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EL BARRIL

El caso, es que me había dado por la tontería aquella de lo del vino hacía unos cuantos meses, y claro, me dió también por embotellar ése mismo vino, mi vino. El barril, me lo había regalado un antiguo bodeguero de Benejúzar y padre de un viejo amigo; más de cien años me aseguró que tenía la barrica aquella. Lo mejor, es que cuando me la enseñó para regalármela, me mostró solo un amasijo desarbolado de puro viejo de aros metálicos y maderas desvencijadas; un montón de escombros polvorientos y mohosos, grisáceos, oxidados.

— Este barril -me dijo señalando todo aquel montón de ruina- es para tí… Y me lo dijo tan en serio que yo, claro: “Cuando te regalen algo no hagas ascos, chitón, y da las gracias…”

Me estimaba mucho aquel hombre y yo a él también. Y pasaron cuatro meses, hasta que me llamó para que me llevara su regalo a casa. Un precioso barril de treinta y cinco litros, flamante, pulido y resplandeciente, barnizado; con olor a madera recién lijada y totalmente restaurado. Y lo que era mejor: repleto hasta arriba de zumo de monastrell de cosecha.

Lo que yo no sabía, era que para rehabilitar y curar las maderas de aquel barril, el bodeguero usó una mezcla del mejor coñac posible y el mismo zumo de monastrell durante los cuatro meses que duró la restauración. Y claro, no te digo nada de cómo estaba de curado aquel vino. Yo lo probé y juro que no lo vi mal, era mi vino. Algo fuertecillo estaba, éso sí, pero no creí yo que fuese cosa que supusiera problema alguno sino más bien al contrario… Unas veinte botellas saqué de aquel barril. Las sellé con un buen tapón de corcho, les puse una etiqueta adhesiva con el año de la cosecha, y me quedé tan pancho creyéndome que el vino era sólo eso, o algo así.

Recuerdo, que en una cena de empresa regalé a cada uno de mis compañeros una botella de aquel vino, de mi vino… Y lo bueno vino, pero al final, cuando ya a las tantas de la madrugada mi jefe, propuso que nos fuésemos a su chalet de Alicante para evitar que nos metieran presos conduciendo con la borrachera que acarreábamos. Habían caído un par o dos de mis botellas durante la cena.

Como mi jefe era un caballero, esperó a probar mi vino y a destapar su botella en la intimidad alcohólica de nuestra reunión ya en su casa. Le gustaba mucho el vino y serían las cuatro de la mañana. Con algo de ceremonia trajo el sacacorchos, destapó mi redoma, sirvió dos copas, y acercó la suya a la nariz para aspirar el primer hálito de mi caldo recién escanciado.

Recuerdo, que hizo un pequeño guiño, como si le hubiera caído algo al ojo; y luego me miró… Comenzó a girar la copa y la puso al trasluz para apreciar el color. Un buen rato. Finalmente, al llevársela a la boca y besar el caldo con una mueca, cerró los ojos unos tres o cuatro segundos, y luego me volvió a mirar, pero está vez tal y como se mira a un colegial.

Alma de cántaro. Anda y ven aquí me dijo -lo de tonto no me acuerdo- y me llevó a la habitación donde atesoraba una pequeña bodega. Se plantó ante sus tesoros, y al cabo de un rato, decidió sacrificar en mi honor una botella de Marqués de Riscal; un Rioja de reserva de no sé qué año, embotellado primorosamente y envuelto en una malla metálica dorada y rimbombante.

Volvimos a la reunión, y con la misma ceremonia anterior destapó ahora su botella y sirvió otras dos copas, las puso junto a las de mi vino, y me propuso beber primero el mío para comparar… Luego, me dijo aquello.

— Miravete, este vino es para guisar. Y claro, yo me callé.

¡Vaya borrachera tan bullanguera, didáctica y elegante que pillamos…! Mañana sería otro día, pero justo ahí, empecé de verdad a amar y a pretender entender, el mundo tan bonito del vino.

¡Qué cosas…!

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

……….

¿Qué era aquello…?

Yo la vi. Oscura, cada vez más y más grande al acercarse, sucia e informe; ¿qué era aquello? De repente la playa se llenó de extraños. En aquella época no había turismo en Guardamar como lo conocemos hoy -cuatro gatos aparte de los que veraneábamos- y éramos casi todos del Pueblo: los Galí, Balín, Pepe Barrera, Santi Soto, Yo…
Los extraños se arremolinaron en semicírculo frente a la playa, como escondiendo algo.

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De repente, una imagen que no habíamos visto nunca: hombres rana, que ahora parecerían ridículos por su primitivo equipo, emergían a unos veinticinco o treinta metros de la playa, quitándose trabajosamente sus escafandras.

Mientras, los extraños comenzaban a advertir a los bañistas de que se alejasen por precaución.

Por la mañana fuimos nosotros, en el primer baño matutino, los que descubrimos esa mancha oscura y como circular, entre la playa y la línea que delimitaban las boyas de señalización.

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Buceábamos, temprano, en una mañana radiante de mediados de septiembre en la que el verano languidecía. El agua estaba fría, muy fría, y era el mejor momento para recoger unas enormes almejas a unos cinco o seis metros de profundidad, semienterradas en la arena del fondo, a la altura de las boyas.

Nos asustamos, todo hay que decirlo, y no poco… No sabíamos qué podría ser esa cosa;

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no parecía el típico montón de algas enmarañadas por el oleaje flotando a la deriva, tampoco se parecía a ningún banco de peces pastando cerca de la orilla. Nos atrevimos apenas a acercarnos a unos cuatro o cinco metros, lo suficiente para advertir unas extrañas e inquietantes protuberancias cilíndricas. Manolo Galí, el más bragado de todos nosotros, fue el único que se atrevió a tocarla… bueno, apenas la rozó, pero era algo a lo que no nos hubiéramos atrevido ninguno, salvo él. Su tacto, duro, rugoso y metálico según nos dijo, no hizo más que aumentar nuestra curiosidad aunque también el temor que empezábamos a sentir respecto a aquella cosa; ¿pero qué era aquello…?

Una vez satisfecha en parte, nuestra normal curiosidad por esa novedad extraña en el tramo final de nuestras vacaciones estivales, corrimos a contar nuestro hallazgo. Tras el inicial revuelo, recuerdo como el padre de uno de nosotros, tras comprobar con evidente alarma nuestro descubrimiento y salir del agua apresuradamente, corrió al restaurante Valentí en busca del único teléfono que había en las inmediaciones… Al poco empezó a llenarse la playa de los extraños.

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A mediodía y tras un frenético ir y venir, comenzaron a llegar guardias civiles uniformados, lo que contribuyó todavía en mayor medida a aumentar nuestra curiosidad por el suceso. Dos o tres de los hombres rana se sumergieron de nuevo con la, nos pareció, evidente intención de sacar esa cosa a la playa.

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Nuestra sorpresa aumentó más tarde al comprobar cómo un pequeño barco militar se situó extrañamente cerca de la playa, maniobrando durante un par de horas, hasta que “eso”, que no pudimos ver claramente debido a la distancia a la que nos encontrábamos, comenzaba a flotar de forma extraña y, enganchado con algo parecido a unas cadenas, era remolcado por el buque aguas adentro hasta perderse de vista.

Más tarde supimos que se trataba de una mina explosiva procedente de quién sabe qué lejana refriega de nuestra infausta guerra civil.

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Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

MIS PRIMERAS TETAS

El alpargate subía y bajaba sobre el vientre de mi madre, acompasando perezosamente su sueño ligero de siesta escasa; mi hermana durmiendo a su lado, y yo al otro haciendo como que dormía… Ese alpargate, era la garantía de que como dictaba la norma no escrita entre los vecinos: “durante la siesta, los sagales estaban cada uno en su casa para no dar cancán”. Por ello, en el caso de que mi madre detectara algún sonido o anómala vibración, distinta de las habituales que causaría el sopor canicular a tres personas en una misma cama, ese calzado liviano, súbitamente se convertía en fusta lacerante y sonora ¡plafff…! que cortaba de raíz el impulso de escamotear la anteriormente descrita norma no escrita.

Quería bañarme sí o sí… las posibilidades eran escasas, pero tras agotar la espera mi paciencia, con movimientos de caracol pude deslizarme, descolgándome del borde de la enorme, alta y vetusta cama. Con un silencio de ofidio y cual tal, conseguí reptar hasta la puerta de la habitación cuya apertura era la justa, para escabullirme sin que sus goznes oxidados por el salitre chirriasen delatores mis intenciones transgresoras.

Tenía la playa parecía que para mí solo; las tempestuosas jornadas anteriores habían trastocado en una maravillosa tarde, de un tardío día de agosto… El mar rizado y brioso, aunque noble al mostrar con su irregular oleaje sus ocultas y peligrosas cicatrices, invitaba de nuevo al baño confiado.

Entonces, el rugido batiente de las olas pareció silenciado completamente debido a unos alaridos de auxilio desesperados, angustiosos, entrecortados…. Miré alrededor hasta localizar a duras penas una cabeza y unos brazos, que rendían su intento de permanecer a flote… La chica se ahogaba, y mis trece o catorce años dudaron a la hora de lanzarme en su auxilio, esperando que aquel hombre, como a unos treinta metros de la ella, lo hiciese.

-¿Es que no vas a ayudarla? Grité muy nervioso.

Era evidente que no. El tipo estaba petrificado; me miraba con ojos ovinos, de canguelo. Tras unos cincuenta metros de trabajoso esfuerzo contracorriente, me encontré jadeando y zarandeado cual pelele por la inmisericorde resaca, justo a un par de metros de ella.

Antes de que me diese tiempo a reaccionar me vi agarrado, arañado, mesado y sumergido, por una vorágine histérica en lucha a muerte por un vital resuello. La chica, al batallar por su vida de forma ciega, asustada y visceralmente egoísta, me utilizaba cual salvavidas pingajo sin reparar en mi también urgente necesidad de respirar, al menos de vez en cuando.

El croché submarino y desesperado que me vi obligado a estampar contra su rostro, claro que la hizo reaccionar, y puso una distancia entre nosotros que sirvió para que se diese cuenta que la calma, era lo único que nos hacía realmente falta, a los dos… El intento vano de hablar con ella se esfumó al darme cuenta de que era extranjera; así que, acercándome de nuevo con precaución, la agarré esta vez yo de la muñeca, firmemente. Sin dejar de mirarla a los ojos le solté el brazo e inmediatamente le tendí mi mano, dándole a entender que solo debía apoyarse en ella… Me sumergí empujándola hacia arriba, y pese al lastre que aquel cuerpo encima mío suponía, apenas podía agarrarme a la movediza arena del fondo anclando en ella mis pies intentando llegar al rompeolas, para lo que necesité varias agónicas e interminables inmersiones.

El avance hacia la orilla se hacía casi imposible por la corriente; suerte que el peso de ambos jugaba a nuestro favor y penosamente, nos permitió ir avanzando hasta el banco arenoso, sobreelevado del resto del fondo marino donde las olas rompían con más fuerza, pero donde también pudimos ambos hacer pie, y descansar con la respiración desbocada y el agua literalmente al cuello.

Extrañado, me di cuenta que llevaba algo como anudado en mi brazo, cual brazalete de tela casi a la altura del hombro. Varias veces tuve que mirarlo para darme cuenta de que era la braga del bikini de la chica, que en el fragor de la refriega marina por su vida y la mía, se deslizó de su trasero y sus rollizos muslos hasta que, Dios sabe debido a qué casualidad, terminó abrazada a mi brazo derecho.

Ella no se dio cuenta y yo no le di más importancia hasta que, a medida que el nivel del agua delataba nuestro esforzado avance hasta la salvadora orilla, me percaté de un par de prominentes bultos con puntas sobresalientes, como de azúcar tostada, flotando y asomando caóticamente del agua a poco más de un palmo bajo la barbilla de la chica… Con el agua por la cintura, comprobé que tampoco había rastro alguno del sujetador entre las generosas y temblorosas lorzas de la moza. Ésta, en estado de shock no se daba cuenta del desnudo integral que estaba regalando a la no muy concurrida audiencia, que prestaba indolente atención a los detalles de nuestra peligrosa peripecia en la playa.

Con el agua en los gemelos, la madre de la chica se acercó tremulosa y con lágrimas corriendo por su barbilla, con una toalla para tapar los excesos magros de su hija. Ésta, al reconocer su desnudez comenzó a proferir unos aullidos extraños, perdiendo de forma más histérica que en el verdadero trance que acabada de sortear, los papeles y el sentido del decoro… Algo descompuesta, comenzó a correr por la playa delante de su madre y chillando en no sé qué idioma, con el consiguiente despliegue de sus orondas hechuras tremolantes. Ésto, qué duda cabe contribuyó, a aumentar el interés de los espectadores que nos contemplaban.

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Yo, derrengado, subía la pendiente de la playa arenosa hasta mi casa, envuelto en tribulaciones de carne y roces temblorosos que soliviantaron mi ánimo esa tarde y muchas otras, sólo con su mero recuerdo.

Al fin y al cabo eran las primeras tetas que había… rescatado.

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

MEMORIA DE UN FANTASMA

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Era uno de esos típicos días del norte, de color plomo y olor a tierra y sirimiri. Un cartucho de guerra de 16mm parabellum disparado a bocajarro desde atrás de mi coche, como a unos cinco metros de distancia, hizo estallar la luneta trasera, mi cráneo, el cristal delantero, y el trasero del vehículo aparcado justo a continuación del mío.

El estampido del disparo pareció reventar el tiempo, que quedó detenido, con el eco retumbando en los tímpanos y las conciencias.

La inercia de semejante proyectil disparado a tan poca distancia, empujó violentamente mi cuerpo hacia delante; y mi desvencijada cabeza cayó desgranada, inerte y desangrada, presionando el claxon del volante de forma tozuda, enervante y acusadora; durante casi media hora.

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La constancia delatora del alarido desgañitado de la bocina, no logró remover lo más mínimo ni las fibras sensibles, ni las sordas entrañas de los vecinos -por llamarles de alguna manera- que asistían, inanes, al execrable crimen que acababa de perpetrarse justo delante de ellos.

NADIE salió de los portales cercanos a socorrerme; ni siquiera a cotillear… Tampoco se alzaron con precaución las persianas aledañas debido a la curiosidad espantada o indignada; ningún grito femenino, ni masculino. NADA.

Los bares de la zona continuaron abiertos, como si nada, con los parroquianos dentro -por llamarles de alguna manera-. Éstos, infames, hacían como que atendían de forma impostada y cobarde a sus también ahora fingidas partidas de cartas, o de dominó, o de cualquiera otra miserable cosa que estuviesen haciendo.

Un silencio hiriente y espeso de felonía, que seguro los condenará al infierno, sustituyó a las animadas conversaciones chocantes, agrias y anisadas propias de cualquier bar.

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Las miradas, temerosas, conniventes y rendidas al suelo; las dignidades, aún más abajo, aún más rendidas. NADIE hizo NADA, para intentar socorrerme en vista de que acababan de esparcir mis sesos a las puertas mismas de sus propias casas, de su bar cercano y en su propio barrio; delante de hijos propios y ajenos, de amigos y vecinos.

No parecía notarse en el exterior alarma o interés alguno por lo que me había ocurrido; algún breve asomo furtivo, quizá cómplice, pero nada más. Esos callados miserables sin signo alguno de contrición, buscaban, hipócritas, algo de consuelo y justificación con el comentario cómplice, podrido e ignominioso, de “ALGO HABRÁ HECHO”.

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Era extraño, y vergonzante, pero NADIE hizo NADA por mí durante esa corrosiva media hora. NADIE. NADA.

Finalmente, en vista del implacable aullido plañidero y culpable de aquel claxon, completamente a solas y sin mirones ya fueren cómplices o afligidos, se acercó con parsimonia una pareja de la policía local. Su actitud no era la de la urgente prestación de ayuda, propia de su condición de agentes de la ley, sino más bien la de un evidente fastidio, y una mal disimulada y contenida repugnancia; renuente al auxilio incluso.

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Solo me movieron lo justo, para dejar de presionar ese insoportable botón de la culpa colectiva en el que se había convertido el claxon de mi coche.

Mi cuerpo quedó torcidamente echado hacia atrás, mostrando una mueca quebrada de la mitad de mi rostro destrozado, empapado por la sangre y los humores de la otra mitad reventada por el disparo.

Al cabo de un rato, los transeúntes -por llamarles de alguna manera- reiniciaron su deambular fingidamente tranquilo; como si pasar ante los restos esparcidos de un vecino asesinado, chorreando sesos y sangre, fuese igual que pasear junto a un cubo de basura volcado: desagradable sí, pero sin mayor importancia.

Dos horas más dejaron mi cuerpo allí tirado, como expuesto en el coche, hasta que un juez se acercó solapadamente, como a hurtadillas, a levantar mi cadáver.

“ALGO HABRÁ HECHO” decían.

Se llevan mi cuerpo, pero yo no me puedo ir.

Antonio Rodriguez Miravete. Juntaletras

EL TOCADISCOS

a María José Gascón.

Gracias a mi cuasi hermana María José, recuerdo como si fuese ahora, la primera vez que dispuse de un tocadiscos… Se lo había regalado su padre hacía poco y lo trajo a mi casa. Teníamos quince o dieciséis años, y solo tres cuatro o cinco discos: Kaya de Bob Marley, Luna de Víctor Manuel, otro no sé cuál del Dúo Dinámico, y algunos otros petardos musicales que tampoco recuerdo.

Era un pic-up de aquéllos. Amarillo, flamante, y del tamaño y forma de una maleta; con un altavoz incorporado, que lo convertía en aquella época en la leche, lo más, para organizar saraos y montar guateques. Lo enchufabas, ponías el disco, y listo: sonido en mono, ni siquiera estéreo; pero era una maravilla ya que ellas movían el culo y yo también… El primer disco que puse en un plato de música, tengo el honor, de que fue el Kaya de Bob Marley: una pasada que diríamos hoy. Empecé bien. Salvo la música de la banda de mi pueblo, la de alguna verbena, o la que se emitía por la radio y la televisión de aquella época, yo no había oído nada igual salvo en el cine. Nunca había oído música con precisión.

Me he criado mirando como un dibujante y escuchando como un melómano. Y he visto en directo a grupos nacionales como Tequila, Leño, Baqueta, Asfalto o Medina Azahara; y un poco a mi pesar hasta a Mecano y a los Héroes del Silencio… Y he asistido a conciertos tan impresionantes como los de los legendarios AC/DC, Queen, Supertramp o Dire Straits. También fui a ver a Police, a la Creedence, a Eric Clapton, o a U2. Aunque también se me han escapado muchos otros: los Rolling, Status Quo, Ramones, Guns and Roses.

He ido a conciertos de Stan Getz y Manhattan Transfer; a escuchar pianos como los de Oscar Peterson y Tete Montoliu; a recitales eclécticos como aquél de Van Morrison en Barcelona, y uno legendario al que asistí de Jorge Drexler en Elche. O a otro directo brutal de Bill Evans que tuve la suerte de ver en Sant Feliu de Gíxols. Tampoco nunca podré olvidar a Sabina ni a BB King en la plaza de toros de Alicante.

La música de hoy así nos va… Entre raperos, perreros, flamenquines, cantautorillos, televitontos y famosetes, los mafiosos de la industria han hecho de nuestro panorama musical un erial aburrido, solo apto para mañacos musicales. Vale que no se vean por ahí pianistas de jazz ni virtuosos del violín; vale, pero tampoco se ven guitarristas, compositores, bateristas con alma y mérito musical. En mi época nos interesábamos por quién era el bajo, el guitarra y el batería, y de quién eran los arreglos; de si éstos eran realmente buenos musicalmente o si solo eran marchosos; de si la música que oíamos era fruto solo de la industria, o lo era del mérito musical. Y es que la música tiene mucho mérito; es la carrera con estudios más largos; más que la medicina, las ingenierías o el derecho.

“Es música de maricones…” El jazz. Recuerdo que al principio esa frase retumbó en mi mente, hasta que empezó a sudármela. Cuando había que pagar por la música, a veces, lo alucinante de uno solo de aquellos temas, hacía merecer el gasto del disco entero… Al principio yo tampoco entendía el jazz, aunque, extrañamente ya que nunca he tenido formación musical alguna, sí apreciaba el mérito musical de los que interpretaban esa música. Sólo tengo oído. Era una música difícil cuando se ponía profunda; como deben de ser las cosas.

a María José Gascón.

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

Liz Taylor y Richard Burton

Historias de Richard Burton.

Una de las parejas más legendarias de Hollywood: Elizabeth Taylor y Richard Burton. Marco Antonio y Cleopatra.

Esta carta fue escrita y enviada por Richard Burton, a Elizabeth Taylor, a los ocho meses de haberse casado con su última mujer y una semana antes de morir a los 59 años. En ese último año no volverían a verse. La carta la encontró Liz Taylor en su casa de California, al regresar del entierro de Richard Burton en Suiza.

“Quiero saber cómo estás, odio mío… Mi cara y mi cruz, sombra y luz, mi paloma y mi cuervo. Por aquí nada nuevo: el lago opaco, la tapia de lluvia, la ventana ciega por la que brilla el ágata del recuerdo de tus ojos violeta. Repta el domingo por la tarde, bebo.

Déjame decirte que estoy triste como un perro viejo y que mi soledad es una casa enorme, vacía e inútil, como ésta. Mi gata amarilla maúlla. Ojalá fuera a tu sombra, a tu silueta de diosa antigua. También la gata te añora y araña el molde de tu ausencia. Parece que le has dejado tus ojos puestos para que no pueda olvidarte… Si pudieras contestarme que aún, no es demasiado tarde para el marinero borracho que desea volver a su muelle… Aprieto el corazón contra la ventana y mi pulso, y el reloj de la lluvia, repiten tu nombre y el mío. Eres como la lluvia y la memoria, clara y oscura, el arma y la herida, falsa y hermosa, ardiente y fría.

Me da por pensar que te has quedado, que el tiempo no ha pasado y que ésta no es la carta de un borracho sino un poema desbaratado. Siempre vuelve a mí ese tiempo que habitamos como huéspedes del éxito, con nuestra cama a la deriva por los remolinos del Tíber, con las caricias de los celos y los mordiscos del deseo, las seducciones del engaño y el beso de la culpa… No hay vida sin ti, eres el hueso y la vena, turbia y clara, el muro y la hiedra, la hierba que besará mi lápida: la vida y la nada. Ya no volverá el instante de tiniebla donde galopabas sobre la ola de mi orgasmo. Conmigo en tí sueño.

Ya termino como te digo, por aquí no hay nada nuevo, el lago opaco, los ladridos del viento, es domingo por la tarde. No, ya es de noche, y bebo.

Sigue lloviendo sobre esta casa nueva, ruinosa, que parece que no tiene techo, solo el suelo de tu ausencia. Llueve sobre mí y sobre estas palabras borrosas que te nombran mil veces. En el fondo nunca nos hemos separado. Y supongo que nunca lo haremos…”

💕

Richard Burton… Historias de Richard Burton.

EL LAGO DE SANABRIA

El Tajo y el Gordo, Plátano y Dibidibi, el Tahullas y el Bascu, Salticos y el Cabesón… Y muchos otros que no quiero nombrar porque me olvidaría de otros muchos, ya que muchos son también los años que hace de aquéllo. Unos pipiolos; yo incluso era todavía menor de edad. Fue un viaje legendario. Fue, creo que mi primer verdadero viaje. Unos tiempos en los que no teníamos nada parecido a lo del Erasmus, y lo más lejos que habíamos salido de nuestras casas era, francamente poco… Fuimos de acampada ni más ni menos que al lago de Sanabria; tan lejos como en autobús de Alicante a Zamora; y con mis amigos de siempre y del instituto.

“No te digo ná, y te lo digo tó…”

Lo primero que me viene al recuerdo según escribo, es, la Luna reflejada en la superficie del hermoso espejo negro de aquel lago; serían ya las tantas de la noche… Con el empuje de las cervezas que ya llevábamos en el cuerpo, y la excitación acumulada en nuestra primera jornada de viaje, nos propusimos no dormir esa noche en las tiendas sino a la intemperie; con un par… Tras unas cuantas vueltas exploratorias a los alrededores del lago, encontramos algo así como un promontorio, una maravillosa plataforma rocosa plana, justo, al borde mismo de aquellas aguas tan oscuras, quietas totalmente de tan plácidas… Precioso.

Hacía una temperatura estupenda, y elegimos quedarnos a pasar la noche allí mismo, en nuestros sacos, fumando, charlando y bebiendo cerveza. Y tan estupenda era la temperatura que claro, por la noche, durmiendo nos fuimos destapando… Lo bueno fue de madrugada, cuando nos despertamos acribillados por el escozor de los picotazos en nuestros culos destapados.

Unos picotazos no ya de mosquitos sino pareciera que de tábanos, que muy hermosos ellos se criaban la mar de bien entre tanta humedad, tanta mierda de vaca, y tan estupenda temperatura… La madre que los parió. ¡Qué risa…!

La segunda de las cosas que me vienen a la mente, es, cuando para fumar porros y que no nos vieran los profesores, acordamos el meternos siempre en la tienda del Gordo y del Plátano. La alegría de la fiesta del campamento era aquella tienda. El completo desastre al entrar en ella, lo tenías claro cuando veías que para que le diera el aire a la provisión que tenían de morcillas, salchichas y chorizos, los tenían oreándose sí, pero simplemente así como que echados fuera de la tienda, justo encima de los calcetines sucios, de las camisetas sudadas y de los calzoncillos usados, que se iban amontonando… Luego, en la barbacoa, igual daba.

¡Qué cosas…!

El día que tuvimos libre, que nos dieron la suelta, no se nos ocurrió otra cosa que alquilar un taxi: un Dodge Dart antediluviano, enorme, de color beige, y con un muy buen conductor. Luego, una vez montados en él, que si vamos a Orense que si vamos a Zamora, que dónde coño vamos. “Vamos a Portugal que está más cerca” sugirió el conductor. ¡No hay huevos…! Nos miramos unos a otros; y si un recuerdo tengo clavado fue esa escapada hasta Braganza… No te rías. Fue más que una aventura.

En aquella época no formábamos parte siquiera del Mercado Común; y esta Unión Europea que hoy disfrutamos era algo impensable. Pasaportes no teníamos, carnets de identidad sí, menos mal. El problema era que yo, un menor de edad sin tutela, no podría cruzar frontera alguna… El lío empezó cuando llegamos a una de aquellas barreras con caseta y guarda, en la que tenías que enseñar hasta lo que habías comido ese día para que te dejaran pasar la frontera. Tras terciar con el guarda el conductor a nuestro favor, él mismo, Dibidibi, el Gordo y el Plátano -los cuatro- tuvieron que firmar un documento en el que se responsabilizaban de mí y de cómo me comportara; como si fueran algo así como mis padrinos.

Tras unos treinta kilómetros más por aquellas carreteras tremebundas, llegamos a Braganza. “Llévenos al centro…” Nos chocó, el que unos rebaños de cabras cruzaran una capital de provincia, justo frente a la oficina de correos y la del ayuntamiento; como si vieses borregas pasando frente al Corte Inglés de Alicante… Recuerdo, cómo íbamos acabando las existencias de cerveza Sagres fría, conforme íbamos sentándonos en las terrazas de aquellos baretos del centro.

“No te digo ná, y te lo digo tó…”

Cómo volvimos es otra historia… Todo, fue mérito del conductor del taxi.

Menudo viaje.

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

LOS CUÑAOS

Los cuñaos están muy infravalorados. Mira el mío: le das un par de destornilladores y a mi hermana y te monta una casa; es muy mañoso. Quiero mucho a mi cuñao Carlos, casi tanto como a un hermano pero como sin el casi. No tengo hermanos; no tengo esa suerte. Sabe de mí prácticamente lo mismo que sabe mi hermana, y pese a ello, creo que algo sí me aprecia todavía… Sólo tengo cosas fantásticas que contar de todos los que fueron y son mis cuñaos: Lorenzos, José Albertos, José Antonios, Andreses, Antonios, José Marías, Lennes, Joaquines… y Carlos.

Muchas veces, son incluso mejor que uno mismo y por éso justo, precisamente por éso, no sé si me tengo del todo por un buen cuñao; no sé si estoy del todo a la altura de mis cuñaos. El mío por antonomasia siempre ha sido Carlos, pero porque lo ha sido desde siempre. Y me explico: tanto es así, que a su madre, cuando lo parió, la matrona al entregárselo para que se abrazasen por vez primera le diría algo así: “tome Señora, ha tenido Usted al cuñao de Antonio…”

Si es que lo tengo que querer… Mi cuñao está tan junto a mi hermana, y lo está desde que eran tan jóvenes, que desde siempre han dado envidia de ésa de la buena. Y la pregunta siempre ha sido la misma: ¿Cómo puede ser éso, de estar siempre con la misma persona y que después de tantos años, te siga gustando, la sigas amando, y encima que se te note, así…?

Sólo tienes que ver con qué brillo se miran cuando discuten. Ahora que lleva gafas para la presbicia a mi cuñao se le nota un poco más: cómo se baja esas gafas, muy lentamente, hasta la punta de su nariz, y mirándola por encima y con pachorra, cómo le dice eso de: Emilia ¡coooño…!

Precioso, no me lo negaréis. El amor, y la intimidad que aporta la frecuencia y la cercanía en una pareja, se pueden expresar de tan distintas formas. ¡Qué bonito…!

Y ahora, gracias al vivir con mi Señora, resulta que a más de cien kilómetros de casa, encuentro por casualidad a unos que ahora también son mis cuñaos; y me lo paso tan bien con ellos, son tan queridos y tan familia, que mira tú por dónde qué suerte he tenido… La de juergas y aventuras cómplices que se corre uno por ahí con sus cuñaos.

¡Ay, si yo contara…!

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

MI HISTORIA CON PACO SANZ

Sabes que has encontrado algo gordo, importante, solo echando un primer vistazo a sus párrafos. Nunca has visto nada igual: tan radical y tan directo, tan corto ni tan bien escrito. Ni tan filosófico… Cada uno de sus relatos, textos o disertaciones -no sé cómo llamarlos- son un viaje por la Historia o por la medicina; un recorrido poético; una búsqueda de ciencia envuelta en filosofía; nada más, y nada menos.

Recuerdo que fue gracias a uno de mis berrinches en feisbuc al ser censurado descaradamente, cuando le encontré… Os explico. Buscaba otra red social que no me hiciera trampas y encontré una llamada MeWe. Esta aplicación hace gala de que no interfiere para nada en la viralidad de tus publicaciones. Tanto tienes, tanto vales. Cuanto mejor y más contenido creas y publicas, y cuantos más contactos tengas y respondan, más éxito tiene lo que publicas. Así de simple debería ser… Y lo típico: que si hazte un perfil y pon tu foto, que si ponte a buscar gente por ahí con la que conectar porque para eso es una red social… eeen fin, más o menos como el rollo del feisbuc.

Es solo una curiosidad, una coincidencia temporal, pero creo que empecé a leerle diría que precisamente la primera noche que comenzó nuestro confinamiento; allá en aquel infame marzo. No tenía ni idea de quién era, ni siquiera de si era o no alguien; de si no fuera a ser acaso un bot de inteligencia artificial, de ésos que juegan a dar por culo por ahí confundiéndonos… Pero por la hondura y por los detalles de cómo escribe deduje que no, que era un humano. Creo que es un catalán oriundo de Sort, aunque se ve que ya no vive allí.

Leerle todos los días, diría que es como lo que se siente cuando llegas agotado, sucio, tarde a tu casa, y lo primero que haces es ducharte con un buen jabón y abundante agua caliente… Empiezo a leerle, y experimento una especie de alivio, de placer beatífico, en esa forma digamos que de limpiarme al restregarme con sus palabras. El aseo personal es algo muy importante dado cómo está el mundo, y lo de que lavarse es algo imprescindible y muy placentero no me lo negaréis.

Pues el mero hecho de leerle, es, como que eliminara la roña que se me pega al cuerpo; como que me limpiara a fondo agujeros y recovecos. Leerle es aclarar con dialéctica y retórica, ciertos espacios nuestros, espirituales o no sé si intelectuales, que lo cotidiano nos anega con la mierda de la prisa.

Leyéndole sé, que seguramente es un octogenario, de ésos que lejos de creerse relegados saben que están de sobra en plenas facultades… Se ríe del mundo, y piensa y escribe de él de una manera, que se nota que lleva muchísimo tiempo pensando y riéndose… Uno de tantos superdotados anónimos que seguro hay por ahí, rodeándonos, pero que entre tanto ruido mediático nos pasan desapercibidos. Sin darnos ni cuenta.

Tiene Paco Sanz un perfil en MeWe, en el que no se puede interactuar en modo alguno con él salvo comentando sus publicaciones. Otra cosa es que te conteste, ya que hace gala de su cierta mala educación a ese respecto: se ve que no le gusta meterse en berenjenales… La única vez que me ha contestado fue cuando le pedí permiso para compartir en mi blog algunos de sus artículos. Su respuesta fue lacónica, afirmativa pero como a la defensiva; como cuando crees que estás hablándole a una máquina o a algo que te pueda hacer trampas… Es chocante, pero le pasó igual que a mí: que desconfió.

Un genio de las historias en un folio.

Un Maestro.

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

LA PÉRGOLA. LA VOCACIÓN.

OXALIS

“Mamá mira, mira que flores tan bonitas…” ¡Qué graciosa…!

Casi todos damos por hecho aquello de que hay carreras vocacionales, como la medicina, las matemáticas, la música o el sacerdocio. Pero si nos fijamos bien, en realidad, lo que hay son personas con vocación, o con vocaciones, o sin ellas… Por ello, sin médico no hay medicina, sin plantear el problema no surge el número, sin músico no hay melodía, o sin fe no hay Dios.

Y mira si es así, que ya desde bien pequeña mi hermana volvía tooodos los días del colegio, portando el tesoro a sus ojos de uno de aquellos primorosos ramilletes, que ella sola, iba componiéndose con las distintas floretas que se iba encontrando por ahí, por las calles. En aquellas calles, cada uno de los árboles plantados en los alcorques, se adornaba o con arbustos ornamentales o con plantones de flores; haciéndolas lucir de bonitas -las calles- de una forma que ya quisiéramos hoy.

En aquellos años, el simple primor de las mujeres era lo que las empujaba a plantar flores frente a sus casas: margaritas o cornetas, don pedros o geranios; algunas hasta se atrevían con las rosas. Otras, cultivaban hierbabuena, hierbaluisa o arbustos de laurel, alhábegas, galanes de noche o jazmines… Pasear por mi pueblo, engalanado de esas flores y por esas fragancias, tan humildes pero tan evocadoras, era una experiencia tan deliciosa, que incluso mi memoria olfativa puede recordarla hoy si cierro los ojos y vago rememorando aquellas calles.

Y claro, yo creo que ella heredó ese instinto digamos que materno-estético-vegetal, que la empujaba, con primor, a disfrutar contemplando todas y cada una de las plantas con las que se tropezaba, cual si de verdaderas maravillas únicas se trataran… Aprendía, por puro gusto, sus nombres latinos o cosas como qué tipo de abonos necesitaban; se interesaba por su época de floración, por sus zonas de cultivo, por la duración y el grado de la belleza de sus flores, por la clasificación de sus fragancias…

Y no te digo nada, cuando descubrió casi sin darse cuenta eso del arte floral, o sea, su propia forma, de expresar con detalle la profundidad de algunos sentimientos, para los que casi siempre y si os fijáis, usamos flores… Para las declaraciones de amor o para pedir perdón; para premios, recuerdos, honores; en los nacimientos y en los entierros; en las alegrías y en las melancolías.

Hoy, se ve que todo el mundo sabe lo que es una pérgola, pero recuerdo, la cara que le puse a mi hermana cuando me dijo que ése iba a ser el nombre de su floristería: “¿Nena, qué coño es una pérgola…?”

Y resulta que, encima, te casaste con el jardinero fiel… Dale un abrazo.

Te quiero Nena.

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

Santi, la Vespa, y la lotería…

Nunca, me ha tocado nada a la lotería ni en ningún otro juego de azar, nunca; salvo, el gran premio de tener la suerte de que uno de mis más grandes amigos, es un queridísimo primo segundo mío, que fíjate tú por dónde también es el lotero de mi pueblo… Bueno, confieso, que cuando tenía no sé si doce o trece años, sí que me tocó en una rifa del colegio un álbum completo de cromos: “El más, y el menos…”

Festero como él solo, sí. Pero era el más elegante, responsable y cumplidor, de todos aquellos cafres que formábamos mi grupo de amigos de juventud: ésos, que nunca dejarán de serlo… Se había comprado una moto: una Vespa 200. Y se le ocurrió, para estrenarla, que hiciésemos los ciento veinte kilómetros hasta la Sierra de Aitana, y que participásemos en mi primera concentración de motos.

¡Venga, vamos, arranca…!

Los primeros cincuenta kilómetros sin problemas; pero fue entrar en la ciudad de Alicante, y negociar una de aquellas rotondas nuevas que estaban proliferado por todas las carreteras, cuando, con la Vespa algo escorada a babor va y me dice: ¡Ostiaaas, agárrate Primo…! Y Pam… Una mancha de aceite en nuestro carril, hizo que pagáramos cara la novatada de entrar algo más fuerte de la cuenta en la rotonda, y termináramos nosotros y la moto arrastrando por el suelo. ¡Coooño…!

Nos sacudimos el polvo y evaluamos daños, comprobando, que solo se había partido por la mitad la maneta del embrague y lijado un poco la parte izquierda de la moto. ¡Naaada…! Su diagnóstico fue que podíamos proseguir sin problemas, porque, aunque fuese con dos dedos sólo de su mano izquierda, podría apretar esa maneta rota y cambiar de marcha sin problemas durante el resto del viaje.

¡Venga, vamos, arranca…!

Sesenta kilómetros después, y ya de noche y helados de frío, comenzamos a subir aquellas cuestas llenas de curvas que se empinaban y se cerraban cada vez más. Tercera marcha, segunda; arreón; tercera, y vuelta a la segunda marcha para entrar en la curva siguiente; y otra vez, y otra… Nosotros dos y el equipaje aupados por aquella bendita y heroica Vespa. Llegó un momento que para negociar aquellas curvas y cuestas, y debido a que los dos dedos y la muñeca de mi primo ya no daban más de sí, tenía que bajarme en marcha para que así pudiéramos seguir subiendo, casi escalando, avanzando, y que no se nos calase la moto.

¡Venga, vamos, arranca…!

No sé ni cuánto tiempo tardamos en plantarnos tan trabajosamente en lo alto de aquella Sierra de Aitana. Noche cerrada era ya… Y claro, veníamos con tantas ganas de fiesta, que del tirón nos metimos en el chiringuito que tenían montado los moteros. Y tantas ganas de divertirnos traíamos, que, en vez de cenar dado que era tan tarde, empezamos con lo de las bebidas bárbaras, con los porritos, y con el rollo y el cachondeo con los moteros… Ya cenaríamos mañana.

¡Vaya nochecita que pasamos allí riéndonos helados de frío…! ¡Qué juerga nos pegamos prácticamente solos…! ¡Qué pedal más chocante pillamos…! El caso, es que ya de madrugada, andamos no más de veinte pasos desde la puerta del chiringuito hasta encontrar un pino, bajo el que dormir metidos en nuestros sacos la mona tan bonita que lucíamos…

Y os lo juro, que nos pareció que transcurrió solo un instante, cuando al fin nos despertó el escándalo de las motos, el olor a Castrol, y el rumor del ir y venir de la gente pasando casi por encima de nosotros debido al trasiego del chiringuito… Desperezándonos, comprobamos que eran más de la una del mediodía y que la gente lo que estaba era yéndose… Todo, había terminado.

Jajajajaja… ¡Venga, vamos, arranca…!

Él, no sé si se acordará pero yo sí. Siempre, fue mi primo un ejemplo de sinceridad en el trato y de cómo ser un caballero. Y por eso, recuerdo cuando no se estilaba eso de regalar a los clientes en Navidad, pero él, con veinte añitos poco más o menos, se empeñó en convencer a su padre Don Mariano con la innovadora idea de regalar vino en esas fechas. Y su padre le hizo caso, sí, pero compró unas botellas para regalar, digamos que no muy… Menudo berrinche cogió mi primo al ver la birria de vino que estaban regalando. Sería el año 88 o 89, más o menos.

Y aparte de por otras muchísimas cosas, para mí, mi primo, es el mejor lotero del mundo porque pese a que llevo más de diez o doce años sin comprarle absolutamente nada, todos los años me toca. Todos los años me regala una botella de vino mejor… Seguramente nunca me tocará la lotería porque no compro casi. Pero no encontraría a nadie, nunca, con más gracia a quién comprársela ni con más ganas de hacer el bien a los demás, que a mí primo.

Así que, suerte…

Te quiero Santi.

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras

PALABRA PENSAMIENTO

Ningún escritor puede plasmar en palabras, ni absolutamente toda la profundidad de sus pensamientos ni por completo todos los recovecos de sus sentimientos. Ninguno, por genial que sea. Es imposible.

Se puede pensar y sentir, tanto agarrando el volante de un camión como atando las cordoneras de unos zapatos; también escalando una montaña, rezando afligido, o follando apasionadamente. Toda tu vida puede pasar por tu mente en un instante al experimentar una grave experiencia vital: justo antes de chocar con violencia en aquel accidente con tu coche, en aquellos momentos antes de saltar por vez primera en paracaídas, o cuando te enteras de la muerte de tu padre.

Mi Maestro Paco Sanz siempre lo dice: que los humanos creemos que pensamos y sentimos mediante palabras; que pensamiento y sentimiento son en esencia vocabulario. Pero él afirma que no es así, que no es tan fácil; que los pensamientos y sentimientos no se componen, no están hechos de palabras. Que para ser en verdad pensamientos, éstos necesitan tomar otra forma diferente, mucho más sutil aún que la del simple verbo… Que el pensamiento, para expresarse de verdad, precisa otros soportes digamos que más holísticos, más complejos y subconscientes, más universales y comprensibles, más, que la sencilla palabra articulada o escrita en cualquier idioma.

Uno de los ejemplos más palmarios que demuestran esta teoría, es que muchas veces, sabiendo nuestro pensamiento perfectamente lo que quiere decir, nos quedamos sin palabras… Otro de los argumentos a favor de esta idea es el hecho comprobado, de que nuestros ancestros homínidos, pese a que carecían de un lenguaje estructurado eran de sobra capaces de pensar con hondura, de transmitir con precisión sus habilidades, y de compartir con los suyos tanto los matices de sus sentimientos como los detalles de sus pensamientos. Y todo ello, casi, sin lenguaje.

En este mundo, en el que un inquietante por elevadísimo número de gente, sobrevive toda su vida con poco más o menos ochocientas palabras en su vocabulario, no se pueden pedir milagros. De quién es la culpa es otra historia. Y claro, nadie puede dar lo que no tiene, ni enseñar a otros aquéllo que ignora.

El caso es que por todo ésto, y como siempre he tenido la sensación y el temor de no estar siendo del todo un buen padre, me reconcilia conmigo mismo el hecho de, al menos, haber influido de forma determinante para que mi hija empiece a leer a Juan Manuel de Prada… Ha comenzado leyendo mi regalo de cumpleaños: “Cartas del sobrino a su diablo”.

Según me dice “está flipando” con un diccionario en la mano ¡Cómo me alegro….!

Tiene diecinueve años recién cumplidos, y claro, Juan Manuel de Prada muy bien podría parecerle un carca cincuentón, un beato caducado, un escritor barroco, trasnochado, que no habla como se debería hablar hoy de sexos y violencias moñas. Pero el caso es que escribe con tal dureza que es como si, dándole igual, vomitara sobre el mantel blanco de una mesa de lujo llena de comensales ricos y borrachos. Ahí queda eso: si hemos bebido éste es el resultado. ¡Es-cán-da-lo…! como decía Raphael.

No sé qué cosas ni cuántas, voy a poder legar a mis hijas; pero el que se interesasen por la lectura, por la literatura, y así, por conocer a sus prójimos en profundidad, sería una de esas cosas que sí me gustaría dejarles, inculcarles; y que luego recordaran de mí…

“Tal vez el mal, después de todo, no tenga la última palabra…”

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

Mira esta foto, idiota…

La foto que muchos querrían hacer desaparecer…

Publicación de Javier Ruiz Pérez

Observemos detenidamente esta foto. Es una foto de estudio tomada por el fotógrafo vitoriano Alberto Schommer en el año 1987.

En la fila de pie, de izquierda a derecha: 1) José María Aguirre Gonzalo, empresario y banquero, procurador en Cortes por designación directa de Franco. 2) Ramón Rubial, que llegó a ser presidente del PSOE, condenado a muerte en la Guerra Civil por un tribunal militar (pena luego conmutada), pasó 20 años en la cárcel durante el franquismo. 3) Raimundo Fernández-Cuesta, uno de los fundadores de Falange Española junto con José Antonio, fue ministro con Franco durante 12 años, y tras la muerte de franco fue jefe nacional de Falange; era tan franquista que fue uno de los pocos procuradores en Cortes que votaron en contra de la Ley para la Reforma Política. 4) Ignacio Gallego, dirigente del Partido Comunista de España, fue uno de los que llevaron a cabo la famosa defensa del “No Pasarán” en Madrid durante la Guerra Civil; luego, siendo uno de los dirigentes del sector más prosoviético del PCE, en desacuerdo con la política más moderada de Carrillo, abandonó el partido en los años 80, y luego volvió a la militancia cuando, ya sin Carrillo, el partido volvió a girar a la izquierda.

En la fila sentada, de izquierda a derecha: 1) Ramón Serrano Suñer, cuñado de Franco, pieza clave en los primeros gobiernos franquistas y defensor de la entrada de España en la Segunda Guerra Mundial al lado de Alemania. 2) Enrique Líster, militante del PCE y oficial del ejército republicano y luego general del ejército de la URSS en la Segunda Guerra Mundial; también fue uno de los defensores del “No Pasarán” y luego participó en las batallas de Brunete, Belchite y Teruel. 3) Jesús María Leizaola, dirigente del PNV y “lehendakari” en el exilio. 4) Pilar Primo de Rivera, hermana de José Antonio, máxima dirigente de la Sección Femenina de la Falange desde su fundación hasta su disolución en 1977; siempre leal a Franco y al legado de su hermano José Antonio.

Ahora se ha puesto de moda, sobre todo en la izquierda, decir que la transición fue un “trágala” impuesto por la derecha franquista para pactar una “pseudo-democracia”, y que la izquierda la aceptó como medicina amarga porque no tuvo más remedio… Bien, pues esta foto, en la que figuran protagonistas muy importantes de la Guerra Civil (y que se mantuvieron en sus posiciones hasta el final de sus vidas), se la hicieron en 1987, cuando Franco llevaba ya 12 años muerto y la constitución llevaba ya 9 años en vigor.

¿Qué pasa, qué les obligaron? ¿Qué clase de “trágala” llevo a los fervientes comunistas Gallego y Líster a hacerse esta foto de grupo con los fascistas (en su significado literal) Fernández-Cuesta y Primo de Rivera? ¿Tenían miedo? ¿Fue un “precio que tuvieron que pagar”? ¿Qué llevó entonces a todos estos personajes históricos a hacerse esta foto de grupo, con la bandera de España, en 1987?

Pues, sencillamente, se la hicieron porque les dio la gana. Aun teniendo cada uno sus ideas, entendieron que la Guerra Civil había acabado hacía ya muchas décadas y que era un episodio que formaba parte de la Historia; cosa que hoy en día muchos, que ni vivieron la guerra ni tienen la menor idea de lo que fue realmente, se niegan a aceptar.

Lo dicho; hoy en día muchos querrían que esta foto no existiera, porque les rompe totalmente su discurso. De hecho, incluso en google escasean los ejemplares de la misma. Pues aquí la dejo…

Publicación de Javier Ruiz Pérez

Que no os engañen

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

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YA TE LO DIJE

Historias de Paco Sanz

Uno de los juegos a los que hace mucho tiempo he dejado de jugar es al de “ya te lo dije”. Eso no me ha llevado a dejar de hablar, claro. Y cuando me dicen “eso ya lo habías dicho”, por ejemplo los que tienen que aguantar mis batallas de abuelito, me parece una lección más de humildad que agradecer, pues entre la gente, las personas que tenemos una autoestima casi sofocante, estas lecciones son como algo fresco que llevarse al coleto en verano.

Pero cuando lo que ya había dicho es una profecía, de esas nefastas y que has tenido la desgracia de acertar, lamento profundamente no haberme callado. Un poco como si fuera el rey que hace morir al mal profeta, o lo de Casandra, que condenaba al profetizar. La maldición de Casandra, no era acertar con sus profecías, sino que bastaba que las dijera ella para que no las tuvieran en cuenta…

Pues bien, ahora que estamos solos vamos a contar mentiras: mi última profecía autocumplida: No va a haber vacuna. Ojalá, quiera Dios, que no sea así. Como de vacunas se supone que entiendo, espero que los que me lo oyeron decir hace seis meses lo hayan olvidado.

Estamos siendo víctimas de muchos personajes nefastos, paso lista… Siete personajes nefastos que estos días he estado interpretando: El asesino del mensajero; intenta evitar así que la red se pliegue, que llegue la noticia de lo mal que nos va a ir todo… El que se burla de Casandra, que dice que hablar del mal es un mal, condenándonos a él… El que mira hacia otro lado y ve sólo lo bueno de las cosas, porque para qué entristecerse si no hay nada que hacer… El que cambia por cambiar, y sale de la boca del lobo para meterse en la del dragón… El que busca donde no hay luz, porque donde no puede verse es inútil buscar nada… El cirujano desfalleciente, que se conforma en sacar lo que puede y cierra enseguida… El chamán de pacotilla, que hace sus pases mágicos, y confía en ellos para arreglar las cosas…

Estoy harto de la pandemia, harto de no poder hablar de otra cosa. Sé de sobra hasta qué punto el autocumplimiento, se da en el ámbito de las enfermedades y afecciones médicas. Cuando se debate en los media de no importa qué enfermedades, se consigue que más gente se presente a ver al médico con esos síntomas, y aumentan las posibilidades de que los médicos diagnostiquen más (correcta e incorrectamente) dichas enfermedades. Como en el caso del autismo, que, como cuando dicen que hay más gripe, acaba habiendo más por hablar de ella. Es en este sentido por lo que hablamos tan poco del aumento de la tasa de suicidios como podríamos.

Tengo hacia la bondad de permitir que nueva química entre en nuestro cuerpo, la prevención que tiene el que ha tenido que pechar con las consecuencias del tratamiento de enfermedades mediante agentes químicos. Porque si se permite tratar químicamente a enfermedades que se han diagnosticado como alteraciones químicas del cuerpo o del cerebro, estamos haciendo una especie de profecía autocumplida. Ahora ya no hay duda, nuestro cuerpo o nuestro cerebro, tienen un desequilibrio químico.

La peor manera de insultar es hacerlo mediante la verdad. Se puede vivir perfectamente en el mundo haciendo profecías, pero no diciendo verdades. A veces mejor no verlas. El don del pensamiento especulativo pudiera parecerse, al don con el que Juno honró a Tiresias, a quién primero privó de la vista, con el fin de poder otorgarle después el don de la profecía…

Historias de Paco Sanz

DESASTRE AUTONOMÍAS

Alguien tenía que decirlo. ¿No…?

Era el año 78 y semejante cosa -lo de las autonomías- entonces nos pareció digamos que razonable. Resolver algunas gestiones, en aquellos años, costaba mucho tiempo y desplazamientos a las capitales de provincia; y pedir y pagar favores; y esperar, y hacer colas. No como ahora (nóteseme la ironía) Las mejores carreteras de entonces eran todas malas, como comarcales de ahora; nueve horas mínimo, se tardaba en coche de Murcia a Madrid. No podíamos ni imaginarnos un teléfono móvil, tampoco algo parecido a internet y menos aún, la tontuna ésta de lo de las redes sociales. El medio más rápido de contar algo era un teléfono, y el de comunicar algo todavía era la radio.

“Para acercar el gobierno y la justicia a los españoles…”

Ése fue el lema y se supone la razón, que todos nos creímos para crear este monstruo de diecisiete cabezas, que ahora, nos desgobierna como si fuéramos pollos espantados corriendo de un lado a otro sin norte ni rumbo. Resulta, pues, que por el contrario lo que hemos conseguido es, alejar casi por completo a los españoles de la posibilidad un verdadero gobierno y de una verdadera justicia, común, que impulse y haga realidad nuestras ilusiones como pueblo histórico, como pueblo franco, amistoso, mestizo, jovial y solidario.

Sólo se beneficiaron los políticos. No los vimos venir. Nunca, hubiéramos pensado que nos iban a volver a llevar de nuevo a episodios tan vergonzosos como aquél del Cantón de Cartagena… No podíamos imaginar que aquellos mismos flamantes políticos autonómicos, volverían a crear aquél mismo ambiente cochino de rapiña desleal entre sí mismos. Y lo que es peor, entre nosotros mismos.

Todo español que al menos haya estudiado, viajado y leído algo, aunque solo sea un poco, en su fuero interno sabe que esto de las autonomías ha devenido en una verdadera mierda, una ruina. Idea agotada y fallida que nos está haciendo vagar como pueblo en una cuerda floja, y como a la espera pasiva y sumisa de un destino incierto para nuestro futuro… Somos un pueblo viejo, viajado y curtido, y nuestra Historia está llena de episodios parecidos o peores que el actual, de los cuales, si hubiéramos tenido una apropiada educación común ya tendríamos que haber aprendido algo.

Eso, que desde hace mucho saben nuestros sempiternos archienemigos los ingleses cuando las cosas se les ponen feas: se repliegan, refugiándose, tras la fuerza de la creencia en sí mismos y el valor de sus tradiciones. Defienden sin ambages sus intereses y sus leyes, sus fronteras, y siempre a su gente. Y se envuelven todos, con la sensación de seguridad que les insufla ese admirable espíritu británico tan patriótico que los une… Se unen.

Y nosotros que si Madrit y que si Barsalona; que si A Coruña o el asco del Gobierno Vasco; que si la mentira del País Valenciá o la de la Junta de Andalusía… ¿Es que no tenemos suficientes pruebas ya…? ¿O aparte del fiasco común y la desgracia mortal del puto coronavirus éste, necesitamos más evidencias que certifiquen la estupidez, el tremendo derroche, la completa inutilidad y el absoluto carajal, que supone para los españoles el rollo éste de las autonomías…?

¿Y el independentismo del cada uno pa’su pancha…? ¿Y el suicidio de la Educación de mierda que le estamos suministrando a nuestros hijos…? ¿Y la tan cacareada Sanidad Pública; la pobre…?

¿Tampoco lo vemos ahora que ha pasado el tiempo…?

Desde siempre, todos nos hemos sentido patriachicos gallegos o de Alicante; vascos o riojanos; extremeños, malagueños o catalanes; e incluso, muchos de nosotros se han sentido hasta hermanos americanos o portugueses. Pero también desde hace muchísimo, todos, hemos sido en algún momento españoles, o hispanos, o íberos, o hispanoamericanos. Pero todos, con cierto espíritu común y desde hace muchísimo, unidos con una lengua millonaria y franca: el castellano… Solo hay que ir a Portugal o a Brasil para ver que nos entendemos perfectamente. ¿Entonces, pa’qué coño tanta frontera y tanto marcar cada uno, el paquete de sus cojones y el peso de sus diferencias…?

¿Políticos jugando a los soldaditos…?

No lo olvidemos: ya lo éramos; lo fuimos; desde hace mucho que lo somos. Es un hecho querámoslo o no; y no sé porqué, hemos desperdiciado siempre esa Hispanidad que nos une.

Disgregar voluntades nunca hizo sociedades más libres sino más díscolas y engreídas, más endiosadas, más pequeñas y más ridículas al defender con esa pueblerina cabezonería, cada una su propio endemismo… Por el contrario, toda sociedad fundada en voluntades unidas, siempre, torna más coherente y eficiente, más lógica, menos estúpida, y muchísimo más fuerte y justa. Y más divertida por diversa y tolerante, por inclusiva y versátil; por verdadera, auténtica.

Todo, se ha diluido en un soma ideológico, que consumimos tóntamente como zombis sin cerebro

…eeen fin.

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

CONDUCÍAMOS A PELO

Era un modelo raro de ver, creo que no había entonces ninguno igual en el pueblo. Sentado al volante de aquel coche tenías el culo a poco más de un palmo de la carretera, y ésta, fluía ante tus ojos de una forma muy especial vista desde tan bajo punto de vista.

Todavía recuerdo lo robusto de aquel motor. Nunca dio problema alguno ni falló jamás en todo el tiempo que lo disfruté. Para ponerlo en marcha, antes había que darle siempre un par de pisotones al acelerador, para así, inundar por completo de gasolina el estárter del arranque. Luego, solo había que girar apenas la llave para que aquellos cuatro cilindros explotaran, y sus caballos despertaran relinchando broncos, como nerviosos. Oías, el brusco abrirse del segundo carburador cuando pisabas a fondo. Sentías lo blando o duro de tus neumáticos, agarrándose o no a la carretera. Conducías a pelo, sin ningún tipo de ayuda electrónica. Solos, el hierro y el fuego, la carretera, las gomas… y tú.

Acababa de estrenar aquel precioso Ford Capri 2.0 blanco; un coupé del 78. Bueno, lo de estrenarlo es un decir porque lo compré de segunda mano, en el 89. Aunque confieso, que me hizo la misma ilusión de uno nuevo porque fue un verdadero amor a primera vista; además, en aquella época nunca me hubieran dado mis haberes para estrenar un coche así; y encima, es que estaba completamente nuevo, impecable… El interior era del todo original, de fábrica. Unos maravillosos asientos Recaro de cuero negro y textil a cuadros. Volante deportivo de tres brazos de acero forrado con el mismo cuero negro, también a juego con el del pomo del cambio de marchas, el del salpicadero, y el del resto de la tapicería. Equipo de música Pioneer. Techo solar retráctil. Y todo, absolutamente todo funcionaba a la perfección. Como nuevo, gracias a la calidad de los materiales con que estaba fabricado, y a aquellas simples tecnologías de manivela, pestillo y pisotón.

Tenía aquel haiga una salvaje tracción trasera que convertía su manejo, si a fondo, en un peligro si no estabas acostumbrado a aquella sensación de empuje de popa tan excitante: la de ser impelido desde atrás y con fuerza a correr un riesgo, peligroso pero delicioso, excitante, calculado… No solían tener los coches de aquella época siquiera ni dirección asistida, por lo que ésta sí era algo dura -por ejemplo para aparcar- comparada con las de ahora que las mueves con una mano… Pero con el coche en movimiento, esa misma dirección te proporcionaba una sensación fantástica del control de la potencia, de suavidad, y un tacto muy preciso de la carretera.

Por otro lado, aquellos nerviosos 115 CV y un cambio de marchas maravilloso, con cuatro larguísimas velocidades, eran más que suficientes para empujar con rotundidad aquel hermoso coupé blanco por donde quiera que fueres… Unos eficaces frenos de disco delanteros, la sensación del peso del motor delante tuyo y la tracción trasera tan bruta, hacían que conducir con garra aquel bicho mecánico fuera una experiencia inolvidable, solo limitada, por tu pericia al volante y por la cantidad de gasolina que quisieras quemar.

Poco más de once años impecables tenía cuando lo compré. Y sólo unos cincuenta mil kilómetros, hechos por una señora para la que la maniobra más arriesgada con el coche, seguramente habría sido la de guardalo todos los días a cubierto en su cochera, y sin rayarlo… Y mira por dónde, solo al tercer año de tenerlo, lo esclafó el listo de mí, estrellándolo y casi matándome en un siniestro total contra un bancal de palmeras, al salirme de una curva en una carretera conocidísima, y debido solo al par de segundos transcurridos en un descuido de mierda.

¡Qué cosas…!

…eeen fin. La vida.

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras

APRENDÍ HACE AÑOS

Aprendí hace muchos años, Geografía y sobre todo Historia de España cuando todavía casi no había autonomías. Bueno, estaban recién estrenadas porque recuerdo, hasta el momento en que en mi colegio cambiaron el mapa político de las antiguas regiones de España, que colgaba desde siempre junto a la pizarra y el crucifijo, por aquel nuevo mapa… Uno nuevo, autonómico decían… Cuando lo colgaron me pareció exactamente igual que el anterior aunque con más colores; pero era diferente, insistían…

¿En aquella época, con diez, doce o catorce años, qué coño íbamos a saber…? Quedó colgado solemnemente en la pared frontal de mi clase, ésa hacia la que todos mirábamos cuando los maestros querían enseñarnos algo… Hoy para aprender algo solo miramos pantallas frías, sin pizarras ni maestros… Poco después se descolgaron también los crucifijos; no sabemos si gracias a Dios…

Tengo más años ya, que la orilla de la playa…

Y precisamente por eso, justo por aprender de España en ausencia de autonomías, creo que todavía recordaría el nombre de la mayoría de los ríos de la península y de sus afluentes principales; el de los cabos y golfos más importantes de nuestras costas; el de nuestras hermosas cordilleras y macizos montañosos, y el de sus picos más altos e importantes…. Me sé, el nombre creo que de casi todas nuestras islas… Crecí, entendiendo que era España desde Gerona al Ferrol, y que tan españoles éramos los de Bilbao como los de mi pueblo, o los de Segorbe, Cuenca o Barbate…

Se ve que soy un romántico. O un facha que dicen ahora…

Una de las cosas de las que más presumo es de conocer esta España nuestra casi entera, pero por haberla recorrido desde siempre y con entera libertad… Nada que ver con lo de ahora en que se masca una tensión, una estúpida diferencia entre nosotros como inducida, como obligada, por un ambiente político irrespirable creado por nuestra panda de reyezuelos nacionales y autonómicos.

Unas diferencias entre españoles, por las que se arrancan los políticos hasta los ojos unos a otros; todo sea por defender sus prebendas, sus carguicos, y sus propias cuentas pendientes… ¡Qué asco…!

Cuando en el ochenta y seis hice el servicio militar obligatorio, para no aburrirme, me fui voluntario ni más ni menos que al Cuerpo de Operaciones Especiales del Ejército… Una vez todos allí solo éramos españoles extrañados unos de otros. Pero completamente iguales y por completo ignorantes, de la dureza que nos esperaba tras nuestra equivocación voluntaria… Solo un montón de jovenzuelos locos e insensatos, debido seguramente a una acumulación excesiva de testosterona en nuestros cojones… Éramos poco más que adolescentes, inocentes, bragados, y seguramente patriotas… Y la mayoría, estoy seguro de que simplemente buscábamos aventura… De Córdoba, de Granada, de Cuenca, de Toledo, de Alicante, de Lugo, de Albacete, de Murcia, de Málaga… En fin.

Ahora parece que buscamos la aventura en partirnos entre nosotros la cara en trozos, para comprobar una vez más lo gilipollas que somos como sociedad; como colectivo. Sufrimos una metástasis roja fruto de un cáncer siniestro, que nuestro país sufre mucho y desde hace mucho… Tanto, que hasta yo estoy a punto de odiarme a mí mismo…

Cuando salgamos de ésta, querría que saliésemos a recuperar unas calles que de verdad todos sintiéramos nuestras. Que volviéramos a pasear por ellas asumiendo como propias nuestras propias calles… Que aprendiésemos como desde pequeños hacen los anglosajones, que nuestra casa no acaba cuando salimos de ella, sino que todos somos responsables de cuidar lo público, porque también es nuestra casa…

Que sintiéramos, que ese suelo que estos días no hemos podido casi ni pisar, es profunda y rotundamente de nuestra propiedad; de todos nosotros, los españoles…

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras

NOS CONVIENE LA TENSIÓN

“Nos conviene la tensión, mucho. Si no, la genteee…”

Zapatitos dixit. Año 2008.

Es en el fondo, una de las confesiones más asquerosas a las que hemos asistido en toda la democracia.

Dale al vídeo, son solo quince o veinte segundos. No creo que vomites.

Por mucho tiempo que haya pasado no dejo de acordarme, de que las infamias sin número ni límites de éste nuestro actual desgobierno, provienen sin duda para el que tiene memoria, de aquellos polvos zapateriles que a la vista está, tan nefastos fueron por lo que han sido para España, ya que mira cómo estamos con estos lodos.

En las frases furtivas de esta famosa y corta conversación escondida, tramposa y sibilina, entre dos de los más falsarios personajes que ha dado nuestra historia reciente, está condensada toda la porquería ideológica roja que nos estamos embaulando hoy en día.

“Nos conviene la tensión…” decía este gañán infame. No sé puede ser más rastrero. Políticos, que en vez de servir a su pueblo se sirven de él enviscándolo contra sí mismo, usando mentiras espurias acerca de pasados tergiversados… Pues estamos parece ser justo donde el inepto de Zapatitos quería que estuviésemos: hasta el cuello de tensión.

Asco de tensión política que habéis generado. Asco de tensión social entre las dos Españas que anheláis resucitar, solo para que vuelvan a chocar entre ellas, y así medrar vosotros en medio del caos que habéis creado al ejercer vuestra completa inutilidad. Asco de tensión en nuestras Instituciones. Asco de tensión en el periodismo, en la justicia, en la economía, en la enseñanza, en la sanidad… ¡Y qué asco de tensión la de vuestras almas cegadas, por tanta mierda ideológica que habéis mamado…!

¡Pero qué asco…!

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras

CÓMPRALE A TU VECINO…

Al igual que tú, lector, ya no recuerdo casi…

In memoriam. Almoradí.

Paco Martínez “El Caballero”

¡Que fuésemos a Elche me decía…! ¡Ni más ni menos que a treinta y tantos kilómetros del pueblo, a comprarme un traje de novio…! ¡Chica calla! Mi madre estaba casi histérica con lo de mi boda. Y yo, no sé cuántos kilómetros llevaba ya hechos repartiendo las invitaciones, como para que ahora tuviese que ir como un pollo sin cabeza por ahí probándome trajes de novio. Deja deja.

Es extraño, pero nunca me gustó comprar y menos comprarme ropa. Los que me quieren bien saben, que es raro, pero llevo como veinte años sin comprarme yo siquiera unos calzoncillos. Ellos me regalan casi toda la ropa que necesito. No conozco a nadie a quién le suceda como a mí semejante cosa. Y quizá, sea porque en el fondo nunca me he gustado del todo… ¿Quién sabe en realidad porqué, somos lo que somos?

En aquella época el único sitio donde yo me quitaba los pantalones fuera de casa -con decencia- era en los probadores de la tienda de ropa de La Casa del Caballero. Curiosamente, cerca de casa.

Como siempre fui de pata gorda y cintura estrecha, claro, siempre había que “meterle o sacarle” a mis pantalones… No habían entonces ni tantas tallas como hay ahora, ni los tejidos tenían tampoco nada que ver con los de ahora. Siempre, siempre, necesitabas un arreglico.

“Wrangler resiste, si tú resistes…” Ése era el eslogan de aquella entonces nueva y ahora legendaria marca de ropa vaquera. Fue un alivio el comprobar que primero mis muslos, y luego todo mi culo y cintura, se deslizaron, acoplándose a la perfección a las hechuras de esos vaqueros. Ese mismo culo mío nunca más se vería deslucido, embutido en aquellos otros horribles pantalones de tergal de la época. Por fin se me marcaban bien el culo y las piernas. Ganaba bastante con aquellos vaqueros puestos. Y encima, me duraron ocho o diez años.

En cuanto entré con mi madre arrastrando en la tienda, Paco El Caballero detectó mi incomodidad; mi desasosiego. Y como me conocía bien y desde siempre, en seguida hizo gala de su apodo, y dejó todo lo que estaba haciendo para atenderme personalmente… Con la tranquilidad de su temple profesional y un evidente cariño, me preguntó algo extrañado:

– ¿Qué pasa Antonio…?
– ¡Me caso, Paco.!

Creo, que se lo dije como suplicándole con la mirada, y en seguida, me leyó. Y tras una larga mirada ahora suya en silencio y de alto en bajo a mis hechuras, se metió en la trastienda sacándome, al momento, tres trajes impolutos envueltos en fundas de plástico transparentes… Se paró delante mía, me miró con una ligerísima sonrisa entre socarrona y cómplice, y me dijo:

– Como ves, hay uno marrón, uno azul y uno negro.

– ¡Paco, coooño…! ¡No tengo bastante con el follón que me da mi madre, que encima vengo yo aquí a que tú me lo compliques más…!

Le rogué que por favor, me hiciese el inmenso favor, de emparejarme de novio enteramente a su gusto y dejarme a mí de líos. Que a mí, de verdad que no hacía falta que me preguntara nada y a mi madre menos… Que me ponía completamente en sus manos; completamente.

Y oye, no hizo falta más. Se giró, y tras unos segundos de valoración descartó dos de los tres trajes; luego, deshizo su giro y casi me ordenó:

– Pruébate éste.

¡Y coño! entré a la primera en aquel traje negro como si en un guante… Solo me sobraron unos centímetros de camal, pero yo, ya me veía hecho un pincel. Luego todo pasó muy de prisa; que si la camisa y la corbata; que si el chaleco y el pañuelo; los calcetines, cómo no los calzoncillos, y hasta un fajín. Y claro, no me podía ir sin zapatos; por lo que también los compré allí mismo aquella tarde. Como un pimpollo salí; ya te digo… Y todo, justo al ladito de casa.

Un artista.

En su memoria.

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

mi primer coche

Desde finales del verano de aquel año estuve currando hasta de albañil; y convenciendo pacientemente a mis padres de que con mi dinero, iba a hacer lo que me diera la gana.

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Compré aquella tartana con urgencia porque acababa de conseguir un buen trabajo en Alicante, a cuarenta y cinco kilómetros de casa; necesitaba sí o sí un coche para trabajar… Al final tomé la decisión, digamos que precipitada, de elegir un ajado Simca 1200 modelo TI, del año 1974, creo. Una máquina de cincuenta y cinco caballos algo ausentes eso sí, pero que en aquella época colmaban de sobra mis novatas aspiraciones automovilísticas. Lo encontré en un rastro y me costó el equivalente a mil euros de hoy. No había ahorrado absolutamente nada de mi magro sueldo, y tuve que comprar aquella joya a plazos; poco a poco, semana a semana, pagué por adelantado y en billetes el equivalente a los quinientos y pico primeros euros.

Era la víspera de la nochevieja de aquel año y quería conducir ese coche ya… Sí o sí. Por ello, con lágrimas fingidas de bisoño veninteañero y al tiempo que depositaba en su mano un muy esforzado fajo de billetes, supliqué al Rebagliato ¡que por Dios! me dejase disfrutar de mi anhelado vehículo pese a los poco más de trescientos euros que todavía le debía.

Argumenté insistente y lastimosamente: que si era la víspera de nochevieja; que si ligaba menos que el chofer del Papa; que si yo era formal ¡y qué coño! éramos del mismo pueblo; que si necesitaba echarme una novia con muchísima urgencia… Le rogué abiertamente que se apiadara, y se fiase de mí en definitiva, porque me moría por agarrar aquel volante.

Clavando sus amenazantes ojos azules en los míos, tras advertirme de la deuda que con él quedaría por saldar, El Rebagliato cedió a mis súplicas entregandome las llaves con renuencia; refunfuñaba, y mascullaba no sé qué de que iría a mi casa a final de mes, si no le pagaba según lo acordado.

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Dioooss qué gusto el clavarle el pie al acelerador de aquél mi primer coche. La mejor nochevieja hasta el momento: por fin tenía vehículo. Y no paró un momento de llevarme de fiesta en fiesta, de un lugar a otro. Pim pam, pim pam. Nos repartía sin descanso por doquier hubiera un sarao, o una juerga de cualquier tipo fuera nochevieja, año nuevo o día de reyes… Se portó como un campeón.

Pero llegó el día ocho de enero, y empezó el primer día laborable de mi primer contrato laboral con mi primer coche… Ahora tocaba probar de veras la solvencia mecánica de mi joya, ya que tenía que hacerle ciento y pico kilómetros todos los días.

Pantalones de tergal, corbata, chaqueta y frío, mucho frío. Aún recuerdo aquellos primeros viajes de ida, somnoliento, por la carretera de la Úrsula y rumbo a la calle Reyes Católicos en pleno centro de Alicante; y un enorme plano callejero de papel desplegado sobre mis rodillas. Toda una aventura a mis veinte años… En aquella época se podía aparcar casi en la puerta del establecimiento al que te dirigías; eran otros tiempos.

Pero, en especial, vienen a mi memoria los viajes de vuelta. Ya por la tarde, ya sin sueño. Alentaba mi inexperto espíritu de piloto el hecho, de dominar los inquietantes temblores del volante de aquel coche al tomar con cierto arrojo las curvas traicioneras de la carretera. Ignoraba por completo el inminente peligro que aquellos tembleques aseguraban.

Llevaba poco más de quince días dándole caña a aquella joya mecánica con mis trajines laborales… El Rebagliato me dio las llaves del día 30 de Diciembre; por lo que no habrían pasado apenas ni cuatro semanas desde que tenía coche.

Arranqué el motor aquella fría mañana de Enero, y aunque áspero, el ruido de aquel desperezar mecánico no presagiaba el desastre que se me avecinaba… El Simca carraspeaba en frío y se arrastraba tremolante y lento por la vieja carretera de Dolores. Así, hice unos tres kilómetros hasta que llegué a la altura de la sempiterna gasolinera, a partir de la cual, una ligera cuesta de la carretera advertía del cruce con la hoy desaparecida vía del tren.

Fue al cruzar aquel paso a nivel. Algo extraño al frenar, un quejido metálico, como un golpe quebrado hacia abajo. Una breve caída y un arrastre… Los vaivenes y la inercia del coche al cruzar las destartaladas vías terminaron bruscamente, en seco; como cayendo.

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Noté que mi culo quedó sentado casi a ras del suelo. Estupefacto y algo asustado salí del coche; la puerta arrastró en el suelo al abrirla, y al incorporarme por completo -casi tuve que salir a gatas- vi las ruedas delanteras. Ruedas como abiertas de piernas, desvencijadas. ¿Y el motor…? También en el suelo con los soportes retorcidos y vencidos. El chasis mostraba unas soldaduras infames, que desgarradas ahora, habían ocultado la estafa, la ruina y el riesgo que el conducir aquel vehículo suponía… Mientras, los humores intestinos de aquel motor caído, se derramaban lentamente, como una hemorragia negra sobre las traviesas mojadas de la vía.

Tierra, trágame.

Era hora punta, y se formó una cola tremenda de coches exasperados por la extrañeza y las prisas; bocinazos tensos, nerviosos; gritos, muchos ternos… Qué vergüenza.

Yo, pantalones de tergal, corbata, chaqueta y frío, mucho frío… Con fingido gesto impasible, entré casi a rastras de nuevo en el coche a recoger solo mi agenda. No paraban los bocinazos… No recogí por dignidad ni la documentación, ni el aparato de radio, ni los casetes, ni ningún otro chisme de los que llevaba en el coche. Ni siquiera quité las llaves ¿para qué…?

Resultaba un espectáculo patético; más bocinazos. Cerré el coche con un impotente portazo de rabia, y totalmente abochornado comencé a caminar estoicamente en dirección de vuelta al pueblo, con la poca dignidad que todavía me podía permitir.

Andando enrabietado caminito de mi casa y al pasar frente al taller de los Albaladejo, vi, y compré en ese mismo momento, un Seat 131 Supermirafiori 1430 de gasolina azul, bonito; también de segunda mano. Me lo quedé con urgencia, sin regatear, con la sola condición indispensable, de que recogieran sin falta aquel despojo de chatarra que embotellaba la carretera, y de que se deshicieran de él lo antes posible… Nunca más quise saber nada de aquel coche.

Por supuesto, no pagué el dinero que me faltaba pese a que El Rebagliato, aún a sabiendas de mi percance con la joya, tuvo la desfachatez de venir a mi casa en un par de ocasiones a exigirme que terminase de pagarle.

Casi, terminamos mal.

Me duró, creo que veintinueve días el coche.

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

El ovni…

A mi amigo Carmelo Martínez…

Apurábamos Carmelo y yo aquella larga noche de farra y playa todavía charrando y bromeando, bebiéndonos a chupitos lo que restaba de la botella de whisky, y haciendo como que pescábamos frente a mi casa… Lucíamos ambos ya, sendos bonitos pedales dadas las horas que eran y todo el whisky que había sido… Nos divertíamos, enredando de aquí para allá con lo de la pesca y nuestra propia joda…

Las cañas de pescar esperaban, sin suerte, clavadas en la franja de arena mojada… Nosotros también esperábamos, pero sentados playa arriba en unas banquetas, junto a una mesa plegable y a una linterna apagada…

Aquella noche, teníamos ante nosotros el inmenso fanal de la luna llena y la estela de su reflejo en el mar, justo frente a nosotros; evolviéndonos e irradiándolo todo con un difuminio de esplendor plateado… Enorme; más cercana de la cuenta parecía aquella luna; como si se pudiese lanzar contra ella una piedra y alcanzarla.

Y recuerdo que yo en aquel preciso momento, jugueteaba enterrando mis pies, abrigándolos con la tibieza del calor residual que la arena seca aún guardaba, tras todo el día siendo abrasada por el sol… Y entonces, pasó.

– ¡Ostias mira…!

Levanté la cabeza, justo, para asistir solo al desaparecer de una silueta de algo volando en completo silencio sobre nuestras cabezas; en dirección norte y a poco más de cien metros de altura… Carmelo lo vio un instante antes. Yo, tuve apenas un segundo para poder observar aquel objeto, del que solo podría asegurar que era metálico o de algún otro material bruñido, oscuro, y de forma lanceolada… Y puedo asegurarlo, porque pude distinguir aquellos reflejos lunares en su casco, que perfilaron sin duda alguna aquel objeto a mis ojos.

Lo vimos a la vez; sí, lo vimos; vaya si lo vimos… Extrañados y boquiabiertos, transcurrieron dos o tres segundos hasta que reaccionamos cruzando el pasmo de nuestras miradas… ¿Qué coño había sido eso?

¿Un ovni…? ¿Un avión nocturno? ¿Un pájaro? No nos lo podíamos creer, pero poco a poco y a fuerza de bromear y hablar de lo visto, fuimos olvidando el hecho mientras acabábamos con la botella de whisky y seguíamos con nuestra joda.

Al día siguiente, entre las brumas del sopor mañanero y de la resaca del whisky, recién levantados y con un café con leche en la mano, nos vino a la memoria el extraño suceso de la noche anterior.

– ¡Ostias…! ¿Te acuerdas…?

Volvimos a cruzar lo todavía perplejo de nuestras miradas, y le propuse que dibujásemos en un papel cada uno lo que vio, no fuese a ser que el whisky o nuestros sentidos nos hubiesen jugado una extraña pasada.

Y entonces, volvió a suceder.

Algo inexplicable.

…🤔

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras…..

La trinchera infinita…

Más de lo mismo… Después de verla, no puedo evitar dos formas de afrontar una crítica seria a esta película: la primera como un impecable ejercicio cinematográfico en lo visual; y la segunda, como un ideológico y paupérrimo pastiche cinematográfico en lo intelectual.

Bajo la primera de las perspectivas la película es más que buena. Pero casi solo, por el detalle del acierto en la elección de mi tocayo el actor principal, que es un verdadero genio. Un artista comecámaras que absorbe cualquier historia haciéndotela real, creíble (os recomiendo que veáis Balada triste de trompeta) Este monstruo interpretativo, es capaz de dar vida a casi cualquier cosa, y dotarla de una tensión interior y de una verdad que pocos actores consiguen. Por otro lado está ella, Belén, que es el contrapunto de toda la historia. Magnífica ella. Con estos actores y poco más de quinientos pavos, también podría hacer yo una buena película.

Pero por otro lado, si analizamos la película como ejercicio cinematográfico en lo intelectual, ésta se deshilacha, como los intelectos de quienes hayan financiado semejante panfleto ideológico de casi dos horas y media. Menos mal, que lo que yo he visto es una copia pirata y no he pagado un céntimo por ella.

Las simples definiciones de palabras al inicio de las escenas, como en el cine mudo; cual si fuésemos ágrafos o lelos… Esos tres polvos mal echados y como a destiempo en el relato de la historia; o el cartero maricón que se hace amigo suyo, su único amigo en toda la película. ¡Y qué mala siempre la Guardia Civil…!

Mediocre en el plagio de recursos técnicos manidos; torticera en sus diálogos; vulgar en el lenguaje por el uso de unos acentos cerrados en los personajes, que son un verdadero desperdicio de lo que esa historia habría podido ser. Partidaria, sectaria. En ningún momento habla ni de errores ni de perdón. Ni de evolución. Ni de España.

Al final, él, un felón, se va a esperar a la puerta de la casa de su vecino, otro felón; no lo sabemos, pero todo parece que para vengarse… Una buena historia, pero una mieeerda de relato revanchista de malos y buenos. Un asco más del cine rojo español éste de ahora.

…y el fantasma del guardia civil, violador, y asesinado por el protagonista, diciéndole lo héroe que en el fondo ha sido por no suicidarse.

…eeen fin, una filfa, un mejunje, metralla ideológica para que os atontéis más todavía… Meteros los Goya por donde os quepan. Una película muy a tener en cuenta si nos queremos parecer a algo así. Si queremos seguir así, en este agujero: el relato revanchista de la izquierda.

Que no os engañen.

💞💞

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras

LA RADIO Y LA ETA

Hace no sé cuánto fue el día de la radio… En un programa de gran audiencia pedían la participación de gente contando sus historias de radio…

Yo he crecido y vivo, oyendo la radio… Además de que por siempre me ha recordado a mi padre, porque siempre he pensado que cambiar con frecuencia el dial de la radio era y es, el mejor medio, el más inmediato y fiable de proveerme de información veraz, actual y fresca… Pero os confieso que sobre todo me gusta la radio porque si os fijáis, es una especie de sucedáneo para magantos a los que nos gustaba la lectura…

Escuchar con atención y en vivo a gente inteligente hablar de cosas interesantes, es algo parecido a leerles… Además, la gente puede mentir en una rueda de prensa o en una comparecencia ante los medios, pero no, en una entrevista radiofónica ante un periodista que como tal se precie… La radio es en verdad, y sucede en ese preciso momento; es en directo; y precisamente por eso la gente se cuida más de quedar en directo, como cagancho en Almagro…

Yo, he vivido siempre en mi pueblo o cerca de él, gracias a Dios. Pero no siempre vivíamos tan lejos de donde explotaban aquellas bombas infames… Y recuerdo que despertaba de pequeño, muchas veces, percibiendo el luto en el ánimo de mis padres y sin entender nada… ¿Otro día más? ¿Hoy también? Otro día igual… Ellos procuraban no encender la televisión para que no lo viésemos. Pero la radio siempre encendida era, y decía, la verdad. No sé cuántos muertos más en otro atentado de la puta eta ésa… Todavía me acuerdo de el de Alicante, en un hotel justo frente a la playa de El Postiguet, en la boca misma del puerto deportivo, en pleno centro de la ciudad… Hijosdeperra.

Pero a diferencia de hoy, como en aquella época todos éramos españoles menos aquellos asesinos, los atentados nos dolían como si hubieran reventado la bomba en tu mismo pueblo, justo en tu calle… Así nos dolía; y dolía siempre…

Compatriotas asesinados con vileza por meros terroristas, en unos tiempos aquellos de profundo y auténtico deseo colectivo de paz en el alma de la inmensa mayoría de los españoles… Y ellos, hijosdeputa, matándonos como a perros, no por ser franquistas sino solo por ser españoles… Lo recuerdo bien.

Y hoy, de aquella infamia parece que ya no se acuerda nadie. Por eso, iros a la mierda hoy…

Os quiero lectores, lo sabéis 💞

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras

Peces de pecera.

Historias de Paco Sanz

Tengo dos peces en una pecera, me han dicho que si quiero que vivan mucho en ella les tengo que dar de comer muy poco y que de vez en cuando hay que cambiarles el agua. Lo estoy haciendo, y de momento no se han muerto. Pues bien, como demasiado y no cambio de costumbres. ¿Qué tengo contra mí? “El camello es el animal que vive más tiempo sin beber, beba usted y no sea camello”, decía en una taberna de las de cuando yo era niño. No soy un pez en una pecera, digo yo.

¿Es buena una vida puramente defensiva en que no se está sino avizorando todos los recovecos por donde puede venir la muerte, calafateando todas las rendijas por donde puede escapársenos y escurrírsenos? ¿Va a ser la organización del planeta como un inmenso hospital y una inmensa clínica? ¿Por qué ha de triunfar la moral de una vida larga sobre la moral de una vida corta? Somos demasiados, hay que luchar contra el cambio climático.

Decía Wilde que su buen gusto era la única excusa que siempre había dado por llevar tan mala vida. Puede que no se trate de una vida corta o larga sino de una buena o mala vida. Pero lo primero se puede medir, lo segundo se puede discutir. Y una cosa es una cuenta y otra un cuento.

Para poder vivir una vida larga en años creemos que mejor estar sano. Aunque la salud sea un estado que no promete nada bueno. Pero estar sano no es fácil. Para ello hay que diferenciar entre sanos a secas: Sano a salvo de las enfermedades y del sistema sanitario. Sanos preocupados: Por haberse creído la propaganda sanitaria. Sanos estigmatizados: Por haberle caído encima a uno el estigma de algún factor de riesgo fuera de la normalidad. Sanos medicados: que están tomando medicación innecesariamente…

También entre los enfermos hay al menos dos clases: los reales y los imaginarios. Los reales: de enfermedades que matan o no, de enfermedades que hacen llevar mala vida o no. Los imaginarios: de enfermedades anatómicas, derivadas de medicamentos, derivadas de pruebas de laboratorio, de mala praxis médica continuada y psiquiátricas… lo menos.

Me sigo dando de comer más de lo que debiera porque sin querérmelo confesar estoy hasta los hipotálamos de esta pecera. Sólo me queda decir como la mística: “Ven muerte tan escondida/ que no te sienta conmigo,/ porque el gozo de contigo/ no me vuelva a dar la vida”. En fin, por la boca muere el pez.

El pez fue el primer vertebrado, antes de que hubiera tetrápodo alguno había peces. Están como yo en este momento, no al otro lado del espejo como Alicia, sino al otro lado del cristal, me recuerdan que lo esencial es volverse completamente inútil, diluirse en la corriente común, volver a ser pez y no jugar a los monstruos; el único provecho, me repito a mi mismo, que puedo sacar del acto de escribir es ver desaparecer las cristaleras que me separan del mundo.

En un cuento de Borges a la gente del otro lado de los cristales una vez les dio por invadir la tierra. Su fuerza era grande, pero después de sangrientas batallas, las artes mágicas del Emperador Amarillo prevalecieron. Rechazó a los invasores, los aprisionó en los espejos y les impuso la tarea de repetir, como en una especie de sueño, todas las acciones de los hombres. Los primeros que despertarán serán los peces. Romperán las barreras de vidrio y esta vez no serán vencidos. Junto a las criaturas de los espejos combatirán las criaturas del agua.

Historias de Paco Sanz

El papel va a menos. Paco Sanz

El papel va a menos. Además deprisa. Al cabo de unos meses después de instalarle la impresora a mi cuñada para que pudiera sacarse los billetes de tren desde casa, ya era posible hacerlo con el móvil. La primera vez que se fue de viaje usándolo todavía llevaba el billete impreso por si las moscas.


   La chica de la ventanilla del banco me dice que si hace la transferencia ella tengo que pagar una comisión, desde el cajero no hace falta. ¿Miles de cajeros operativos? Miles de personas al paro. Usando la inteligencia de los teléfonos estamos haciendo innecesarios incluso a los cajeros. Pago con el reloj, la persona con la que comparto la cuenta también. Pasado mañana seremos por fin de esos que con la cara pagan. No sólo el papel de los libros va a menos, va a menos incluso el papel moneda.

  Todavía llamamos el escribir a mano el hacerlo sobre el papel, las máquinas de escribir también están desapareciendo, se imprime lo de la pantalla. En mi tableta escribo con un lápiz, quiero decir un smart pencil de no sé qué generación, cuando imprimo eso me pondría ha llorar, pienso entonces que quisiera “Morir cuando la luz triste retira/ sus aúreas redes de la onda verde,/ y ser como ese sol que lento expira/ algo muy luminoso que se pierde”. Como al sacar lo que acabo de escribir de un libro de poesías y de mis recuerdos y ponerlo en esta pantalla, por la que vuelvo a pasear mecánicamente la mirada para ver si lo he hecho bien.

  Qué papelón lo de que el papel vaya a menos. Espero que a nuestro nuestro papel en nuestra propia historia no le pase lo mismo. Mi hermana acaba de montarse uno de esos retretes que hacen innecesario incluso el papel… higiénico. Bueno también todas las páginas que he escrito a mano han sido como ese papel, y como yo mismo, cosas de un sólo uso. ¡Ay! “Estos días azules y este sol de la infancia”. (Eso ponía en un papel arrugado que encontraron en el viejo gabán de Antonio Machado cuando recogían sus cosas para enterrarle).

  Sigo dejando papeles por en medio en mi estudio. Es un anacronismo; creo que los papeles y el polvo inherente al paso del tiempo en el que no pasa nada van juntos. Me ha pasado más de una vez que al entrar en el estudio de alguien que soy y encontrar sus libros y papeles revueltos por todos los lados, digo sin vacilar: “¡Qué desorden! Debo poner orden en este lío”. Sin embargo, en otras ocasiones, entro en una habitación que se parece a la otra; pero después de echar una mirada por toda ella, decido que debo dejarla exactamente como está, reconociendo que en este caso incluso el polvo está en su sitio.

  Al principio el papel fue llamado bagdatikos, que significa “de Bagdad”, porque fue a través de esta ciudad como llegó a Occidente. El arte de fabricación de papel alcanzó España en el siglo XII y después, a intervalos de cien años, Italia, Alemania e Inglaterra. No obstante, siglos después de que el papel fuera ampliamente accesible en Europa la vitela y el pergamino siguieron prefiriéndose para los documentos que tenían que perdurar.

  Kafka, que quiso al morir que se quemaran todos sus papeles dijo una vez que “Las cadenas de la humanidad torturada están hechas de papel de oficina”. Mis hijos me han visto inclinado siempre sobre mis papeles. Les gustó aquello que le dijo un noble a un escritor: ¡Qué, señor poeta!, garapateó, garapateó y garapateó! ¿No?

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Lector, léeme y dime.

Cuando escribo, lector, en forma ninguna puedo, imaginar cómo crecerán las semillas que anhelo plantar con mis escritos, en los fértiles bancales de las imaginaciones que me leen… Sé lo que quiero escribir; pero lo que no puedo saber con precisión, es qué es lo que entederás en tu íntimo al leerme; ni cuál, es el efecto que te causará mi forma de contar; ni cómo, es la imagen mental que se te creará, al leerme…

No puedo saber si te emociona el motivo que me empujó a escribir; ni si sientes acaso el asco, la excitación o el miedo míos; ni si tal vez nos enternece lo mismo… No sé nada de lo que pasa en ti tras leerme… No sé si te quedas igual, si te indignas, si lloras, o qué o cuál coño te recuerda lo que me lees…

Y como yo escribo gratis, me debo por entero a la dignidad de lo que escribo; y como tu opinión para saber eso es imprescindible; me encantaría que de alguna forma y de vez en cuando, me hicieses saber cuánto, o cuán poco, te gusta lo que me lees…

Y qué sepas que te quiero… Gracias lector.

💞

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras

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El hambre…

Un puñado de aproximadamente ciento cincuenta gramos de harina diarios, para cada dos; y tres kilos de sal y uno de manteca de cerdo, fue lo único que nos dieron ese primer día… Eso, era todo lo que tendríamos para comer en los siguientes veinticinco o treinta días; no sabíamos…

Nos habían vaciado las fuerzas haciéndonos caminar unos setenta kilómetros casi sin comer… Y una vez que exhaustos llegamos al punto, nos vaciaron también las mochilas de cualquier cosa que se pudiera por supuesto comer, beber, masticar o fumar. Nos lo quitaron todo: encendedores, cosas de aseo, tijeras, bolsas de plástico, navajas, brújula, y hasta la munición… Nos dejaron sólo el peso muerto de las armas inservibles, las botas, la ropa de abrigo, y el machete como única herramienta, defensa, o arma. Yo solo pude colar un librito de papel de fumar y algo de hachís, escondidos en mis calzones; entre los huevos y el culo…

Constantemente escabulléndonos, escondidos, superviviendo en refugios camuflados en el bosque construidos con nuestras propias manos… Frío. Teníamos terminantemente prohibido contactar con civiles en forma alguna, fabricarnos otras armas, y matar para comer cualquier animal más grande que un conejo…

El primer día, para hacer pan con aquellos ciento cincuenta gramos de harina, tuvimos que utilizar orina para fermentar la masa… Podríamos haber hecho pan ácimo, pero los cabrones no nos lo dijeron… Y claro, como militares hicimos lo que se nos ordenó, y tal y como se nos había ordenado: meando en la masa del pan… Bueno, solo utilizamos un poco al amasarlo por vez primera. Los días siguientes, utilizábamos un pequeño pellizco de aquel mejunje, que guardábamos, como masa madre para fermentar nuestro siguiente pan de cada día… Y funcionó, porque que a la tercera o cuarta jornada, ya nos zampábamos entre los dos un bollo de pan decente…

El resto de lo que comíamos consistía sobre todo en helechos; con suerte unas borrajas o unos dientes de león, y alguna que otra seta que te encontrabas en las salidas de recolecta que hacíamos por turnos… Aquellos helechos que nos advirtieron tóxicos consumidos en exceso, pero que constituían nuestro único placebo para el hambre, tenían al menos, fibra vegetal digerible, y una vez hervidos en agua y sal, no había otra cosa en cantidad suficiente con la que saciar y engañar nuestros estómagos huecos y al punto de la atrofia…

Diecisiete días, y sin comer nada decente…

Poníamos trampas, lazos, cebos de pesca… Esperábamos siempre un conejo o algo con carne, pero solo capturábamos alguna rata, pájaro, pececillo, rana o bicho así… Más hambre.

Yo estaba potabilizando agua de deshielo del riachuelo cercano, hirviéndola en una lata grande y añadiéndole un pellizco de tierra para aportarle sales minerales; la dejábamos enfriar; se posaban los restos de tierra, y ya estaba lista para que no te entrara una cagalera…

Recuerdo, el ver venir a mi binomio desde lejos, al contraluz del último sol de la tarde, y con algo parecido a una bufanda fina colgándole del cuello… Al ir acercándose caminando, y permitirme el velo del contraluz definir la visión nítida de su figura, me di cuenta de que era una culebra de gorda como un brazo de niño y de más de metro y medio de larga, lo que colgaba de su cuello… Estaba decapitada; aún goteaba sangre, y bamboleaba lánguida acompañando el ritmo del paso cansino -agotado por la inanición- de mi binomio… Recuerdo bien, que no sentí nada parecido al asco, repulsión o reticencia alguna ante la idea de llevarme aquel ofidio muerto a la boca; es más, comérmelo fue lo primero en que pensé… Lo que no sabía y sí me preocupaba, era cómo comérmelo… Cosas del hambre.

Mi binomio, en cuanto llegó y descansó lo justo para coger el resuello, extendió sobre un poncho en el suelo aquella bicha todo lo larga que era, y con pericia y su cuchillo, la rajó entera solo un poquito con la intención de arrancarle del tirón, la totalidad de aquella piel que se desprendió como una funda con cremallera… Miramos con gula hambrienta aquel trozo de carne cruda, con el aspecto de un largo cuello de pavo sin piel… Mi binomio, sin parpadear y casi babeando, terminó de rajar de alto en bajo un poco más el reptil, para extraer esta vez una especie de columna vertebral como cartilaginosa, y alguna que otra tripa y víscera rara… Así, nos quedó un cilindro de más de un metro de carne pareciera que de ave, sin hueso alguno, rosada, fresca, limpia…

¡Qué hambre…!

En el silencio de aquella noche, al freír los trozos de carne sólo con sal en la manteca de cerdo, poco a poco, se fueron acercando cual zombis famélicos algunos de nuestros compañeros; en silencio… El sonido del crepitar y el olor del ofidio friéndose, los habían atraído cual hambrientos ratoncitos de Hammelín al calor de nuestro fuego… Al final, tocamos a casi nada de tanto repartir… ¿Pero cómo íbamos a dejar sin cenar a los camaradas que iban viniendo?

Diecisiete días, y sin comer nada decente…

Os aseguro que sufrir hambre cruda; padecer hambre de verdad; ésa que no puedes saciar en forma alguna, te cambia, vaya si te cambia… Tu vacío, y la mala ostia, te quitan el sueño profundo; te vuelves más susceptible y sutil; más salvaje y más protector de lo tuyo y de los tuyos; se te afilan los sentidos y los instintos, al mismo ritmo que se te debilita el cuerpo… El hambre te va matando, sí, pero precisamente por eso se te afilan esos sentidos e instintos, para proporcionarte las armas con las que combatirla…

Terminamos el banquete aquella noche, charlando, y distrutando hasta las tantas de unos porritos de manzanilla seca y silvestre, mezclada con lo que escamoteamos en aquel registro inicial…

El hambre, no es mala…

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

…..

El algoritmo

Hoy, con un algoritmo -y vete tú a saber qué coño es un algoritmo- parece ser que hay gente que cree que se puede saber casi cualquier cosa…. De verdad, que hay gente, que o pierde el culo o se hace rica con el algoritmo… ¡Qué cosas…!

Desde predecir o pretenderlo, cuánto tiempo aproximadamente va a durar tu matrimonio dados tus datos y los de tu mujer; hasta saber si tienes posibilidades, o no, de follar en los próximos dos días en vista de esos mismos datos… Y todo ello así, y de paso, para recomendarte un restaurante donde cenar y pelar la pava, o un buen hotelito donde por si acaso echar el polvo…

Alguien, que sabe dónde estuviste anoche y a qué hora llegaste a casa, cree saber dado el jodido algoritmo, si hoy te va a apetecer comida china a mediodía, o tal vez, quizás, una pizza a deshoras… Alguien, pega la oreja espiándote en ésa tu propia casa, y te va indicando hasta que terminas creyendo, que realmente has elegido solo tú la película en Netflix…

Los atresmedia de turno, parece como si te enchufaran, metiendo cada uno su dedo índice en tu culo multimedia, para decidir tus noticias, condicionar tus conocimientos, y tergiversar tus decisiones… Como violadores, te estarán esperando en todos los centros comerciales con la intención de que, en cuanto entres, te detecte el güifi y uses cualquiera de esas aplicaciones tan alucinantes que te dan el oro y el moro, te dejes violar una y otra vez con las requetechulas ofertas personalizadas que ahí te ofrecen…

Y todo ello gratis, claro. Solo se paga en especie, entregándoles tu intimidad.

¡Vaya, con el algoritmo!

…🤓

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

SE PEGÓ UN TIRO…

Una edad los treinta y seis años, en aquella época, que hoy equivaldrían a tener más de cincuenta… A principios del siglo XX la esperanza de vida en España era de poco más de treinta y cinco. Él nació justo con el siglo, hace ciento veinte años… Y a la edad aquella, ya talludo, tuvo que elegir entre dejarse matar por ideas ajenas, o disparar defendiendo a su familia…

Y eligió, vaya si eligió.

Yo me enteré de aquello ya tarde, acordándonos un día hablando con mi madre de él… Se había muerto hacía algo más de quince de años, y ya entonces me pareció una historia valiosa… Pero hasta hoy, no me había decidido a contar sobre ella… Tengo un borroso e infantil recuerdo de él; y por ello -por lo infantil especialmente- una casi completa ignorancia de quién fue realmente… Llegué tarde.

Tenía treinta y seis años, dos hijos y uno en camino, un carro, una mula, y un precario trapicheo de venta de harinas… Estraperlo en tiempos de guerra… Y si debido a ésta, hasta los panaderos estaban famélicos por el hambre puta, y eran envidiosos, ladrones, chivatos y peligrosos; imaginaos al resto de la gente acuciados por la misma guerra, pero sin ni siquiera pan para comer… Harina. Hambre. Guerra. Odio.

Cuando lo sacaron, lo metieron en la checa de Catral, y como era costumbre le leyeron la cartilla… O se alistaba y era listo, o a Albatera al campamento. Y como era de los listos se alistó, vaya si se alistó; como no podía ser de otra manera. Tres meses en un Centro de Instrucción de Reclutas en Alicante; sin poder acarrear para alimentar su familia, y ni siquiera por carta poder tampoco saber de ellos…

Pudo volver tres días de permiso a su casa antes de que lo enviaran, seguro, a alguno de los frentes de guerra… Su mujer, a punto de parir…

Al día siguiente de su regreso, y vestido a propósito con su traje impoluto de Sargento Primero de Abastos del Ejército Republicano, se pegó un tiro en el pie… A primera hora de la mañana, lo levantó, y plantándolo con la bota puesta sobre la mesa de su despacho, disparó… Apuntó, sin acercar mucho la Orbea N7 reglamentaria que le habían entregado. Intentaba alejar la pistola al máximo, con la intención de que la bala hiciera sólo el destrozo, justo, de penetrar girando y atravesando el cuero de la bota, la carne y los huesos del pie, pero sin reventar por impacto cercano contra nada… Si te pegas un tiro en el pie, de pie; éste te revienta en mil pedazos, pero por la onda expansiva que se genera por el impacto inmediato de la bala estrellándose contra el suelo.

¿Os imagináis el miedo; os imagináis el valor…? ¿Habéis disparado alguna vez un arma…? Ya quisiera yo, parecerme a él…

Mierda de ideologías, y mierda de memoria histórica… Andad a tomar por culo, y dejad de escarbar para juzgar si el pasado sí, o si el pasado no… Lo que se hizo, hizo está, y ya lo purgaron con reconciliación y perdón nuestros padres, abuelos y bisabuelos …

Imbéciles.

Iros a la mierda los rencorosos…

¡¡VIVA ESPAÑA…!!

🤔

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

Silvino, y el pescado roquero

Estoy escribiendo desde la sala de espera de la consulta de mi dentista. Como bien sabréis, no me gustan nada los dentistas, y voy a viajar y a evadirme recordando y escribiendo acerca de la cena de la otra noche…

……….

Entré en ese restaurante casi, como entro en mi propia casa… Era su cumpleaños, y con el comedor casi vacío y a nuestra merced elegimos, sentarnos en una mesa como arrinconada y coqueta en una de las esquinas… Yo, buscaba un entrecot de vaca que como siempre, magnífico, más que cumplió con la recomendación de mi amigo el dueño… Manuela, fiel a sus costumbres eligió pescado; un sublime pargo al horno… Una vez hecha la comanda, encarantoñados ella y yo, esperamos las entradas, que fueron aterrizando poco a poco y a tiempo sobre el blanco de nuestro mantel…

La ensaladilla de bogavante no podía estar más ni mejor provista; sincera, jugosa; sabrosísima es poco superlativo para su acierto… Después, casi lloramos, al echarnos a la boca unas alcachofas confitadas y salteadas con esmero, acompañadas de un foie a la plancha fresco y sin par…

Pero fueron unas croquetas… Me supieron en verdad a aquel pescado roquero: a rata y araña, a gallina y ñora…

Unas sencillas croquetas de pescado, pequeñas, humildes y que nos resultaron del todo escasas dado su éxito, fueron las que más sorprendieron a mis papilas, y me llevaron a uno de esos viajes de ida o de vuelta, que uno espera hacer cuando va a un buen restaurante… Y yo, cada vez que voy a éste, viajo… En este caso, fue un viaje de vuelta.

Volví directo a mis recuerdos veraniegos frente al mar, cuando de críos, bien temprano, ayudábamos a los pescadores a varar sus enormes chalupas de madera, arrastrándolas playa arriba hasta dejarlas fuera del alcance de las olas… Y como pago en especie a nuestra ayuda, aquellos exhaustos pescadores nos regalaban parte, de la morralla humilde que nadie compraba: gatos, arañas, ratas y gallinas; rayas, pequeños cangrejos, caracolas y alguna que otra almeja huérfana… La otra parte, se la guardaban para ellos…

Pues con aquel rechazo para pobres, armaban entre mi abuela y mi madre un caldero, al borde justo del mar, difícil de describir… Aceite de oliva y ñora frita lo justo para el majado; ajo, tomate y pimentón; caldo, sal y tiempo; arroz, azafrán, y saber hacer…

Todo aquello en unas croquetas…

Pues si quieres viajar, ya sabes, no se puede fallar donde Silvino y Encarna…

Es una marca de la casa.

……….

También viajé hacia atrás en el tiempo, al acordarme de cuando nos llevaban de marcha… Ellos eran los mayores: Silvino y el Patolas; el Yoni y el Moreno; Luis el de Baqueta, Miguel Ángel Cárceles, el Teodoro, el Pichas… Y nosotros éramos los pipiolos, acabándonos la edad del pavo: el Silvinico, Iván Cárceles, Rincón, Paco el Gordo, Santi Soto, yo…

Con ellos, estábamos seguros porque eran buenos chicos y estaban bien amueblados… Éramos todos algo golfos, eso sí, pero también estábamos educados como ya no se educa hoy… Era, como ir con unos primos mayores que tú… Solo corríamos, los riesgos propios de la juventud desbocada…

Pero de todo ésto que os cuento, hace ya muuuchos años…

Me toca entrar ya… Os dejo.

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Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

💕

¿Qué, dialogando…?

“Es difícil conseguir que alguien entienda algo, cuando su salario depende de que no lo entienda…”

Vergüenza tendría que daros, hijosdeputa…

Toda esta mierda progresista; toda esta filfa ideológica, roja e independentista, ha sido creada, apoyada y amplificada, por una legión de ratas políticas y pseudoperiodísticas, al frente de boletines oficiales, televisiones, y medios de intoxicación de intención oscura; muy oscura…

Unos medios de comunicación y unos políticos, rateros, rastreros, corruptos, rendidos y genuflexos ante el sueldo que los compra… Televisiones sanguijuela y políticos vampiro, dopados ambos, con inyecciones constantes de sangre roja oscura, sucia de dineros negros… Dineros siempre robados, hurtados con guante blanco al bien común del resto de los españoles…

Una pléyade canalla de opinadores mercenarios, tanto nacionales como autonómicos, que han convertido los diferentes canales informativos, en sediciosos púlpitos multimedia desde los que sólo, se escupe veneno ideológico en el erial periodístico y moral, en el albañal, en el que pretenden convertir la realidad, la actualidad, la Historia y la cultura, de éste nuestro país, España…

¿Estamos locos o qué…? ¿Tontos acaso?

Qué vergüenza colectiva…

Y yo me pregunto: ¿esto pasaría también en cualquier otro país, que como tal se estime…?

Iros a la mierda.

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

🤔

curas, raros, y maricones…

Es muy difícil y sé que sin cobrar, no hago del todo bien escribiendo en bruto sobre temas tan escabrosos, políticamente no ya incorrectos sino cuasi prohibidos, y que entran en conflicto incluso, con algunas de mis propias convicciones. Espero que curas, maricones, raros y otros, tengan el cuajo necesario para terminar de leerme sin juzgarme, ya que yo sí intento tenerlo -el cuajo- en la precisión y en el cuidado al escribir. Tanto es el cuidado que cuando leáis “cura”, y para respetar este lenguaje inclusivo de mierda, digáis: “y monja…”

……….

El Dios, que mis padres con bondadoso ahínco pero con poco éxito pretendieron inculcarme, fue el cristiano; y éste amaba a todos sus hijos por igual y sin hacer distinción alguna. Ninguna.

Y recuerdo que por pura bondad, fue la beatífica fe de mi madre la que probó durante algún tiempo a ver si yo me animaba, llevándome tooodos los domingos de visita a ver a mi primo al seminario de Orihuela.

De nada sirvieron aquellas cándidas jornadas catecumenales, o los fervorosos ejercicios espirituales en el colegio Estella Maris; tampoco los obligatorios y cansinos rosarios de los miércoles; ni su tierna insistencia materna. Y es que yo -su gozo en un pozo- ni era ferviente ni maricón; era raro éso sí. Sensible e introvertido, cabezón, y confieso que algo viciosillo. Ya entonces había empezado a fumar, y a otras cosas.

Desde siempre, casi todos aquéllos de familias pudientes, y otros muchos de familias solo acomodadas, terminaban consintiendo el ser curas; y si eran muy pobres, monjes. Así, tomar los hábitos era una forma digamos que de búsqueda de escondite o de amparo, o de simple futuro. En aquellas sociedades pacatas, puritanas y atrasadas, muchos maricones que podían, se refugiaban bajo la sotana y el presunto celibato, pero para que no los clavaran -pobres de ellos- por el culo en una estaca por sodomitas. Es duro pero era prácticamente así. Y eran la sotana y los cachivaches eclesiásticos, símbolos escondites, tras los que sin duda a veces se camuflaban ciertas inclinaciones.

Para ser maricón, al igual que para ser cura, necesariamente tienes que poseer algo raro y especial. Y tienes que esconder cosas. Eso de los curas de consagrarse a Dios y renunciar a los placeres del mundo, o a todo lo contrario en el caso de los maricones, debe de ser duro, muy duro… Sólo se concebía el cura, bien para consagrarse al amor de una verdadera vocación y a una fe, bien para disimular unos malditos instintos bujarrones; o para enclaustrar otras enfermizas rarezas, también instintivas. Siempre había sido lo normal y la usanza; era un hecho incontrovertible: curas, raros, y maricones.

Hace años, no había muchas veces nadie mejor que un cura para escucharte, acogerte, y entender tus rarezas... Deseos, piedad, compasión y onanismo; vicios veniales y secretos íntimos; pero seguro también que mucho y verdadero amor. El cura, al igual que el maricón, siempre se ha hecho muchas pajas; pero no tiene porque haber nada malo en un sexo cohibido, íntimo, ocultado. Amor, simplemente amor; tanto en el cura como en el maricón.

A mí, he de confesar que en el fondo, ambas me parecen tiernas rarezas muy similares: unos dicen enamorarse de sus semejantes, y los otros dicen enamorarse de Dios. ¿Hay alguna diferencia…? ¿Dónde meten la polla, dónde ponen su empeño…?

Ser maricón te convertía antes, y ser cura te convierte ahora, en víctima por un amor secreto, denostado, incomprendido.

Por ello, no acierto a entender el porqué se llevan hoy tan mal, los maricones y los curas si siempre han ido de la mano y dormido juntos. Y tampoco entiendo el porqué la sociedad hoy, es tan indulgente con los maricones, y sin embargo, le tiene tanta tirria revanchista a los curas candorosos. Los vicios y virtudes de ambos colectivos siempre han sido muy parecidos: amores ocultos y secretos de confesión; mucha paja, y sensibilidad especial ante la belleza y la bondad; y una enorme capacidad para entregar amor.

Deberían ser los maricones ahora que no son perseguidos, quienes se apiadaran compasivos de la gente a la que se persigue por una fe justa, sea cual sea el tipo amor que la inspira. A lo mejor, los maricones siempre han estado más cerca de Dios.

Y si los maricones actuales escarbaran en el clero -que no en la Iglesia- encontrarían seguro hermosísimas historias teresianas de amor maricón, con las que ilustrar su dignidad y su lucha a lo largo de la Historia.

Siempre ha habido curas, maricones, y raros. Y ninguna de las tres condiciones tienen porqué ser malas per sé. Solo son meras formas de amor.

Pero hoy en día, parece ser que la Fe, el culo y el cerebro, no se llevan bien…

eeen fin…

Antonio Rodríguez Miravete… Juntaletras.

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buenos y malos…

Pues no que va y dice la perra: “aleccionar, obligar y comprobar que los niños en los colegios hablen catalán, no es algo tan grave, como tirar piedras a la policía…”

¿Pero se puede ser más peeerra…?

En fin…. Independentistas buenos y malos.

Que no os engañen.

Antonio Rodríguez Miravete

Pastor-Ferreras

Seguramente soy, ya lo sé, machista y patriarcal, además de facha, misógino, homófobo, retrógrado y carcamal. Un verdadero ogro… Peeero, la culpa la tuvo Franco, y yo digo lo que me da la gana…

Es mujer, la Pastor, de piernas imposibles.. ¡Cóoomo las cruza ante las cámaras y tu mirada…!

Y es imposible -entre comillas- que esas piernas puedan encontrar acomodo entre las hechuras de un tipo, al que la presión de la barriga, no le permite cruzar las suyas siquiera sentado en un confortable sillón; y ante los planos abiertos de las cámaras de su Sexta...

Un tipo que parece su padre, y que seguramente no se la ve al mear, a no ser que meta pa’dentro esa barriga o se incline de lado, rodeándola, para poder mirársela…

“Mucha maceta, para tan poca flor…”

En fin… Poderoso caballero Don Dinero.

Estoy escuchando a Ferreras y a Pastor; y estoy pensando que ellos y su relación, en sí mismo son una mentira más… Una gran mentira cornuda, televisiva y roja. Son La Sexta y todo Atresmedia, sin duda, un cúmulo de productos ideológicos, no periodísticos… No son un servicio público. No son un cuarto poder… Son algo, que está pensado para que consumamos por hartazgo… Ideología hasta en la sopa para que la sociedad se la embaule tramposamente…

Ideología…

Y esta pareja de gañanes morales, y su Sexta, son una vía trilera para comunicar mentiras, para sembrar sequía mental, sedición, y quiebra moral… Peeero, para comunicar, al fin y al cabo…

Ferreras y Pastor… Eva, Perón. Pablo Iglesias y la casi trillizos… La Viejita y Errejón. Franco y Doña Carmen… Rivera y Arrimadas. Begoña y Pedro… Y ahora Pedro y Pablo…

Es, como si para ser político tuvieras que mostrar tus calzoncillos recién quitados…

¿Ésto que coño es, Peronismo, hipocresía…?

¿Estamos tontos… o qué?

Este vídeo no lo verás por ahí… Pincha aquí 👁️

Antonio Rodríguez Miravete
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NO TE CREAS NADA

Lejos de mí está, te lo juro lector, el pretender expresar aquí verdades o certezas… Aunque sí es mi deseo, el conseguir acercarme si quiera a describir con palabras esos sutiles y secretos filamentos, que forman la trama y la urdimbre donde se tejen nuestras emociones… Porque son éstas en verdad, de lo que os quiero hablar en mis relatos… Pero hay dos cosas, que procuro nunca hacer al escribir: una es contaros verdades, realidades; y la otra es mentir…

Solo pretendo, lector, que te quedes conmigo cuatro, cinco o seis minutos.. Que me permitas tocarte con letras y si es posible, que vibres o se te erize el vello cuando junto esas letras… Y si no, que al menos te sirva para algo el leer mi intento de expresar; de escribir…

……….

Tras tomar aquella decisión juntos, encanados a llorar, decidimos que iríamos también juntos a la clínica con tal de solucionarlo de una vez… Una decisión muy muy difícil… Recuerdo que cada vez que si quiera pensábamos en ello, rompíamos a llorar de puta culpa y de vergüenza… Éramos tan jóvenes, tan ignorantes…

Y no, no dijimos nada; a nadie…

Entramos creo que temblando, cruzando unas puertas automáticas translúcidas; de esas de apertura lenta y sensación aséptica, típicas de clínicas privadas y caras… Una impoluta enfermera, al vernos titubear agarrados de la mano nos atendió solícita, se ve, que pretendiendo calmarnos con una de esas fingidas y frías sonrisas de buzón abierto de par en par… Una sonrisa como automática, maquinal, corporativa… Comprobó, lo primero, la tarjeta de crédito al rellenar la ficha con nuestros datos…

Como en todas las salas de espera de este tipo de clínicas caras, olía a un exceso de ambientador de notas sofisticadas y como pretenciosas; se ve que para disimular ese otro tufo, mezcla de miasmas, secreciones y ansiedades, propio de toda clínica ya fuere de ricos o de pobres… Antros éstos, que desinfectan y adormecen el olvido y la culpa, y en los que por igual te operaban para abortar, que para implantarte una polla artificial o enderezarte la nariz; siempre y cuando claro, la tarjeta estuviera a la altura…

Nos llamaron a la vez, y nos despedimos con un beso fuerte. Él a la habitación 16 y yo a la 14. Y llegó el momento de que abriésemos las piernas…

Casi tres horas después, nos volvimos a encontrar, temblando, de nuevo en aquella sala de espera de lujo… Ambos lucíamos un rictus espantado, y un evidente y extraño bulto doloroso en la entrepierna…

……….

Lo que sí confieso que hago, lector, es darme algo así como una especie de capricho… Quiero contar algo; y tengo un hecho real que lo ilustra… Pero sobre todo lo que tengo es la potestad de poder cambiar cualquier relato a mi antojo, siempre y cuando claro, sea fiel a la historia y a éso que te quiero contar… Ansío hablar de pequeñas verdades en las que creo, y es cierto que disfruto al contarlas; jugando a mezclar la verdad y la mentira, la realidad y lo imaginario, el presente y lo pasado; hablando de risas entre lágrimas, o al contrario…

………..

Menos mal que la tarjeta de papá no tenía límite de disposición, porque en aquella casquería de lujo, nos clavaron tres mil quinientos pavos por un par de cortes en los bajos… Su fimosis curó en unos cuantos días; pero costó semanas que el corte en mi vulva cicatrizara, y dejara expedita ya de una vez la estrechez de mi coño… Vulvitis adhesiva congénita, me dijeron…

Menos mal que ya podríamos follar sin que nos doliera… Lo que sí nos dolió, y mucho, fueron los tres mil quinientos sesenta y cinco pavos que nos estafaron… Porque en aquella clínica, nos tangaron con nuestra propia prisa…

……….

Adolescentes, queriendo colmar y aplacar sus urgencias carnales… Un oscuro negocio de matarifes frustrados…

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras

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¿Cómo se hacen los niños?

Todavía recuerdo aquella mañana de domingo, en la que se ve que me desperté algo más temprano de la cuenta; y como siempre hacía, fui a retozar un rato en la cama de mis padres. Tendría yo siete u ocho años… Al ir acercándome al dormitorio, sin duda, noté algo raro… La puerta estaba entornada al máximo; y tanta oscuridad en la habitación se debía, a que también las persianas estaban casi completamente cerradas. Me paré, indeciso y furtivo ante el umbral de la puerta… En completo silencio la empujé, poco a poco, lo justo para colarme. Y la vista se me fue acomodando a la oscuridad…

Nada se percató de mí, y no sé porqué me agaché y volví a entornar la puerta…

¡Qué extraño! En vez de encontrarme dos personas durmiendo bajo las sábanas, como sería de esperar, apenas distinguí entre la penumbra una especie de bulto semoviente, blanquecino; algo grande e informe… Algo, envuelto bajo los pliegues de la inmensa sábana de aquella cama… Y como que palpitaba el bulto ése; pero con impulsos lentos, diríase acompasados y muy sigilosos… Se movía aquello en una especie de caótico y suave vaivén; un subibaja repetitivo; piiim pam, piiim pam… Y sólo se oían lo que me parecieron como cuchicheos guturales, o gruñidos suspirados, o reprimidos; y una especie de bisbiseos ininteligibles…

No, no lo tenía claro… Viendo lo visto y muy extrañado, no me atreví a interrumpir aquello…

Así que, con un silencio ofídico y volviendo lentamente sobre mis pasos, regresé a mi cama pensativo y atribulado…

Dejé transcurrir la mañana hasta que los oí removerse; y noté, que lo hicieron tarde y de muy buen humor… Desayunábamos ya a eso las diez de la mañana, cuando me preguntaron extrañados el porqué, de no haber ido esa mañana a jugar con ellos en su cama…

– Me había quedadooo, durmiendo…

El recuerdo de lo acontecido, no me dejaba parar de mirar constantemente a mi padre… Estuve toda la mañana creyendo detectar algo extraño entre sus gestos, o quizá en sus facciones; le observaba con detalle, sin que él se apercibiese… Me parecía verlo como más chulo y hasta más guapo; diferente… Creo, que hasta noté un extraño brillo que parecía aureolar su figura… No sé, serían cosas mías.

Y mi madre, si te fijabas, también lucía enigmática, distinta, contenta…

¿Cómo se hacen los niños..?

Si habéis tenido hijos sabéis, que cuando llega el momento, es ésta una pregunta que a no ser que llevéis mucho cuidado, te enreda en un nudo dialéctico y didáctico del cual es difícil salir airoso ante a tu crianza… Que si París y el amor; que si el papá y la mamá porque duermen juntos; que si aquellos monos del zoo; que si el huevo y el pollito; que si las chicas porque los chicos; o que si la manida cigüeña… Un problema.

Pues imaginaos a los niños en mi infancia… Hace cuarenta años cuando preguntabas por asuntos de cintura para abajo, todo eran silencios; sapos y culebras… Es decir, o no te decían nada; o como mucho, te contaban alguna filfa para salir del paso y que te callaras… Sí, pero no. Y como fueses descarado, incluso te llevabas un buen cuesco o un pellizco, dependiendo si le preguntabas a papá o a mamá…

Estábamos solos, ante un tupido velo de puritanismo cándido. Te enfrentabas a un páramo sexual, ignoto… Las chicas con las chicas; los chicos con los chicos; aquéllas, eran siempre un completo misterio… Descapullar era un verbo imposible; y si tú mismo te la tocabas mucho, se te reblandecían las rodillas y los nudillos; y te salían, unos granos en la cara de una pus muy sospechosa… Casi todo era pecado, malo, o estaba prohibido…

Pero a diferencia de hoy, había tanta libertad entonces, que nos saltábamos todas aquellas normas y prohibiciones veniales con suma facilidad… O bien haciéndonos a hurtadillas con las páginas más picantes del Interviú. O bien colándonos, escondidos en los retretes del cine, para después ver una película X… O mezclándonos con los mayores para ver si nos enterábamos ya de una vez, de qué coño era aquello de hacerse pajas, lo de comerse un torrao, o lo de darse un magreo…

No sabíamos nada. Y no había Internet… Subíamos sin miedo a los árboles a robar fruta; jugábamos juegos sin juguetes; salíamos en bicicleta sin cuidado, sin límites ni permiso; y aprendíamos, a estudiar con libros de verdad, o también a fumar tabaco negro sin toser… Aprendíamos…

Yo ya tendría mis doce o trece años; una tarde de verano en aquella pinada… Éramos amigos de ésos temporales; desconocidos conocidos en un par de meses de vacaciones: un madrileño, vasco, murciano, y hasta un alemán… Competíamos, en una de esas típicas exhibiciones de pichas inexpertas, propias de adolescentes salidos… Que si yo la más grande, que si la tuya la más dura, o que si la de aquél la más gorda.

– ¿Y qué se hace con ésto…?

– ¿Y los niños qué, no eran cuestión de amor…?

– ¡Pero qué amor ni qué amooor…!

– Picha en breva.

Sé, que quedé como un tontaina; pero aquella tarde, aunque me lo explicaron riéndose sentí, que en ese preciso momento me convertía en un hombre.

Y luego, muuucho más tarde, me convertí en padre…

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

Nuestro niño interior…

Ahora tenemos Internet, Instagram y Facebook, y WhatsApp…

Menos mal…

A nuestras órdenes siempre están los secadores de pelo, el mando a distancia del aire acondicionado, o los dos botoncitos de los elevalunas eléctricos… Para hacernos la vida aún más ociosa e inane, disponemos de alivios como la moda, la inteligencia artificial, o una multitud de fármacos multiusos que hasta nos la ponen dura… Y una de las cosas, creo yo, más inquietantes: coches, que dentro de poco van, ni más ni menos que a conducirnos…

Os acordáis del anuncio aquél de BMW: ¿Te gusta conducir…? Un BMV con las ventanillas abiertas y la carretera fluyendo frente ti… Tu mano abierta, fuera del coche, abanicada libremente por el placer de conducir a contraviento de la velocidad… La otra de tus manos agarraba el volante; conducías tú…

Pues hasta eso nos quieren quitar… Porque es el coche, al igual que lo fue el caballo, una de las grandes conquistas humanas: la de la libertad de movimientos a nuestro albur… Y no dudéis de que es éso justo -después del dinero en metálico- lo segundo que nos quieren arrebatar: el libre albedrío….

O bicicletas y transporte público barato, o coches para pobres. Cochecitos capados, obedientes, que tengan como mucho tres o cuatrocientos kilómetros de autonomía, y que chiven a cada paso, cualquiera de los que tú des… Que siempre sepa George Orwell por dónde vas, y cuándo y porqué usas tu tarjeta de crédito.

Tooonto…

George Orwell ha empezado a tener razón mucho más aprisa, de lo que cualquiera hubiéramos podido imaginar.

Dejamos una especie de rastro, como de baba rastrera, a cada paso digital que damos en Internet… Nuestros datos, son muestra y carnaza para oscuros sabuesos; perros de olfatos prestos a interpretar nuestra realidad presente, y a decidir, lo mejor para todos y cada uno de nosotros. Y así, alguien siempre nos usa… Usan constantemente nuestro horario y nuestros gustos, para invadir con impunidad, hasta la intimidad de esos minutos en los que vas a cagar tranquilo en casa, y te llevas el móvil… O hasta cuando estás yendo al trabajo en el autobús, y repasas en el jodido aparatito tus menesteres varios.

Tooonto…

Hemos creado una sociedad mullida de tantas perezas, que la gente se ha creido que puede salvar el mundo y comprar barato…

Soplar y sorber a la vez… Ansiamos bóbamente, gustar a todo el mundo y volver a recuperar aquél nuestro niño interior… La niñez -lo infantil- es un estadío que está mariconamente sobrevalorado… Los niños al igual que las flores, son muy monos; pero dan fruto sólo, cuando dejan de serlo… Pretendemos recuperar una felicidad mañaca y cutre, como turistas que repiten todos, las mismas aventuras ya sin riesgos, y en sitios ya trillados…

Yo en cambio, querría olvidar toda esta nadería vital que nos domestica, y recuperar mi animal salvaje interior… Ansiaría volver a lo de carnívoro y lo de nómada; lo de animal prístino que aún quede en mí… Regresar a mi ser homínido perdido y primigenio, omnívoro y depredador. Sentir de nuevo dentro de mí a aquel bruto lleno de pelos y miedo; bestia dejada al albedrío del frío, del torbellino, y de la completa intemperie de esta puta naturaleza nuestra…

Con lo que ahora sé, quiero dejar de ser insensible ante este presente de mierda, esta estupidez y esta ñoñería flagrantes… Es más, quiero que se me revuelvan las tripas y vomitar de vergüenza ajena, frente a tanta hipocresía… Quiero atacar para defenderme si me atacan… No quiero permanecer impasible ante este suicidio vital en el que nos estamos embutiendo lentamente… Una trituradora moral, una confusión, en la que olvidamos nuestro deber de ser humanos; de ser gente amigable, receptiva, ignorante, y por ello curiosa…

Quiero luchar todos los días para ganar mi comida mientras me sea posible y duren mis fuerzas… Continuar porfiando para follar, mientras esa pulsión animal así me empuje. Y proteger hasta la muerte mi cueva y a los míos… Me gustaría que se me volviesen a afilar los colmillos para volver a devorar carne cruda si fuera preciso, arrancándola a estirones de los huesos de mis presas…

Quiero matarme en una curva cualquiera, o en el intento de colmar cualquier pequeña cumbre… Peleando, malfollando, o persiguiendo un sueño ¿qué más da…?

Y cuando no sea así, piedras sobre mí…

Antonio Rodríguez Miravete

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¿y el amor…?

¿Y si os amo con locura…?

Soy, pese a ser vuestro padre, quizás una mala influencia para Vos; eso podría admitirlo… Pero ha de saber Vuesa Merced que los malos ejemplos son, para el correr de esta vida, tan importantes si no, más que los buenos…

Por eso, escuchadme con atención:

No necesito saber siempre dónde estáis, porque no sois objeto de mi propiedad; aunque sabed que sí, lo sois de mis anhelos… Solo necesitaría saber cómo vais, cómo os conducís… Cuál, es vuestra actitud frente a lo que os acontece en la vida…

Ahora, que asisto al despertar de vuestra madurez, tenéis que perdonarme el que quiera entrometerme; pero, sabe más el que os habla por padre viejo que por padre sabio… Señoritas sois; no lo olvidéis nunca…

Es, sin duda cierto, que nos alejamos… Y por ello, solo anhelo el que nunca os distancieis del todo de vuestro pasado; de quién sois… Que no reneguéis de la madera de la que estáis hechas; porque, si logramos mantener encendida la llama de nuestro amor, esa madera os mantendrá siempre cálidas, envueltas y abrigadas, al calor del fuego de vuestro íntimo pasado… Y no habrá ni frío ni distancia que nos separe; nunca…

Y siempre, siempre, podréis volver…

Pero dudad, dudad de cada cosa que yo afirme hoy, porque ya os tengo dicho que no soy el mejor espejo donde miraros Vos…

¿Debemos fiar, al amor la vida…?

A Paula y a Rosa; y a Nati, y a Inma…

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

Almoradí. La inundación.

Ha llovido, creo, más que nunca.

Y Almoradí ha demostrado de nuevo que es el remanso de una isla, en la tempestad de cualquier inundación que nos venga. Tengo cincuenta y tres años y la primera riada que en verdad recuerdo es la del año ochenta y tres, creo. La verdad es que mi memoria siempre fue algo difusa. En la famosa inundación del ochenta y siete estaba yo en la mili, y solo recuerdo mi honda preocupación en la distancia, y las siempre escalofriantes imágenes en dramático blanco y negro de la televisión de aquella época.

Almoradí nos cuida… No sé si os habéis dado cuenta, pero yo os cuento.

El río, en aquella época sin canalizar, había reclamado suya la Vega como ha sucedido estos días. Nuestra Vega es un verdadero paraíso pero llano, muy muy llano. La simple vista no permite distinguir una diferencia de altura de un par o tres de metros en el terreno. Es imposible percibirlo cuando las pendientes son tan leves y tan largas, cuando el hermoso verde es tan variado e inacabable, y cuando los desniveles son tan suaves como lo son cuando vas de un pueblo a otro en nuestra Vega… La Vega Baja del Segura.

Es precisamente por eso, que las riadas en nuestra Vega podría decirse que son suaves, progresivas aunque despiadadas, como lentas; lo engullen todo pero pareciera que avisando, avisándonos… Al no haber pendientes pronunciadas, no se crean corrientes de aguas agresivas sino frentes previsibles pero implacables, de lenguas de agua sucia y ripios echándote de tu propia casa.

……….

En aquella época, Juan Miguel, en vez de la mula con la que acostumbraba a ir a su escuela en la Daya Nueva, se traía a hurtadillas el Citroën dos caballos furgoneta de su padre para venir al instituto en Almoradí. Ello, pese a sus dieciséis años recién cumplidos. Si conducías bien y parecías más menos un adulto, nadie te paraba en la carretera; nadie; y menos aún si te conocías a la perfección todos los recovecos, las veredas y los caminos secundarios de tu pueblo. Lo importante era si sabías o no conducir… Si no sabías, nadie subía contigo.

El caso es que la noticia nos pilló allí, en el instituto; se suspendieron las clases. Había muchísimo menos miedo e histeria que hoy en el ambiente, por lo que en cuanto supimos del suceso, no se nos ocurrió otra cosa que coger el coche y hacer un reconocimiento -algo insensato pensaríamos ahora- de los alrededores del pueblo. Rincón, Iván, Juan Miguel, y yo. Aventura pura… Había playas alrededor del pueblo como hoy: donde el Bar Angelín, frente a La Cruz de Los Caídos, en el Bañet. Y apenas había salidas; pero para ojos que no conociesen el terreno como lo conocían los nuestros.

Con una seguro que imprudente sensación de peligro controlado, recuerdo que como a unos dos kilómetros, a la altura ya de la Puebla De Rocamora, íbamos por una vereda con casas diseminadas a ambos lados, cuando, de repente y por nuestra izquierda vimos venir una rambla que comenzó vertiéndose entre las casas a la vera del camino… Empezó desde lejos, como a unos cien metros; y la vimos venir hacia nosotros; parados, varados. Un fluido marrón viscoso de lodo irrumpía entre las casas con aquellos chorros laterales pareciera como que lentos pero en realidad monstruosos e implacables; engulléndolo todo, sin piedad; acercándosenos.

Nunca he ido marcha atrás en un coche de una forma tan salvaje e insensata como aquella vez. De repente, frenamos para rescatar a una señora que salía apresurada de su casa en medio de semejante avalancha ensordecedora de crujidos de ramas y arrastre de enseres; terrorífico. Abrimos una de las puertas de atrás y entró a prisa y en silencio, con la mirada espantada; empapada. Y arreamos huyendo con el coche de culo por aquel camino, en dirección creíamos que a la Daya Nueva.

Recuerdo cómo nos encontró diría que milagrosamente, el padre de Juan Miguel. Tras poner a salvo a la señora y dejar aquel heroico Citroën allí tirado, nos subió a todos al remolque de un enorme tractor que conducía, con la sensata intención de devolver a todo el que pudo a su casa… Rescatamos a no sé cuántos paisanos ofreciéndoles el auxilio de aquel remolque, justo en el momento justo, en que la riada arramblaba con el resto de sus restos.

Ayudamos a unos cuantos, y los tuvimos que llevar a Almoradí.
……….

Es el tercer día de riada que estamos aislados por tierra mar y aire, y acaba de pasar el camión de la basura frente a mi casa… Ésto, no pasa en ningún pueblo salvo en el mío: Almoradí.

Me he dado cuenta que nuestro pueblo funciona, si funcionamos juntos.

Y Almoradí, nos cuida.

¡¡ VIVA ALMORADÍ…!!

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

Cumpleaños feliz…

Comenzamos nuestras vidas, querámoslo o no, unidos siempre a otras personas; siendo el hijo de alguien, y con suerte, tal vez siendo también el hermano de alguien…

Más tarde, quizá igualmente por suerte nos convertimos, o no, en padres y hasta en abuelos de alguien; y aún más tarde todavía, nos convertimos en nada, en nadie…

Por eso hay que ocuparse, siempre y sobre todo, de alguien; cuidar de alguien… Y de vez en cuando preocuparse de ser feliz. Recuérdese…

Quiero felicitarte a ti Papá, o a ti lector, porque seguro seguro, que también tenéis a alguien…

Llevo tiempo deseando escribirte algo como ésto: una felicitación de cumpleaños de verdad, agradecida, y que te sirva para siempre…

Dan igual los años que cumplas; cuántos cumplas; pero si los cumples ¡felicidades…! Conozco a muchos a los que eso, ya no les pasa… Ya no cuentan años; al menos entre nosotros. Sí que cuentan en nuestro recuerdo, pero solo ahí, en la remembranza de nuestro pasado…

Así, que ése es tu mayor regalo a los ochenta y ocho: seguir, sufrir y aprender, perseverar, reír y envejecer; cumplir, o no, tanto con lo que se espera de uno, como con lo que la ruleta de la vida nos tenga reservado. Y si es posible, ello con valentía…

¿Hay mayor presente, que el presente…?

Felicidades. Y un abrazo…

Te quiero Papá, luego te daré la botella de whisky…

Antonio Rodríguez Miravete.

……….

Mi primera vez… (censurada)

Ella no se acordará, pero yo sí.

Continuó con su cortejo en aquella pinada donde nos apartamos. Era ya de noche y me llevó al abrigo ciego de una pendiente; tumbados en la ligera cuesta de una duna a cubierto de cualquier mirada voyeur… Oíamos la música cercana de los coches de choque. Éstos, eran la atracción estrella de la feria en aquel puebluco y el sitio donde por casualidad nos habíamos tropezado ella y yo. Lo recuerdo como si hubiera sido ayer justo; justo ayer.

Era imposible no fijarse en el palmito de aquel cuerpón paseándose delante mío, pese a su vestido. Ella no es que me gustara ni mucho ni poco, pero a mis quince o dieciséis años confieso que la veía como a una irresistible oportunidad; mi oportunidad; mi primera oportunidad.

Olía maravillosamente y me daba igual que fuese un poco ampulosa en carnes; que luciera aquel pelo negro ensortijado y tan corto; o que mirara un poco extraño con uno de sus ojos desde aquella cara tan pálida.

Ni siquiera recuerdo cuál era el vizco, si el derecho o el izquierdo. Tampoco me importó su reputación picante y famosa en el pueblo; no era el mío.

No podría recordar su cara con precisión, pero lo que sí recuerdo es lo excitante para mí de su nombre: Mari… Y asombrosamente, diríase que todavía hoy me excito imaginándome oyendo su hermosa, su hipnótica voz. Es curioso que recuerde aún vívidamente, aquel tono de voz grave de chica mayor, jugoso y sugerente. Y su delicioso deje valenciá.

Y es chocante porque el extraño atractivo de su voz no le hacía juego para nada, ni con ese cuerpo como que difícil, ni con su cara de mirada digamos que compleja.

Pero con esa voz embaucadora y sus casi diez años de ventaja, consiguió cual flautista de Hammelín hacerme seguir el rastro de sus feromonas hambrientas, carnívoras. Me eligió ella a mí como no podía ser de otra manera… Aunque supongo que también el rastro de mis feromonas así mismo necesitadas, desbocadas y receptivas a cualquier estímulo, ayudaron a la cosa. Pero juro que me eligió ella a mí.

Desarmado, me rendí ante aquel paseillo de exuberancias. Jamás había visto un escote así ni así de cerca; y nunca, se me había permitido deleitarme en la observación detenida, de las voluptuosas hechuras de tetas ni culo semejantes.

Y no digamos nada de mi rendición cuando ya palpando, bajé las manos de su cintura.

No estaba buena como entenderíamos hoy pero era fragante, rotunda y excitante, limpia y mullida, sobrada de recovecos cálidos y húmedos donde incitar mis manos vírgenes e inexpertas.

He de reconocer que recuerdo todo de aquella chica con una especie de agradecimiento y de verdadero cariño; seguramente provocado por esa cercanía entrañable, de mantener cómplice un muy antiguo y trascendental secreto… Algo en mi vida que debo a ‘aquella chica’, y al arrebato del delicioso recuerdo de su olor.

Y claro, cuando ella empezó a exigir yo me asusté un poco, lo reconozco; pero no así mi excitación, que siguió encabritada pese al susto.

Y recuerdo la arena de aquella duna y aquellas urgencias caldosas, ¡cómo restregaron a contrapelo mis carnes ansiosas…!

¡Qué daño…! ¡Pero qué gusto…!

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletra

Del sofá, al Camino de Santiago…

Cuarto día.

Llevo los gemelos, amén de otros músculos, como si me los hubiera masticado un perro de presa… Para colmo, esta mañana, a los setenta pasos justos de empezar a andar me ensartó, por la espalda, una contractura que me traspasa las costillas del pecho como si llevara clavado un destornillador… Si en vez de en el lado derecho, sufriera semejante dolor en el izquierdo, pensaría en los síntomas de un infarto… También me duelen y se me duermen, los brazos, algo hinchados por la presión sanguínea debido a la compresión del peso de la mochila en mis hombros…

Los primeros días se convierten en una especie de fase de endurecimiento… Los pies, a partir de los quince primeros kilómetros, arden bajo el peso y los golpes continuos de los pasos trabajosos… La sensación, es de que caminas en carne viva, tal que si andaras con muñones sin pie, clavándote, pese a tus suelas, todas y cada una de las piedras y arrugas del Camino…

Es curioso cómo, el Camino mismo, si te atreves y te comprometes con él, te pone en forma por fofo, maganto, temeroso, o desentrenado que estés… Te va endureciendo desafiándote, despacio; pero empieza destrozándote primero, consumiéndote poco a poco, paso a paso… Vas sudando, exprimiendo, purgando de tu organismo hasta la última gota de las toxinas que has acumulado, debido a la mierda inevitable de convivir con muchas de tus monotonías cotidianas…

Como pentenciando pecados, o defectos, que no reconocemos en aquélla nuestra otra vida fuera de ésta…

El caminar, va así demoliendo, triturando tu voluntad y tu anquilosada musculatura, con cansancio y puñaladas de cristales de ácido láctico; tentándote, constantemente a la rendición, al abandono, y a veces hasta a el llanto… ¿Qué cojones estás haciendo al límite de la derrota, de la lipotimia o del esguince, a más de mil kilómetros de tus cosas…?

¿Es un reto físico, una huída interior, un viaje iniciático quizás…? ¿O tal vez solo, eres tonto del culo castigándote así…?

¿Acaso, penitencia?

Y llueve; no deja de llover coño… Cuatro días ya… Y no es que llueva mucho, pero llueve jodiendo… Llueve como de lado, llueve de frente, y también de abajo arriba… Llueve, y la ventisca incesante enloquece jugueteando con el orvallo, mezclándolo a ráfagas con mi sudor, y metiéndomelo por los vanos del chubasquero de tal manera que, a mares, me chorrean hasta las ingles…

Nubes, todo nubes, siempre nubes… No se puede ubicar el sol en el cielo, tampoco el oeste en la tierra… No te lo permite esta luz difuminada, nubosa y lechosa… Luz que es siempre la misma, ya sean las nueve de la mañana o las cinco de la tarde… Luz fría, pareciera de un gigantesco tubo de neón, grisácea, y sin sombras…

Cada día que pasa estás más fuerte; eres más duro, necesitas menos… Y quedan atrás el trabajo, la familia, tu cama, los amigos, tu ropa seca del todo, y tú…

Y continuará, porque todo continúa…

Antonio Rodríguez Miravete

E.T. el extraterrestre

Están locos estos humanos…

Que si la muerte o la vida; la fiesta y la muerte… Un truhán o un señor. Ésto o lo otro; vienen, van. Salvación o infierno; el bien y el mal… El día del sol, o la noche de la luna; cara y cruz… El hombre y la mujer…

No hacen sino copiarse; repetir a sus madres, replicarse en sus hijos… Nada nuevo bajo este sol…

Muy inteligentes, eso sí…

Uno por uno, al observarlos detenidamente como individuos vivos, hemos de reconocer que son absolutamente maravillosos; y gracias a la muerte, también son casi biológicamente perfectos… Polvo de estrellas enormemente valioso… Están compuestos por buena parte de la totalidad de los elementos de la tabla periódica; y son, muy eficientes en su funcionamiento fisiológico; y lo son, durante casi cien, de sus posibles años solares de vida… Una especie muy bien adaptada sin duda.

Pero hay cosas que ya, no entendemos… Se creen, como predestinados o inducidos, conducidos o empujados, constantemente obligados a elegir o a creerse que eligen algo… Una y otra vez, parece que desde el inicio de los tiempos caen, en la trampa vital de creerse libres…

Mira, que llevamos ya un par de miles de sus años solares observándolos, pero no sabemos qué tipo de miedo cerval colectivo, o qué retorcido impulso natural intrínseco, empuja inexorablemente al abismo a esta extraña tribu humana que ahora nos ocupa… Y a la que en particular observamos y estudiamos, para intentar entender con detalle científico al conjunto de la especie que devasta este planeta, que hoy, nos toca salvar…

Se devoran, se depredan entre ellos… Siglos solares, milenios llevan, conquistándose y siendo conquistados, en un estúpido y estéril empeño fratricida de acabar consigo mismos; robándose o matándose; enamorándose y traicionándose; escondiéndose o mintiendo… Pero a la vez, sabemos de su enorme capacidad para cosas, tan extrañas, como eso de amarse con locura…

O de su habilidad de comunicarse sin tecnología, haciendo palmas; de gestionar la incertidumbre y el riesgo; de emocionarse hasta apasionarse… Juegan con la mismísima muerte a los toros, y crean, con esa misma muerte, conceptos como familia, historia, fe, orgullo, o arte… Fabrican tanto guitarras, como navajas… Impredecibles, capaces a la vez de lo mejor y de lo peor… Incluso a veces creen, saberse felices… Música, amor, envidia, la risa… Conceptos éstos, y aquéllos, que, desde nuestro evolucionado y exacto punto de vista racional, hemos de reconocer que ya no logramos comprender en su puridad científica…

Cual máquinas biológicas cuasi divinas, y con solo su primitivo ingenio, la totalidad de esta especie humana está rozando las honduras de una ciencia, la nuestra, para la que sabemos que todavía no están en forma alguna, ni mental, ni intelectual, ni moralmente preparados…

Pero dan… como que envidia, porque todavía no han perdido eso… Ahora están, en ese crucial momento evolutivo en el que aún, no han olvidado que el sexo o el fuego, el caos y lo violento, el choque o la explosión, los cataclismos y la ignorancia, impulsan y son a la vez energía y motor de éste nuestro Universo… Algo que nosotros olvidamos, hace ya milenios, al dejarnos guiar solo en pos de la seguridad de nuestras tecnologías…

Y ellos están empezando -como hicimos nosotros- a olvidar su Historia arrumbada entre tanto cachivache tecnológico… Y claro, comienzan a tener tanto miedo que no pueden -les es casi imposible- discernir nada con claridad, con sensatez, o con cierto grado de seguridad…

Siempre, como espiritualmente ahítos, ora de un atracón de ocio mendaz, ora de una panzada de multimedias basura… Saturados de wikipedias torticeras; henchidos de datos corruptos; saturados hasta la arcada, de vídeos y opiniones de famosos, listillos, fantoches, youtubers, juaneslanas, y somierdas…

Todo, completamente vacío; carente de cualquier valor al que, realmente, poder aferrarse tan solo con las manos…

Tal, y como nos pasó a nosotros en aquella época olvidada, en la que perdimos ese poder mágico que se generaba, al juntar al calor y amor de una pequeña fogata, a familias amigables contando historias…

Están locos estos humanos…

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

BARBARIE O RAZÓN…

Algo, va mal… Casos reales.

…………

Asesinos, a la misma altura moral que sus Víctimas

Piaras de zombis ideológicos, canallas como el autor del comentario de arriba, son capaces de afirmar en público, y sin que se los trague la tierra de indignidad o se les caiga la cara de vergüenza e ignorancia, que prefieren pactar con Otegi “cientos de miles de veces” antes, que pactar, una vez si quiera, con el PP.

Otegi, antes que Ortega Lara…

Comprensión y sumisión cobarde ante el crimen del secuestrador vil, en vez, de valor y compasión con el sufrimiento del pobre secuestrado… Un criminal diabólico, antepuesto moralmente a su víctima inocente.

El Mal igualado al Bien…

Relativismo lerdo, insensible y profundamente inculto… Todo les vale a estos gañanes de ética siniestra, ya que ésta desde siempre, ha predicado el latrocinio, el caos y el crimen… Ciegos de ideas honradas, aunque soberbios de ideologías vacías, estos zotes alienados viven envueltos en un velo de mendacidad casi completa, honda ignorancia, y barbarie moral…

LA HISTORIA, IGNORADA; hurtada y tergiversada al servicio de la ideología…

………

El Animal, a la misma altura moral que el Hombre

Catervas “de ciencias” que ‘ya’ son capaces de pedirle a las fuerzas de seguridad, que detengan por “agresión violenta” a todos los carniceros, a los toreros, y porqué no a los cortadores de jamón ibérico… También a los cazadores, a los criadores de pollos, de conejos o de palomos anillados… No sabemos si también a los pescadores; no creo que se atrevan con los musulmanes en su fiesta del cordero, pero seguro que sí, con los apicultores o hasta con los entomólogos…

LA FILOSOFÍA, IGNORADA; hurtada y tergiversada al servicio de la ideología…

…………

Los que Nos Odian, a la misma altura moral que los que Nos Queremos

Élites, capaces de afirmar sin vergüenza pinocha, que divididos autonómicamente, estamos mejor, que lo estaríamos unidos nacionalmente… Políticos podridos, fermentados a fuerza de acumular tanta corrupción en sus entrañas.

EL BIEN COMÚN, IGNORADO; hurtado y tergiversado al servicio de la ideología…

…………

El Racismo, a la misma altura moral que La Razón

Manadas, capaces hasta de jugarse el futuro de sus propios hijos, al consentir que crezcan enclaustrados, castrados en el menoscabo y el odio a todo legado español que lo es, y ante todo, patrimonio también de ellos… Porque así mismo a sus hijos pertenece este verbo, el español, inmensamente rico, y que conecta la Historia, la Moral, el Intelecto, y el Futuro, de un universo que podría ser maravilloso, de más de seiscientos millones de hermanos hispanohablantes…

LA RAZÓN, IGNORADA, hurtada y tergiversada, al servicio de la ideología.

…………

El Amor…

Tan alto valor, EL AMOR, convertido en mero producto de consumo al servicio de ideologías prosélitas, cuyas turbamultas lerdas, sitúan AL ODIO, perversamente, a la misma altura moral de aquél…

EL AMOR, cosificado, vilipendiado

EL AMOR, IGNORADO, hurtado y tergiversado, al servicio de la ideología.

……

Razón, frente a locos y nacionalistas…️

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…eeen fin.

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Antonio Rodríguez Miravete
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Un vicio…

Es, diríase un vicio verdaderamente adictivo.

Salgo por ahí y sin en realidad buscarla, la encuentro siempre casi por pura casualidad… Noto que me excita; voy descubriendo, que me gusta el oír de ella y el mirarla muy de cerca; observarla cual entomólogo; con la máxima precisión posible. Luego, busco un motivo.

Y me paro. Pero me paro a esperar esa inspiración, ese momento que me empuje a hacerlo; a saltar sobre ella; a asaltarla… Y así pueden pasar días, una semana, o tres; o meses… Una especie de juego de gato y ratón; siempre detrás de ella; al acecho constante.

Así, excitado, la sigo siguiendo todo el tiempo que haga falta, curioso e implacable; y muy muy de cerca. Oliéndola. Palpándola si es posible. Oyendo de sus ruidos hasta los latidos al acercarme al máximo, al máximo posible de cualquiera de sus detalles. Estudiándolos, todos, para conocerlos a fondo y así, una vez que me entregue a la faena, saber tratarla como se merece.

Y me decido por fin a degustarla; y después de abordarla y hacerla mía, entregado, comienzo sin piedad como a despedazarla, estudiándola; rebuscándola en sus recovecos; regustándome en los detalles íntimos de sus entrañas… Y escribiéndolos.

Y sin miramientos, aunque despacio, la voy como si fuera cortando en trocitos de ella misma, cada vez más y más pequeños… Y esa disección curiosa, concienzuda y lenta, satisface mis apetitos de poseer, al anotarlos, algunos de sus secretos.

Secretos que puedo así comprender e intentar expresar aquí, con claridad, con precisión, y acaso a veces hasta con garbo… Y si además acierto en la expresión de aquellos secretos, creo, que consigo algo así como una rara forma de verdad, o de justicia; o quizá solo son tonterías mías.

Y continúo.

Cuando empiezo, ya no puedo parar una buena historia.

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras
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La bandera republicana

…para algunos verdaderos amigos

VICENTE ROJO 3

Simplemente, me hago eco de las palabras del talentoso general republicano, Vicente Rojo Lluch, encargado de la heroica defensa republicana de Madrid en 1937…


«La cuestión de la bandera es uno de los motivos que estúpidamente dividen a los españoles, y tiene sin duda su origen en la conducta mezquinamente partidaria de nuestros políticos. El cambio de la Bandera hecho por la II República constituyó un grave error por nuestra parte.»

  1. «Porque no respondía a una aspiración nacional ni siquiera popular. La Bandera Republicana era desconocida por la inmensa mayoría de los españoles.»
  2. MEMORIAHISTERICA«Porque se reemplazaba una bandera nacional por una bandera partidaria, y con ello se dividía a España.»
  3. «Porque no era necesario y consecuentemente solo podía producir complicaciones, como así ha sucedido.»
  4. «La bandera (rojigüalda) que teníamos los españoles no era monárquica sino nacional. La bandera de los Borbones fue blanca; la bandera real era un guión morado.»
  5. IMG_20190427_2315251.jpg«En cambio la bandera bicolor, como enseña nacional, fue creada por las Cortes españolas en plena efusión de liberalismo, constitucionalismo y democracia. Se tomaron colores españoles que venía usando tradicionalmente la Marina de guerra, y que dieron tono a los guiones reales de los Reyes Católicos (rojo) y de Carlos I (amarillo); que eran también los colores de una enseña tradicional en Aragón, Cataluña y Valencia.»
  6. VICENTE ROJO 2«El pueblo no anhelaba incorporar a la bandera el color morado de Castilla. No podía anhelarlo porque la masa del pueblo español ignoraba que el morado fuese el color de Castilla (…).»
  7. «Los republicanos de la 1ª República quisieron introducir su bandera partidaria y crearon la bandera llamada republicana. Esta no llegó a tener estado oficial y ni siquiera se popularizó. Nació, según Castelar (último Presidente de la I República), en la Universidad de Barcelona, fundiendo tres colores de tres facultades. No pudo pues tener esa bandera un origen más arbitrario y estúpido. Por eso no llegó a ser bandera oficial, ni nacional, ni popular. Los primeros republicanos, más sensatos que nosotros, no impusieron el cambio.»
  8. «Ni inconmovible, ni imperdurable ni eterna es la bandera tricolor, porque no ha nacido del pueblo, sino de una minoría sectaria.»
  9. MEMORIAHISTERICA«No creamos pues un símbolo nacional, que ya estaba creado con ese carácter, sino uno de lucha partidario. Haciendo prevalecer, frente a las grandes ideas de Nación, Historia y Patria, solo las de comunismo y república…»
  10. «Hoy los españoles están divididos en torno a dos banderas: tal es el fruto de aquel error (…).»

…a todos aquellos rojos recalcitrantes que, insensatos, se empeñan en ignorar u olvidar, tergiversar, o falsear espuriamente la realidad de su pasado… Sabed que estáis sin duda alguna, estúpida y peligrosamente condenados, a intentar repetirlo… Como atrapados, en los errores de ése vuestro bucle ideológico rojo; fruto de un refrito de revanchas viejas e ignorancias supinas, de una casi total alienación, de un feroz sectarismo, y de ese odio larvado que, en el fondo, predicais…

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Dime con quién pactas…

Yo recuerdo, y os lo recuerdo, que el mero sentirse español, allí, te señalaba como a un paria… Te ponía en la diana… Te convertía en un objetivo a eliminar…

Puro racismo… Como hoy.

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Arnaldo Otegui siempre fue, es ahora, y será siempre, escoria humana…

Pero por encima de cualquiera otra consideración, este ripio moral es un reo criminal, convicto aunque no confeso, de al menos tres secuestros; de como mínimo, dos intentos de asesinato con arma de fuego que causaron víctimas de extrema gravedad; y también de extorsión y amenazas a empresarios, periodistas, políticos e intelectuales, casi todos ellos de su misma tierra vasca; casi todos ellos, sus vecinos…

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Y como no podía ser de otra manera, también está más que probada, su pertenencia activa a la banda terrorista eta y su colaboración, necesaria, en la comisión de varios atentados, todos terribles, pero entre ellos, la masacre de Hipercor…

Pena me dan, los que tengan que ir a buscar al wikipedia…

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Pues resulta… que algún malnacido, lleva a este criminal a la televisión española, ¡la de todos…! Y desde tan caro púlpito y en nuestra propia cara, este hijo de la gran puta, insultando hasta la médula a todos los españoles, se atrevió a decirnos ésto :

“Solo pido perdón, por si causamos más muertes de las necesarias…”

¿Pero, se puede ser más perro…?

¡Qué asco por Dios…!

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¿Me pregunto cuántas muertes hubieran sido las necesarias, a juicio de éste redomado hijo de la gran perra…?

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A ver… ¿cuántos, hubieran sido los españoles asesinados, suficientes o necesarios, para satisfacer a esta rapiña vil e irredenta…? ¿Acaso solo tres, doce quizás, tal vez setenta…?

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¿No tenía suficiente esta manada, cuando llegaron a los doscientos muertos a traición; y cuando ya sumaban más de quinientos, tampoco esa cifra era suficiente…? ¿Había que llegar, al bastante más del millar de españoles reventados por la espalda…? Hombres, mujeres, niños… ¿Y sus familias, cuántos miles más de españoles son…?

¿Son ya suficientes víctimas, o todavía les debemos algo…?

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Esta mierda de vascos psicópatas siempre han sido, son ahora, y lo serán siempre y ante todo, unos asesinos… Hijos todos de grandes putas… Sí, putas sus madres, porque como tales educaron esos despojos de hijos: conviviendo y alimentándolos con ese odio racista; alentando o ignorando pero siempre justificando, los asesinatos más deleznables; inoculándoles en vena aquél mismo odio asesino, hasta el punto de que se entregaran a la peor de las vidas posibles… Leed, por favor, “Patria” de Fernando Arramburu, para comprender el grado de culpabilidad de esas madres, en el horror provocado por esas hienas de hijos que malparieron…

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Y ahora, para afrontar el presente de ese infame pasado que los persigue, vemos, a esos perros rabiosos y a las golfas de sus madres, esconder aquellos pecados mortales bajo las alfombras de la insidia, la mentira, la desfachatez, y el silencio de aquello…

Pero en realidad, lo que en verdad vemos, es a ellos mismos mintiéndose; falsificando el asco de sus pasados, para así poder soportar lo amargo de sus pérfidos recuerdos; tragándose, poco a poco, la culpa vitriólica que seguro corroe sus entrañas… Fingiendo, el convivir cada día con el horror canalla de sus remordimientos…

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Buscan desesperadamente, estas alimañas con sus mentiras paranoicas, algo así como un lavado embustero de su podrida conciencia colectiva de tribu bárbara… Pretenden, una también colectiva redención moral, vergonzosa, infame, olvidadiza, y falsa… Especie de bálsamo mendaz, que les permita al menos, mirar a la cara a sus hijos sin que éstos, sepan del estigma de sus asesinatos viles… Ocultan víctimas, dolores, secuestros y crímenes, para eludir con dosis de olvido, el miedo a ese infierno en vida en el que por siempre vivirán, hasta el día que mueran de un reventón de ira…

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Estos malnacidos, de entraña negra y podrida, deberían meterse, aquella pantomima de la entrega de armas, sus tramposas peticiones de perdón, su farisea contrición y su puto arrepentimiento falso, deberían metérselo, repito, por el culo…

Pero todo ello dentro de una celda, ya que no, colgados por el cuello como muchos justamente merecerían…

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Que se pudran en vida, encerrados en el peor agujero que podamos encontrar para ellos; lo más lejos posible de todo aquello que puedan querer, ya que amar no saben; lo más lejos posible de todo lo que pueda consolarles; lo más lejos posible de todo lo que pueda recordarles una humanidad, a la que renunciaron, al empuñar esa mierda de armas que usaron tan cobardemente…

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Que pidan perdón, que se arrepientan, y que entreguen sus pistolas y almas… pero al diablo…

Y que lo hagan en la cárcel perpetua de sus abyectas acciones; en la cárcel de su memoria salpicada de sangre; en la cárcel de la mierda de ejemplo que han dado a sus hijos también de puta… Que se retuerzan lo que quede de sus vidas en la cárcel de odio vital, en la que ellos mismos se encerraron, al aceptar que unas putas ideas valen, más, que las vidas que han segado tan inmisericordemente…

AMÉN

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Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras

apreteu, apreteu…

Un terrorista en la televisión de mi país…

Un lobo terrorista antiespañol, disfrazado con piel de cordero antifranquista…

Manos de sangre manchadas; estrategias manchadas de mierda…

Un secuestrador dándonos lecciones de moral, de democracia, de justicia…

Un periodista dándole un masaje a un terrorista…

Un verdadero lerdo, abofeteando nuestra dignidad…

Una izquierda con Alzheimer, una derecha con Parkinson…

Y un pueblo bobo, consintiéndolo…

¡Qué vergüenza…!

Antonio Rodríguez Miravete

La cincuentena…

Si cuando brincas la cincuentena, te levantas de la cama una mañana, y no te duele absolutamente nada… lleva mucho cuidado, mucho, porque puede que estés muerto…

Me pone de muy buen humor el hecho de que todavía, muchas mañanas parece, como que amanezco con la promesa de una alegría al despertarme con una bonita erección… Peeero, si no puedo disponer de la oportunidad de cumplir con la alegría de tal promesa, lo primero, me cuelgo del cuello las gafas de cerca…

Luego, legañoso y espeso por el sopor perezoso, me llevan mis pasos al baño, bostezando, lento… En el trayecto, alivio con gusto y sin pudicia esos irresistibles picores inguinales que a los hombres nos avasallan recién levantados… Así adormilado, entro, enciendo la luz, y en tres pasos más me planto frente al retrete; termino de rascarme, y meo… Y al mear, aunque no mi buen humor, sí va cediendo poco a poco lo enhiesto de aquel ánimo inicial… Y así, ahí me quedo, unas veces pensando en ello, y otras, sólo me quedo embobado, rascándome un ratico más…

Luego me giro, y de pronto aparezco frente al espejo… O más bien podría decirse que comparezco, ante esa realidad especular, siempre tornadiza, como de clon zurdo, que de mí rebota en todos los espejos con los que me cruzo… Y al mirarme así casi de cuerpo entero, diríase que por instinto, el tonto de mí se engaña, presumido, al forzar una leve contracción ventral que apenas esconde mi ya barriga… Parecería como que me cuadro; como estirando un poco de mi altura y de mi anchura; como queriendo timar la opinión a ese reflejo mutante…

Para afeitarme, me acerco poco a poco a ese rostro simétrico… Y para evitar que se manchen, me descuelgo del cuello las gafas de cerca…

Menos mal que hace tiempo ya, que la presbicia, piadosa, me evita el castigo de asistir con nitidez, al espectáculo lento y lamentable de ver crecer cada vez más, pelos en mi nariz y en mis orejas… Esa misma degeneración natural del cristalino, también me salva, de contemplar con todo detalle, el inexorable arrugarse de las comisuras de mis párpados, la nevada del encanecimiento en mis sienes, o la huída lenta de mis formas y vigor…

Con vista cansada asisto, impotente, al hecho de ver ahondarse unos surcos en las líneas de mi semblante. Señal de que el tiempo va… sí, pero estragando mis vestigios, a la vez que acercando inexorablemente mi destino… Hace ya bastante que acepté la forzosa habilidad de afeitarme al palpón, ya que no termina uno de ver con claridad sus propios detalles… Y oye, sin problemas. A todo se adapta uno…

Después de afeitado y tras ducharme, vuelvo al escrutinio de ésa mi imagen ahora en cueros; efigie la mía que, tonta, no cede en lo de mantener esa casi imperceptible contracción ventral que no engaña a nadie… Y ahora hay que peinar a esa apariencia, y arreglarla para que salga decente a la calle… Toca ponerme a ordenar casi uno por uno los pelos de mi otrora cabellera, para camuflar pérdidas, para maquillar apariencias… Y me consuela, el que todavía entraría en algunos vaqueros de cuando soltero con treinta y tantos…

Una camisa; y finalmente, cuelgo en mi cuello de nuevo las gafas de cerca…

¡Qué sabio es el tiempo, cómo gasta poco a poco…!

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras

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PORQUE ERA MÍA…

Tuve que atarla o la perdía, y tuve que esconderla o me la quitaban. No podía consentirlo y por eso la tuve así, porque ella era mía… Estaba completamente sola cuando regresó; vagaba, totalmente perdida. Recuerdo cómo, arrepentida y desesperada, desahuciada, me lo pidió ella misma… Y no fue otra cosa que su voluntad, la que en uno de sus escasos momentos de realidad y lucidez, consintió que pasase semejante cosa.

Al principio sufrió sin medida, retorciéndose como una posesa ante mis órdenes o mis ruegos. Blasfemaba como un arriero y gritaba, al sentir que me acercaba siquiera a la sórdida barraca en medio de la huerta, donde en completa soledad, la tenía alejada de ojos y oídos que nunca lo entenderían.

Encerrada. Solo entraba luz en aquella ruinosa barraca a través de dos ventanucos rácanos, ambos fuera de su alcance. Atada a una argolla anclada en la pared -antaño para inmovilizar a las bestias cuando había que refugiarlas en el interior de la vivienda- sólo le llegaba la cadena para sentarse frente una mesa cercana, mear y cagar en un cubo, lavarse en una jofaina, y acostarse en un camastro… Justo, el espacio de un semicírculo de no más de cuatro metros de radio.

Nadie podía saberlo. Furtivamente, dos o tres veces al día, venía todo el tiempo que podía a pasarlo con ella; le traía comida, velas, algo nuevo que leer o una cerveza. Limpiaba un poco, comprobaba si le falta tabaco, fuego, agua, o algo… Me sentaba a su alcance y esperaba en silencio a ver si con suerte, deseaba mi compañía. Por las noches, nunca me iba hasta que se dormía.

La piedad de ceder al alivio de su agonía y de sus ruegos, tentaba lo férreo de mi voluntad. El hecho de presenciar todos los días ese dolor y esas súplicas, yo ya sabía, que no debía ablandar ni un ápice mi decisión de salvarla, purgándola a cualquier precio; arrancándole aquel puto vicio de cuajo.

Daba igual si chillaba o si lloraba; si sudaba fría como el mármol, o si temblaba hirviendo en fiebre. Yo debía permanecer impasible hasta cuando se golpeaba contra la pared con desespero… Inmutable había de parecer, incluso aunque se abrasaran sus tobillos, erosionados por el hierro de los cepos implacables de aquella cadena que la ataba a mí.

El peso de soportar a solas semejante secreto estaba royéndome las entrañas. Allí la tenía, atada como una perra a una cadena… Pero ya casi estaba a punto… Hacía una semana que había empezado por fin a ceder, poco a poco, al ir permitiéndome ciertos acercamientos.

Casi ni asearse había consentido en aquellas semanas. Pero esa tórrida noche, llené con agua fresca la jofaina, le di dos toallas limpias, y la obligué a lavarse o la amenacé de veras con hacerlo yo… Para respetar su pudor, me retiré a un rincón de la estrechez de aquella barraca en penumbra; pero no pude evitar el asistir, conmovido, a su desnudez.

Y así, a la luz de una sola vela, como al acecho y a lágrima viva, descubrí el espanto del vicio de su condena. Aquel cuerpo en cueros; demacrado, macilento y abusado. Brazos y manos, piernas y pies, horadados sin piedad a la búsqueda ansiosa de un hueco en la vena… Moratones, sangre, y roña en esa carne trémula, infamada. Carne de mi carne.

Me acerqué, y por fin, se me permitió besar aquella frente. Deslicé mi dedo índice bajo su barbilla, y en silencio alcé su cara para que me mirase; y en aquellas lágrimas vi, por fin, redención, contrición, y alivio… Pero sin cantar victoria me marché como todas las noches, sin hablarle; cuando se durmió.

Casi dos meses más tuvo los cojones de estar allí; atada… Seguí llevándole todo lo necesario a aquella barraca que, poco a poco, se transformó de cárcel en refugio. Lugar, donde reencontró la salud y la libertad, ambas dilapidadas y perdidas por la heroína. Droga, y cepos, que fuimos soltando juntos, con dolor, charlas, y paseos matutinos; poco a poco. Y llegó el momento, en el que ya no velaba todas las noches hasta que se dormía… Pero sí amanecí todos los días a su lado, con el solo objeto de llevarle un desayuno decente, y de verla, aunque encadenada, sonreír por las mañanas.

Casi nunca hemos vuelto a hablar de aquello; no ha hecho falta gracias a Dios… Tengo ya nietos de ella y claro, es nuestro secreto.

Que no os engañen.

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras
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revolución a la española

Ahora que asistimos a la debacle política de esta caterva revolucionaria que, arrogándose el 15M, pretendía asaltar impunemente y a nuestra costa los cielos del poder en nuestro país, no deberíamos hacer otra cosa que congratularnos; con verdadero alborozo…

Y gracias a esos mismos cielos deberíamos dar, si en nuestra sociedad por fin fueran asentándose, posándose, los hermosos mensajes, el justo espíritu, y las patrióticas intenciones, que en el 15M fueron casi motivo de una revolución… Hago notar, que también fue el 15M origen, de muchos de aquellos ‘asaltacielos’ ahora de capa caída…

El 2 de Mayo, Miguel Ángel Blanco, el 15M…

No… No nos gustan las revoluciones a los españoles… Pero aquella enrevesada situación política, hinchó los redaños de una mayoría, que estábamos ya hasta los mismísimos sitios…

Yo lo recuerdo porque, en sus inicios, hasta yo reclamé como mío el movimiento del 15M… No era posible no sumarse, al raro espectáculo, maravilloso, de ver españoles de acuerdo en algo…

Hora era de que asistiésemos, a una de esas rotundas manifestaciones del espíritu español; poderoso, cuando se manifiesta unido e impulsado por motivos justos, hermosos, o patrióticos…

Por desgracia, el “arranque de caballo y ‘pará’ de burra” que tan bien nos caracteriza a los españoles, además de nuestra secular falta de líderes decentes, hizo que poco a poco se fuera diluyendo nuestro común impulso; cansados, olvidamos el porqué de todo aquello…

Consentimos así que algunos, pescando en río revuelto, envolviesen el 15M con el celofán ideológico de su marca, y se erigiesen como faro y timón, de ese siniestro rumbo a babor que ellos siempre pregonan…

Un conjunto de arribistas, de adanistas y de sediciosos, elevaron sus puños y desempolvaron viejos eslóganes… Cual indecentes flautistas de Hammelín, embobaron a gente buena pero enrabietada; gente corta de cultura general, carente de Historia propia de la que enorgullecerse, y con valores morales tergiversados…

Gente abducida, lanzada a la carga y a la caza de cualquier prójimo disidente; gente armada con espadas forjadas con odios atávicos, y defendiéndose con escudos de ignorancias supinas…

Gente convertida en carne de cañón ideológico; simple munición politica…

Por todo ello, reclamo la herencia y la memoria del legado del 15M; y de aquella ‘revolución a la española’ indignada y exasperada, pero decente y justa… La reclamo para mí, y para todo aquél que crea de veras en esta Nación y que, en verdad, La ame…

¡¡ VIVA ESPAÑA…!!

Antonio Rodríguez Miravete

Los celos…

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Acribillado por un frío cabrón, pero ahí estaba yo. Ciego… No iba a encender ni el motor ni la calefacción. Aparcado como a cuarenta metros de la puerta de su casa, no era cosa de que a esas horas chismorrease toda la calle al verme ahí así, tirado a las cuatro de la madrugada, con el escándalo del motor en marcha, y con los celos y la rabia mordiendome las uñas y las entrañas…

Algo, llevaba maliciándome desde hace semanas.

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Sin advertir la hora que era y encorajinado por todo el día esperándola, exploté y llamé yo a su casa… Creo que por conmiseración y al saberme exasperado y ciego, conseguí la confesión de su hermana… Ésta me informó, de que eran más de la una de la madrugada de un martes; que no la habían visto desde que salió por la mañana; y que a esas horas todavía no había regresado..

Envuelto en llamas tuve que salir de casa para desfogarme con una rabieta nocturna en coche; y un par, o más, de whiskys solitarios…

Ya me lo dijo una vez, al principio, sentados en mi Citroën CX… Justo aparcábamos al lado, y la embobaba, un impresionante BMW serie 6, blanco:

– Yo, quiero tener un BMW como ése…

Ella no tenía carnet, y además, me había confesado en varias ocasiones que el pánico a conducir se lo impediría siempre; y por ello, aparte de reírme un poco no eché yo más sal a aquel comentario; al menos entonces. Y fíjate tú, por dónde…

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Nueve años y yo, continuaba aún lejos de cualquier flamante BMW… No podía permitirme otro coche que un precioso e impecable Ford Taunus serie Ghia 2 litros, de segunda mano… Completamente original y una joya al menos a mis ojos…

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Y ahí estaba yo… Más de tres horas llevaba enjaulado y ciego en el Taunus, a la espera de si venía… Más de las cuatro de la mañana y el imbécil de mí lucubrando, cómo abordarla cuando volviera; rumiando cuánto leerle las cuarenta…

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Conforme al reflexionar bajaba mi calentura y se aliviaba mi ceguera, me di cuenta de que ante todo, y ya que era un cornudo, debía evitar en la medida de lo posible quedar también como un imbécil…

Como un imbécil ya quedaba si ella volvía. Porque volvería con mis cuernos recién puestos a las cuatro de la mañana, y a ver en plena calle qué coño le vas a decir. No soy yo de montar ese tipo de escenas en público… Y si acaso no volvía, también como un imbécil quedaba porque si ya eran semejantes horas, y ella no tenía coche, era evidente que después de consumar mi cornamenta se habría quedado a dormir con él…

Y yo allí. Imbécil, y ciego… Me marché a casa.

A los pocos días, claro, recuperé la vista…

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Resultó el amante furtivo, ser el hermano crápula de una amiga común, cuya familia, tenía la no menor cualidad de tener el dinero por condena… Pero aparte de esa condición, parece ser que no tenía el Don Juan muchas otras cualidades al menos confesables… No se le conocían al prenda otros oficios, salvo el de esquilmar el colmado pesebre familiar a fuerza de destrozar BMWs. Seguro que también el de pagar putas caras. Y el de concederse sin medida, cualesquiera otros caprichos que a su albur se le antojasen…

Un gañán, incapaz de juntar más de seis palabras por frase, y feo… No sabemos si tenía una buena polla, pero un renting todo riesgo con la BMW, él o seguramente su padre, sí tendría sí…

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Chica lista…

Es curioso como cuando eres tú el ciego y el que en verdad ama, ves y con detalle, si cambian ‘ciertas’ cosas, y cuándo cambian…

Cuando se empiezan a esquivar ‘ciertas’ miradas… Cuando ‘ciertos’ detalles parece que empiezan a ser olvidados… Acaso cuando detectas y antes no ‘ciertas’ renuencias sutiles… O cuando ves que el otro adquiere ‘ciertas’ costumbres postizas…

Su padre también bajó al advertir mi estado de ánimo cuando, desde el rellano en la entrada de su propia casa, clamé airadamente por su hija… Recuerdo montar entonces sí, una verdadera escena; peeero, en privado… Así mismo recuerdo que seguramente, también hice el imbécil todo el rato leyéndole las cuarenta, al exigirle unas explicaciones vacías que eran ya, tan solo, una especie de resarcimiento estéril…

Pero lo que no recuerdo es, cuál fue concretamente aquel detalle o comentario mío, seguramente imbécil también, que hizo que padre e hija sonriesen acaso levemente… Solo sé, que con mis cuernos a flor de piel, aquellas sonrisas extemporáneas me tocaron profundamente los huevos… Y envuelto una vez más en llamas exploté, clavando mis ojos en los del padre y espetándole:

– No sé de qué se ríe Usted, ya que…

Y sin pestañear giré mis ojos hasta atrapar los de ella, y mirándola sin piedad, continué con mi puya al padre:

-…su hija es una puta y una guarra porque se ha portado conmigo, como una puta y como una guarra…

Y seguí así, mirándola durante todo un silencio… Hasta que desaté, al fin y para siempre mis recuerdos de aquellos hermosos ojos…

Creo, que le hice un último gesto contrito al padre y rápidamente me dí la vuelta; salí de aquel rellano, arranqué mi Taunus y me fui…
Nunca, había insultado así a nadie…

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Tensan la ceguera y los celos, poco a poco, una especie de cuerda interior que a todos, nos convierte en un peligroso arco a punto del disparo…

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras

¿Soy un loco…?

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Soy un loco si afirmo algo tan simple, como que todos los españoles deberían tener, exactamente, los mismos derechos y obligaciones con independencia de dónde vivan, voten, cotizen, follen, residan, hayan nacido, parido, o se quieran morir.

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Tengo la sensación de que me miran raro cuando -como sin complejos hacen la mayoría de británicos y japoneses, suecos u holandeses- digo preferir sin duda alguna una moderna y serena Monarquía Parlamentaria, a la primera, segunda, o tercera República que se saque de la chistera cualquier politicastro iluminado al que, exhibiendo no se qué mayoría, se le ocurra semejante cosa.

Por un retrógrado me tienen, si añoro Los Valores y La Ilusión de aquella España de La Transición: escarmentada y sensata, trabajadora y noble, unida, bien educada, y que con tanto esfuerzo y renuncias nos legaron nuestros padres. Aquélla España en la que crecí, en la que creí, y a la que amo.

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Parece ser que parezco un orate ignorante, al afirmar sin ambages que si cualquier otra nación poseyera nuestra historia, nuestras tierras y sus gentes; si además hiciera gala de nuestro arte y nuestra fuerza; y si también gozara de una lengua tan rica y un sentido del humor y de la vida tan agudo como el español; esa otra nación reitero, sería hoy faro del mundo, como otrora nosotros ya lo fuimos.

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Por ello, debo de parecer un carcamal cultural porque, con solo la fe de la lógica, creo y me atrevo a afirmar, que el conocimiento y el uso de un idioma tan hermoso y versátil como el español, con tanta historia e influencia en un mundo de más de seiscientos millones de hispanohablantes, debería de ser un derecho y una obligación para todos los españoles. ¿No…?

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Un morlaco mal encornado debo de ser, si a porta gayola sostengo -conste que no me gustan los toros- que la tauromaquia ha influido con hondura, durante siglos, en nuestra forma bragada de entender la vida, de afrontar el riesgo zaino de nuestro destino, o de mostrar el valor con los pies juntos pese al miedo… Y si continúo sosteniendo que además, forma parte troncal de nuestra lengua, o que ha sido muleta de nuestra historia y faena de muchas de nuestras artes, soy una bestia.

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Cual fascista quedo cuando aseguro, que el Estado de Las Autonomías es, sin duda, ahora mismo la principal causa de la cancerígena disgregación nacionalista que padece nuestra Nación. Y si además, clamo al cielo al afirmar que esa misma disgregación nacionalista es, sin duda, el principal peligro que acucia el futuro vital inmediato de nuestro País, me llaman cenizo.

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Se ve que también soy un machista con rabo y cuernos, porque en mis carnes he sufrido esa paranoica ideología de género que, con una mera acusación de parte, discrimina, señala y segrega; predispone, acusa y hasta encarcela a la otra parte; ni más ni menos que al ‘otro’ indefenso cincuenta por ciento de la población española… De locos.

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Así, cuando a mis hijas intento inculcarles que sobre todo, amen profundamente a su prójimo, o les aseguro que si quieren entender el pasado no lo juzguen con criterios de presente, me queda la duda, de si no debo de ser también un idiota.

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Y es chocante, por último, que ahora a mis cincuenta y tantos años, soy poco menos que un potencial asesino paranoico, si reconozco que me gusta el jamón ibérico, casi tanto, como mirar un buen par de tetas.

…eeen fin.

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

Murieron tres…

El revolcón de aquella bestia metálica, esparció los cuerpos de mis hermanos como las esquirlas de la desgracia de una tragedia.

Y seguía lloviendo.

Desperté aturdido; tardé, en darme cuenta de que estaba tumbado en una estrecha camilla, de aquellas de hierro y lona verde; en la parte de atrás de un furgón. Olía mal.

Oscurecía cuando sucedió. De forma borrosa y embotada, solo podía percibir la penumbra raquítica, mortecina, de algún piloto encendido en el interior lúgubre de aquel vehículo. Alarmado, me di cuenta que, pese a que me esforzaba, no podía enfocar mi vista con nitidez. Intenté incorporarme cuando me detuvo, en seco, la puñalada de un dolor infame que me traspasaba la cabeza.

Y recordé el golpe en la cabeza; los golpes… Como dados en un cubilete de hierro; sacudidos por una mano implacable.

Ensartado por ese dolor en mis sienes, tuve que dejarme caer, lentamente, cerrando y apretando los ojos. Así, intenté evitar esa punzada que se me atornillaba en la cabeza. Encerrado en la completa oscuridad de mis párpados, de nuevo tumbado, crucé las manos descansándolas sobre el pecho; y comencé a controlar mi respiración. Pretendía relajarme y aplacar, tanto aquel dolor, como la ansiedad y el espanto que iba cada vez más provocándome, el ir recordando lo sucedido.

Dieciocho toneladas blindadas de hierro bruto, y al menos otra por cada una de sus seis ruedas macizas, hicieron ceder aquel funesto camino de tierra por el que, en hilera, cruzábamos una pequeña vaguada. Cerrada, la curva a la derecha; también el precipicio. La lluvia, llevaba muchos días encargándose del sabotaje de empapar y ablandar aquella senda de mierda… Lluvia asesina, esperando emboscada nuestro paso faltal.

Maldita lluvia.

Cuando casi la mitad del monstruo metálico tenía ya, sus dos primeras ruedas fuera y a salvo de la puta curva, aquel castigado camino empezó a ceder, derrumbándose, haciendo inútil la tracción del resto del acorazado. La mole, comenzó a caer por la pendiente, volteando sobre sí misma, retorciéndose en un doble mortal y medio macabro.

Cinco segundos y dos violentas vueltas completas, para quedar de nuevo en pie, allá abajo, incólume; tambaleándose sobre sus seis poderosas ruedas… Abollado el monstruo por los tremendos golpes; reventadas y abiertas todas sus escotillas, quedó situado en medio de un caos de escupitajos humanos, arrojados cual muñecos a través de aquéllas.

Un incómodo pitido zumbaba inmisericorde en el interior de mi cabeza. Apreté mi nariz, y después de notar esa descompresión que nos alivia el oído interno, pude apenas comenzar a escuchar un pandemónium de carreras, motores, gritos, lamentos, blasfemias… De fondo, percibía los sonidos del crepitar de unas grandes hogueras, cuyos fulgores a través de las ventanillas pude ir distinguiendo, a medida que recuperaba la nitidez de mi vista maltrecha. El retumbar doloroso de los latidos de mis sienes, también fue cediendo, por lo que para pedir ayuda intenté gritar. Solo, pude emitir una especie de patinazo vocal, un extraño gallo desgañitado.

Y, en ese momento, me dí cuenta, de que no estaba solo en aquel vehículo.

Envuelto en la penumbra, escuché un estertor; un intento de voz ahogada. A la vez, paralizado, sentí el palpar lento, de una mano en mi pierna izquierda… El susto y la impresión helaron mi alma.

– ¡Ayúdame…! Creí entender.

Me incorporé, no sin dificultad, para descubrir espantado que a mi izquierda tenía un compañero de infortunio, y que éste, estaba horriblemente aplastado de cintura para abajo. Sangre y humores, borbolleaban desahuciando su cuerpo empapado. El golpear de aquella bestia, en su caída, había aplastado sus piernas, sus caderas, sus costillas; se moría desangrado, reventado, asfixiado.

Al momento, le reconocí.

Hacía poco más de un mes era para mí un completo desconocido. Ahora, me veía obligado por el destino a contemplar su muerte. Diecinueve años. La fatalidad me había convertido en la última persona de su vida; el responsable de cumplir con su deseo postrero:

“¡Ayúdame…!”

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Hice el ademán de salir del vehículo con la intención de pedir esa ayuda, cuando, suavemente, agarró mi mano con toda la fuerza de su última súplica:

– ¡No, no me dejes solo…!

Me lo dijo sereno.

Unos segundos tardé, conmovido hasta el tuétano, en soltarme con mimo de esa mano y volver a tumbarme. Mi cabeza junto a la suya. Llorando en silencio, le abracé, deslizando con cuidado mi brazo izquierdo bajo su cuello. Y volví a tomar, con mi mano derecha, la suya que agarró la mía, ensangrentada.

Así, apagándose, y cogidos de la mano, empezó a susurrarme una retahíla de recuerdos ya turbios, deslavazados: varias veces mentó a su Madre; me contó de un viaje en moto con una tal Lola; dijo no se qué de Villena y de un hermano; y hasta me quiso hablar, creo, que de el mar.

Parecía no tener miedo.

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Como recitando una letanía de sus cosas más queridas, fue consumiendo su hálito último, tras el que soltó, con la languidez del óbito, mi mano.

– Gracias… Le oí.

Y gracias a ti Romerita.

muerte en las hurdes

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras

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Voy a morir en un mes…

Seguro…

Es, una certeza matemática. Así me lo han dicho. Es siempre ésta una mierda de noticia, y claro, llevo varios días rumiando la idea de desaparecer, de irme; de tener que irme.

Pareciera que la vida siempre ha transcurrido como girando, pero en espiral, atrapada en el inexplicable remolino de una especie de desagüe de tiempo; la vida, formando parte del material caótico de un extraño torbellino. Vorágine a cuyo centro, inexorablemente nos acercamos con el devenir de ese girar… Tal vez, la llegada de la muerte consiste, sólo, en el transcurrir de un último giro.

Puede que por eso, el tiempo en nuestra niñez parezca lento, porque giramos todavía por el amplio exterior del torbellino. Poco a poco, como cayendo, imperceptiblemente el tiempo, se acelera al reducirse el diámetro de la espiral de nuestros giros… Es un hecho que, con el paso de los años, la sensación del tiempo se nos acorta, corre más, mucho más aprisa.

A todos nos espanta el vértigo de la muerte; el solo pensarla. Su sola idea. Su llegada implacable, irremediable, ineludible… Aterra el solo imaginarnos, desvalidos, girando y rodando al girar, zarandeados, atrapados sin remedio en ese oscuro remolino. Torbellino que, al desatarse y girar fuera de nuestro control, consume en su vorágine centrípeta, el alma de todo aquello cuanto fuimos, las experiencias de todo aquello que recordamos, y absolutamente todas aquellas cosas que alguna vez creímos poseer… Rumbo al vacío, o tal vez no, en sólo un momento nos engulle; y somos arrastrados sin remedio, directos al frío eterno de un vórtice negro.

Y nada más, se acabó. Todo.

Así, de sopetón. ¿Da miedo, no…?.

Sólo me asusta el hecho de que, no sé, si tengo que prepararme de alguna manera… Mis hijas, mi amor, mis padres tan viejos; mis amigos; proyectos… Tengo, me he dado cuenta, muchas cosas por hacer, pendientes todavía. Perdones que no he pedido, por traiciones secretas que no he purgado. Te quieros no dichos, clavados como remordimientos en el alma. Cadáveres enterados en cunetas de caminos secretos y tormentosos… Deudas por pagar. Pecados y confesiones; llantos y risas. Valores y miedos.

Por otro lado, solo tengo un mes para ¿para qué…?

Correr, saltar, follar, comer, llorar, reír, gozar, viajar, amar, beber, regresar, fumar, marcharse, acariciar, quedarse, imaginar, conseguir, esperar.

Parece ser que he de darme prisa. Un colapso o un infarto, quizá un ictus o un enfisema; tal vez, una mala mierda de mis tripas en forma de cáncer de colon, va a acabar conmigo, seguro… En un mes.

Lo que no sé, es si será este abril, o en un enero, o en un julio; o quizá a mediados de un septiembre cualquiera… Tampoco sé de qué año; si éste o el próximo tal vez, ¿dentro de cinco quizás…?

¿Quién sabe cuándo daremos la última vuelta, de nuestro torbellino vital…?

Sólo sé, al igual que tú lector, que me voy a morir dentro de un mes, seguro; lo que no sabemos, es, de qué año.

Una certeza matemática.

¿Y ahora, qué hacemos…?

Menandro. Comediógrafo griego: “Comamos, bebamos, que mañana moriremos…”

Antonio Rodríguez Miravete

Rae. Materia idiomática

Historias de Salvador Juan Vallone

Me inclino ante el ingenio, la sátira, el humor, la inteligencia, la sensibilidad, y la palabra…

Gracias una vez más…

Y vosotros disfrutad malditos, disfrutad leyendo…🤔

…….

NOVEDADES EN MATERIA IDIOMÁTICA

La Real Academia de la Lengua dará a conocer próximamente una reforma de la ortografía española. Se trata de un plan quinquenal que entrará en vigor en forma paulatina, para evitar confusiones. Su aplicación tornará más simple el castellano de todos los días, pondrá fin a los problemas ortográficos que suelen tender trampas a boxeadores, economistas, ingenieros y arquitectos, y logrará que nos entendamos de manera universal quienes hablamos esta noble lengua.