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LÁGRIMAS DE MUJER

Hace solo unos meses que lo enterramos, y no quiero siquiera imaginarme que lo tuviésemos que enterrar hoy en día, con lo del coronavirus éste de mierda…

Y no sé porqué, pero últimamente me arranco a llorar con una insólita frecuencia. Se ve, que ahora estoy de lágrima floja porque siempre fui de lágrima fácil… Aunque también siempre he necesitado un buen motivo, un buen porqué para que se me soltaran esas lágrimas: el tormento del amor bien retratado en el cine; los actos de heroísmo; la añoranza de mis hijas; anhelos de viejos reencuentros; los remordimientos… Cosas así eran las que me hacían llorar…

Como no sé estar en la cama sin dormir me levanté, Manuela dormía a mi lado la siesta desde hacía un rato… Me dio por recordar cuando de pequeño también hacía como que la dormía, echado junto a mi padre… Entonces, casi abrazado a él y oyéndolo respirar, solo esperaba con impaciencia a que despertase para irnos toda la tarde a la huerta montados en su bicicleta… No había aventura mejor.

Eché a andar fuera de la habitación, y el caso es que sin venir a cuento, me asaltaron unas inesperadas pero imperiosas ganas de llorar muy extrañas; diríase como que femeninas; de ésas, que ellas muchas veces intentan explicarnos a los hombres. No sabes porqué coño estás llorando, pero lloras y lloras… Me encontré en medio de la cocina de casa, a lágrima viva, a las cuatro y pico de la tarde, y sin tener ninguna de las razones para llorar de las que antes os hablaba… Lloraba solo y porque sí.. Y oye, he de confesar mi sorpresa, al sentirme tan a gusto sollozando sin motivo alguno, aparentemente…

¡Qué cosas…!

Luego recordé a mi hija la pequeña, cuando con solo ocho días de vida tuvo que luchar, a muerte y con la sola arma de su llanto, llorando contra un atragantamiento… Estuvo más allá que aquí; se puso azul, y prácticamente dejó de respirar… Pero desde el primer momento y como una jabata salvaje chillando por su vida, mi pequeña plantó batalla, guerreando hasta el último segundo de aquellos quince angustiosos e interminables minutos… Y tanto combatió mi pequeña guerrera recién nacida, que venció llorando, chillando y así recuperando, aquel resuello vital que finalmente la mantuvo aquí sin irse allá…

¡Por muy poco, pero ganamos…! A veces hay que tener los redaños de hierro…

Así que lloremos sin miedo. No debe ser malo…

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras….

mi primer coche

Desde finales del verano de aquel año estuve currando hasta de albañil; y convenciendo pacientemente a mis padres de que con mi dinero, iba a hacer lo que me diera la gana…

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Compré aquella tartana con urgencia porque acababa de conseguir un buen trabajo en Alicante, a cuarenta y cinco kilómetros de casa; necesitaba sí o sí un coche para trabajar… Al final tomé la decisión, digamos que precipitada, de elegir un ajado Simca 1200 modelo TI, del año 1974, creo… Una máquina de cincuenta y cinco caballos algo ausentes eso sí, pero que en aquella época colmaban de sobra mis novatas aspiraciones automovilísticas. Lo encontré en un rastro y me costó el equivalente a mil euros de hoy… No había ahorrado absolutamente nada de mi magro sueldo, y tuve que comprar aquella joya a plazos; poco a poco, semana a semana, pagué por adelantado y en billetes el equivalente a los quinientos y pico primeros euros…

Era ya la víspera de la nochevieja de aquel año y quería conducir ese coche ya… Sí o sí. Por ello, con lágrimas fingidas de bisoño veninteañero y al tiempo que depositaba en su mano un muy esforzado fajo de billetes, supliqué al Rebagliato ¡que por Dios! me dejase disfrutar de mi anhelado vehículo pese a los poco más de trescientos euros que todavía le debía…

Argumenté insistente y lastimosamente: que si era la víspera de nochevieja; que si ligaba menos que el chofer del Papa; que si yo era formal ¡y qué coño! éramos del mismo pueblo; que si necesitaba echarme una novia con muchísima urgencia… Le rogué abiertamente que se apiadara, y se fiase de mí en definitiva, porque me moría por agarrar aquel volante…

Clavando sus amenazantes ojos azules en los míos, tras advertirme de la deuda que con él quedaría por saldar, El Rebagliato cedió a mis súplicas entregandome las llaves con renuencia; refunfuñaba, y mascullaba no sé qué de que iría a mi casa a final de mes, si no le pagaba según lo acordado…

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Dioooss qué gusto el clavarle el pie al acelerador de aquél mi primer coche. La mejor nochevieja hasta el momento: por fin tenía vehículo… Y no paró un momento de llevarme de fiesta en fiesta, de un lugar a otro. Pim pam, pim pam… Nos repartía sin descanso por doquier hubiera un sarao, o una juerga de cualquier tipo fuera nochevieja, año nuevo o día de reyes… Se portó como un campeón.

Pero llegó el día ocho de enero, y empezó el primer día laborable de mi primer contrato laboral con mi primer coche… Ahora tocaba probar de veras la solvencia mecánica de mi joya, ya que tenía que hacerle ciento y pico kilómetros todos los días…

Pantalones de tergal, corbata, chaqueta y frío, mucho frío. Aún recuerdo aquellos primeros viajes de ida, somnoliento, por la carretera de la Úrsula y rumbo a la calle Reyes Católicos en pleno centro de Alicante; y un enorme plano callejero de papel desplegado sobre mis rodillas. Toda una aventura a mis veinte años… En aquella época se podía aparcar casi en la puerta del establecimiento al que te dirigías; eran otros tiempos…

Pero, en especial, vienen a mi memoria los viajes de vuelta… Ya por la tarde, ya sin sueño. Alentaba mi inexperto espíritu de piloto el hecho, de dominar los inquietantes temblores del volante de aquel coche al tomar con cierto arrojo las curvas traicioneras de la carretera. Ignoraba por completo el inminente peligro que aquellos tembleques aseguraban…

Llevaba poco más de quince días dándole caña a aquella joya mecánica con mis trajines laborales… El Rebagliato me dio las llaves del día 30 de Diciembre; por lo que no habrían pasado apenas ni cuatro semanas desde que tenía coche…

Arranqué el motor aquella fría mañana de Enero, y aunque áspero, el ruido de aquel desperezar mecánico no presagiaba el desastre que se me avecinaba… El Simca carraspeaba en frío y se arrastraba tremolante y lento por la vieja carretera de Dolores… Así, hice unos tres kilómetros hasta que llegué a la altura de la sempiterna gasolinera, a partir de la cual, una ligera cuesta de la carretera advertía del cruce con la hoy desaparecida vía del tren…

Fue al cruzar aquel paso a nivel… Algo extraño al frenar, un quejido metálico, como un golpe quebrado hacia abajo… Una breve caída y un arrastre… Los vaivenes y la inercia del coche al cruzar las destartaladas vías terminaron bruscamente, en seco; como cayendo…

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Noté que mi culo quedó sentado casi a ras del suelo. Estupefacto y algo asustado salí del coche; la puerta arrastró en el suelo al abrirla, y al incorporarme por completo -casi tuve que salir a gatas- vi las ruedas delanteras. Ruedas como abiertas de piernas, desvencijadas… ¿Y el motor…? También en el suelo con los soportes retorcidos y vencidos. El chasis mostraba unas soldaduras infames, que desgarradas ahora, habían ocultado la estafa, la ruina y el riesgo que el conducir aquel vehículo suponía… Mientras, los humores intestinos de aquel motor caído, se derramaban lentamente, como una hemorragia negra sobre las traviesas mojadas de la vía.

Tierra, trágame…

Era hora punta, y se formó una cola tremenda de coches exasperados por la extrañeza y las prisas; bocinazos tensos, nerviosos; gritos, muchos ternos… Qué vergüenza…

Yo, pantalones de tergal, corbata, chaqueta y frío, mucho frío… Con fingido gesto impasible, entré casi a rastras de nuevo en el coche a recoger solo mi agenda. No paraban los bocinazos… No recogí por dignidad ni la documentación, ni el aparato de radio, ni los casetes, ni ningún otro chisme de los que llevaba en el coche. Ni siquiera quité las llaves ¿para qué…?

Resultaba un espectáculo patético; más bocinazos… Cerré el coche con un impotente portazo de rabia, y totalmente abochornado comencé a caminar estoicamente en dirección de vuelta al pueblo, con la poca dignidad que todavía me podía permitir…

Andando enrabietado caminito de mi casa y al pasar frente al taller de los Albaladejo, vi, y compré en ese mismo momento, un Seat 131 Supermirafiori 1430 de gasolina azul, bonito; también de segunda mano… Me lo quedé con urgencia, sin regatear, con la sola condición indispensable, de que recogieran sin falta aquel despojo de chatarra que embotellaba la carretera, y de que se deshicieran de él lo antes posible… Nunca más quise saber nada de aquel coche.

Por supuesto, no pagué el dinero que me faltaba pese a que El Rebagliato, aún a sabiendas de mi percance con la joya, tuvo la desfachatez de venir a mi casa en un par de ocasiones a exigirme que terminase de pagarle…

Casi, terminamos mal.

Me duró, creo que veintinueve días el coche…

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

Nuestro niño interior…

Ahora tenemos Internet, Instagram y Facebook, y WhatsApp…

Menos mal…

A nuestras órdenes siempre están los secadores de pelo, el mando a distancia del aire acondicionado, o los dos botoncitos de los elevalunas eléctricos… Para hacernos la vida aún más ociosa e inane, disponemos de alivios como la moda, la inteligencia artificial, o una multitud de fármacos multiusos que hasta nos la ponen dura… Y una de las cosas, creo yo, más inquietantes: coches, que dentro de poco van, ni más ni menos que a conducirnos…

Os acordáis del anuncio aquél de BMW: ¿Te gusta conducir…? Un BMV con las ventanillas abiertas y la carretera fluyendo frente ti… Tu mano abierta, fuera del coche, abanicada libremente por el placer de conducir a contraviento de la velocidad… La otra de tus manos agarraba el volante; conducías tú…

Pues hasta eso nos quieren quitar… Porque es el coche, al igual que lo fue el caballo, una de las grandes conquistas humanas: la de la libertad de movimientos a nuestro albur… Y no dudéis de que es éso justo -después del dinero en metálico- lo segundo que nos quieren arrebatar: el libre albedrío….

O bicicletas y transporte público barato, o coches para pobres. Cochecitos capados, obedientes, que tengan como mucho tres o cuatrocientos kilómetros de autonomía, y que chiven a cada paso, cualquiera de los que tú des… Que siempre sepa George Orwell por dónde vas, y cuándo y porqué usas tu tarjeta de crédito.

Tooonto…

George Orwell ha empezado a tener razón mucho más aprisa, de lo que cualquiera hubiéramos podido imaginar.

Dejamos una especie de rastro, como de baba rastrera, a cada paso digital que damos en Internet… Nuestros datos, son muestra y carnaza para oscuros sabuesos; perros de olfatos prestos a interpretar nuestra realidad presente, y a decidir, lo mejor para todos y cada uno de nosotros. Y así, alguien siempre nos usa… Usan constantemente nuestro horario y nuestros gustos, para invadir con impunidad, hasta la intimidad de esos minutos en los que vas a cagar tranquilo en casa, y te llevas el móvil… O hasta cuando estás yendo al trabajo en el autobús, y repasas en el jodido aparatito tus menesteres varios.

Tooonto…

Hemos creado una sociedad mullida de tantas perezas, que la gente se ha creido que puede salvar el mundo y comprar barato…

Soplar y sorber a la vez… Ansiamos bóbamente, gustar a todo el mundo y volver a recuperar aquél nuestro niño interior… La niñez -lo infantil- es un estadío que está mariconamente sobrevalorado… Los niños al igual que las flores, son muy monos; pero dan fruto sólo, cuando dejan de serlo… Pretendemos recuperar una felicidad mañaca y cutre, como turistas que repiten todos, las mismas aventuras ya sin riesgos, y en sitios ya trillados…

Yo en cambio, querría olvidar toda esta nadería vital que nos domestica, y recuperar mi animal salvaje interior… Ansiaría volver a lo de carnívoro y lo de nómada; lo de animal prístino que aún quede en mí… Regresar a mi ser homínido perdido y primigenio, omnívoro y depredador. Sentir de nuevo dentro de mí a aquel bruto lleno de pelos y miedo; bestia dejada al albedrío del frío, del torbellino, y de la completa intemperie de esta puta naturaleza nuestra…

Con lo que ahora sé, quiero dejar de ser insensible ante este presente de mierda, esta estupidez y esta ñoñería flagrantes… Es más, quiero que se me revuelvan las tripas y vomitar de vergüenza ajena, frente a tanta hipocresía… Quiero atacar para defenderme si me atacan… No quiero permanecer impasible ante este suicidio vital en el que nos estamos embutiendo lentamente… Una trituradora moral, una confusión, en la que olvidamos nuestro deber de ser humanos; de ser gente amigable, receptiva, ignorante, y por ello curiosa…

Quiero luchar todos los días para ganar mi comida mientras me sea posible y duren mis fuerzas… Continuar porfiando para follar, mientras esa pulsión animal así me empuje. Y proteger hasta la muerte mi cueva y a los míos… Me gustaría que se me volviesen a afilar los colmillos para volver a devorar carne cruda si fuera preciso, arrancándola a estirones de los huesos de mis presas…

Quiero matarme en una curva cualquiera, o en el intento de colmar cualquier pequeña cumbre… Peleando, malfollando, o persiguiendo un sueño ¿qué más da…?

Y cuando no sea así, piedras sobre mí…

Antonio Rodríguez Miravete

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Almoradí. La inundación.

Ha llovido, creo, más que nunca…

Y Almoradí, ha demostrado de nuevo que es el remanso de una isla, en la tempestad de cualquier inundación que nos venga… Tengo cincuenta y tres años, y la primera riada que en verdad recuerdo es, la del año ochenta y tres creo… La verdad es que mi memoria siempre fue algo difusa… En la famosa inundación del ochenta y siete, estaba yo en la mili, y solo recuerdo mi honda preocupación en la distancia, y las siempre escalofriantes imágenes en dramático blanco y negro, de la televisión de aquella época…

Almoradí, nos cuida… No sé si os habéis dado cuenta, pero yo os cuento.

El río, en aquella época sin canalizar, había reclamado suya la Vega como ha sucedido estos días… Nuestra Vega es un verdadero paraíso, pero llano, muy muy llano… La simple vista no permite distinguir una diferencia de altura de un par o tres de metros en el terreno; es imposible percibirlo cuando las pendientes son tan leves y tan largas, cuando el hermoso verde es tan variado e inacabable, y cuando los desniveles son tan suaves como lo son, cuando vas de un pueblo a otro en nuestra Vega… La Vega Baja del Segura…

Es precisamente por eso, que las riadas en nuestra Vega podría decirse que son suaves, progresivas, despiadadas pero como lentas; lo engullen todo pero parecería que avisando, avisándonos… Al no haber pendientes pronunciadas, no se crean corrientes de aguas agresivas sino frentes previsibles pero implacables, de lenguas de agua sucia y ripios, echándote de tu propia casa…

……….

En aquella época, Juan Miguel, en vez de la mula con la que acostumbraba a ir a su escuela en la Daya Nueva, se traía a hurtadillas, el Citroën dos caballos furgoneta de su padre para venir al instituto en Almoradí… Ello, pese a sus dieciséis años recién cumplidos… Si conducías bien y parecías más menos un adulto, nadie te paraba en la carretera; nadie; y menos aún, si te conocías a la perfección todos los recovecos, las veredas y los caminos secundarios de tu pueblo… Lo importante era, si sabías o no conducir… Si no sabías, nadie subía contigo…

El caso es que la noticia nos pilló allí, en el instituto; se suspendieron las clases… Había muchísimo menos miedo e histeria que hoy en el ambiente, por lo que en cuanto supimos del suceso, no se nos ocurrió otra cosa que coger el coche y hacer un reconocimiento -algo insensato pensaríamos ahora- de los alrededores del pueblo… Rincón, Iván, Juan Miguel, y yo. Aventura pura… Había playas alrededor del pueblo, como hoy: donde el Bar Angelín, frente a La Cruz de Los Caídos, en el Bañet… Y apenas había salidas; pero para ojos que no conociesen el terreno como lo conocían los nuestros…

Con una seguro que imprudente sensación de peligro controlado, recuerdo que como a unos dos kilómetros, a la altura ya de la Puebla De Rocamora, íbamos por una vereda con casas diseminadas a ambos lados, cuando, de repente y por nuestra izquierda, vimos venir una rambla que comenzó vertiéndose entre los bancales que separaban aquellas casas a la vera del camino… Empezó desde lejos, como a unos cien metros; la vimos venir hacia nosotros; parados, varados… Un fluido marrón viscoso de lodo, irrumpía entre las casas con aquellos chorros laterales pareciera como que lentos, pero en realidad monstruosos e implacables; engulléndolo todo, sin piedad; acercándosenos…

Nunca he ido marcha atrás en un coche de una forma tan salvaje e insensata como aquella vez… De repente, frenamos, para rescatar a una señora que salía apresurada de su casa en medio de semejante avalancha ensordecedora de crujidos de ramas y arrastre de enseres; terrorífico… Abrimos una de las puertas de atrás y entró a prisa y en silencio, con la mirada espantada; completamente empapada. Y arreamos huyendo con el coche de culo por aquel camino, en dirección creíamos, que a la Daya Nueva…

Recuerdo cómo nos encontró diría que milagrosamente, el padre de Juan Miguel… Tras poner a salvo a la señora y dejar aquel heroico Citroën allí tirado, nos subió a todos al remolque de un enorme tractor que conducía, con la sensata y valerosa intención de devolver a todo el que pudo a su casa… Rescatamos a no sé cuántos paisanos ofreciéndoles el auxilio de aquel remolque, justo en el momento justo, en que la riada arramblaba con el resto de sus restos…

Ayudamos a unos cuantos, y los tuvimos que llevar a Almoradí…
……….

Es el tercer día de riada que estamos aislados por tierra mar y aire, y acaba de pasar el camión de la basura frente a mi casa… Ésto, no pasa en ningún pueblo salvo en el mío: Almoradí.

Me he dado cuenta que nuestro pueblo funciona, si funcionamos juntos.

Y Almoradí, nos cuida…

¡¡ VIVA ALMORADÍ…!!

Antonio Rodríguez Miravete
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Los celos…

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Acribillado por un frío cabrón, pero ahí estaba yo. Ciego… No iba a encender ni el motor ni la calefacción. Aparcado como a cuarenta metros de la puerta de su casa, no era cosa de que a esas horas chismorrease toda la calle al verme ahí así, tirado a las cuatro de la madrugada, con el escándalo del motor en marcha, y con los celos y la rabia mordiendome las uñas y las entrañas…

Algo, llevaba maliciándome desde hace semanas.

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Sin advertir la hora que era y encorajinado por todo el día esperándola, exploté y llamé yo a su casa… Creo que por conmiseración y al saberme exasperado y ciego, conseguí la confesión de su hermana… Ésta me informó, de que eran más de la una de la madrugada de un martes; que no la habían visto desde que salió por la mañana; y que a esas horas todavía no había regresado..

Envuelto en llamas tuve que salir de casa para desfogarme con una rabieta nocturna en coche; y un par, o más, de whiskys solitarios…

Ya me lo dijo una vez, al principio, sentados en mi Citroën CX… Justo aparcábamos al lado, y la embobaba, un impresionante BMW serie 6, blanco:

– Yo, quiero tener un BMW como ése…

Ella no tenía carnet, y además, me había confesado en varias ocasiones que el pánico a conducir se lo impediría siempre; y por ello, aparte de reírme un poco no eché yo más sal a aquel comentario; al menos entonces. Y fíjate tú, por dónde…

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Nueve años y yo, continuaba aún lejos de cualquier flamante BMW… No podía permitirme otro coche que un precioso e impecable Ford Taunus serie Ghia 2 litros, de segunda mano… Completamente original y una joya al menos a mis ojos…

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Y ahí estaba yo… Más de tres horas llevaba enjaulado y ciego en el Taunus, a la espera de si venía… Más de las cuatro de la mañana y el imbécil de mí lucubrando, cómo abordarla cuando volviera; rumiando cuánto leerle las cuarenta…

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Conforme al reflexionar bajaba mi calentura y se aliviaba mi ceguera, me di cuenta de que ante todo, y ya que era un cornudo, debía evitar en la medida de lo posible quedar también como un imbécil…

Como un imbécil ya quedaba si ella volvía. Porque volvería con mis cuernos recién puestos a las cuatro de la mañana, y a ver en plena calle qué coño le vas a decir. No soy yo de montar ese tipo de escenas en público… Y si acaso no volvía, también como un imbécil quedaba porque si ya eran semejantes horas, y ella no tenía coche, era evidente que después de consumar mi cornamenta se habría quedado a dormir con él…

Y yo allí. Imbécil, y ciego… Me marché a casa.

A los pocos días, claro, recuperé la vista…

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Resultó el amante furtivo, ser el hermano crápula de una amiga común, cuya familia, tenía la no menor cualidad de tener el dinero por condena… Pero aparte de esa condición, parece ser que no tenía el Don Juan muchas otras cualidades al menos confesables… No se le conocían al prenda otros oficios, salvo el de esquilmar el colmado pesebre familiar a fuerza de destrozar BMWs. Seguro que también el de pagar putas caras. Y el de concederse sin medida, cualesquiera otros caprichos que a su albur se le antojasen…

Un gañán, incapaz de juntar más de seis palabras por frase, y feo… No sabemos si tenía una buena polla, pero un renting todo riesgo con la BMW, él o seguramente su padre, sí tendría sí…

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Chica lista…

Es curioso como cuando eres tú el ciego y el que en verdad ama, ves y con detalle, si cambian ‘ciertas’ cosas, y cuándo cambian…

Cuando se empiezan a esquivar ‘ciertas’ miradas… Cuando ‘ciertos’ detalles parece que empiezan a ser olvidados… Acaso cuando detectas y antes no ‘ciertas’ renuencias sutiles… O cuando ves que el otro adquiere ‘ciertas’ costumbres postizas…

Su padre también bajó al advertir mi estado de ánimo cuando, desde el rellano en la entrada de su propia casa, clamé airadamente por su hija… Recuerdo montar entonces sí, una verdadera escena; peeero, en privado… Así mismo recuerdo que seguramente, también hice el imbécil todo el rato leyéndole las cuarenta, al exigirle unas explicaciones vacías que eran ya, tan solo, una especie de resarcimiento estéril…

Pero lo que no recuerdo es, cuál fue concretamente aquel detalle o comentario mío, seguramente imbécil también, que hizo que padre e hija sonriesen acaso levemente… Solo sé, que con mis cuernos a flor de piel, aquellas sonrisas extemporáneas me tocaron profundamente los huevos… Y envuelto una vez más en llamas exploté, clavando mis ojos en los del padre y espetándole:

– No sé de qué se ríe Usted, ya que…

Y sin pestañear giré mis ojos hasta atrapar los de ella, y mirándola sin piedad, continué con mi puya al padre:

-…su hija es una puta y una guarra porque se ha portado conmigo, como una puta y como una guarra…

Y seguí así, mirándola durante todo un silencio… Hasta que desaté, al fin y para siempre mis recuerdos de aquellos hermosos ojos…

Creo, que le hice un último gesto contrito al padre y rápidamente me dí la vuelta; salí de aquel rellano, arranqué mi Taunus y me fui…
Nunca, había insultado así a nadie…

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Tensan la ceguera y los celos, poco a poco, una especie de cuerda interior que a todos, nos convierte en un peligroso arco a punto del disparo…

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras

el dentista…

Ese tercer pinchazo sí me dolió; en el paladar; ya me lo había advertido… Más que tumbado volcado; casi cabeza abajo aunque boca arriba en aquel sillón albino… Mi carrillo izquierdo estirado con ahínco, y mis manos crispadas, agarrándose al miedo; el resto de mi cuerpo contorsionado, retorcido y rígido…

Una lagrima diríase contenida, solitaria, asomó tímidamente por la comisura exterior de mi párpado derecho; se deslizaba lenta, como buscando recogerse en el cuenco de mi oreja… No sé cuál sería la razón de aquella lágrima, si el dolorcito picante del último pinchazo, tal vez los nervios, quizá la tensión muscular, o seguramente el puro miedo… Tampoco sé, si alguien se dio cuenta de tan minúsculo detalle…

Mis ojos decidieron no abrirse, eludiendo el asistir al truculento espectáculo de ver manos introduciendo artefactos espantosos en mi boca; los mantuve cerrados encomendándome a aquéllas… Manos duchas, que trajinaban con pericia la mitad inerme de mi cara como harían con una vulgar carrillera. Carne y hueso, insensibles a los agresivos manejos de aquellas manos que abrían cinco centímetros en canal mi encía superior izquierda, para luego introducir tres tornillos metálicos en no sé qué parte de mi hueso maxilar. Ufff… Todavía me mareo casi, incluso al escribirlo…

Tengo cincuenta y dos años y no puedo evitarlo, es un pánico irracional, instintivo, real para mí; cuasi infantil lo reconozco; canguelo puro, puro miedo… Un miedo estéril; lo sé…

Hoy los dentistas no provocan dolor, y es evidente que desde siempre, han contribuido a aliviar precisamente uno de los peores, de los más implacables…

La humanidad ha recurrido a mañosos sacamuelas desde tiempo inmemorial… Suplicantes, atormentados y hasta enloquecidos, nos sometíamos a ese dolor supremo, insoportable pero momentáneo, de arrancar en vivo del tirón un diente o una muela… Todo fuere con tal de terminar, aunque de cuajo, la convivencia con un verdadero suplicio, con un calvario de dolor tirano, constante, y mucho más insoportable… O te sacabas la muela o reventabas, inevitablemente; tarde o temprano…

Con los ojos apretados prefería no imaginarme si quiera, esa especie de berbiquí con el que sentía taladrar pareciera que toda mi testuz… Oía su giro eléctrico; notaba la presión suave pero implacable de aquella broca, sobre mi maxilar superior izquierdo, girando lenta, horadando, penetrando poco a poco… Sentía su vibración hasta en los huesos del interior de la oquedad cóncava de mi cráneo, haciendo reverberar mi cabeza entera como una campana sorda…

Mi pánico se desbocó cuando al borde de la contractura y al retorcerme un poco intentando aliviar la rigidez de mi postura, el dentista, con un grito imperativo y tajante me advirtió, que en ese preciso momento no me moviese si quiera un ápice… Noté al galeno conteniendo la respiración, parece ser que por lo trascendente de la faena que le acuciaba en ese instante… Solo se oía de vez en cuando un pitido como apagado, tras el que se olía un leve pero desagradable tufo a algo quemado…

En semejante trance intenté evadirme nuevamente… Rememoré una de mis citas con el dentista en la que, con tal de no ir solo, llegué incluso a hacerme acompañar por la mayor de mis hijas; de tan solo cinco años…

Recuerdo a la pobre que, en su papel de cuidadora, no paraba de intentar calmar mi miedo acariciando tiernamente mi cara y mi pelo con sus manitas; tampoco dejaba de hablarme, dándome docenas de sensatas razones para calmarme… Cuando al fin me llamaron, no consintió el separarse en ningún momento de mí, y se empecinó como una jabata, en situarse todo el tiempo a mi lado junto al sillón del dentista “por si mi papá llora, o algo…”

También recordé escarmentado que, hace ya muchos años, en una de las pocas ocasiones que mi dentista Don Fernando me veía por su consulta, como buen argentino socarrón y corrosivo, sentenciando me preguntó:

– Antooonio, vos habés tenido hasta ahora mucha suerte con esa boooca… ¿pero la querés para comer, o para guardar el auto…?

Además, no dejéis de ir al dentista, por ‘la cuenta’ que os trae…
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Antonio Rodríguez Miravete

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Relato de un mal rato…

En aquella época de mi infancia las casas permanecían siempre abiertas, de par en par… Solo las cancelas interiores permanecían cerradas, aunque francas a las cuitas de vecinos y transeúntes… Oímos un ligero frenazo frente a mi casa, y el desgarrador aullido al ser aplastado por el neumático del vehículo.

Mi madre se disponía a salir a calle a curiosear el suceso cuando, al abrir la cancela, descubrió espantada que un pobre gato, amenazante, con la mitad del cuerpo machacado y buscando abrigo a su infortunio, se había refugiado en el pequeño espacio del recibidor de mi casa…

El reguero de sangre dejado en el suelo y las escaleras de la entrada, alarmó enormemente a mi madre, que cerró de nuevo, horrorizada, la cancela que impedía que el pobre animal penetrara en casa. No podíamos salir por esa puerta…

Mi cuñado y yo, extrañados, salimos por la cochera y dimos la vuelta a la casa hasta situarnos frente a la puerta de entrada que, completamente abierta, dejaba ver el dantesco espectáculo del pobre animal aplastado, arrinconado al fondo, con la mirada amenazante de ira y perdida de dolor, restregando lo que quedaba de su cuerpo contra el cristal esmerilado de la cancela… Hicimos el amago de entrar cuando, erizados, oímos el ululante y espantoso bufido con el que aquel felino herido de muerte nos amenazaba… Cualquiera que haya visto un gato acorralado sabe de lo que hablo…

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Al sentirse de nuevo intimidado y atacado por nuestra presencia, el gato, enloquecido por el dolor, empezó a arrastrarse con las patas que todavía le respondían, a la vez que aullaba amenazante y convertía el recibidor con sus hemorragias, en un inefable espectáculo de sangre y humores de gato restregados por el piso y las paredes.

No iba a dejarnos cogerle tan fácilmente. El animal, nos advertía de que iba a vender cara la poca vida que le quedaba… Y aunque nuestras intenciones eran las de recogerlo e intentar ayudarle, era algo que, lógicamente, no podíamos “explicar con detalle” al pobre bicho moribundo.

Decidimos hacernos con una manta para atrapar al gato y sacarlo de allí… Volvimos de nuevo a la puerta y entramos al alimón estirando la manta para, cual red, atrapar dentro al gato y poder hacernos con él sin peligro para nuestra integridad… Cuando el pobre animal se vio de nuevo acorralado y cercado por la manta, no os podéis imaginar el estallido de ira, pánico y furia del desdichado gato…

Empezó a aullar endiabladamente; como un torbellino empezó a dar botes violentos y exagerados, estampándose contra las paredes y el cristal de la puerta de la cancela con una violencia y fuerza inusitadas, provocando que mi cuñado y yo nos cagásemos de miedo… Era seguro que no nos íbamos a librar de algunos mordiscos, y de muchos arañazos desesperados… No había forma de sacar al gato de nuestra casa sin que saliésemos mal parados del lance…

Finalmente, en vista de la imposibilidad de hacer nada por el desdichado animal, uno de nuestros vecinos trajo una escopeta de perdigones. Era la única forma que se nos ocurrió de acabar con la situación, pero mi cuñado y yo ya estábamos bastante afectados y nerviosos como para apretar el gatillo… No podíamos hacerlo nosotros…

El revuelo de vecinos, curiosos y espantados por el suceso, se incrementaba a la vez que el desagradable hecho se complicaba. Mi madre, mi hermana y algunas vecinas, estaban fuertemente impresionadas además de horrorizadas por lo sucedido, y lloraban, casi histéricas, impotentes ante el incómodo y repulsivo episodio que estábamos padeciendo. Finalmente, uno de mis vecinos se arrancó y cogió la escopeta… Cada uno de los primeros tres disparos, fueron acompañados de unos espantosos alaridos de dolor intenso y de unos desesperados movimientos frenéticos, desafiantes y estertóreos, del pobre gato desahuciado… Cinco tiros hubo que darle antes de que el infeliz animal rindiese cara su pobre vida…

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El hecho de asistir al horrendo espectáculo de la degollina de aquel pobre animal, malherido y espantado por el dolor y la muerte cercana, nos afectó a todos con una sombra de tristeza, impotencia, pena y asco, que amargó enormemente aquel día, y algunos otros…

Antonio Rodríguez Miravete

El secuestrado…

Al igual que tú, lector, ya no recuerdo casi…

Pero, en mi caso, se debe a que es demasiado el tiempo que estoy dentro de esta sentina apestosa y oscura, de dos metros por dos metros, justos… Mis sentidos están embotados unos, y exacerbados otros…

Embotados unos ya que, por ejemplo, tengo atrofiado el sentido del gusto debido a que no sé cuánto tiempo llevo comiendo lo mismo… Todos los días; un caldo asqueroso con cosas flotando, una manzana, dos vasos sin fregar con algo de agua o de leche y, curiosamente, un huevo… Siempre lo mismo…

Tampoco la vista me sirve casi para nada dado que, cual topo, la completa oscuridad ha acomodado mi vista a la ceguera total dentro de este sarcófago donde me encuentro. Tanto es así que, cuando mis raptores entran -no a limpiar, sino estrictamente a retirar mis excrecencias- al encender la rácana luz justo encima de mí, mis ojos se quiebran como cristal, impidiéndome ver dolorosa y momentáneamente…

Por otro lado, el sentido del tacto ha sido el que me ha permitido -al recorrerlo no sé cuántos cientos de veces- formarme una idea precisa del tipo de agujero vil donde me encuentro…

Estoy encerrado en el interior inmisericorde de un cubo hueco de hormigón, sin juntas ni fisuras; solo un minúsculo agujero de ventilación… Todo está completa y deliberadamente insonorizado y a oscuras. Este agujero es inexpugnable salvo que se consiga abrir -justo sobre mi cabeza- la blindada portezuela metálica, que sella el agujero circular de entrada, y que constituye la única forma de acceder a este inmundo cubículo; o de escapar de él …

Otro de mis sentidos que también se ha exacerbado es el oído… Dado el embargo sensorial al que estoy sometido, sorprendentemente, se me ha agudizado hasta alcanzar una sensibilidad asombrosa…

Puedo sentir hasta las minúsculas vibraciones, del ínfimo golpeteo de las patitas de las cucarachas, quienes constituyen mi única compañía y muchas veces mi distracción. Con frecuencia me entretengo contándolas, ubicándolas con precisión al escuchar el sutil tableteo de sus patitas alrededor mío…

También el sentido del olfato se me ha desarrollado con sutileza… Extrañamente, ya que -con ensañamiento- el cubo donde a diario cago, meo y con frecuencia vomito, a veces permanece conmigo durante días… He de reconocer que, con frecuencia, me entretengo también en diseccionar olfativamente esos pútridos olores que me rodean, los clasifico y, morbosamente, hasta intento definirlos cual experimentado y retorcido sumiller. Es algo así como un juego… un juego triste sí… Un juego macabro, quizá para mantener así una concentración que me impida ir perdiendo el juicio.

Estoy secuestrado, lo que ya no recuerdo es desde hace cuánto tiempo…

Ahí están, van a entrar… los escucho apenas, y también creo que puedo casi olerlos pese a que todavía no han abierto la puerta; es chocante pensar que únicamente por el olor corporal podría identificar a cada uno de mis tres raptores, ya que siempre llevan en mi presencia un pasamontañas.

Al abrir la portezuela, de forma refleja, rápidamente se aparta con asco evidente una de esas caras con pasamontañas; el olor que asciende por el agujero es hediondo, insoportable… De repente, dejan caer una destartalada escalera; violenta y dolorosamente alguien me agarra con fuerza de los pelos, tirando de mí hacia arriba con la fuerza de sus dos brazos.. . Completamente cegado, y tras asomar por el agujero poco más que la cabeza, una tremenda ostia me está esperando, a la vez que unos gritos furibundos me confunden, hiriendo con su volumen y violencia mis oídos…

¡TXAKURRA, TXAKURRA…! En medio del ininteligible lenguaje que me aturde, apenas puedo distinguir las palabras “cagoendios” e “hijoputa”…

Lo último que oigo es un tremendo estampido junto a mi cabeza; lo último que siento es una sensación de empujón a la vez que de vacío… Y un intenso calor en la parte izquierda de lo que queda de mi cabeza…

Ya no recuerdo nada mas…

Antonio Rodríguez Miravete