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Carta de mi Madre a los Reyes Magos

Este año no sé si me he portado lo suficientemente bien, creo que no; vivimos por desgracia tiempos difíciles. Pero, pese a los muchos problemas que me agobian y al cierto flaquear de mi fe, no quiero faltar a mi cita anual con la hermosa tradición de escribiros ésta, mi carta:

Queridos Reyes Magos, son muchos años pero voy a pediros lo mismo de siempre; ya sabéis: mis hijos y mi familia…

Últimamente discutimos, disputamos, reñimos demasiado, y con acritud tan enconada, que algunos de mis amados hijos se están alejando irremisiblemente del seno de mi abrazo… He de confesar que como madre, estoy por ello muy preocupada…

“Nada satisfaría más al buen pastor, que el reencuentro con sus ovejas descarriadas.”

Me gustaría que mis hijos todos, llegasen donde ellos quiera que se propongan, sin límites. Pero también anhelo que, pese a las distancias con las que la vida inexorablemente nos aleja, mi prole, no olvidara nunca ni su rica historia, ni por supuesto el calor de su familia… Por ello, ruego fervientemente a Sus Majestades que intercedáis, para que sus diferentes anhelos particulares no me los alejen entre sí, ni de mí… Crear, criar y mantener durante tantos años una familia numerosa y diversa como la nuestra, ha costado vidas de esfuerzo y sacrificio abnegado; y me aterra que pudiésemos separarnos debido a la desidia, quizás a nuestras naturales diferencias mal entendidas, o tal vez por un olvido o por un silencio cobarde…

Así, voy a pediros el regalo de una ilusión común… Ilusión que nos recuerde que todos juntos somos mejores y más fuertes; y que sin duda unidos, fuimos, seríamos y seremos, más felices…

También para todos ellos quiero pediros trabajo, prosperidad, esfuerzo y éxito. Me gustaría que empezasen algo grande, importante, trascendente… Ojalá un noble proyecto colectivo que aglutinase sus voluntades en una sola, y que por su grandeza, estuviera a la altura de la enorme herencia de nuestra familia; herencia que estamos por honor obligados a preservar, a respetar, y a legar aumentada a nuestros descendientes…

Necesitamos repito, ilusión…

Por último, perentoriamente, os imploro para mí la concesión de solo un íntimo deseo: arden mis entrañas por encontrar un nuevo y gran amor…

Hace tiempo que no me enamoro perdidamente. Y de veras que lo necesito… Enamorarme ya… Que alguien, suba y recorra con deleite mis hermosas cumbres, y que descienda anhelante a recrearse en mis más recónditos valles; alguien, que goce con fruición de estos generosos dones que con tanta pasión ofrezco… Y sentir, que pese a mi largo y tortuoso pasado soy amada por entero y con fervor… Y saber, que acepta gustoso la totalidad de mi azaroso presente… Y amar, amar intensamente a aquél a quien, como a mí, le ilusione un porvenir venturoso y común…

Agradeciendo de antemano sus mercedes, me despido por este año…

Atentamente. 🇪🇸🇪🇸

🇪🇸

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

EL PAN…

Resultado de imagen de el horno artesano

Cuando ahora al entrar en la panadería estiro el cuello, y a través del mostrador y de mis años, me asomo con curiosidad para ver el obrador, compruebo complacido que el horno es el mismo de hace más de cuarenta añadas… Solo la zona de venta al público ha sido actualizada y reformada; el resto del establecimiento es, a mis ojos, exactamente el mismo.

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Todavía puedo oír a La Dolo gritándonos, espantada, para que nos alejásemos de la peligrosa boca del horno… Monas, rollos secos, magdalenas y bizcochos de docena, salían a borbotones por aquel agujero abrasador; y peligraban, lógicamente, con nuestra ávida y atracadora presencia en las inmediaciones… Almojábanas, toñas o mantecados; relentes, pelusillas y pastas flora; tortas de sal y tortas de calabaza o boniato; dulces de yema tostada, almendrados y hojaldres con cabello de ángel; panes de leche, empanadas y pasteles de cierva; tortas de santiago, tartas de novia o tetas de monja…

Una maravilla os lo aseguro…

Siempre pillábamos algo porque sabíamos, de las vecinas generosas que obsequiaban con una de aquellas delicias todavía candentes, el que les abriésemos las puertas, o el que las ayudáramos a cargarse apoyándolas en las caderas, aquellas enormes bandejas negras, metálicas y quemadas por el uso, que acarreaban con garbo y maña…

En aquellos años de mi infancia los dulces se hacían en cada casa, casi nadie los compraba; en parte porque era caro, pero en mayor medida porque las mujeres tenían cada una el prurito de hacer sus propias recetas; en una especie de franca competición vecinal para que, al compartirlas, comparásemos la excelencia de aquellas ambrosías caseras…

Los críos, andábamos enredando y haciendo alguna faena entre delantales y artesas, pellizcando ávidos a diestro y siniestro las mullidas masas fermentadas y olorosas; babeando detrás de aquel baile continuo de aromas insinuantes y confitados… Engullíamos compulsivos los merengues batidos y azucarados, y rebañábamos afanosos, almíbares, mermeladas y mieles, en una vorágine de ir y venir en procesión incesante, y casi hipnótica, de irresistibles manjares golosos… Esas mujeres mágicas de mi puericia, creaban una repostería sublime con solo sus manos y unos saberes ancestrales, aprendidos de la tradición y del respeto a sus antepasados… Saberes que exhibían cada año en navidades o por pascua, por todos santos, y por cualquiera otra excusa que hubiera para un buen yantar…

el pan

Ayer compré un pan de kilo y medio, rotundo, hermoso, como los de hace ocho lustros… Una hogaza como antigua, salida del horno de la calle San Francisco, de esas que duran más de una semana, y que estarán mejor al tercer día que en el momento de comprarla…

Un pan de textura amable y crujiente, que junto con su sabor honesto, dulce y salado a la vez, invocó borrosos recuerdos, sentimientos difuminados y olvidadas sensaciones… Una hogaza de pan molludo, blanco y cálido, con un olor maternal y acogedor a tostado y a levadura, que tuvo la virtud de rebobinar mi memoria hasta evocar con intensidad y ternura mi niñez…

Antonio rodríguez Miravete. Juntaletras.