquel redoble miedoso de mi corazón, extraña y lentamente experimenté, rompiendo a llorar, una especie de revelación al recordar…

En esos críticos momentos, un extraño carrusel de instantes de mi vida, de alguna manera, se proyectaron desordenadamente frente a mí… Me di cuenta de que ahora, éste, y no otro, era el mejor sitio donde podía estar dado el trascendente momento…

Si mi madre iba a morir, no había nada más importante que hacer que estar a su lado; pero no solo por ella, sino también por mí.

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El ejemplo que mis padres siempre me han dado, ha sido un verdadero regalo de amor; y con el ejercicio constante de ese amor, me han dotado de un universo moral hermoso, basado en la verdad y en el sacrificio personal. He sido inculcado con nobles principios que creo han hecho de mí, al menos, una buena persona…

He de reconocer que la mayoría de la multitud de mis defectos, de mis fracasos y decepciones, han sido precisamente fruto de las veces en las que, de forma insensata, he ignorado las normas de mis padres, desoído sus consejos, y ninguneado sus ejemplos.

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He visto a mis padres honrar a los suyos con un sempiterno respeto; los he visto, a ambos, cuidar de sus ancestros con sincera compasión, en la vejez y hasta la muerte; haciendo de ello no una obligación sino un orgullo, al devolverles con verdadero sacrificio y verdadero agrado, aquellos cuidados que un día sus padres les entregaron amorosos, cuando niños…

Oyendo el ruido acompasado del taconeo de mis pasos en el pasillo, me percaté de que el control de mi agitada respiración y mis latidos, la reflexión del curso calmado de mis pensamientos, y el disfrutar del tierno vagar de mis recuerdos,

acallaron mi pánico inicial; dando paso a una sensación calmada, como de una obligatoria aunque feliz aceptación del inevitable dolor por venir…

Tenía, la trascendente oportunidad de asistir a la muerte tranquila de uno de mis progenitores, y de honrarles a ambos con la dignidad de mi entereza…

El caso es que a día de hoy, a meses de este suceso que os relato, por suerte todavía sigo disfrutando de la presencia y del ejemplo de ambos…

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Antonio rodríguez Miravete

EL PAN…

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Cuando ahora al entrar en la panadería estiro el cuello, y a través del mostrador y de mis años, me asomo con curiosidad para ver el obrador, compruebo complacido que el horno es el mismo de hace más de cuarenta añadas… Solo la zona de venta al público ha sido actualizada y reformada; el resto del establecimiento es, a mis ojos, exactamente el mismo.

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Todavía puedo oír a La Dolo gritándonos, espantada, para que nos alejásemos de la peligrosa boca del horno… Monas, rollos secos, magdalenas y bizcochos de docena, salían a borbotones por aquel agujero abrasador; y peligraban, lógicamente, con nuestra ávida y atracadora presencia en las inmediaciones… Almojábanas, toñas o mantecados; relentes, pelusillas y pastas flora; tortas de sal y tortas de calabaza o boniato; dulces de yema tostada, almendrados y hojaldres con cabello de ángel; panes de leche, empanadas y pasteles de cierva; tortas de santiago, tartas de novia o tetas de monja…

Una maravilla os lo aseguro…

Siempre pillábamos algo porque sabíamos, de las vecinas generosas que obsequiaban con una de aquellas delicias todavía candentes, el que les abriésemos las puertas, o el que las ayudáramos a cargarse apoyándolas en las caderas, aquellas enormes bandejas negras, metálicas y quemadas por el uso, que acarreaban con garbo y maña…

En aquellos años de mi infancia los dulces se hacían en cada casa, casi nadie los compraba; en parte porque era caro, pero en mayor medida porque las mujeres tenían cada una el prurito de hacer sus propias recetas; en una especie de franca competición vecinal para que, al compartirlas, comparásemos la excelencia de aquellas ambrosías caseras…

Los críos, andábamos enredando y haciendo alguna faena entre delantales y artesas, pellizcando ávidos a diestro y siniestro las mullidas masas fermentadas y olorosas; babeando detrás de aquel baile continuo de aromas insinuantes y confitados… Engullíamos compulsivos los merengues batidos y azucarados, y rebañábamos afanosos, almíbares, mermeladas y mieles, en una vorágine de ir y venir en procesión incesante, y casi hipnótica, de irresistibles manjares golosos… Esas mujeres mágicas de mi puericia, creaban una repostería sublime con solo sus manos y unos saberes ancestrales, aprendidos de la tradición y del respeto a sus antepasados… Saberes que exhibían cada año en navidades o por pascua, por todos santos, y por cualquiera otra excusa que hubiera para un buen yantar…

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Ayer compré un pan de kilo y medio, rotundo, hermoso, como los de hace ocho lustros… Una hogaza como antigua, salida del horno de la calle San Francisco, de esas que duran más de una semana, y que estarán mejor al tercer día que en el momento de comprarla…

Un pan de textura amable y crujiente, que junto con su sabor honesto, dulce y salado a la vez, invocó borrosos recuerdos, sentimientos difuminados y olvidadas sensaciones… Una hogaza de pan molludo, blanco y cálido, con un olor maternal y acogedor a tostado y a levadura, que tuvo la virtud de rebobinar mi memoria hasta evocar con intensidad y ternura mi niñez…

Antonio rodríguez Miravete. Juntaletras.

LA LÁMPARA… Un caso real

Llevo espantado varios días, sin dormir, y prácticamente sin comer desde que nos enteramos del luctuoso suceso… Con la impresión del acontecimiento, casi sin quererlo, comencé a recordar algunos detalles…

Aquel olor era desagradable sí, ¿pero cómo íbamos a imaginar semejante cosa…? Tampoco es que fuese algo nauseabundo, como se esperaría de un hecho como el sucedido… Creíamos que aquel hedor se debería a emanaciones producidas en algún sumidero sucio o mal ventilado…

Quizás un animal muerto, atrapado en alguna de las tuberías de evacuación de la terraza del edificio, fuera la causa de aquel persistente y pestilente tufo…

Recuerdo, ahora con estupor, aquel ya lejano y caluroso verano, en el que apareció la extraña mancha en el techo de mi habitación… Se había producido al filtrarse aquel líquido de color parduzco por el agujero de la lámpara, empapando la escayola del cielorraso, y deslizándose, denso, por la cadena y el cable blanco y rizado que mantenían suspendida a aquella…

Parecía una mancha casi seca de algo así como óxido; al fregarla y mojarla, reavivaba, difuminado, aquel desagradable aunque familiar olor fétido, como pegajoso y hasta dulzón, que se había adueñado de la totalidad del inmueble y al que, en cierta forma, ya nos habíamos acostumbrado…

También recuerdo el restregar aquella mácula con ahínco y desagrado… En varias ocasiones tuve que limpiarla, porque que de cuando en cuando volvía a aparecer, tozuda, como queriendo avisarnos de lo sucedido…

Pero no nos dimos cuenta…

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Las relaciones entre vecinos anónimos, furtivos y huidizos, de un inmueble ajado y rancio como el nuestro, no fueron nunca las más cordiales ni fluidas… Por ello me conformé al no obtener ninguna respuesta, en todas las veces que toqué la puerta de mi vecino de arriba para comentarle aquello que chorreaba por el cable de la lámpara de mi dormitorio…

Vivimos en esa burbuja aislada y miserable de nuestra cotidianidad lenta, pobre e insulsa; desamparo, cuernos, enfermedades, drogas, vejez, soledad…

El revuelo de la policía primero, y minutos después el de un juez, entrando por la destartalada puerta principal del edificio junto con unos enfermeros, nos alarmó a todos…

Tras hora y media aproximadamente, los enfermeros bajaron un cuerpo en una bolsa de plástico blanca; sobre una camilla que, extrañamente, parecía no pesar nada… La bajaban a mano, maniobrando con dificultad aunque sin esfuerzo, por el estrecho hueco de las angostas escaleras en penumbra…

Finalmente, fuimos informados por la policía de que el cuerpo, era el de don Ramón…

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Fue don Ramón un pobre tipo huraño y taciturno, esquivo; alguien al que se le notaban las heridas abiertas en su vida… No se relacionaba mucho con el resto de los vecinos… más bien nada; sobre todo desde que su mujer y su hija lo abandonaran como a un perro… Lo dejaron justo en el umbral de la puerta de entrada de su mísero piso, tirado, con el corazón hecho jirones y un caudal de lágrimas goteando hasta sus zapatos…

Ninguno de los vecinos recordamos que, desde aquel momento, alguien le hiciese visita alguna; ni familiares, ni amigos, ningún envío. Nadie… Su anodina existencia pasó desapercibida para el resto de los habitantes del inmueble y del mundo.

Hasta ese día…

Después de que su ex-mujer, no tuviese respuesta alguna al intentar notificar a don Ramón la muerte reciente de su única hija, la policía encontró el cadáver seco… momificado.

Habían pasado ocho años desde su muerte; al parecer se suicidó con el gas de una bombona abierta de la estufa que encontraron junto al cuerpo.

Completamente vestido y tirado en el suelo de lado; estaba en medio del minúsculo salón de su casa, justo sobre el punto donde, en el piso de abajo, colgaba la solitaria lámpara de mi dormitorio…

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Antonio Rodríguez Miravete

Este relato es una recreación libre de una noticia real: el hallazgo, en un piso de un edificio cualquiera, de un cuerpo momificado muerto hacía ocho años… Nadie se había dado cuenta ni lo habían echado de menos…

Sucedió hace unos cuantos meses, y me dejó un sabor acre…

¡¡BASTA YA DE INSULTOS…!!

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¿Vamos a ser vencidos por un puñado de abducidos orates con una estelada pegada al culo…?

¿Es que no hay nadie que actúe frente al insulto y a la vejación de nuestra pobre España…?

Estoy espantado, escandalizado y furioso por lo inane y cobarde de nuestros políticos… en cualquier otro país con el que nos queramos comparar, esta locura independentista hace tiempo que estaría contrarrestada, sofocada -y hasta aplastada- por el peso de las leyes, de la justicia y si fuere necesario del ejército…

En ninguna otra nación del orbe se consentiría alimentar una bicha que seguro se revolverá traidora -se ha revuelto ya- contra los que la ceban… Cada día que pasa aumenta la ignominia de las afrentas a nuestra Nación, a nuestro Pueblo, a nuestra Historia…

¿Porqué nuestros políticos no aprenden de las lecciones que nuestra enorme historia nos imparte…? Todo esto nos ha sucedido ya… Cual vergonzante y repetido “dejavú” consentimos que vuelvan a sucederse los errores cometidos como nación. ¿Dónde está nuestro orgullo, dónde nuestro sentido del deber como colectivo; dónde habita escondido nuestro pasado glorioso, y porqué no tiramos de él para restañar las heridas que su duro discurrir nos ha inflingido…?

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No nos damos cuenta que los independentistas no son -porque no quieren- españoles, no son nuestros amigos, no son nuestros compatriotas, es más, nos odian, nos desprecian y aprovechan cualquier ocasión para cagar donde han comido todos estos años de subvenciones, enchufes y tres por cientos…

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Así, se han convertido por méritos propios en nuestros peores enemigos al actuar invariablemente como tales.. Sé que cuesta admitirlo, pero es como cuando te das cuenta, tras el divorcio, que la pareja que siempre habías creído leal, se torna en el peor y más traicionero enemigo que podrías tener… precisamente porque sabe de tus interioridades, de tus defectos y debilidades, y puede, por ello, causarte a propósito más daño que cualquier extraño que pretenda tu mal…

Así, estos mamarrachos independentistas de meninges perforadas por el odio y la estulticia, no son compatriotas míos, no los reconozco como tales… Se han (los han) convertido en zombies devoradores de ideología incendiaria y cultura nula, que pretenden de forma mañaca y chapucera salirse siempre con la suya, pero que el precio lo paguen otros.

¿Y sabéis lo que yo digo…?

¡¡¡QUE LES DEN…!!

¡¡¡BASTA YA DE INSULTOS…!!!

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Antonio Rodríguez Miravete

LA VIDA… Un caso real.

El grito de terror nos hizo dar un respingo a todos; eché a correr alarmado por el pasillo mientras su madre salía hasta el umbral de la puerta del dormitorio, con La Niña en brazos; inerte, amoratada por el atragantamiento…

Me la entregó suplicante, aterrada; ocho días de vida colgando flacidamente de mis brazos… Mientras la tomaba en mi regazo, un regusto de impotencia desgarraba mis entrañas…

Frenéticos, corrimos hasta el coche… Hice el ademán de entregarle La Niña a mi hermana para ponerme rápidamente al volante; pero era evidente la expresión de gravedad en su cara: es tu hija…

Era conmigo con quien mejor podía estar en este trance. Posteriormente me confesó que, al verla tan mal, pensó que lo que tuviera que pasarle, era mejor que le pasase en mis brazos…

No respiraba… solo podía susurrarle cariñosamente de forma entrecortada debido al pánico y al llanto; solo podía darle ánimos… hablarle, rogarle… acunarla. Era tan, tan pequeña, que no encontraba forma alguna de ayudarla… Estaba aterrorizado tratando de hacer algo por ella, cuando casualmente descubrí que soplando suavemente en su carita, de forma refleja, La Niña intentaba aspirar aunque de forma muy tenue y trabajosa…

No respiraba, apenas inhalaba, pero continué soplándole suavemente, intentando acompasar mi ritmo con el de su hálito trabajoso… Solo algunos gestos vitales, apenas perceptibles, casi estertóreos; pero estaba viva…

El pánico invadía hasta el último resquicio de mi cuerpo, aumentando la presión de mi miedo hasta límites que no había experimentado nunca. He visto la muerte varias veces, también la violencia y el delito; he visto la droga, el desamor y la decepción, pero jamás el miedo había impregnado de ese modo mi ánimo.

Entramos en el ambulatorio como una exhalación, tropezando; cegados por las lágrimas y por el espanto; dando alaridos, imploramos una ayuda que sabíamos imprescindible para salvarle la vida…

Ya llevaba varios minutos en apnea; y su color macilento, y la casi completa atonía de su cuerpecito, evidenciaban lo crítico de la situación…

Recuerdo, las miradas de estupor del personal del ambulatorio al ver el estado de La Niña y el del padre… Pude detectar la renuencia lógica de la mayoría de ellos, al ver a la diminuta criatura que yo les llevaba casi muerta… Era evidente que no querían cargar con la posibilidad de que “eso”, sucediese en sus manos…

Alarmado, salió a nuestro encuentro un doctor veterano (el Dr. Rodríguez) a quien entregué -yo rendido y empapado en llanto- el cuerpecito de mi pequeña…

…El intento de sondarla para proporcionarle oxígeno fue inútil; era demasiado pequeña para utilizar el catéter o cualquier otro instrumental de que disponía… Un rictus de impotencia y temor asomó también en la cara del doctor.

¡¡¡Dios mío…!!!

Finalmente, como último y creo que único recurso, el doctor inició unas simples maniobras con los bracitos y una serie de masajes en el vientre… En ese momento rompió a llorar… Me sorprendí sonriendo a lágrima viva… Me sonó extraño, solo la conocía ocho días… Había estado muchos minutos (parecieron horas, lo juro) sin emitir sonido alguno y casi totalmente inerte. La Niña lloraba, y eso significaba que había conseguido llenar sus pequeños pulmones de aire.

En ese momento presentí a Dios…

Reaccioné, arrancando brusca e instintivamente la criatura de los brazos y cuidados del doctor, con la intención de llevarla cuanto antes al hospital…

Al principio el doctor se sorprendió de lo impulsivo de mi acción, pero inmediatamente, y sin decir palabra, comprendió que mi intención era también la mejor opción: había estado demasiado tiempo en apnea y era imprescindible hacerle otras pruebas, que eran imposibles de realizar allí…

Balbuceando y envueltos en lágrimas, dimos las gracias, y a trompicones, salimos a toda prisa, sin hablar; hacia el hospital…

Podría haber muerto en mis brazos; peeero…

Gracias a Dios, la Niña hoy tiene 12 años y es uno de los grandes amores de mi vida.

Antonio Rodríguez Miravete