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Silvino, y el pescado roquero

Estoy escribiendo desde la sala de espera de la consulta de mi dentista. Como bien sabréis, no me gustan nada los dentistas, y voy a viajar y a evadirme recordando y escribiendo acerca de la cena de la otra noche…

……….

Entré en ese restaurante casi, como entro en mi propia casa… Era su cumpleaños, y con el comedor casi vacío y a nuestra merced elegimos, sentarnos en una mesa como arrinconada y coqueta en una de las esquinas… Yo, buscaba un entrecot de vaca que como siempre, magnífico, más que cumplió con la recomendación de mi amigo el dueño… Manuela, fiel a sus costumbres eligió pescado; un sublime pargo al horno… Una vez hecha la comanda, encarantoñados ella y yo, esperamos las entradas, que fueron aterrizando poco a poco y a tiempo sobre el blanco de nuestro mantel…

La ensaladilla de bogavante no podía estar más ni mejor provista; sincera, jugosa; sabrosísima es poco superlativo para su acierto… Después, casi lloramos, al echarnos a la boca unas alcachofas confitadas y salteadas con esmero, acompañadas de un foie a la plancha fresco y sin par…

Pero fueron unas croquetas… Me supieron en verdad a aquel pescado roquero: a rata y araña, a gallina y ñora…

Unas sencillas croquetas de pescado, pequeñas, humildes y que nos resultaron del todo escasas dado su éxito, fueron las que más sorprendieron a mis papilas, y me llevaron a uno de esos viajes de ida o de vuelta, que uno espera hacer cuando va a un buen restaurante… Y yo, cada vez que voy a éste, viajo… En este caso, fue un viaje de vuelta.

Volví directo a mis recuerdos veraniegos frente al mar, cuando de críos, bien temprano, ayudábamos a los pescadores a varar sus enormes chalupas de madera, arrastrándolas playa arriba hasta dejarlas fuera del alcance de las olas… Y como pago en especie a nuestra ayuda, aquellos exhaustos pescadores nos regalaban parte, de la morralla humilde que nadie compraba: gatos, arañas, ratas y gallinas; rayas, pequeños cangrejos, caracolas y alguna que otra almeja huérfana… La otra parte, se la guardaban para ellos…

Pues con aquel rechazo para pobres, armaban entre mi abuela y mi madre un caldero, al borde justo del mar, difícil de describir… Aceite de oliva y ñora frita lo justo para el majado; ajo, tomate y pimentón; caldo, sal y tiempo; arroz, azafrán, y saber hacer…

Todo aquello en unas croquetas…

Pues si quieres viajar, ya sabes, no se puede fallar donde Silvino y Encarna…

Es una marca de la casa.

……….

También viajé hacia atrás en el tiempo, al acordarme de cuando nos llevaban de marcha… Ellos eran los mayores: Silvino y el Patolas; el Yoni y el Moreno; Luis el de Baqueta, Miguel Ángel Cárceles, el Teodoro, el Pichas… Y nosotros éramos los pipiolos, acabándonos la edad del pavo: el Silvinico, Iván Cárceles, Rincón, Paco el Gordo, Santi Soto, yo…

Con ellos, estábamos seguros porque eran buenos chicos y estaban bien amueblados… Éramos todos algo golfos, eso sí, pero también estábamos educados como ya no se educa hoy… Era, como ir con unos primos mayores que tú… Solo corríamos, los riesgos propios de la juventud desbocada…

Pero de todo ésto que os cuento, hace ya muuuchos años…

Me toca entrar ya… Os dejo.

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Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

💕

curas, raros, y maricones.

Es muy difícil y sé, que no hago del todo bien escribiendo en bruto sobre temas tan escabrosos, políticamente no ya incorrectos sino cuasi prohibidos, y que entran en conflicto incluso, con algunas de mis propias convicciones… Espero que curas, maricones, raros y otros, tengan el cuajo necesario para terminar de leerme sin juzgarme, ya que yo sí intento tenerlo en la precisión, y en el cuidado al escribir…

……….

El Dios, que mis padres con bondadoso ahínco pero con poco éxito, pretendieron inculcarme, fue el cristiano; y éste amaba a todos sus hijos por igual y sin hacer distinción alguna…

Y recuerdo, que por bondad, la beatífica fe de mi madre probó durante algún tiempo a ver si yo me animaba, llevándome tooodos los domingos de visita a ver a mi primo al seminario de Orihuela…

De nada sirvieron aquellas cándidas jornadas catecumenales, o los fervorosos ejercicios espirituales en el colegio Estella Maris; tampoco los obligatorios y cansinos rosarios de los miércoles; ni su tierna insistencia materna…

Y es que yo -su gozo en un pozo- ni era ferviente ni maricón; era raro éso sí… Sensible e introvertido, cabezón, y confieso que algo viciosillo. Ya entonces había empezado a fumar, y a otras cosas.

Desde siempre, casi todos aquéllos de familias pudientes, y otros muchos de familias solo acomodadas, terminaban consintiendo el ser curas; y si eran muy pobres, monjes… Así, tomar los hábitos era una forma digamos que de búsqueda de escondite o de amparo, o de un simple futuro… En aquellas sociedades pacatas, puritanas y atrasadas, muchos maricones que podían, se refugiaban bajo la sotana y el presunto celibato, pero para que no los clavaran -pobres de ellos- por el culo en una estaca por sodomitas. Es duro pero era prácticamente así… Y eran la sotana y los cachivaches eclesiásticos símbolos escondites, tras los que sin duda a veces se camuflaban ciertas inclinaciones…

Para ser maricón, al igual que para ser un cura, necesariamente tienes que poseer algo raro o especial… Y tienes que esconder cosas. Eso de los curas de consagrarse a Dios y renunciar a los placeres del mundo, o a todo lo contrario en el caso de los maricones, debía de ser duro, muy duro… Solo se concebía el sacerdocio, bien para consagrarse al amor de una verdadera vocación y a una fe; bien para disimular unos malditos instintos bujarrones; o para enclaustrar otras enfermizas rarezas, también instintivas… Siempre había sido lo normal y la usanza; era un hecho incontrovertible: curas, raros, y maricones.

Hace años, no había muchas veces nadie mejor que un cura para escucharte, acogerte, y entender tus rarezas... Deseos, piedad, compasión y onanismo; vicios veniales y secretos íntimos; pero seguro también que mucho y verdadero amor… El sacerdocio, al igual que la homosexualidad, siempre se ha hecho muchas pajas; pero no tiene porque haber nada malo en ese sexo íntimo, cohibido, ocultado… Amor, simplemente amor; tanto en el sacerdocio como en la homosexualidad.

A mí, he de confesar que en el fondo, ambas me parecen tiernas rarezas muy similares: unos dicen enamorarse de sus semejantes, y los otros dicen enamorarse de Dios… ¿Hay alguna diferencia…?

¿Dónde meten la polla, dónde ponen su empeño…? La homosexualidad te convertía antes, y el sacerdocio te convierte ahora, en víctima por un amor secreto, denostado, incomprendido…

Por ello, no acierto a entender el porqué se llevan hoy, tan mal, los maricones y el clero si siempre han ido de la mano y dormido juntos… Y tampoco entiendo el porqué la sociedad hoy, es tan indulgente con los maricones, y sin embargo le tiene tanta tirria revanchista a los curas candorosos… Los vicios y virtudes de ambos colectivos siempre han sido muy parecidos: amores ocultos y secretos de confesión; mucha paja, y sensibilidad especial ante la belleza; bondad.. una enorme capacidad para entregar amor…

Debería ser la homosexualidad ahora que no es perseguida, quien se apiadara compasiva de la gente a la que se persigue por una fe justa, sea cual sea el tipo amor que la inspira… A lo mejor, los maricones están más cerca de Dios…

Y si la homosexualidad actual escarbara en el clero -que no en la Iglesia- encontraría seguro hermosísimas historias teresianas de amor maricón, con las que ilustrar su dignidad y su lucha a lo largo de la Historia…

Siempre ha habido curas maricas o raros, y ninguna de las tres condiciones tienen porqué ser malas per sé… Solo son meras formas de amor.

Pero hoy en día, parece ser que la Fe, el culo y el cerebro, no se llevan bien…

eeen fin…

Antonio Rodríguez Miravete… Juntaletras.

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Almoradí. La inundación.

Ha llovido, creo, más que nunca…

Y Almoradí, ha demostrado de nuevo que es el remanso de una isla, en la tempestad de cualquier inundación que nos venga… Tengo cincuenta y tres años, y la primera riada que en verdad recuerdo es, la del año ochenta y tres creo… La verdad es que mi memoria siempre fue algo difusa… En la famosa inundación del ochenta y siete, estaba yo en la mili, y solo recuerdo mi honda preocupación en la distancia, y las siempre escalofriantes imágenes en dramático blanco y negro, de la televisión de aquella época…

Almoradí, nos cuida… No sé si os habéis dado cuenta, pero yo os cuento.

El río, en aquella época sin canalizar, había reclamado suya la Vega como ha sucedido estos días… Nuestra Vega es un verdadero paraíso, pero llano, muy muy llano… La simple vista no permite distinguir una diferencia de altura de un par o tres de metros en el terreno; es imposible percibirlo cuando las pendientes son tan leves y tan largas, cuando el hermoso verde es tan variado e inacabable, y cuando los desniveles son tan suaves como lo son, cuando vas de un pueblo a otro en nuestra Vega… La Vega Baja del Segura…

Es precisamente por eso, que las riadas en nuestra Vega podría decirse que son suaves, progresivas, despiadadas pero como lentas; lo engullen todo pero parecería que avisando, avisándonos… Al no haber pendientes pronunciadas, no se crean corrientes de aguas agresivas sino frentes previsibles pero implacables, de lenguas de agua sucia y ripios, echándote de tu propia casa…

……….

En aquella época, Juan Miguel, en vez de la mula con la que acostumbraba a ir a su escuela en la Daya Nueva, se traía a hurtadillas, el Citroën dos caballos furgoneta de su padre para venir al instituto en Almoradí… Ello, pese a sus dieciséis años recién cumplidos… Si conducías bien y parecías más menos un adulto, nadie te paraba en la carretera; nadie; y menos aún, si te conocías a la perfección todos los recovecos, las veredas y los caminos secundarios de tu pueblo… Lo importante era, si sabías o no conducir… Si no sabías, nadie subía contigo…

El caso es que la noticia nos pilló allí, en el instituto; se suspendieron las clases… Había muchísimo menos miedo e histeria que hoy en el ambiente, por lo que en cuanto supimos del suceso, no se nos ocurrió otra cosa que coger el coche y hacer un reconocimiento -algo insensato pensaríamos ahora- de los alrededores del pueblo… Rincón, Iván, Juan Miguel, y yo. Aventura pura… Había playas alrededor del pueblo, como hoy: donde el Bar Angelín, frente a La Cruz de Los Caídos, en el Bañet… Y apenas había salidas; pero para ojos que no conociesen el terreno como lo conocían los nuestros…

Con una seguro que imprudente sensación de peligro controlado, recuerdo que como a unos dos kilómetros, a la altura ya de la Puebla De Rocamora, íbamos por una vereda con casas diseminadas a ambos lados, cuando, de repente y por nuestra izquierda, vimos venir una rambla que comenzó vertiéndose entre los bancales que separaban aquellas casas a la vera del camino… Empezó desde lejos, como a unos cien metros; la vimos venir hacia nosotros; parados, varados… Un fluido marrón viscoso de lodo, irrumpía entre las casas con aquellos chorros laterales pareciera como que lentos, pero en realidad monstruosos e implacables; engulléndolo todo, sin piedad; acercándosenos…

Nunca he ido marcha atrás en un coche de una forma tan salvaje e insensata como aquella vez… De repente, frenamos, para rescatar a una señora que salía apresurada de su casa en medio de semejante avalancha ensordecedora de crujidos de ramas y arrastre de enseres; terrorífico… Abrimos una de las puertas de atrás y entró a prisa y en silencio, con la mirada espantada; completamente empapada. Y arreamos huyendo con el coche de culo por aquel camino, en dirección creíamos, que a la Daya Nueva…

Recuerdo cómo nos encontró diría que milagrosamente, el padre de Juan Miguel… Tras poner a salvo a la señora y dejar aquel heroico Citroën allí tirado, nos subió a todos al remolque de un enorme tractor que conducía, con la sensata y valerosa intención de devolver a todo el que pudo a su casa… Rescatamos a no sé cuántos paisanos ofreciéndoles el auxilio de aquel remolque, justo en el momento justo, en que la riada arramblaba con el resto de sus restos…

Ayudamos a unos cuantos, y los tuvimos que llevar a Almoradí…
……….

Es el tercer día de riada que estamos aislados por tierra mar y aire, y acaba de pasar el camión de la basura frente a mi casa… Ésto, no pasa en ningún pueblo salvo en el mío: Almoradí.

Me he dado cuenta que nuestro pueblo funciona, si funcionamos juntos.

Y Almoradí, nos cuida…

¡¡ VIVA ALMORADÍ…!!

Antonio Rodríguez Miravete
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No ganamos pa’ sustos…

Vaya unos días llevamos ¿eh paisanos…?

No ganamos pa’ sustos… Pero, estoy orgulloso de vosotros, de nosotros, de ellos y de ellas; de ti…

He dado una vuelta nerviosa por el pueblo esta tarde para ver cómo iba la cosa, y me he llevado una grata sorpresa… No me gustaría minusvalorar las seguras desgracias que se hayan podido producir -mi huerto también está bajo un metro de agua- pero me refiero a que he visto calma, organización, gente por las calles; solidaridad, y hasta humor… Me he tropezado con guardiaciviles, concejales y niños; con policías y bomberos, con jóvenes y viejos anónimos; vecinos todos… Los he visto preocupados pero dispuestos, listos, para hacer cualquier cosa por el prójimo…

Gracias Vecinos, gracias Protección Civil, gracias Señora Alcaldesa, gracias Señor Policia, gracias Señor Bombero y gracias Señor Guardiacivil… Y gracias Almoradí…

Y me he dado cuenta que Almoradí funciona, si funcionamos juntos….

El único ‘pero’ que yo pondría a nuestro comportamiento como pueblo, sería, el de que durante toda la tarde solo estuvo un bar abierto, sólo uno: el Bar del ‘R’. Ahí sus…🤣😅

Os quiero…

Así que vaaamos, vaaamos…❤️

Antonio Rodríguez Miravete.

El grito

El sopor y la morriña que el calor provocaba en la tarde de un miércoles de agosto, en plena canícula estival, era irresistible. Las sombras caían perpendiculares al suelo, apenas rebasando el contorno de los objetos que las proyectaban, el calor espeso parecía que detenía el tiempo, lo ralentizaba pesado y pegajoso. A la hora de la siesta, en la huerta, solo se oían el crujido de mis pasos en la hierba seca y el chirriar de las cigarras…

El grito de auxilio sacudió mi pereza y mis embotados sentidos… Respondí con otro esperando respuesta para poder ubicar el origen de donde provenía. El consiguiente grito hizo cambiar bruscamente el rumbo hacia donde desorientado me dirigía…

No acertaba ver a nadie; largas filas de algodón plantado geométricamente a lo largo y ancho de un enorme bancal frente a mí, más atrás, la línea verde intenso de la acequia bordeada de cañaverales que partía en dos la finca. Volví a gritar y la consiguiente respuesta me mantuvo en la dirección hacia la que me dirigía, pero seguía sin ver a nadie. Corría alarmado a horcajadas evitando pisar las hileras de las plantas, acercándome rápidamente a la acequia, no parecía haber nadie, sin embargo los gritos no cesaban…

Llegué hasta la mota de la acequia, junto a una compuerta, ésta retenía el agua haciéndola subir de nivel hasta que rebosaba hacia una “regaera” que distribuía finalmente el líquido, progresivamente a cada uno de los márgenes del bancal. Las cañas se dejaban caer lánguidamente de las motas hacia el cauce de la acequia cerrándome la vista del mismo; estaba muy cerca del lugar origen de los incesantes gritos pero el espeso follaje me impedía distinguir nada. Finalmente pude atisbar una cabecita que apenas asomaba del nivel del agua, y unos brazos que agarraban frenéticamente cañas y follaje para mantenerse a flote, las paredes lisas de hormigón de la acequia impedían apoyarse en lugar alguno para poder izarse y salir; los dos metros largos de profundidad tampoco ayudaban…

nina-gritando

Al acercarme más pude darme cuenta de que se trataba de una niña. Los gritos cada vez eran más débiles debido al cansancio; el esfuerzo de mantenerse a flote y de luchar contra la corriente, que arreciaba justo en ese punto junto a la compuerta, estaban desgastando la tenacidad de la pequeña. Los remolinos del agua apretujándose por la presión, arrastraban y succionaban a la niña hacia abajo venciendo poco a poco, pero de forma inexorable, su resistencia… Me lancé al agua, con precaución para no golpearme con las paredes de hormigón de la acequia, a la vez que me agarraba de alguna de las cañas que se vencían hacia el cauce… Conseguí acerqué a ella y me di cuenta que era una gitanilla de no más de ocho años que gritaba y se agitaba como una loca.

En cuanto sintió mi contacto al agarrar su bracito, bruscamente se giró; con la agilidad de un mono me agarró ella y, literalmente, trepó primero por mi brazo, luego pisó sin misericordia mi cabeza con sus pies desnudos, arañándome e impulsándose hasta agarrar mi otro brazo que sujetaba la caña que nos sostenía a ambos. Finalmente consiguió otro agarre más arriba hasta que, con una rapidez y habilidad inesperada, en un último impulso y golpeándome sin miramientos con sus piernas, de un brinco consiguió salir del cauce…

Allí me quedé yo, hablándole para tranquilizarla, pidiéndole que me ayudase ahora ella buscando una caña robusta o algo que sostuviese mi peso para salir; me preocupaba mucho que estuviese asustada o herida, no paraba de hablarle y de pedirle que me hablase…

Tras un instante me di cuenta de que se había largado… la cría había salido corriendo dejándome allí tirado, mojado, sin ayuda y hablando solo; ni gracias…

Sin mucho esfuerzo conseguí salir de la acequia y, refrescado eso sí, comencé a “espionar” algodón.

Antonio Rodríguez Miravete