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mi primer coche

Desde finales del verano de aquel año estuve currando hasta de albañil; y convenciendo pacientemente a mis padres de que con mi dinero, iba a hacer lo que me diera la gana…

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Compré aquella tartana con urgencia porque acababa de conseguir un buen trabajo en Alicante, a cuarenta y cinco kilómetros de casa; necesitaba sí o sí un coche para trabajar… Al final tomé la decisión, digamos que precipitada, de elegir un ajado Simca 1200 modelo TI, del año 1974, creo… Una máquina de cincuenta y cinco caballos algo ausentes eso sí, pero que en aquella época colmaban de sobra mis novatas aspiraciones automovilísticas. Lo encontré en un rastro y me costó el equivalente a mil euros de hoy… No había ahorrado absolutamente nada de mi magro sueldo, y tuve que comprar aquella joya a plazos; poco a poco, semana a semana, pagué por adelantado y en billetes el equivalente a los quinientos y pico primeros euros…

Era ya la víspera de la nochevieja de aquel año y quería conducir ese coche ya… Sí o sí. Por ello, con lágrimas fingidas de bisoño veninteañero y al tiempo que depositaba en su mano un muy esforzado fajo de billetes, supliqué al Rebagliato ¡que por Dios! me dejase disfrutar de mi anhelado vehículo pese a los poco más de trescientos euros que todavía le debía…

Argumenté insistente y lastimosamente: que si era la víspera de nochevieja; que si ligaba menos que el chofer del Papa; que si yo era formal ¡y qué coño! éramos del mismo pueblo; que si necesitaba echarme una novia con muchísima urgencia… Le rogué abiertamente que se apiadara, y se fiase de mí en definitiva, porque me moría por agarrar aquel volante…

Clavando sus amenazantes ojos azules en los míos, tras advertirme de la deuda que con él quedaría por saldar, El Rebagliato cedió a mis súplicas entregandome las llaves con renuencia; refunfuñaba, y mascullaba no sé qué de que iría a mi casa a final de mes, si no le pagaba según lo acordado…

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Dioooss qué gusto el clavarle el pie al acelerador de aquél mi primer coche. La mejor nochevieja hasta el momento: por fin tenía vehículo… Y no paró un momento de llevarme de fiesta en fiesta, de un lugar a otro. Pim pam, pim pam… Nos repartía sin descanso por doquier hubiera un sarao, o una juerga de cualquier tipo fuera nochevieja, año nuevo o día de reyes… Se portó como un campeón.

Pero llegó el día ocho de enero, y empezó el primer día laborable de mi primer contrato laboral con mi primer coche… Ahora tocaba probar de veras la solvencia mecánica de mi joya, ya que tenía que hacerle ciento y pico kilómetros todos los días…

Pantalones de tergal, corbata, chaqueta y frío, mucho frío. Aún recuerdo aquellos primeros viajes de ida, somnoliento, por la carretera de la Úrsula y rumbo a la calle Reyes Católicos en pleno centro de Alicante; y un enorme plano callejero de papel desplegado sobre mis rodillas. Toda una aventura a mis veinte años… En aquella época se podía aparcar casi en la puerta del establecimiento al que te dirigías; eran otros tiempos…

Pero, en especial, vienen a mi memoria los viajes de vuelta… Ya por la tarde, ya sin sueño. Alentaba mi inexperto espíritu de piloto el hecho, de dominar los inquietantes temblores del volante de aquel coche al tomar con cierto arrojo las curvas traicioneras de la carretera. Ignoraba por completo el inminente peligro que aquellos tembleques aseguraban…

Llevaba poco más de quince días dándole caña a aquella joya mecánica con mis trajines laborales… El Rebagliato me dio las llaves del día 30 de Diciembre; por lo que no habrían pasado apenas ni cuatro semanas desde que tenía coche…

Arranqué el motor aquella fría mañana de Enero, y aunque áspero, el ruido de aquel desperezar mecánico no presagiaba el desastre que se me avecinaba… El Simca carraspeaba en frío y se arrastraba tremolante y lento por la vieja carretera de Dolores… Así, hice unos tres kilómetros hasta que llegué a la altura de la sempiterna gasolinera, a partir de la cual, una ligera cuesta de la carretera advertía del cruce con la hoy desaparecida vía del tren…

Fue al cruzar aquel paso a nivel… Algo extraño al frenar, un quejido metálico, como un golpe quebrado hacia abajo… Una breve caída y un arrastre… Los vaivenes y la inercia del coche al cruzar las destartaladas vías terminaron bruscamente, en seco; como cayendo…

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Noté que mi culo quedó sentado casi a ras del suelo. Estupefacto y algo asustado salí del coche; la puerta arrastró en el suelo al abrirla, y al incorporarme por completo -casi tuve que salir a gatas- vi las ruedas delanteras. Ruedas como abiertas de piernas, desvencijadas… ¿Y el motor…? También en el suelo con los soportes retorcidos y vencidos. El chasis mostraba unas soldaduras infames, que desgarradas ahora, habían ocultado la estafa, la ruina y el riesgo que el conducir aquel vehículo suponía… Mientras, los humores intestinos de aquel motor caído, se derramaban lentamente, como una hemorragia negra sobre las traviesas mojadas de la vía.

Tierra, trágame…

Era hora punta, y se formó una cola tremenda de coches exasperados por la extrañeza y las prisas; bocinazos tensos, nerviosos; gritos, muchos ternos… Qué vergüenza…

Yo, pantalones de tergal, corbata, chaqueta y frío, mucho frío… Con fingido gesto impasible, entré casi a rastras de nuevo en el coche a recoger solo mi agenda. No paraban los bocinazos… No recogí por dignidad ni la documentación, ni el aparato de radio, ni los casetes, ni ningún otro chisme de los que llevaba en el coche. Ni siquiera quité las llaves ¿para qué…?

Resultaba un espectáculo patético; más bocinazos… Cerré el coche con un impotente portazo de rabia, y totalmente abochornado comencé a caminar estoicamente en dirección de vuelta al pueblo, con la poca dignidad que todavía me podía permitir…

Andando enrabietado caminito de mi casa y al pasar frente al taller de los Albaladejo, vi, y compré en ese mismo momento, un Seat 131 Supermirafiori 1430 de gasolina azul, bonito; también de segunda mano… Me lo quedé con urgencia, sin regatear, con la sola condición indispensable, de que recogieran sin falta aquel despojo de chatarra que embotellaba la carretera, y de que se deshicieran de él lo antes posible… Nunca más quise saber nada de aquel coche.

Por supuesto, no pagué el dinero que me faltaba pese a que El Rebagliato, aún a sabiendas de mi percance con la joya, tuvo la desfachatez de venir a mi casa en un par de ocasiones a exigirme que terminase de pagarle…

Casi, terminamos mal.

Me duró, creo que veintinueve días el coche…

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

¡ay papá, ay papá…!

Era la mía, la única habitación con dos camas de nuestra casa, y hacía tiempo que ambos dormían en ella; juntos, pero en camas separadas… Habían renunciado a su alcoba de matrimonio porque se ve, que cuando tienes ya ochenta y muchísimos años, tus huesos agradecen la comodidad de un lecho para ti solo… Pero a la vez, seguro que hay momentos en los que esos mismos huesos tuyos, echan de menos la compañía y el calor del cuerpo que toda la vida caldeó tus carnes… Y se ve que por eso, mi padre cambió de catre aquella madrugada de enero; quizás, porque le despertó el frío y la ausencia…

Y seguramente empujaría a mi madre un poquito para que le hiciera sitio en medio, de la calidez de su cama de cuerpo y medio… Y hasta es posible que sin saberlo ellos, tal vez hicieran por última vez el amor, como solo lo saben hacer los viejos que llevan más de sesenta años juntos: palpándose, calentándose y cobijándose, y quién sabe si besándose con…

¿Momentos, convertidos en esencias de amor…?

La vida es en esencia, solo un momento compuesto por miríadas de otros momentos… Y como todo lo esencial sucede, y sucede solo en un momento, siempre hay un momento para todo… Parece un perogrullo o un galimatías, pero no…

¡Ven, que tu padre está muy mal…!

Seis minutos tardé, quizá ocho o diez, o doce… Seguro que cuando llegué, el éter de su último hálito todavía no se habría diluido del todo en el aire de ésa mi habitación infantil, porque me pareció como respirar aquél su último expirar, oler su último olor, seguir su último rastro… Creí también percibir, diría que algo así como vibraciones; sutiles restos emocionales de la confusión y del miedo que debió sentir, ante lo inexorable de la urgencia mortal de ese sopor que lo arrastró… Me pareció también detectar un leve rastro como de ondas asustadas, cual huellas de su ánimo justo antes, del momento postrero en el que asustado, se dejaría caer en los brazos del abrazo inesperado y oscuro del óbito…

Adiós Papá…

Y empecé a llorar como no recordaba que podía hacerlo. Y me abandoné de lleno a ese llanto infantil y desbocado, como si sirviese de algo…

Mientras, mi hermana ¡ay papá, ay papá…! Sentada a su lado en la cama acariciaba, incrédula y llorosa, nerviosa y en shock, aquellos dedos ya inanes… A la vez también se esforzaba, inútil, por sostener erguida la languidez de su mano ya muerta… Parecía mi hermana como esperar, una respuesta táctil y viva en aquellos dedos al intentar agarrar con la vida de los suyos, los cinco de él todavía tibios… Tal, y como hacen los enamorados al unir sus manos entrelazando los dedos al caminar juntos…

Fue inútil… ¡Pero qué bonito Nena…!

Y también en sólo un momento llegaron, y se lo llevaron… Entraron en mi casa por las puertas de la cancela abiertas como nunca, de par en par; cargados con una enorme y fría plancha metálica a modo de camilla, y dos bolsas: una blanca y una negra… La blanca era un sudario moderno de algodón, suave y con cremallera; la negra era una simple bolsa de transporte de lona basta, con asas, y también con cremallera… El peor momento para mí, fue, el tener que profanar su lecho mortuorio y lo hermoso del gesto durmiente de su postura, para meterlo como si un fardo pelele en aquellas bolsas…

Y justo antes de que se cerrasen por completo aquellas cremalleras, hice un gesto para que pararan, y lento, me acerqué al máximo a su rostro y lo besé, asomándome al abismo frío de contemplar su muerte… Medio minuto estuve en silencio observando muy de cerca y por último, los surcos de ese semblante de mi padre sin gesto ni mueca alguna. Y creo que como mi hermana ¡ay papá, ay papá…! yo también parece que esperé aún sabiendo que en vano, rescatar algún signo de aquella vida que lo insuflaba hacía quince o veinte minutos…

Peeero… todo pasa en un momento.

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras

💞

LA AMISTAD

Historias de Paco Sanz

La risa no es un mal inicio de una amistad y es, por supuesto, su mejor final. Echo de menos a mis amigos, el poder ser amigo de alguien como en el érase una vez de mis años mozos. Qué misterio la amistad. El código fuente de la amistad es la ignorancia tácita sobre la razón última de su misma existencia. ¿Cómo pude ser tan amigo de mi amigo? ”Porque era él; porque era yo”. Decía Montaigne de su gran amigo. Que le tomaba por el que creía ser.

Durante mucho tiempo se ha creído imposible la amistad del hombre con la mujer, parecía que la amistad fuera una invención de los hombres para dominar su antiguo miedo a la mujer, la relación amistosa parece entonces un medio de neutralizar la magia femenina, efecto del poder de la mujer sobre la vida y su connivencia con la naturaleza, entonces se entendía la manía de someter a la mujer como la manera de dominar el carácter peligroso que se atribuía a su impureza fundamental y a su fuerza misteriosa.

¡Que buena amiga sigue siendo para mí mi compañera! Cuando vuelvo a verla por la mañana se enciende la luz. Nietzsche nos dijo que cuando los hombres se hayan convertido en esplendores y sistemas autónomos, estarán especialmente solos. Entonces buscarán un amigo, alguien al que poder dar su felicidad, su voluntad de poder será la de poder amar. El mejor amigo tendrá probablemente la mejor esposa, puesto que un buen matrimonio se funda en el talento de la amistad. Y entre todas la amistades ninguna se proyecta tanto hacia adelante y se tiene que proyectar tanto hacia arriba como el matrimonio.

Él no se casó. Lo que tengo de “casado” no me gusta. Se aprueba el matrimonio, primero porque no se conoce todavía, segundo porque uno está acostumbrado, y en tercer lugar porque uno lo ha concluido, es decir, en casi todos los casos. Sin embargo con todo eso no hay nada probado sobre la bondad del matrimonio. Prefiero la amistad. Puede hallarse incluso en él. Parece menos raro pasar de la antipatía al amor que a la amistad. Por muy delicado que se sea en amor, se perdonan más faltas que en amistad.

Cuando todavía hablaba con mis amigos, hablábamos de lo que pensábamos que sería bueno para todos. Era como compartir el vino o el tabaco en la reunión junto al fuego. Nos unía nuestra común preocupación por el bien y nuestra discrepancia acerca de eso demostraba lo que nos necesitábamos el uno al otro para comprenderlo. Según Platón la amistad es el único bien común. “Las sillas de recia anea./ El vino de mano en mano./ La amistad como beberse/ la tarde de un solo trago”. ¡Ay, la copa transparente de la amistad!

Supongo que para seguir pudiendo ser amigo hay que poder seguir siendo niño. Lo fácil que es quererles me lo recuerda. Y recuerdo también a Fourier, el de los falanasterios, ahora que soy viejo. Era un especialista en pasiones, para él había cinco pasiones sensuales: Vista, oído, olfato, gusto y tacto. Cuatro afectivas: Amistad, ambición, amor y familismo. Tres distributivas: Cabalista, mariposeante y componedora. (Osea la de la intriga y el contar, la de andar cambiándolo todo, y la de componer para armonizar con varias) Cabaliste, papillonne y composite.

Pensaba que los niños se sienten atraídos por la amistad, los jóvenes por el amor, los hombres maduros por la ambición y los viejos por el familismo. En la medida en que los viejos tuvieran más poder que los demás impondrían el familismo a todo el mundo.

Autor: Paco Sanz

El mejor poema del mundo

MELANCOLÍA DE DESAPARECER



Y pensar, que después de que yo muera, aún surgirán mañanas luminosas, que bajo un cielo azul, la primavera, indiferente a mi mansión postrera, encarnará en la seda de las rosas.

Y pensar que, desnuda, azul, lasciva,
sobre mis huesos danzará la vida,
y que habrá nuevos cielos de escarlata, bañados por la luz del sol poniente, y noches llenas de esa luz de plata, que inundaban mi vieja serenata, cuando aún cantaba Dios, bajo mi frente.

Y pensar que no puedo en mi egoísmo
llevarme al sol ni al cielo en mi mortaja, que he de marchar yo solo hacia el abismo, y que la luna brillará lo mismo, y ya no la veré yo, desde mi caja.Agustí de Foxa

Tocarse… Paco Sanz

Necesito otro nivel de compañía, porque el ver y oír no bastan, es necesario tocar y oler para sentirse verdaderamente acompañado. Para entrar y salir realmente. Cuando entro en una habitación me doy cuenta que olisqueo, cuando vuelvo a ver a un amigo hago por tocarlo. Buen olfato y mucho tacto son cosas que se pierden si no se cultivan. Al otro lado de las pantallas ni se huele ni hay quién toque nada, al menos de momento. Sé que ella sigue en la cama, que si voy me acogerá bien, que esta tarde iré a buscar mis nietos, que les daré la mano para llevarles hasta el coche… eso alivia mi contraria suerte.

Al escribir eso me ha venido a la mente el bucanero ciego de Borges, también él “Sabía que en remotas playas de oro/ Era suyo un recóndito tesoro/ Y esto aliviaba su contraria suerte”. ¡Qué gusto acercarse tanto como para poder oler y tocar!, al menos a los que queremos. ¡Qué curioso que se diga de los que están perdiendo la chaveta que “no tocan”, que de los que hacen música se diga que la “tocan”!

Y según cómo, ¡qué descanso la distancia! Para Nietzsche “La suprema elevación de la humanidad es el sentimiento de que no le es lícito tocar todo; de que hay vivencias sagradas ante las cuales tiene que quitarse los zapatos y mantener alejada su sucia mano. Por el contrario en los denominados hombres cultos, en los creyentes de las “ideas modernas” acaso ninguna cosa produzca tanta náusea como su falta de pudor, la cómoda insolencia de ojo y mano con la que tocan, lamen y palpan todo”.

Y es que la nuestra es la sociedad del espectáculo. El espectador quiere tocar todo lo que ve. Eso no permite acercarse a lo que es, en lo visto y lo oído no es donde se encuentra el centro del ser. Hay que aprestar el ojo para ver, que aplicar el oído para oír, como si lo más tocable allí estuviera. Las reglas de la gramática, el mensaje de la ley, la palabra del testigo, el eco del Big-Bang, el sistema de la filosofía, el lenguaje, la consciencia… incluso el más allá no es concebible más que como una vasta armonía. Somos mártires por lo que no queremos decir y condenados por lo que hemos dicho.

Hace tiempo que las relaciones “humanas” no incluyen ya para casi nada lo de oler y tocar. Creo que las cosas empezaron a desmadrarse con la invención de la correspondencia, hubo un tiempo en el que se perfumaban las cartas y ahora con lo de las redes sociales no hay quien perfume nada. Lo de escribir cartas ha traído al mundo una terrible perturbación de las almas. ¡A quién se le ocurrió que la gente puede mantener relaciones por correspondencia! Uno puede pensar en una persona ausente y puede tocar a una presente, todo lo demás supera las fuerzas humanas. Los besos escritos no llegan a destino, son bebidos por los fantasmas en el camino. y esa abundante alimentación hace que los fantasmas se multipliquen en forma desmesurada.

A los hombres de mi familia nos ha dado por salir a darnos un paseo más que los de otras familias que conozco. Supongo que es porque hay en nosotros más genes de cazadores que en las de los demás, que por eso siempre andamos olisqueándolo todo. Es como si pensáramos que salga de donde salga, en ninguna parte puede oler tan penetrantemente mal como en casa de cada uno. Y salimos a darnos una vuelta… porque necesitamos aire.

Autor: Paco Sanz

El papel va a menos. Paco Sanz

El papel va a menos. Además deprisa. Al cabo de unos meses después de instalarle la impresora a mi cuñada para que pudiera sacarse los billetes de tren desde casa, ya era posible hacerlo con el móvil. La primera vez que se fue de viaje usándolo todavía llevaba el billete impreso por si las moscas.


   La chica de la ventanilla del banco me dice que si hace la transferencia ella tengo que pagar una comisión, desde el cajero no hace falta. ¿Miles de cajeros operativos? Miles de personas al paro. Usando la inteligencia de los teléfonos estamos haciendo innecesarios incluso a los cajeros. Pago con el reloj, la persona con la que comparto la cuenta también. Pasado mañana seremos por fin de esos que con la cara pagan. No sólo el papel de los libros va a menos, va a menos incluso el papel moneda.

  Todavía llamamos el escribir a mano el hacerlo sobre el papel, las máquinas de escribir también están desapareciendo, se imprime lo de la pantalla. En mi tableta escribo con un lápiz, quiero decir un smart pencil de no sé qué generación, cuando imprimo eso me pondría ha llorar, pienso entonces que quisiera “Morir cuando la luz triste retira/ sus aúreas redes de la onda verde,/ y ser como ese sol que lento expira/ algo muy luminoso que se pierde”. Como al sacar lo que acabo de escribir de un libro de poesías y de mis recuerdos y ponerlo en esta pantalla, por la que vuelvo a pasear mecánicamente la mirada para ver si lo he hecho bien.

  Qué papelón lo de que el papel vaya a menos. Espero que a nuestro nuestro papel en nuestra propia historia no le pase lo mismo. Mi hermana acaba de montarse uno de esos retretes que hacen innecesario incluso el papel… higiénico. Bueno también todas las páginas que he escrito a mano han sido como ese papel, y como yo mismo, cosas de un sólo uso. ¡Ay! “Estos días azules y este sol de la infancia”. (Eso ponía en un papel arrugado que encontraron en el viejo gabán de Antonio Machado cuando recogían sus cosas para enterrarle).

  Sigo dejando papeles por en medio en mi estudio. Es un anacronismo; creo que los papeles y el polvo inherente al paso del tiempo en el que no pasa nada van juntos. Me ha pasado más de una vez que al entrar en el estudio de alguien que soy y encontrar sus libros y papeles revueltos por todos los lados, digo sin vacilar: “¡Qué desorden! Debo poner orden en este lío”. Sin embargo, en otras ocasiones, entro en una habitación que se parece a la otra; pero después de echar una mirada por toda ella, decido que debo dejarla exactamente como está, reconociendo que en este caso incluso el polvo está en su sitio.

  Al principio el papel fue llamado bagdatikos, que significa “de Bagdad”, porque fue a través de esta ciudad como llegó a Occidente. El arte de fabricación de papel alcanzó España en el siglo XII y después, a intervalos de cien años, Italia, Alemania e Inglaterra. No obstante, siglos después de que el papel fuera ampliamente accesible en Europa la vitela y el pergamino siguieron prefiriéndose para los documentos que tenían que perdurar.

  Kafka, que quiso al morir que se quemaran todos sus papeles dijo una vez que “Las cadenas de la humanidad torturada están hechas de papel de oficina”. Mis hijos me han visto inclinado siempre sobre mis papeles. Les gustó aquello que le dijo un noble a un escritor: ¡Qué, señor poeta!, garapateó, garapateó y garapateó! ¿No?

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Lector, léeme y dime.

Cuando escribo, lector, en forma ninguna puedo, imaginar cómo crecerán las semillas que anhelo plantar con mis escritos, en los fértiles bancales de las imaginaciones que me leen… Sé lo que quiero escribir; pero lo que no puedo saber con precisión, es qué es lo que entederás en tu íntimo al leerme; ni cuál, es el efecto que te causará mi forma de contar; ni cómo, es la imagen mental que se te creará, al leerme…

No puedo saber si te emociona el motivo que me empujó a escribir; ni si sientes acaso el asco, la excitación o el miedo míos; ni si tal vez nos enternece lo mismo… No sé nada de lo que pasa en ti tras leerme… No sé si te quedas igual, si te indignas, si lloras, o qué o cuál coño te recuerda lo que me lees…

Y como yo escribo gratis, me debo por entero a la dignidad de lo que escribo; y como tu opinión para saber eso es imprescindible; me encantaría que de alguna forma y de vez en cuando, me hicieses saber cuánto, o cuán poco, te gusta lo que me lees…

Y qué sepas que te quiero… Gracias lector.

💞

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras

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El hambre…

Un puñado de aproximadamente ciento cincuenta gramos de harina diarios, para cada dos; y tres kilos de sal y uno de manteca de cerdo, fue lo único que nos dieron ese primer día… Eso, era todo lo que tendríamos para comer en los siguientes veinticinco o treinta días; no sabíamos…

Nos habían vaciado las fuerzas haciéndonos caminar unos setenta kilómetros casi sin comer… Y una vez que exhaustos llegamos al punto, nos vaciaron también las mochilas de cualquier cosa que se pudiera por supuesto comer, beber, masticar o fumar. Nos lo quitaron todo: encendedores, cosas de aseo, tijeras, bolsas de plástico, navajas, brújula, y hasta la munición… Nos dejaron sólo el peso muerto de las armas inservibles, las botas, la ropa de abrigo, y el machete como única herramienta, defensa, o arma. Yo solo pude colar un librito de papel de fumar y algo de hachís, escondidos en mis calzones; entre los huevos y el culo…

Constantemente escabulléndonos, escondidos, superviviendo en refugios camuflados en el bosque construidos con nuestras propias manos… Frío. Teníamos terminantemente prohibido contactar con civiles en forma alguna, fabricarnos otras armas, y matar para comer cualquier animal más grande que un conejo…

El primer día, para hacer pan con aquellos ciento cincuenta gramos de harina, tuvimos que utilizar orina para fermentar la masa… Podríamos haber hecho pan ácimo, pero los cabrones no nos lo dijeron… Y claro, como militares hicimos lo que se nos ordenó, y tal y como se nos había ordenado: meando en la masa del pan… Bueno, solo utilizamos un poco al amasarlo por vez primera. Los días siguientes, utilizábamos un pequeño pellizco de aquel mejunje, que guardábamos, como masa madre para fermentar nuestro siguiente pan de cada día… Y funcionó, porque que a la tercera o cuarta jornada, ya nos zampábamos entre los dos un bollo de pan decente…

El resto de lo que comíamos consistía sobre todo en helechos; con suerte unas borrajas o unos dientes de león, y alguna que otra seta que te encontrabas en las salidas de recolecta que hacíamos por turnos… Aquellos helechos, que nos advirtieron tóxicos consumidos en exceso, pero que constituían nuestro único placebo para el hambre, tenían, al menos, fibra vegetal digerible, y una vez hervidos en agua y sal, no había otra cosa en cantidad suficiente con la que saciar y engañar nuestros estómagos huecos y al punto de la atrofia…

Diecisiete días, y sin comer nada decente…

Poníamos trampas, lazos, cebos de pesca… Esperábamos siempre un conejo o algo con carne, pero solo capturábamos alguna rata, pájaro, pececillo, rana o bicho así… Más hambre.

Yo estaba potabilizando agua de deshielo del riachuelo cercano, hirviéndola en una lata grande y añadiéndole un pellizco de tierra para aportarle sales minerales; la dejábamos enfriar; se posaban los restos de tierra; y ya estaba lista para que no te entrara una cagalera…

Recuerdo, el ver venir a mi binomio desde lejos, al contraluz del último sol de la tarde, y con algo parecido a una bufanda fina colgándole del cuello… Al ir acercándose caminando, y permitirme el velo del contraluz definir la visión nítida de su figura, me di cuenta de que era una culebra de gorda como un brazo de niño y de más de metro y medio de larga, lo que colgaba de su cuello… Estaba decapitada; aún goteaba sangre, y bamboleaba lánguida acompañando el ritmo del paso cansino -agotado por la inanición- de mi binomio… Recuerdo bien, que no sentí nada parecido al asco, repulsión o reticencia alguna, ante la idea de llevarme aquel ofidio muerto a la boca; es más, comérmelo fue lo primero en que pensé… Lo que no sabía y sí me preocupaba, era cómo comérmelo… Cosas del hambre.

Mi binomio, en cuanto llegó y descansó lo justo para coger el resuello, extendió sobre un poncho en el suelo aquella bicha todo lo larga que era, y con pericia y su cuchillo, la rajó entera solo un poquito con la intención de arrancarle del tirón, la totalidad de aquella piel que se desprendió como una funda con cremallera… Miramos con gula hambrienta aquel trozo de carne cruda, con el aspecto de un largo cuello de pavo sin piel… Mi binomio, sin parpadear y casi babeando, terminó de rajar de alto en bajo un poco más el reptil, para extraer esta vez una especie de columna vertebral como cartilaginosa, y alguna que otra tripa y víscera rara… Así, quedó un cilindro de más de un metro de carne pareciera que de ave, sin hueso alguno, rosada, fresca, limpia…

¡Qué hambre…!

En el silencio de aquella noche, al freír los trozos de carne sólo con sal en la manteca de cerdo, poco a poco, se fueron acercando cual zombis famélicos algunos de nuestros compañeros; en silencio… El sonido del crepitar y el olor del ofidio friéndose, los habían atraído cuál hambrientos ratoncitos de Hammelín al calor de nuestro fuego… Al final, tocamos a casi nada de tanto repartir… ¿Pero cómo íbamos a dejar sin cenar a los camaradas que iban viniendo?

Diecisiete días, y sin comer nada decente…

Os aseguro que sufrir hambre cruda; padecer hambre de verdad; ésa que no puedes saciar en forma alguna, te cambia, vaya si te cambia… Tu vacío, y la mala ostia, te quitan el sueño profundo; te vuelves más susceptible y sutil; más salvaje y más protector de lo tuyo y de los tuyos; se te afilan los sentidos y los instintos, al mismo ritmo que se te debilita el cuerpo… El hambre te va matando, sí, pero precisamente por eso se te afilan esos sentidos e instintos, para proporcionarte las armas con las que combatirla…

Terminamos el banquete aquella noche, charlando, y distrutando hasta las tantas de unos porritos de manzanilla seca y silvestre, mezclada con lo que escamoteamos en aquel registro inicial…

El hambre, no es mala…

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

…..

Silvino, y el pescado roquero

Estoy escribiendo desde la sala de espera de la consulta de mi dentista. Como bien sabréis, no me gustan nada los dentistas, y voy a viajar y a evadirme recordando y escribiendo acerca de la cena de la otra noche…

……….

Entré en ese restaurante casi, como entro en mi propia casa… Era su cumpleaños, y con el comedor casi vacío y a nuestra merced elegimos, sentarnos en una mesa como arrinconada y coqueta en una de las esquinas… Yo, buscaba un entrecot de vaca que como siempre, magnífico, más que cumplió con la recomendación de mi amigo el dueño… Manuela, fiel a sus costumbres eligió pescado; un sublime pargo al horno… Una vez hecha la comanda, encarantoñados ella y yo, esperamos las entradas, que fueron aterrizando poco a poco y a tiempo sobre el blanco de nuestro mantel…

La ensaladilla de bogavante no podía estar más ni mejor provista; sincera, jugosa; sabrosísima es poco superlativo para su acierto… Después, casi lloramos, al echarnos a la boca unas alcachofas confitadas y salteadas con esmero, acompañadas de un foie a la plancha fresco y sin par…

Pero fueron unas croquetas… Me supieron en verdad a aquel pescado roquero: a rata y araña, a gallina y ñora…

Unas sencillas croquetas de pescado, pequeñas, humildes y que nos resultaron del todo escasas dado su éxito, fueron las que más sorprendieron a mis papilas, y me llevaron a uno de esos viajes de ida o de vuelta, que uno espera hacer cuando va a un buen restaurante… Y yo, cada vez que voy a éste, viajo… En este caso, fue un viaje de vuelta.

Volví directo a mis recuerdos veraniegos frente al mar, cuando de críos, bien temprano, ayudábamos a los pescadores a varar sus enormes chalupas de madera, arrastrándolas playa arriba hasta dejarlas fuera del alcance de las olas… Y como pago en especie a nuestra ayuda, aquellos exhaustos pescadores nos regalaban parte, de la morralla humilde que nadie compraba: gatos, arañas, ratas y gallinas; rayas, pequeños cangrejos, caracolas y alguna que otra almeja huérfana… La otra parte, se la guardaban para ellos…

Pues con aquel rechazo para pobres, armaban entre mi abuela y mi madre un caldero, al borde justo del mar, difícil de describir… Aceite de oliva y ñora frita lo justo para el majado; ajo, tomate y pimentón; caldo, sal y tiempo; arroz, azafrán, y saber hacer…

Todo aquello en unas croquetas…

Pues si quieres viajar, ya sabes, no se puede fallar donde Silvino y Encarna…

Es una marca de la casa.

……….

También viajé hacia atrás en el tiempo, al acordarme de cuando nos llevaban de marcha… Ellos eran los mayores: Silvino y el Patolas; el Yoni y el Moreno; Luis el de Baqueta, Miguel Ángel Cárceles, el Teodoro, el Pichas… Y nosotros éramos los pipiolos, acabándonos la edad del pavo: el Silvinico, Iván Cárceles, Rincón, Paco el Gordo, Santi Soto, yo…

Con ellos, estábamos seguros porque eran buenos chicos y estaban bien amueblados… Éramos todos algo golfos, eso sí, pero también estábamos educados como ya no se educa hoy… Era, como ir con unos primos mayores que tú… Solo corríamos, los riesgos propios de la juventud desbocada…

Pero de todo ésto que os cuento, hace ya muuuchos años…

Me toca entrar ya… Os dejo.

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Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

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Lágrimas

Le duele, aunque ya siente ese alivio que experimenta cuando al llorar recordándote, ni siquiera enjuga sus lágrimas… Rendida, las deja deslizarse lentas por sus mejillas; que se empapen con esa multitud de rastros salados y lenitivos; hasta la barbilla; punto final, desde donde parece que se esfuman saltando al vacío…

Y cede, en su lucha, contra ese amargor doloroso subiéndole por la garganta; se lo traga, fluye, y deja fluir sus lágrimas… Ese momento, solitario y beatífico en el que, por fin, abandona su orgullo, y se abandona ella entera al desahogo del puro llanto desbocado… Llanto ya sin muecas; solo lágrimas agrias, sinceras de emoción veraz; lágrimas libres al fin y al cabo…

Tiene, la sensación de que siempre tendréis, algo pendiente…

Ha llegado de tu mano a sus momentos más hermosos, y sabes, que eres sin duda el amor de su vida… Y también sabes, que vivirla a partir de ahora sin tu presencia cerca, será como lamentar para siempre una gran pérdida; como convivir sine die con el eterno y sordo dolor de una amputación… Así, herida, podrá pasar el tiempo, sí, pero seguirá doliéndole la cicatriz que le quedó, de ese pedazo que creía suyo, de aquél tu trozo cercenado y ausente…

Piénsalo.

💞

Antonio Rodríguez Miravete… Juntaletras.

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NO TE CREAS NADA

Lejos de mí está, te lo juro lector, el pretender expresar aquí verdades o certezas… Aunque sí es mi deseo, el conseguir acercarme si quiera a describir con palabras esos sutiles y secretos filamentos, que forman la trama y la urdimbre donde se tejen nuestras emociones… Porque son éstas en verdad, de lo que os quiero hablar en mis relatos… Pero hay dos cosas, que procuro nunca hacer al escribir: una es contaros verdades, realidades; y la otra es mentir…

Solo pretendo, lector, que te quedes conmigo cuatro, cinco o seis minutos.. Que me permitas tocarte con letras y si es posible, que vibres o se te erize el vello cuando junto esas letras… Y si no, que al menos te sirva para algo el leer mi intento de expresar; de escribir…

……….

Tras tomar aquella decisión juntos, encanados a llorar, decidimos que iríamos también juntos a la clínica con tal de solucionarlo de una vez… Una decisión muy muy difícil… Recuerdo que cada vez que si quiera pensábamos en ello, rompíamos a llorar de puta culpa y de vergüenza… Éramos tan jóvenes, tan ignorantes…

Y no, no dijimos nada; a nadie…

Entramos creo que temblando, cruzando unas puertas automáticas translúcidas; de esas de apertura lenta y sensación aséptica, típicas de clínicas privadas y caras… Una impoluta enfermera, al vernos titubear agarrados de la mano nos atendió solícita, se ve, que pretendiendo calmarnos con una de esas fingidas y frías sonrisas de buzón abierto de par en par… Una sonrisa como automática, maquinal, corporativa… Comprobó, lo primero, la tarjeta de crédito al rellenar la ficha con nuestros datos…

Como en todas las salas de espera de este tipo de clínicas caras, olía a un exceso de ambientador de notas sofisticadas y como pretenciosas; se ve que para disimular ese otro tufo, mezcla de miasmas, secreciones y ansiedades, propio de toda clínica ya fuere de ricos o de pobres… Antros éstos, que desinfectan y adormecen el olvido y la culpa, y en los que por igual te operaban para abortar, que para implantarte una polla artificial o enderezarte la nariz; siempre y cuando claro, la tarjeta estuviera a la altura…

Nos llamaron a la vez, y nos despedimos con un beso fuerte. Él a la habitación 16 y yo a la 14. Y llegó el momento de que abriésemos las piernas…

Casi tres horas después, nos volvimos a encontrar, temblando, de nuevo en aquella sala de espera de lujo… Ambos lucíamos un rictus espantado, y un evidente y extraño bulto doloroso en la entrepierna…

……….

Lo que sí confieso que hago, lector, es darme algo así como una especie de capricho… Quiero contar algo; y tengo un hecho real que lo ilustra… Pero sobre todo lo que tengo es la potestad de poder cambiar cualquier relato a mi antojo, siempre y cuando claro, sea fiel a la historia y a éso que te quiero contar… Ansío hablar de pequeñas verdades en las que creo, y es cierto que disfruto al contarlas; jugando a mezclar lo verdad y la mentira, la realidad y lo imaginario, el presente y lo pasado; hablando de risas entre lágrimas, o al contrario…

………..

Menos mal que la tarjeta de papá no tenía límite de disposición, porque en aquella casquería de lujo, nos clavaron tres mil quinientos pavos por un par de cortes en los bajos… Su fimosis curó en unos cuantos días; pero costó semanas que el corte en mi vulva cicatrizara, y dejara expedita ya de una vez la estrechez de mi coño… Vulvitis adhesiva congénita, me dijeron…

Menos mal que ya podríamos follar sin que nos doliera… Lo que sí nos dolió, y mucho, fueron los tres mil quinientos sesenta y cinco pavos que nos estafaron… Porque en aquella clínica, nos tangaron con nuestra propia prisa…

……….

Adolescentes, queriendo colmar y aplacar sus urgencias carnales… Un oscuro negocio de matarifes frustrados…

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras

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Nuestro niño interior…

Ahora tenemos Internet, Instagram y Facebook, y WhatsApp…

Menos mal…

A nuestras órdenes siempre están los secadores de pelo, el mando a distancia del aire acondicionado, o los dos botoncitos de los elevalunas eléctricos… Para hacernos la vida aún más ociosa e inane, disponemos de alivios como la moda, la inteligencia artificial, o una multitud de fármacos multiusos que hasta nos la ponen dura… Y una de las cosas, creo yo, más inquietantes: coches, que dentro de poco van, ni más ni menos que a conducirnos…

Os acordáis del anuncio aquél de BMW: ¿Te gusta conducir…? Un BMV con las ventanillas abiertas y la carretera fluyendo frente ti… Tu mano abierta, fuera del coche, abanicada libremente por el placer de conducir a contraviento de la velocidad… La otra de tus manos agarraba el volante; conducías tú…

Pues hasta eso nos quieren quitar… Porque es el coche, al igual que lo fue el caballo, una de las grandes conquistas humanas: la de la libertad de movimientos a nuestro albur… Y no dudéis de que es éso justo -después del dinero en metálico- lo segundo que nos quieren arrebatar: el libre albedrío….

O bicicletas y transporte público barato, o coches para pobres. Cochecitos capados, obedientes, que tengan como mucho tres o cuatrocientos kilómetros de autonomía, y que chiven a cada paso, cualquiera de los que tú des… Que siempre sepa George Orwell por dónde vas, y cuándo y porqué usas tu tarjeta de crédito.

Tooonto…

George Orwell ha empezado a tener razón mucho más aprisa, de lo que cualquiera hubiéramos podido imaginar.

Dejamos una especie de rastro, como de baba rastrera, a cada paso digital que damos en Internet… Nuestros datos, son muestra y carnaza para oscuros sabuesos; perros de olfatos prestos a interpretar nuestra realidad presente, y a decidir, lo mejor para todos y cada uno de nosotros. Y así, alguien siempre nos usa… Usan constantemente nuestro horario y nuestros gustos, para invadir con impunidad, hasta la intimidad de esos minutos en los que vas a cagar tranquilo en casa, y te llevas el móvil… O hasta cuando estás yendo al trabajo en el autobús, y repasas en el jodido aparatito tus menesteres varios.

Tooonto…

Hemos creado una sociedad mullida de tantas perezas, que la gente se ha creido que puede salvar el mundo y comprar barato…

Soplar y sorber a la vez… Ansiamos bóbamente, gustar a todo el mundo y volver a recuperar aquél nuestro niño interior… La niñez -lo infantil- es un estadío que está mariconamente sobrevalorado… Los niños al igual que las flores, son muy monos; pero dan fruto sólo, cuando dejan de serlo… Pretendemos recuperar una felicidad mañaca y cutre, como turistas que repiten todos, las mismas aventuras ya sin riesgos, y en sitios ya trillados…

Yo en cambio, querría olvidar toda esta nadería vital que nos domestica, y recuperar mi animal salvaje interior… Ansiaría volver a lo de carnívoro y lo de nómada; lo de animal prístino que aún quede en mí… Regresar a mi ser homínido perdido y primigenio, omnívoro y depredador. Sentir de nuevo dentro de mí a aquel bruto lleno de pelos y miedo; bestia dejada al albedrío del frío, del torbellino, y de la completa intemperie de esta puta naturaleza nuestra…

Con lo que ahora sé, quiero dejar de ser insensible ante este presente de mierda, esta estupidez y esta ñoñería flagrantes… Es más, quiero que se me revuelvan las tripas y vomitar de vergüenza ajena, frente a tanta hipocresía… Quiero atacar para defenderme si me atacan… No quiero permanecer impasible ante este suicidio vital en el que nos estamos embutiendo lentamente… Una trituradora moral, una confusión, en la que olvidamos nuestro deber de ser humanos; de ser gente amigable, receptiva, ignorante, y por ello curiosa…

Quiero luchar todos los días para ganar mi comida mientras me sea posible y duren mis fuerzas… Continuar porfiando para follar, mientras esa pulsión animal así me empuje. Y proteger hasta la muerte mi cueva y a los míos… Me gustaría que se me volviesen a afilar los colmillos para volver a devorar carne cruda si fuera preciso, arrancándola a estirones de los huesos de mis presas…

Quiero matarme en una curva cualquiera, o en el intento de colmar cualquier pequeña cumbre… Peleando, malfollando, o persiguiendo un sueño ¿qué más da…?

Y cuando no sea así, piedras sobre mí…

Antonio Rodríguez Miravete

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¿pero, y el amor…?

¿Y si os amo con locura…?

Soy, pese a ser vuestro padre, quizás una mala influencia para Vos; eso podría admitirlo… Pero ha de saber Vuesa Merced que los malos ejemplos son, para correr esta vida, tan importantes si no, más que los buenos…

Por eso, escuchadme con atención:

No necesito saber siempre dónde estáis, porque no sois objeto de mi propiedad; aunque sabed que sí, lo sois de mis anhelos… Solo necesitaría saber cómo vais, cómo os conducís… Cuál, es vuestra actitud frente a lo que os acontece en la vida…

Ahora, que asisto al despertar de vuestra madurez, tenéis que perdonarme el que quiera entrometerme; pero, sabe más el que os habla por padre viejo que por padre sabio… Señoritas sois; no lo olvidéis nunca…

Es, sin duda cierto, que nos alejamos… Y por ello, solo anhelo el que nunca os distancieis del todo de vuestro pasado; de quién sois… Que no reneguéis de la madera de la que estáis hechas; porque, si logramos mantener encendida la llama de nuestro amor, esa madera os mantendrá siempre cálidas, envueltas y abrigadas, al calor del fuego de vuestro íntimo pasado… Y no habrá ni frío ni distancia que nos separe; nunca…

Y siempre, siempre, podréis volver…

Pero dudad, dudad de cada cosa que yo afirme hoy, porque ya os tengo dicho que no soy el mejor espejo donde miraros Vos…

¿Debemos fiar, al amor la vida…?

A Paula y a Rosa; y a Nati, y a Inma…

Antonio Rodríguez Miravete

Si levantas la mano, y no das…

Cuando en mi niñez te castigaban, el escarmiento lo era, y de veras… Y nunca, jamás, se perdonaba el correctivo porque dejaba entonces de de tener sentido, de ser efectivo, de servir para algo…

“El que la hace la paga… Porque si de verdad tienes que levantar la mano, y no das; luego, no tienes fuerza pa’ná…”

Sólo se levantaba la pena en caso de que el penado, primero, hubiera cumplido una buena parte de aquélla, y segundo, diera verdaderas muestras tanto de contrición, como de un firme deseo de no volver a cometer aquellos actos causa de su penitencia…

El propósito así de los castigos, no era el del resarcimiento de una afrenta o de un delito, como lo es la pena para un reo… Su finalidad en cambio era la imposición, aunque fuere a la fuerza, de algún concepto importante, muy importante; generalmente relacionado con aspectos troncales de nuestra educación, comportamientos, o formas de actuar en determinadas situaciones vitales, trascendentes, o morales…

Por ello, la motivación de quien nos imponía un castigo ejemplar era, casi siempre, fruto de alguna forma de aprecio o de cariño, de sincera amistad, o hasta de amor…. Nadie, se toma el trabajo de castigarte si no espera inculcar algo positivo en ti, o si no desea pulir alguna mejora en tu persona… Así, el castigo, es también y en cierta forma un acto de estima y de fe en el castigado, ya que con esa expiación forzosa de sus faltas, se pretende, la redención de sus errores, una evidente mejora personal, o el aprendizaje de alguna lección muy muy importante…

Es un hecho demostrado, que aquella educación clásica basada en el mérito y la valía personal, en la disciplina, en el respeto a los mayores y en el esfuerzo constante, era la forma más efectiva de formar personas completas, responsables, curiosas y cultas… Y modernas.

Y, de verdad, estoy ya hasta los cojones de los independentistas…

¿Porqué no les hemos levantado una gran mano nacional, para darles una buena y ejemplar ostia, también nacional…? 🤔

Cataluña es mía también. Y de mis hijas…

Los cobardes son más, pero ésta es una lucha de valientes…

Antonio Rodríguez Miravete

Ángel de la guarda…

Ahora que soy más que talludo todavía siento, que cada vez que la veo, es como si mi ángel de la guarda al verme él, deseoso, corriese a darme un abrazo y un beso en verdad cariñoso; y en ese abrazo y con sincera ternura, me dijese aunque con suavidad: “Hasta los mismísimos huevos me tienes ya; lleva cuidaaao…”

Es chocante mi ángel de la guarda…

Se ve que tiene buen humor, y yo le adoro por éso y por cuánto me dice lo mucho que la cago…. Si solo me diera mimitos tiernos y consejos cuidadosos, desconfiaría… Solo me fio, de quien que me dice sin ambages lo mucho que me equivoco.

Y también se ve que sí, es verdad; que todavía cuida de mí; por cómo me riñe así lo parece… Cuando no le importas a alguien ese alguien simplemente te ignora, no te regaña, no se toma el trabajo…

Tengo la suerte de disfrutar, y de querer mucho más que mucho, a una hermana de ésas de las de verdad; rotunda, concienzuda y cumplidora; muy lista; pilar y sostén de mi familia, y muy muy cariñosa aunque regañona cuando la situación así lo requiera…

Como cuando antes… como cuando éramos pequeños.

Sólo somos ella y yo…

A mis dos hijas, siempre les he dicho que una de las cosas más valiosas que tienen en esta vida, es la una a la otra… Tus padres, se mueren; tus hijos, se van; tus amigos, van y vienen; tu trabajo, suele ser un asco y de ilusiones no se vive… Tu pareja es tu presente más inmediato pero puede que sí o puede que no, por lo que cuídala y gánatela… Pero tu hermano, si de verdad se cultiva la hermandad, casi siempre está o estará justo ahí…

Seguramente tu hermano, será una de las últimas personas que abandonen tu velatorio cuando hayas muerto; y tu tumba, cuando te hayan enterrado…

La relación de hermandad, si en verdad hermana, suele ser la que más tiempo dura en la vida -si llegamos a viejos- ya que dura justo si te fijas, más o menos lo mismo que durará tu propia vida… Es un hecho estadístico que los hermanos -si llegamos a viejos- nos solemos morir, todos, en un breve lapso de tiempo de apenas diez o doce años… Por lo tanto, si vivimos una media de noventa años, significa, que compartiremos casi ochenta de esos años, en relación con nuestros hermanos… Más tiempo, que con nadie…

Ésas, son el tipo de cosas que hacen tan importante a tu hermano. Porque guardará toda su vida el tiempo de aquellos remotos secretos infantiles, y algunas, de tus más tímidas intimidades… Y conservará, lugares de tu personalidad que no conoce nadie.

Tu hermana sabe, en realidad, cómo eran papá y mamá, y por ello todo de vuestro pasado común y original… Sabe, si te meabas o no en la cama; lo que te hacía solo rabiar, y lo que te aterraba hasta meterte bajo la almohada; cuáles eran tus asignaturas nefastas; y cuánto lloraste por aquel amor primerizo…

Y por supuesto que se acuerda de cuántas veces le escarbaste la hucha; o de aquella vez que te apropiaste en secreto y saliste a la calle con su vestido favorito… Sabe, en realidad lo que te gusta y cuando mientes; o si lo escondes, o si simplemente no lo cuentas… Nota si sufres, si disfrutas, o si has llorado hace un rato… También sabe, y recuerda, esos detalles que te hacían realmente feliz…

Por eso la relación entre hermanos, al haber compartido niñez, tiene la cualidad de devolvernos a lo infantil que aún quede, entre los vericuetos de esos adultos en los que nos hemos convertido…

Como cuando antes… como cuando éramos pequeños…

Te quiero Nena…💕

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras

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Almoradí. La inundación.

Ha llovido, creo, más que nunca…

Y Almoradí, ha demostrado de nuevo que es el remanso de una isla, en la tempestad de cualquier inundación que nos venga… Tengo cincuenta y tres años, y la primera riada que en verdad recuerdo es, la del año ochenta y tres creo… La verdad es que mi memoria siempre fue algo difusa… En la famosa inundación del ochenta y siete, estaba yo en la mili, y solo recuerdo mi honda preocupación en la distancia, y las siempre escalofriantes imágenes en dramático blanco y negro, de la televisión de aquella época…

Almoradí, nos cuida… No sé si os habéis dado cuenta, pero yo os cuento.

El río, en aquella época sin canalizar, había reclamado suya la Vega como ha sucedido estos días… Nuestra Vega es un verdadero paraíso, pero llano, muy muy llano… La simple vista no permite distinguir una diferencia de altura de un par o tres de metros en el terreno; es imposible percibirlo cuando las pendientes son tan leves y tan largas, cuando el hermoso verde es tan variado e inacabable, y cuando los desniveles son tan suaves como lo son, cuando vas de un pueblo a otro en nuestra Vega… La Vega Baja del Segura…

Es precisamente por eso, que las riadas en nuestra Vega podría decirse que son suaves, progresivas, despiadadas pero como lentas; lo engullen todo pero parecería que avisando, avisándonos… Al no haber pendientes pronunciadas, no se crean corrientes de aguas agresivas sino frentes previsibles pero implacables, de lenguas de agua sucia y ripios, echándote de tu propia casa…

……….

En aquella época, Juan Miguel, en vez de la mula con la que acostumbraba a ir a su escuela en la Daya Nueva, se traía a hurtadillas, el Citroën dos caballos furgoneta de su padre para venir al instituto en Almoradí… Ello, pese a sus dieciséis años recién cumplidos… Si conducías bien y parecías más menos un adulto, nadie te paraba en la carretera; nadie; y menos aún, si te conocías a la perfección todos los recovecos, las veredas y los caminos secundarios de tu pueblo… Lo importante era, si sabías o no conducir… Si no sabías, nadie subía contigo…

El caso es que la noticia nos pilló allí, en el instituto; se suspendieron las clases… Había muchísimo menos miedo e histeria que hoy en el ambiente, por lo que en cuanto supimos del suceso, no se nos ocurrió otra cosa que coger el coche y hacer un reconocimiento -algo insensato pensaríamos ahora- de los alrededores del pueblo… Rincón, Iván, Juan Miguel, y yo. Aventura pura… Había playas alrededor del pueblo, como hoy: donde el Bar Angelín, frente a La Cruz de Los Caídos, en el Bañet… Y apenas había salidas; pero para ojos que no conociesen el terreno como lo conocían los nuestros…

Con una seguro que imprudente sensación de peligro controlado, recuerdo que como a unos dos kilómetros, a la altura ya de la Puebla De Rocamora, íbamos por una vereda con casas diseminadas a ambos lados, cuando, de repente y por nuestra izquierda, vimos venir una rambla que comenzó vertiéndose entre los bancales que separaban aquellas casas a la vera del camino… Empezó desde lejos, como a unos cien metros; la vimos venir hacia nosotros; parados, varados… Un fluido marrón viscoso de lodo, irrumpía entre las casas con aquellos chorros laterales pareciera como que lentos, pero en realidad monstruosos e implacables; engulléndolo todo, sin piedad; acercándosenos…

Nunca he ido marcha atrás en un coche de una forma tan salvaje e insensata como aquella vez… De repente, frenamos, para rescatar a una señora que salía apresurada de su casa en medio de semejante avalancha ensordecedora de crujidos de ramas y arrastre de enseres; terrorífico… Abrimos una de las puertas de atrás y entró a prisa y en silencio, con la mirada espantada; completamente empapada. Y arreamos huyendo con el coche de culo por aquel camino, en dirección creíamos, que a la Daya Nueva…

Recuerdo cómo nos encontró diría que milagrosamente, el padre de Juan Miguel… Tras poner a salvo a la señora y dejar aquel heroico Citroën allí tirado, nos subió a todos al remolque de un enorme tractor que conducía, con la sensata y valerosa intención de devolver a todo el que pudo a su casa… Rescatamos a no sé cuántos paisanos ofreciéndoles el auxilio de aquel remolque, justo en el momento justo, en que la riada arramblaba con el resto de sus restos…

Ayudamos a unos cuantos, y los tuvimos que llevar a Almoradí…
……….

Es el tercer día de riada que estamos aislados por tierra mar y aire, y acaba de pasar el camión de la basura frente a mi casa… Ésto, no pasa en ningún pueblo salvo en el mío: Almoradí.

Me he dado cuenta que nuestro pueblo funciona, si funcionamos juntos.

Y Almoradí, nos cuida…

¡¡ VIVA ALMORADÍ…!!

Antonio Rodríguez Miravete
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Cumpleaños feliz…

Comenzamos nuestras vidas, querámoslo o no, unidos siempre a otras personas; siendo el hijo de alguien, y con suerte, tal vez siendo también el hermano de alguien…

Más tarde, quizá igualmente por suerte nos convertimos, o no, en padres y hasta en abuelos de alguien; y aún más tarde todavía, nos convertimos en nada, en nadie…

Por eso hay que ocuparse, siempre y sobre todo, de alguien; cuidar de alguien… Y de vez en cuando preocuparse de ser feliz. Recuérdese…

Quiero felicitarte a ti Papá, o a ti lector, porque seguro seguro, que también tenéis a alguien…

Llevo tiempo deseando escribirte algo como ésto: una felicitación de cumpleaños de verdad, agradecida, y que te sirva para siempre…

Dan igual los años que cumplas; cuántos cumplas; pero si los cumples ¡felicidades…! Conozco a muchos a los que eso, ya no les pasa… Ya no cuentan años; al menos entre nosotros. Sí que cuentan en nuestro recuerdo, pero solo ahí, en la remembranza de nuestro pasado…

Así, que ése es tu mayor regalo a los ochenta y ocho: seguir, sufrir y aprender, perseverar, reír y envejecer; cumplir, o no, tanto con lo que se espera de uno, como con lo que la ruleta de la vida nos tenga reservado. Y si es posible, ello con valentía…

¿Hay mayor presente, que el presente…?

Felicidades. Y un abrazo…

Te quiero Papá, luego te daré la botella de whisky…

Antonio Rodríguez Miravete.

……….

Del sofá, al Camino de Santiago…

Cuarto día.

Llevo los gemelos, amén de otros músculos, como si me los hubiera masticado un perro de presa… Para colmo, esta mañana, a los setenta pasos justos de empezar a andar me ensartó, por la espalda, una contractura que me traspasa las costillas del pecho como si llevara clavado un destornillador… Si en vez de en el lado derecho, sufriera semejante dolor en el izquierdo, pensaría en los síntomas de un infarto… También me duelen y se me duermen, los brazos, algo hinchados por la presión sanguínea debido a la compresión del peso de la mochila en mis hombros…

Los primeros días se convierten en una especie de fase de endurecimiento… Los pies, a partir de los quince primeros kilómetros, arden bajo el peso y los golpes continuos de los pasos trabajosos… La sensación, es de que caminas en carne viva, tal que si andaras con muñones sin pie, clavándote, pese a tus suelas, todas y cada una de las piedras y arrugas del Camino…

Es curioso cómo, el Camino mismo, si te atreves y te comprometes con él, te pone en forma por fofo, maganto, temeroso, o desentrenado que estés… Te va endureciendo desafiándote, despacio; pero empieza destrozándote primero, consumiéndote poco a poco, paso a paso… Vas sudando, exprimiendo, purgando de tu organismo hasta la última gota de las toxinas que has acumulado, debido a la mierda inevitable de convivir con muchas de tus monotonías cotidianas…

Como pentenciando pecados, o defectos, que no reconocemos en aquélla nuestra otra vida fuera de ésta…

El caminar, va así demoliendo, triturando tu voluntad y tu anquilosada musculatura, con cansancio y puñaladas de cristales de ácido láctico; tentándote, constantemente a la rendición, al abandono, y a veces hasta a el llanto… ¿Qué cojones estás haciendo al límite de la derrota, de la lipotimia o del esguince, a más de mil kilómetros de tus cosas…?

¿Es un reto físico, una huída interior, un viaje iniciático quizás…? ¿O tal vez solo, eres tonto del culo castigándote así…?

¿Acaso, penitencia?

Y llueve; no deja de llover coño… Cuatro días ya… Y no es que llueva mucho, pero llueve jodiendo… Llueve como de lado, llueve de frente, y también de abajo arriba… Llueve, y la ventisca incesante enloquece jugueteando con el orvallo, mezclándolo a ráfagas con mi sudor, y metiéndomelo por los vanos del chubasquero de tal manera que, a mares, me chorrean hasta las ingles…

Nubes, todo nubes, siempre nubes… No se puede ubicar el sol en el cielo, tampoco el oeste en la tierra… No te lo permite esta luz difuminada, nubosa y lechosa… Luz que es siempre la misma, ya sean las nueve de la mañana o las cinco de la tarde… Luz fría, pareciera de un gigantesco tubo de neón, grisácea, y sin sombras…

Cada día que pasa estás más fuerte; eres más duro, necesitas menos… Y quedan atrás el trabajo, la familia, tu cama, los amigos, tu ropa seca del todo, y tú…

Y continuará, porque todo continúa…

Antonio Rodríguez Miravete

E.T. el extraterrestre

Están locos estos humanos…

Que si la muerte o la vida; la fiesta y la muerte… Un truhán o un señor. Ésto o lo otro; vienen, van. Salvación o infierno; el bien y el mal… El día del sol, o la noche de la luna; cara y cruz… El hombre y la mujer…

No hacen sino copiarse; repetir a sus madres, replicarse en sus hijos… Nada nuevo bajo este sol…

Muy inteligentes, eso sí…

Uno por uno, al observarlos detenidamente como individuos vivos, hemos de reconocer que son absolutamente maravillosos; y gracias a la muerte, también son casi biológicamente perfectos… Polvo de estrellas enormemente valioso… Están compuestos por buena parte de la totalidad de los elementos de la tabla periódica; y son, muy eficientes en su funcionamiento fisiológico; y lo son, durante casi cien, de sus posibles años solares de vida… Una especie muy bien adaptada sin duda.

Pero hay cosas que ya, no entendemos… Se creen, como predestinados o inducidos, conducidos o empujados, constantemente obligados a elegir o a creerse que eligen algo… Una y otra vez, parece que desde el inicio de los tiempos caen, en la trampa vital de creerse libres…

Mira, que llevamos ya un par de miles de sus años solares observándolos, pero no sabemos qué tipo de miedo cerval colectivo, o qué retorcido impulso natural intrínseco, empuja inexorablemente al abismo a esta extraña tribu humana que ahora nos ocupa… Y a la que en particular observamos y estudiamos, para intentar entender con detalle científico al conjunto de la especie que devasta este planeta, que hoy, nos toca salvar…

Se devoran, se depredan entre ellos… Siglos solares, milenios llevan, conquistándose y siendo conquistados, en un estúpido y estéril empeño fratricida de acabar consigo mismos; robándose o matándose; enamorándose y traicionándose; escondiéndose o mintiendo… Pero a la vez, sabemos de su enorme capacidad para cosas, tan extrañas, como eso de amarse con locura…

O de su habilidad de comunicarse sin tecnología, haciendo palmas; de gestionar la incertidumbre y el riesgo; de emocionarse hasta apasionarse… Juegan con la mismísima muerte a los toros, y crean, con esa misma muerte, conceptos como familia, historia, fe, orgullo, o arte… Fabrican tanto guitarras, como navajas… Impredecibles, capaces a la vez de lo mejor y de lo peor… Incluso a veces creen, saberse felices… Música, amor, envidia, la risa… Conceptos éstos, y aquéllos, que, desde nuestro evolucionado y exacto punto de vista racional, hemos de reconocer que ya no logramos comprender en su puridad científica…

Cual máquinas biológicas cuasi divinas, y con solo su primitivo ingenio, la totalidad de esta especie humana está rozando las honduras de una ciencia, la nuestra, para la que sabemos que todavía no están en forma alguna, ni mental, ni intelectual, ni moralmente preparados…

Pero dan… como que envidia, porque todavía no han perdido eso… Ahora están, en ese crucial momento evolutivo en el que aún, no han olvidado que el sexo o el fuego, el caos y lo violento, el choque o la explosión, los cataclismos y la ignorancia, impulsan y son a la vez energía y motor de éste nuestro Universo… Algo que nosotros olvidamos, hace ya milenios, al dejarnos guiar solo en pos de la seguridad de nuestras tecnologías…

Y ellos están empezando -como hicimos nosotros- a olvidar su Historia arrumbada entre tanto cachivache tecnológico… Y claro, comienzan a tener tanto miedo que no pueden -les es casi imposible- discernir nada con claridad, con sensatez, o con cierto grado de seguridad…

Siempre, como espiritualmente ahítos, ora de un atracón de ocio mendaz, ora de una panzada de multimedias basura… Saturados de wikipedias torticeras; henchidos de datos corruptos; saturados hasta la arcada, de vídeos y opiniones de famosos, listillos, fantoches, youtubers, juaneslanas, y somierdas…

Todo, completamente vacío; carente de cualquier valor al que, realmente, poder aferrarse tan solo con las manos…

Tal, y como nos pasó a nosotros en aquella época olvidada, en la que perdimos ese poder mágico que se generaba, al juntar al calor y amor de una pequeña fogata, a familias amigables contando historias…

Están locos estos humanos…

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

Un vicio…

Es, diríase un vicio verdaderamente adictivo…

Salgo por ahí y sin en realidad buscarla, la encuentro siempre casi por pura casualidad… Noto que me excita; voy descubriendo, que me gusta el oír de ella y el mirarla muy de cerca; observarla cual entomólogo; con la máxima precisión posible… Luego, busco un motivo…

Y me paro… Pero me paro a esperar esa inspiración, ese momento que me empuje a hacerlo; a saltar sobre ella; a asaltarla… Y así pueden pasar días, una semana, o tres; o meses… Una especie de juego de gato y ratón; siempre detrás de ella; al acecho constante…

Así, excitado, la sigo siguiendo todo el tiempo que haga falta, curioso e implacable; y muy muy de cerca… Oliéndola… Palpándola si es posible… Oyendo de sus ruidos hasta los latidos al acercarme al máximo, al máximo posible de cualquiera de sus detalles… Estudiándolos, todos, para conocerlos a fondo y así, una vez que me entregue a la faena, saber tratarla como se merece…

Y me decido por fin a degustarla; y después de abordarla y hacerla mía, entregado, comienzo sin piedad como a despedazarla, estudiándola; rebuscándola en sus recovecos; regustándome en los detalles íntimos de sus entrañas… Y escribiéndolos…

Y sin miramientos, aunque despacio, la voy como si fuera cortando en trocitos de ella misma, cada vez más y más pequeños… Y esa disección curiosa, concienzuda y lenta, satisface mis apetitos de poseer, al anotarlos, algunos de sus secretos…

Secretos que puedo así comprender e intentar expresar aquí, con claridad, con precisión, y acaso a veces hasta con garbo… Y si además acierto en la expresión de aquellos secretos, creo, que consigo algo así como una rara forma de verdad, o de justicia; o quizá solo son tonterías mías…

Y continúo…

Cuando empiezo, ya no puedo parar una buena historia…

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras
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La bandera republicana

…para algunos verdaderos amigos

VICENTE ROJO 3

Simplemente, me hago eco de las palabras del talentoso general republicano, Vicente Rojo Lluch, encargado de la heroica defensa republicana de Madrid en 1937…


«La cuestión de la bandera es uno de los motivos que estúpidamente dividen a los españoles, y tiene sin duda su origen en la conducta mezquinamente partidaria de nuestros políticos. El cambio de la Bandera hecho por la II República constituyó un grave error por nuestra parte.»

  1. «Porque no respondía a una aspiración nacional ni siquiera popular. La Bandera Republicana era desconocida por la inmensa mayoría de los españoles.»
  2. MEMORIAHISTERICA«Porque se reemplazaba una bandera nacional por una bandera partidaria, y con ello se dividía a España.»
  3. «Porque no era necesario y consecuentemente solo podía producir complicaciones, como así ha sucedido.»
  4. «La bandera (rojigüalda) que teníamos los españoles no era monárquica sino nacional. La bandera de los Borbones fue blanca; la bandera real era un guión morado.»
  5. IMG_20190427_2315251.jpg«En cambio la bandera bicolor, como enseña nacional, fue creada por las Cortes españolas en plena efusión de liberalismo, constitucionalismo y democracia. Se tomaron colores españoles que venía usando tradicionalmente la Marina de guerra, y que dieron tono a los guiones reales de los Reyes Católicos (rojo) y de Carlos I (amarillo); que eran también los colores de una enseña tradicional en Aragón, Cataluña y Valencia.»
  6. VICENTE ROJO 2«El pueblo no anhelaba incorporar a la bandera el color morado de Castilla. No podía anhelarlo porque la masa del pueblo español ignoraba que el morado fuese el color de Castilla (…).»
  7. «Los republicanos de la 1ª República quisieron introducir su bandera partidaria y crearon la bandera llamada republicana. Esta no llegó a tener estado oficial y ni siquiera se popularizó. Nació, según Castelar (último Presidente de la I República), en la Universidad de Barcelona, fundiendo tres colores de tres facultades. No pudo pues tener esa bandera un origen más arbitrario y estúpido. Por eso no llegó a ser bandera oficial, ni nacional, ni popular. Los primeros republicanos, más sensatos que nosotros, no impusieron el cambio.»
  8. «Ni inconmovible, ni imperdurable ni eterna es la bandera tricolor, porque no ha nacido del pueblo, sino de una minoría sectaria.»
  9. MEMORIAHISTERICA«No creamos pues un símbolo nacional, que ya estaba creado con ese carácter, sino uno de lucha partidario. Haciendo prevalecer, frente a las grandes ideas de Nación, Historia y Patria, solo las de comunismo y república…»
  10. «Hoy los españoles están divididos en torno a dos banderas: tal es el fruto de aquel error (…).»

…a todos aquellos rojos recalcitrantes que, insensatos, se empeñan en ignorar u olvidar, tergiversar, o falsear espuriamente la realidad de su pasado… Sabed que estáis sin duda alguna, estúpida y peligrosamente condenados, a intentar repetirlo… Como atrapados, en los errores de ése vuestro bucle ideológico rojo; fruto de un refrito de revanchas viejas e ignorancias supinas, de una casi total alienación, de un feroz sectarismo, y de ese odio larvado que, en el fondo, predicais…

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La cincuentena…

Si cuando brincas la cincuentena, te levantas de la cama una mañana, y no te duele absolutamente nada… lleva mucho cuidado, mucho, porque puede que estés muerto…

Me pone de muy buen humor el hecho de que todavía, muchas mañanas parece, como que amanezco con la promesa de una alegría al despertarme con una bonita erección… Peeero, si no puedo disponer de la oportunidad de cumplir con la alegría de tal promesa, lo primero, me cuelgo del cuello las gafas de cerca…

Luego, legañoso y espeso por el sopor perezoso, me llevan mis pasos al baño, bostezando, lento… En el trayecto, alivio con gusto y sin pudicia esos irresistibles picores inguinales que a los hombres nos avasallan recién levantados… Así adormilado, entro, enciendo la luz, y en tres pasos más me planto frente al retrete; termino de rascarme, y meo… Y al mear, aunque no mi buen humor, sí va cediendo poco a poco lo enhiesto de aquel ánimo inicial… Y así, ahí me quedo, unas veces pensando en ello, y otras, sólo me quedo embobado, rascándome un ratico más…

Luego me giro, y de pronto aparezco frente al espejo… O más bien podría decirse que comparezco, ante esa realidad especular, siempre tornadiza, como de clon zurdo, que de mí rebota en todos los espejos con los que me cruzo… Y al mirarme así casi de cuerpo entero, diríase que por instinto, el tonto de mí se engaña, presumido, al forzar una leve contracción ventral que apenas esconde mi ya barriga… Parecería como que me cuadro; como estirando un poco de mi altura y de mi anchura; como queriendo timar la opinión a ese reflejo mutante…

Para afeitarme, me acerco poco a poco a ese rostro simétrico… Y para evitar que se manchen, me descuelgo del cuello las gafas de cerca…

Menos mal que hace tiempo ya, que la presbicia, piadosa, me evita el castigo de asistir con nitidez, al espectáculo lento y lamentable de ver crecer cada vez más, pelos en mi nariz y en mis orejas… Esa misma degeneración natural del cristalino, también me salva, de contemplar con todo detalle, el inexorable arrugarse de las comisuras de mis párpados, la nevada del encanecimiento en mis sienes, o la huída lenta de mis formas y vigor…

Con vista cansada asisto, impotente, al hecho de ver ahondarse unos surcos en las líneas de mi semblante. Señal de que el tiempo va… sí, pero estragando mis vestigios, a la vez que acercando inexorablemente mi destino… Hace ya bastante que acepté la forzosa habilidad de afeitarme al palpón, ya que no termina uno de ver con claridad sus propios detalles… Y oye, sin problemas. A todo se adapta uno…

Después de afeitado y tras ducharme, vuelvo al escrutinio de ésa mi imagen ahora en cueros; efigie la mía que, tonta, no cede en lo de mantener esa casi imperceptible contracción ventral que no engaña a nadie… Y ahora hay que peinar a esa apariencia, y arreglarla para que salga decente a la calle… Toca ponerme a ordenar casi uno por uno los pelos de mi otrora cabellera, para camuflar pérdidas, para maquillar apariencias… Y me consuela, el que todavía entraría en algunos vaqueros de cuando soltero con treinta y tantos…

Una camisa; y finalmente, cuelgo en mi cuello de nuevo las gafas de cerca…

¡Qué sabio es el tiempo, cómo gasta poco a poco…!

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras

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Rae. Materia idiomática

Salvador Juan Vallone

Me inclino ante el ingenio, la sátira, el humor, la inteligencia, la sensibilidad, y la palabra…

Gracias una vez más…

Y vosotros disfrutad malditos, disfrutad leyendo…🤔

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NOVEDADES EN MATERIA IDIOMÁTICA

La Real Academia de la Lengua dará a conocer próximamente una reforma de la ortografía española. Se trata de un plan quinquenal que entrará en vigor en forma paulatina, para evitar confusiones. Su aplicación tornará más simple el castellano de todos los días, pondrá fin a los problemas ortográficos que suelen tender trampas a boxeadores, economistas, ingenieros y arquitectos, y logrará que nos entendamos de manera universal quienes hablamos esta noble lengua.


De acuerdo con lo trascendido hasta el momento, la reforma se introducirá en las siguientes cinco etapas anuales:

1) Supresión de las diferencias entre ‘c’, ‘s’, ‘z’ y ‘k’.

Komo despegue del plan, todo sonido parecido al de la ‘k’ será asumido por esta letra.

En adelante, pues, se escribirá “kasa”, “keso”, “kijote”. También se simplifikará el sonido de ‘s’ en este úniko signo; kon lo kual sobrarán la ‘c’ y la ‘z’: “El sapato de Sesilia es asul”.

Desapareserá la ‘doble c’ y será reemplasada por ‘x’: “Tuve un axidente en la Avenida Oxidental”. Grasias a esta modifikasión, los hispanohablantes no tendrán ventajas ortográfikas por su estraña pronunsiasión de siertas letras.

2) Se funden la ‘b’ kon la ‘v’, así komo la ‘y’ kon la ‘ll’.

No existe diferensia alguna entre entre el sonido de la ‘b’ larga y la ‘v’ chikita; por lo kual, a partir del segundo año desapareserá la ‘v’, y beremos kómo bastará kon la ‘b’ para que bibamos felises y kontentos.

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Pasa lo mismo kon la ‘y’ y la ‘ll’. Sobra la ‘ll’. Todo se eskribirá con ‘y’: “Yébeme de paseo a Sebiya, señor Biyar”.

Esta integrasión probokará agradesimiento general de kienes hablan kastellano, desde Benesuela hasta Bolivia. Toda ‘b’ será de “baka”; toda ‘b’ será de “burro”.

3) ‘R’ es “erre”; fuera la ‘h’; fusión de ‘g’ y ‘j’.

A partir del terser año, y para mayor konsistensia, todo sonido de ‘erre’ se eskribirá con ‘rr’: “Rroberto me rregaló un rramo de flores”.

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Asimismo, la ‘h’, kuya presensia es fantasmal en nuestra lengua, será eliminada. Nuestros ijos ya no tendrán ke pensar kómo se eskribe “sanaoria”, y se akabarán esas komplikadas y umiyantes distinsiones entre “echo” y “hecho”. Ya no abrá ke desperdisiar más oras de estudio en semejante kuestión ke nos tenía artos. Tampoko, en la diferensia entre la ‘g’ y la ‘j’, ke muchas beses suenan igual. Todo irá kon ‘j’: “El jeneral jestionó la jerencia”. Sin duda, esta sensiya modifikasión ará que ablemos y eskribamos todos kon más rregularidad y más rápido ritmo.

4) Abolición de tildes; muerte a konsonantes finales.

Horrible kalamidad del kastellano son, en general, las tildes o asentos gráfikos… Esta sankadiya kotidiana jenerara una axion desisiva en la rreforma. Aremos komo el ingles, que se a impuesto internasionalmente sin tildes. Kedaran ellas kanseladas desde el kuarto año, y abran de ser el sentido komun y la intelijensia kayejera los ke digan a ke se rrefiere kada vokablo. Berbigrasia: “¡Komo komo!”.

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Tambien seran proibidas siertas konsonantes finales ke incomodan y poko ayudan al siudadano komun. Se dira: “¿Ke ora es en tu relo?”, “As un ueko en la pare” y “La mita de los aorros son de eya”.

5) Eliminasion de la d interbokalika del partisipio pasao y kanselasion de artikulos.

El uso a impuesto ya ke no se diga “bailado”, “nacido” y “venido”, sino “bailao”, “nacio” y “venio”. Kabisbajos, aseptaremos esta kostumbre bulgar, ya ke, al fin y al kabo, es el pueblo yano el ke manda.

Desde el kinto año kedaran suprimidas esas ‘des’ interbokalikas ke la jente no pronunsia. Ademas, y konsiderando ke el latin no tenia artikulos, y ke nosotros no debemos inbentar kosas que nuestro padre latin rechasaba, kastellano karesera de artikulos. Sera poko enrredao en prinsipio, y ablaremos komo futbolistas yugoslabos; pero después, niños y niñas de kolegios beran ke tareas eskolares resultan mas fasiles.

face-8685_960_720Profesores terminaran benerando akademikos ke an desidio aser rreformas klabe para ke seres umanos ke bibimos en nasiones hispanohablantes gosemos berdaderamente del idioma de Serbantes y Kebedo.

Eso si: nunka aseptaremos ke potensias estranjeras token kabeyos de letra ‘ñ’. ‘Ñ’ rrepresenta balores mas elebaos de tradision kultural ispanica, y primero kaeremos kadaberes antes ke aseptar bejamenes a simbolo ke a sio korazon bibificante de istoria kasteyana.

Identida kultural no se bende ni alkila.

Salvador Juan Vallone

……..🤣😄

Maravilla de letras hispanas mezcladas con ingenio… Don Salvador Juan Vallone, me ha permitido publicar aquí esta prueba de amor por el verbo español, sea cual sea el sitio donde se haya escrito… Viva lo Hispano, lo español, lo nuestro.

Este hombre es mi hermano a no sé cuantos miles de kilómetros de mi casa; pero lo es, solo porque me habla y le entiendo, y le admiro… Ésa y no otra es nuestra ventaja: la palabra…

¡¡ VIVA LA HISPANIDAD…!!

El día del padre

No fue uno de esos comentarios estúpidos y huecos que hacemos a veces, incómodos, para romper un silencio entre extraños; como nos sucede en los ascensores, o en los retretes públicos; o como nos sucedería en una sala repleta de aspirantes a una misma entrevista de trabajo… Pero no, creo que no lo fue…

No tenía la chiquilla el porte claro, por lo que me ofrecí a acercarla en coche a la estación de autobuses de Murcia. A Granada iba… Había comenzado ya, su búsqueda de vida; de vida de verdad…

Aquella hija ajena, al poco, me preguntó a puerta gayola, si, tras ocho años de divorcio y dado que vivían con su madre, echaba yo de menos a las mías…

Supuse que se referiría a cómo, a cuánto, o a porqué las echaba de menos… Empezó, creo, a temblarme la barbilla…

Dolorosamente, siempre, y por amor…

No teníamos mucha costumbre ni oportunidad de charlar, por lo que me agradó de veras disponer de aquel momento de acercamiento; de sinceridad… Poco más de veinte minutos tardamos en llegar, y los invertimos en contarnos y preguntarnos… Y, si bien no pude responder con detalle a aquella primera pregunta, sí hablamos sí…

De la búsqueda de vida, en medio de la ruina de las dudas… De nuestra obligación de encontrar esa vida, sea cual fuere, entre el lento discurrir del tiempo y el arduo recorrer de las distancias…

Llegamos a la estación; se bajó del coche, cogió su maleta y nos despedimos; una joven valerosa, culta, hermosa y honda… Esa muchacha, a la que miraba alejarse, también añoraba como yo -y como todos- tal vez un retorno, un viaje de vuelta… Un volver a no sé qué sitio, donde la esperaría algo, alguien tal vez… Algo o alguien, que dé sentido a todo esto…

Durante el proceso de separación, y debido a nuestras vitriólicas refriegas, volaron por los aires todos los puentes de comunicación entre vuestra madre y yo… Estaba aterrado ante la idea, la posibilidad, de dejar de vernos en completa libertad y con la frecuencia a la que estábamos acostumbrados… Espantado, de que pudiese malograrse nuestra sincera y hermosa intimidad…

¿Que si os echo de menos, me pregunta…?

Aquella vez, en la que me preguntábais, picaronas, no recuerdo qué escabrosos detalles de una, apasionante para vosotras pero del todo inocente, conversación de temática sexual que manteníamos los cuatro… ¡Qué graciosa Paula! cuando, al ver mi embarazo al elegir las palabras adecuadas de mi arriesgada respuesta, y con esa tierna chulería que siempre ha sazonado su carácter, desde sus solo siete años, guiñándome cuca un ojo y con sus bracitos en jarra, me dijo aquello de:

– Papá no te preocupes… Nosotras, ya lo sabemos todo…

Con solo siete años… Lo sabíais todo; de sexo… Adorable…

Era evidente, que no podía dejar enfriar tan hermosa relación… Tenía que distinguir, separar en medio del combate interior que libraba, entre la aversión que no podía dejar de sentir por vuestra madre, y el irresistible amor por vosotras que no estaba dispuesto a perder…

Me sentía ante la posibilidad de vuestra pérdida, como si en medio de un combate, y al descubrir que detrás de ti solo hay un muro, lejos de rendirte al creerte sin salida, arrecias la lucha al saber que tienes al menos, tu flanco trasero cubierto… Te sabes perdido, pero no puedes cejar en esa lucha frente a la que da igual la derrota o la muerte… Una lucha, que no te puedes permitir perder…

Lo siento así; como si a jirones me hubiesen arrancado momentos clave, vitales; míos… Me he perdido vuestra puericia… Me faltan minutos vuestros, horas; años de vuestra vida, meses de tiempo vuestro; muchos momentos… Momentos que, si juntos, podrían haber sido momentos nuestros… Lo siento…

¿Cómo es la habitación donde dormís…? No sé cómo es… Casi no recuerdo vuestro olor por las mañanas, recién levantadas… Echo de menos el ojear vuestros cuadernos y escudriñar los recovecos de vuestra caligrafía; descubrir secretos de vuestro puño y letra… Añoro, el veros salir por la puerta y esperaros al regresar… Privado de tactos cotidianos, roces simples pero imposibles, como el de posar mi mano sobre vuestra frente si enfermáis… Me he perdido el sufrir escuchando vuestros suspiros si, en la intimidad, llorábais tras la puerta de algún cuarto cerrado; perdida está también la posibilidad, de llegar a conocer el porqué de aquellos suspiros…

Pero tenéis que saber que, si bien, como padre tradicional no he tenido oportunidad de disfrutaros, sí presumo de tener con vosotras una relación especial, sincera, una relación verdad, rotunda… Es curioso porque sé que sí, me queréis… Me he convertido en alguien a quien amáis, sin duda; entrañable, sí; con algo de autoridad, también; alguien vuestro, por supuesto… Pero no sé, si soy el padre que me hubiese gustado ser…

Lo que sí habéis de saber es que os adoro… Y que no renuncio a representar ese padre que sí quiero ser: el vuestro…

Que sepáis, que me tenéis; que me tenéis incluso aunque no queráis…

Siempre he procurado que los árboles, de algunas cutres tribulaciones personales, no me impidieran ver el hermoso bosque, de uno de los más importantes objetivos de mi vida:

El de estar a la altura, del amor que habéis depositado en mí…

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Antonio Rodríguez Miravete

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Jorge, la regla y la Maestra…

Mil novecientos setenta y seis, o setenta y siete… Aquella mañana hacia frío; primeros de octubre…

Eran los inicios del curso y la Maestra traía ese día un humor de perros; algo raro seguro le pasaba… Huraña, como dolorida o descompuesta y muy muy arisca… Nos reprendía con una acritud inusitada, tan solo, porque algunos traíamos no sé qué tareas sin hacer… Así, decidió por ello y se dispuso, a administrarnos aquel correctivo tan típico de la época… El primero del curso…

Éramos cinco; nos levantamos en silencio y formamos una hilera; dóciles, estiramos al frente el brazo derecho girando la palma de la mano hacia arriba; y resignados, esperamos casi temblando el golpe y la quemazón de un buen reglazo…

Parece ser que Jorge, al vernos, por imitación y seguramente creyendo que aquello era algún tipo de juego, se levantó también de su pupitre, y muy divertido, se colocó el primero de la hilera por la izquierda, justo a mi lado, remedando nuestra postura con el brazo extendido… Pero él, sonriendo.

Solo un momento antes, la profesora se había girado, dándonos la espalda para coger de la mesa aquella temible regla de madera… Y debido seguramente a esa desazón personal en la que se encontraba, se ve, que no se dio cuenta de la incorporación inesperada de Jorge a esa hilera de justiciables esperando castigo…

Tenía la pobre, sin duda, una mala mañana…

Todavía de espaldas, y algo teatrera, alzó con ademán brusco aquella regla; después, se giró hacia nosotros, despacio… Pero lo hizo sin mirarnos directamente… Ojos gachos, como contritos… Mirada esquiva o avergonzada, fija tan sólo, en esa primera mano de aquella hilera de manos anónimas… Seguramente no se sentiría bien mirando a la cara de sus reos, en el preciso momento de ajusticiarlos…

Se oyeron entonces tres sonidos, casi simultáneos: el chasquido seco del reglazo contra aquella primera mano abierta, la de Jorge; inmediatamente una palabrota y un gruñido; y finalmente, solo se oían los espantosos aullidos de dolor de la Maestra al recibir como respuesta instantánea a su reglazo, el tremendo patadón en la espinilla que, cual resorte, Jorge, le propinó con aquellas temibles y enormes botas reforzadas que siempre usaba…

Patadón aquél, que quebró su tibia, y la hizo caer como se desploma un árbol talado tras el último y definitivo hachazo…

Se le veía feliz viniendo por fin al colegio, puntual, como un reloj, y con aquella destartalada cartera de cuero cobrizo… En ella atesoraba su almuerzo, algunos lápices de colores mordidos y gastados, y un ajado cuaderno maltratado, garabateado y grasiento… Grasiento, porque tenía la obsesiva costumbre de almorzar siempre lo mismo, un bocadillo, su favorito, con abundante aceite de oliva y chocolate en polvo… No existía nada parecido a la nocilla en aquella época.

Se había ganado, por méritos propios, el que le considerásemos uno más, uno de los nuestros… Era un niño enorme para su edad, más de ochenta kilos y muy fuerte; su aspecto, algo osco, realmente imponía… Pero era sin embargo muy cariñoso, obediente, y tenía la empatía y el sentido común suficientes para portarse de manera más que correcta en clase; mejor que muchos otros que no éramos de su condición…

A los trece años, sus padres y profesores tuvieron la audacia en aquellos tiempos, de acordar que, por su bien, Jorge asistiese normalmente al colegio con la chavalería de su edad… A los niños como él, simplemente se los ocultaba, enclaustrándolos en el oprobio de sus familias y en el silencio de sus casas; seguro que con la buena intención de protegerles del mundo exterior, pero condenándolos sin remisión al vacío de una vida castrada, sin estímulos, ni amigos…

Jorge no entendía nada; era la primera vez que le habían disciplinado en el colegio… Estaba asustado por el reglazo, por la patada, por la sangre y los gritos; por los otros maestros entrando alarmados en tromba; por las expresiones de pavor en nuestras caras debido a tamaño suceso…

Gritos, llantos, carreras…

Recuerdo que intenté calmarlo, hablándole conciliador, y pasándole amistoso desde atrás mi brazo sobre sus hombros… Desorientado, sin mirarme y creyéndose amenazado, braceó bruscamente para zafarse de ese abrazo golpeándome sin querer en la cara… Caído en el suelo, yo también, empecé a sangrar profusamente por la nariz…

Al girarse, reconocerme y darse cuenta de mi estado, agarrándome con suavidad de los brazos y sin esfuerzo, me levantó con sumo cuidado…

Miró mis ojos con una expresión asustada; de disculpa diría… Yo, vi lágrimas asomando en los suyos… Y sin dejar de mirarme, espantado por la hemorragia que manchaba mi cara y mis ropas rompió a llorar… Pero lo hizo en un completo silencio, no emitía suspiro, queja, o sonido alguno… Solo unas leves muecas quebradas en su cara, y el rastro de los carriles húmedos de sus lágrimas, evidenciaban ese llanto mudo, sentido…

– ¡Perdona amigo! ¡Perdona amigo! ¡Perdona amigo…! Me repetía.

Éramos vecinos; apenas a doscientos metros vivíamos el uno del otro…

De repente, me abrazó de lado con toda la firmeza de su brazo derecho; y con un leve empujoncito pero que no admitía oposición alguna, comenzamos a caminar buscando la puerta de salida del colegio; ignorando, o empujando, a todo aquél que pretendiese impedírnoslo…

– ¡A tu casa! ¡A tu casa! ¡A tu casa!

Al escabullirnos de clase trompicando en medio de la confusión, vimos a la Maestra tirada en el suelo, sangrando por una tremenda herida contusa y con la pierna deformada por la rotura… Chillaba la pobre, retorciéndose de dolor, a la vez que desesperada pedía auxilio a los otros profesores que en ese momento la asistían… Tenía la falda, grotescamente remangada por la caída…

No podía saberlo entonces pero, en ese momento, descubrí la causa de su humor de perros cuando, mirándole las bragas, extrañado, vi esa mancha marrón oscura que como empapaba aquel triángulo blanco de su entrepierna…

Todo un misterio para mis doce años…

Finalmente, trastabillando, pero abrazados y casi al paso, pudimos salir del colegio… Jorge parecía un jugador de rugby, placando y apartando bruscamente con su potente brazo izquierdo, a todo aquél que osó interponerse frente a su resuelta intención de llevarme, a toda costa, indemne a mi casa…

Y lo consiguió.

Gracias Jorge; que sepas que no lo he olvidado…

Me libraste de aquel primer reglazo, y me acompañaste hasta el final…

Antonio Rodríguez Miravete

el dentista…

Ese tercer pinchazo sí me dolió; en el paladar; ya me lo había advertido… Más que tumbado volcado; casi cabeza abajo aunque boca arriba en aquel sillón albino… Mi carrillo izquierdo estirado con ahínco, y mis manos crispadas, agarrándose al miedo; el resto de mi cuerpo contorsionado, retorcido y rígido…

Una lagrima diríase contenida, solitaria, asomó tímidamente por la comisura exterior de mi párpado derecho; se deslizaba lenta, como buscando recogerse en el cuenco de mi oreja… No sé cuál sería la razón de aquella lágrima, si el dolorcito picante del último pinchazo, tal vez los nervios, quizá la tensión muscular, o seguramente el puro miedo… Tampoco sé, si alguien se dio cuenta de tan minúsculo detalle…

Mis ojos decidieron no abrirse, eludiendo el asistir al truculento espectáculo de ver manos introduciendo artefactos espantosos en mi boca; los mantuve cerrados encomendándome a aquéllas… Manos duchas, que trajinaban con pericia la mitad inerme de mi cara como harían con una vulgar carrillera. Carne y hueso, insensibles a los agresivos manejos de aquellas manos que abrían cinco centímetros en canal mi encía superior izquierda, para luego introducir tres tornillos metálicos en no sé qué parte de mi hueso maxilar. Ufff… Todavía me mareo casi, incluso al escribirlo…

Tengo cincuenta y dos años y no puedo evitarlo, es un pánico irracional, instintivo, real para mí; cuasi infantil lo reconozco; canguelo puro, puro miedo… Un miedo estéril; lo sé…

Hoy los dentistas no provocan dolor, y es evidente que desde siempre, han contribuido a aliviar precisamente uno de los peores, de los más implacables…

La humanidad ha recurrido a mañosos sacamuelas desde tiempo inmemorial… Suplicantes, atormentados y hasta enloquecidos, nos sometíamos a ese dolor supremo, insoportable pero momentáneo, de arrancar en vivo del tirón un diente o una muela… Todo fuere con tal de terminar, aunque de cuajo, la convivencia con un verdadero suplicio, con un calvario de dolor tirano, constante, y mucho más insoportable… O te sacabas la muela o reventabas, inevitablemente; tarde o temprano…

Con los ojos apretados prefería no imaginarme si quiera, esa especie de berbiquí con el que sentía taladrar pareciera que toda mi testuz… Oía su giro eléctrico; notaba la presión suave pero implacable de aquella broca, sobre mi maxilar superior izquierdo, girando lenta, horadando, penetrando poco a poco… Sentía su vibración hasta en los huesos del interior de la oquedad cóncava de mi cráneo, haciendo reverberar mi cabeza entera como una campana sorda…

Mi pánico se desbocó cuando al borde de la contractura y al retorcerme un poco intentando aliviar la rigidez de mi postura, el dentista, con un grito imperativo y tajante me advirtió, que en ese preciso momento no me moviese si quiera un ápice… Noté al galeno conteniendo la respiración, parece ser que por lo trascendente de la faena que le acuciaba en ese instante… Solo se oía de vez en cuando un pitido como apagado, tras el que se olía un leve pero desagradable tufo a algo quemado…

En semejante trance intenté evadirme nuevamente… Rememoré una de mis citas con el dentista en la que, con tal de no ir solo, llegué incluso a hacerme acompañar por la mayor de mis hijas; de tan solo cinco años…

Recuerdo a la pobre que, en su papel de cuidadora, no paraba de intentar calmar mi miedo acariciando tiernamente mi cara y mi pelo con sus manitas; tampoco dejaba de hablarme, dándome docenas de sensatas razones para calmarme… Cuando al fin me llamaron, no consintió el separarse en ningún momento de mí, y se empecinó como una jabata, en situarse todo el tiempo a mi lado junto al sillón del dentista “por si mi papá llora, o algo…”

También recordé escarmentado que, hace ya muchos años, en una de las pocas ocasiones que mi dentista Don Fernando me veía por su consulta, como buen argentino socarrón y corrosivo, sentenciando me preguntó:

– Antooonio, vos habés tenido hasta ahora mucha suerte con esa boooca… ¿pero la querés para comer, o para guardar el auto…?

Además, no dejéis de ir al dentista, por ‘la cuenta’ que os trae…
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Antonio Rodríguez Miravete

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HISPANIDAD…

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Muchos de nosotros ni siquiera saben, quienes somos, o qué fuimos…

¿No nos da vergüenza…? ¿Qué coño somos…?

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Ignoramos nuestro excelso pasado, juzgándolo como necios con criterios de presente… Y eso Señores, es de imbéciles; de sociedades lerdas y ciegas…

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Este error maníaco, nos convierte en un pueblo insensato; atrapado en el bucle destructivo de la repetición de sus propios errores… Un vicio patrio, la ignorancia, que nos degrada a caterva humana, condenada a dar bandazos sin rumbo, sin alma ni orgullos comunes, sin tradiciones ni cultura propias…

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Tontamente atontados, por el brillo bobo de quincallas ideológicas con el que sibilinamente a muchos nos han abducido, asistimos inanes al infame oprobio de nuestros inmensos orgullos pasados; consentimos el necio desperdicio de nuestros valores presentes; y ni siquiera nos revelamos, frente al seguro latrocinio de nuestro futuro común…

EL DESASTRE

Una mierda, parece importarnos el olvido y la ruina de nuestra Historia…

Y esto, lo estamos consintiendo justo delante nuestros morros; sin lucha…

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Como que miramos para otro lado; rebañudos… Sin reacción, cual estafermos que sin moverse del sitio, solo giran sobre sí mismos al ser embestidos con saña una y otra vez; golpeados una vez tras otra…

Encajamos cual borregos los constantes insultos, con los que intentan amedrentarnos y someternos tan sólo un puñado de orates, mequetrefes morales…

Son imbéciles no lo olvidemos; unos, solo son zurdos y ciegos de ideas, el resto son nacionalistas zombis; embrutecidos ambos, por su violento pasado y sus odios propios…

HISP TERCIOS

Al igual que avestruces, rendimos escondiendo la cabeza frente a la ignominia, para que no nos llamen acaso fachas, patriotas, o españoles…

Si olvidamos, todos perdemos…
“filo y lumbre…”

HISPANIDAD

HISP TERCIOS

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Antonio Rodríguez Miravete

De la tierra a la luna…

A ciento cuarenta, noté una anomalía en el empuje del motor tras el que oí un pitido; de repente, una brusca caída de potencia… Me había quedado sin aceleración, sin reprise… Había bajado a cien kilómetros por hora pese a que pisaba a fondo el acelerador… Trasteando alarmado los botones del salpicadero y del volante, descubrí que, al menos, podía controlar la velocidad fijándola con el regulador electrónico; pero sólo a cien, o ciento diez como mucho…

Preocupado, aminorando aunque sin detener la marcha, comprobé minucioso el funcionamiento del resto de los elementos críticos del vehículo… No era mal síntoma el que los sonidos y rumores del motor fuesen normales; los niveles de la temperatura o del aceite tampoco planteaban problema alguno; la batería y el sistema eléctrico funcionaban con aparente normalidad; también la dirección, y los frenos… Mi diagnóstico -experimentado aunque dudoso ya que no soy mecánico- concluyó que, seguramente, debía de ser un problema de los inyectores del combustible… Y solo por eso, sabia yo, no se rompía un coche…

Llevaba unos doscientos kilómetros desde que salí de Villafranca del Bierzo, y estaba a casi otros doscientos de Madrid; por lo que hasta mi casa quedaban como seiscientos más… Ochocientos kilómetros del tirón y no había hecho ni una parada… Aquella mañana, extrañamente, se me había ocurrido llenar hasta los topes el depósito…

Era tan solo un chivato en rojo: STOP

No estaba seguro de si parar o no el motor cuando, en ese instante, me vino a la cabeza una experiencia que tuve con mi, ya legendario, Seat 131 Supermirafiori 1430…

Os cuento:

Camino a Valencia en aquel coche, estaba ya a unos ochenta kilómetros de casa cuando, bruscamente, en el leve repecho de una solitaria carretera nacional, me espantó el sonido de un fuerte impacto; como un estampido metálico, pareceríase a un disparo… Aferrado al volante, también sentí en mis manos la violenta vibración de aquel impacto; como en el motor, un martillazo; como si hubiese golpeado con una piedra en medio de la carretera, o más bien con algo metálico… Pero estaba seguro de no haber chocado con nada…

A partir de ese momento, aquel motor herido de muerte, comenzó a aullar un lamento en forma de chirrido agudo y metálico; chirrido que se tornaba insoportable al intentar acelerarlo, tan solo un poco… Pero no se paraba el jodido…

En aquella época los seguros no funcionaban como ahora. Ni soñábamos con teléfonos móviles o grúas disponibles veinticuatro horas… Si tenías una avería, tenías que buscarte la vida y pedir, de una manera u otra, la ayuda de algún paisano… Quedarte tirado con una carriola segunda mano como la mía, e intentar transportarla y repararla, podía costarte más caro que comprar otro coche similar. Y yo ya sabía, que mi coche estaba del todo desahuciado…

Por ello, antes que quedarme tirado ‘tan lejos’, decidí darme la vuelta y deshacer los ochenta kilómetros hasta mi casa.

Mi coche y yo, lenta y trabajosamente, nos arrastrábamos apenas a treinta por hora por aquella carretera encrespada y sinuosa… Era casi imposible acelerar; sólo podía aprovechar, en primera o en segunda marcha, alguna cuesta abajo, y el leve empuje del ralentí agónico de aquel sacrificado motor… Finalmente, poco a poco, los niveles de la temperatura y del aceite fueron saltando por los aires…

Casi tres horas tardé en arrostrar mi coche, ya fúnebre, al taller; lugar donde solo pudieron certificar su heroica defunción… Mi mecánico no podía creer que, tras ochenta kilómetros agónicos, aquel vehículo me hubiera traído de vuelta indemne, sacrificando hasta la última gota de sus vitales fluidos lubricantes… Una biela ajada y torcida, había destrozado no se yo qué parte vital de ese motor ahora desangrado e inerme. Pero me había traído, el jodido…

El caso es que al motor de mi viejo coche, lo sacrifiqué yo, parándolo para siempre en aquel taller; a poco más de cien metros de la puerta de mi casa…

Aquel recuerdo determinó mi decisión de no parar tampoco ahora el motor de mi Renault… Tenía que llevarme también a mi casa, pero aquel chivato imperativo mantenía su orden: STOP…

Seguí mi instinto; y mantuve el motor encendido y vivo, tomando la determinación de permanecer atento a cualquier alerta de fallo grave, que pudiera truncar definitivamente mi perentorio viaje de vuelta.

Al menos seis horas más del tirón, mantuve la tensión de tan inolvidable viaje de vuelta hasta que, ya frente la puerta de mi casa, y cual jinete que palmea agradecido el cuello de su caballo tras un gran esfuerzo, me sorprendí dando unas palmaditas cariñosas en el salpicadero mi coche…

Apagué el motor…

Al día siguiente, cuando lo arranqué de nuevo, comprobé que había desaparecido todo rastro de avería o problema alguno; como un reloj… Ciento treinta caballos, y casi intactos todavía.

Confieso que le he tomado cariño a mi coche, y he hecho un pacto con él:

si no me lleva al taller, yo no lo llevo al rastro…

Trescientos ochenta y cuatro mil kilómetros; ninguna avería mecánica reseñable…

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Antonio Rodríguez Miravete

Carta de mi Madre a los Reyes Magos

Este año no sé si me he portado lo suficientemente bien, creo que no; vivimos por desgracia tiempos difíciles. Pero, pese a los muchos problemas que me agobian y al cierto flaquear de mi fe, no quiero faltar a mi cita anual con la hermosa tradición de escribiros ésta, mi carta:

Queridos Reyes Magos, son muchos años pero voy a pediros lo mismo de siempre; ya sabéis: mis hijos y mi familia…

Últimamente discutimos, disputamos, reñimos demasiado, y con acritud tan enconada, que algunos de mis amados hijos se están alejando irremisiblemente del seno de mi abrazo… He de confesar que como madre, estoy por ello muy preocupada…

“Nada satisfaría más al buen pastor, que el reencuentro con sus ovejas descarriadas.”

Me gustaría que mis hijos todos, llegasen donde ellos quiera que se propongan, sin límites. Pero también anhelo que, pese a las distancias con las que la vida inexorablemente nos aleja, mi prole, no olvidara nunca ni su rica historia, ni por supuesto el calor de su familia… Por ello, ruego fervientemente a Sus Majestades que intercedáis, para que sus diferentes anhelos particulares no me los alejen entre sí, ni de mí… Crear, criar y mantener durante tantos años una familia numerosa y diversa como la nuestra, ha costado vidas de esfuerzo y sacrificio abnegado; y me aterra que pudiésemos separarnos debido a la desidia, quizás a nuestras naturales diferencias mal entendidas, o tal vez por un olvido o por un silencio cobarde…

Así, voy a pediros el regalo de una ilusión común… Ilusión que nos recuerde que todos juntos somos mejores y más fuertes; y que sin duda unidos, fuimos, seríamos y seremos, más felices…

También para todos ellos quiero pediros trabajo, prosperidad, esfuerzo y éxito. Me gustaría que empezasen algo grande, importante, trascendente… Ojalá un noble proyecto colectivo que aglutinase sus voluntades en una sola, y que por su grandeza, estuviera a la altura de la enorme herencia de nuestra familia; herencia que estamos por honor obligados a preservar, a respetar, y a legar aumentada a nuestros descendientes…

Necesitamos repito, ilusión…

Por último, perentoriamente, os imploro para mí la concesión de solo un íntimo deseo: arden mis entrañas por encontrar un nuevo y gran amor…

Hace tiempo que no me enamoro perdidamente. Y de veras que lo necesito… Enamorarme ya… Que alguien, suba y recorra con deleite mis hermosas cumbres, y que descienda anhelante a recrearse en mis más recónditos valles; alguien, que goce con fruición de estos generosos dones que con tanta pasión ofrezco… Y sentir, que pese a mi largo y tortuoso pasado soy amada por entero y con fervor… Y saber, que acepta gustoso la totalidad de mi azaroso presente… Y amar, amar intensamente a aquél a quien, como a mí, le ilusione un porvenir venturoso y común…

Agradeciendo de antemano sus mercedes, me despido por este año…

Atentamente. 🇪🇸🇪🇸

🇪🇸

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

lee Paula…

Como de pura pereza no te gusta leer, empecé a escribir historias lo más cortas posibles; para dejarte sin tu única excusa, y para que así, acaso te picase la curiosidad por conocer experiencias de tu padre. Y me gustaría también que si fuera posible, hasta disfrutaras, te divirtieras, o te emocionaras con mi forma de contarlas. Por eso empecé a escribir este blog de historias en un folio… Tuyo es el primer relato que escribí, y para ti escribo… para que leas.

Fui un poco exigente en vuestra educación inicial, lo sé…

“Si un niño no ha aprendido a dar las gracias y a pedir por favor a los tres años, cuanto más se tarde en enseñarle, peor para todos…”

Hacía calor aquella tarde, mucho. Volvíais exultantes, con vuestro anhelado regalo después de dar una vuelta por la feria… Solo fue cruzar la puerta de entrada del piso y ya corríais, casi frenéticas, a vuestro cuarto a jugar con aquella única y flamante muñeca Barby…

Todo normal hasta que, poco a poco, severos e intolerables, comenzaron aquellos gritos de vuestra seria regañina… La algarada en verdad me extrañó y alarmó, ya que rara vez os peleabais, y menos aun así… Como un resorte, salté de mi sillón corriendo hacia vuestra habitación; de un golpe abrí la puerta…

Ahí estabais, las dos; aullidos, insultos, pelea… In fraganti os pillé estirando muy enrabietadas, la una de la pierna y la otra de la cabeza, de aquella condenada muñeca… Nunca os habíais peleado así entre vosotras; con esa violencia nunca… Decidí que había que daros un buen escarmiento para que nunca volvieseis a reñir así; así no, nunca más…

“Tenéis que compartir hasta el aire que respiráis…”

Ipso facto dejasteis de discutir cuando entré en vuestro cuarto… No sé si recuerdas como, ya los tres en un brusco y completo silencio, me acerqué rápidamente y muy enfadado a vosotras, arrancando súbitamente de vuestras manos, la muñeca objeto de tan macarra disputa. En ese mismo instante, visto y no visto, con un latigazo de mi brazo, la arrojé sin remedio por la ventana abierta de nuestro séptimo piso…

Abiertas aunque silenciosas vuestras bocas por la sorpresa y el desconcierto, ambas me mirabais estupefactas… De soslayo, también mirasteis desconsoladas, la caja vacía y el triste envoltorio recién rasgado de aquella pobre muñeca voladora…

Inmóviles, los tres; pasaron unos segundos espesos, lentos, tensos… Ni nos asomamos si quiera por la ventana para ver dónde habría aterrizado la desdichada pepona…

– ¿Es que, de verdad, no vamos a bajar a cogerla papá…? Me preguntaste, retadora.

– No, no vamos a bajar…

– Es nueva… Replicaste feroz, aunque con retintín…

Tu hermana nos miraba, prudente, casi en shock tras mi drástica reacción; pero no decía ni media…

– Y vale mucho dinero. Insistías tenaz, mirándome fijamente…

– Da igual… Si algo nos hace pelearnos de esa horrible manera, sin duda es mejor tirarlo lejos… ¿No estáis de acuerdo…?

Y sin esperar vuestra respuesta, me di la vuelta flemático y así, sentencié la discusión… De aquella muñeca nunca más se supo, y tardasteis algún día que otro en volver a hablarme, especialmente tú… A cambio, conseguí el no volver a veros pelear así, nunca…

Tú estás casi completamente en otras cosas, lo sé… al igual que la mayoría de los jóvenes de tu edad… Son otros tiempos. Pero has de saber que el hecho de adolecer de tan imprescindible hábito, como que cava un hueco hondo en tu persona, convirtiéndose en una falta esencial; en un debe que siempre tendrás contigo misma… Una merma que, sin duda, frena sino cercena tus capacidades presentes y tus posibilidades futuras; porque la palabra escrita con precisión, tiene una trascendencia que no tendrá nunca la solo hablada… Aunque sé, que tú ahora no lo percibes así…

Creo que todas las personas albergamos un genio en potencia, escondido, huidizo, recóndito… Cada uno de nosotros seguro tenemos habilidades increíbles que desconocemos; o virtudes especiales, que nunca terminamos de creer que las tenemos… Pero esto es así porque necesitamos al otro, al prójimo… Es necesario, siempre, que otra persona ejerza de catalizador, de detonante que haga explotar ésas nuestras habilidades geniales; alguien, que despierte el espíritu que nos hace crecer en todos los sentidos…

Tú has sido una de esas personas en mi vida. Y yo espero serlo de alguna manera para ti. Tu genio indomable, tu sensibilidad y tu inteligencia, cambiaron mi forma de miraros como hijas, y terminaron de hacerme sentir profundamente padre…

Tu hermana inició mi experiencia paternal de una forma deliciosamente fácil; como sabes, es un cielo en la tierra que jamás me dio berrinche alguno. Y su sensibilidad e inteligencia, pero sobre todo su sentido común, hicieron de mi inicial paternidad un período maravilloso y de muy feliz recuerdo…

Peeeero… luego llegaste tú; y tu risa… Todo cambió con tu risa y con ese sagaz temperamento dominante que tienes… Vehemencia la tuya, que no ha empañado nunca tu honda nobleza; sino al contrario ha hecho de tu presencia y tu adorable compañía, un reto constante y una verdadera aventura…

A penas andabas ni hablabas y ya jugabas, con ahínco y astucia, al escondite; disfrutabas como una loca especialmente cuando te tocaba buscarme… Al final siempre ganabas tú claro, buscándome concienzuda en todos los rincones de la casa; y recuerdo cómo terminabas el juego: mezclando tus entusiasmados gritos de “te pillé” con el hermoso estruendo de tu risa desbocada…

Gastabas bromas con apenas un año… Me hacías el avioncito tú a mí con la comida… Lo salpicabas todo alrededor con tu pedorreta cuando, muerta de la risa, hacías el ruido del motor del dichoso avioncito…

Recuerdo cómo te descuajaringabas cuando me pasabas, lenta, pícara y socarrona, aquella cuchara voladora por delante de la cara. Aquella cuchara, que lógicamente nunca aterrizaba en mi boca, porque siempre la derramabas por ahí encanada de risa y, pese a mi fingido enfado, lo pringabas absolutamente todo a nuestro alrededor…

A tu edad yo, ya conocía al pirata Sandokan y su mundo, gracias a Emilio Salgari; Conan Doyle me sorprendió, asombrándome con la enorme sagacidad de Sherlock Holmes; también había alucinado con el fantástico Viaje a La Luna de Julio Verne; y ya, Mica Waltari, casi había acabado de cuajo con mi adolescencia, de la mano de Sinhué el Egipcio… Todos ellos, y mi timidez, contribuyeron a dotarme del hábito maravilloso de la lectura atenta…

Hábito que indefectiblemente despierta nuestra curiosidad y lucidez; y forja criterios con tempo lento, palabras hondas, e ideas nuevas… Leer cultiva la paciencia y la atención; acostumbra y enseña a reconocerse a solas, y a pensar… La lectura así, se convierte en maravilloso camino para penetrar y ser penetrado, por ignotos paisajes humanos a través de palabras ajenas, sueños imposibles e ideas extrañas…

Una excelente costumbre donde invertir pasión y tiempo, mucho tiempo… Un fresco e inacabable manantial de experiencias nuevas y, sobre todo, de verdaderos deleites…

“Portaos siempre como señoritas…”

“Si levantas la mano, y no das; luego, no tienes fuerza pa’ná…”

💕💕💕💕

Antonio Rodríguez Miravete

El gatillazo…

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Ella acababa de descubrir que yo era un cincuentón, vieja gloria, y deprimido… La naturalidad de nuestro acercamiento, había contribuido a superar los muchos miedos que últimamente me acosaban cuando llegaba el momento… Era guapa de cara, con un cuerpo algo orondo y como postizo, que no le hacía justicia en absoluto… Tenía una extraña belleza frágil, pálida de piel, pero morena azabachada de crines…

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Calmé mis nervios, cerré los ojos, y me serené respirando hondo; y me concentré solo en sentir, y en escuchar…

La sentí recorrerme, completamente, con esa humedad bucal y cavernosa con la que subía y bajaba, lenta y minuciosamente, a lo largo de ése mi músculo que se inflamaba cada vez más con su cabecear cadencioso y lubricado… Se paraba, de cuando en cuando, juguetona y cachonda, lujuriosa; y así, se henchían todavía más mi tensión y mis impulsos, al dejar al albur de su lengua y del mordisco pícaro de sus dientes, ese juego húmedo en el que estábamos…

Sentía también a mis dedos, seguidos de mis manos, recorriendo excitados aquella carne temblorosa, que pedía ser recorrida, sobada y exprimida…

Y así, palpando, llegué al bosque de su seno que se abrió a mi paso sin ambages, encharcando agradecido mi mano y mi lujuria; aquélla devolvía el placer recibido al frotar sinuosamente con los dedos, la lámpara maravillosa de esa vulva incandescente, que estaba como a la espera, chorreante…

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Con un gemido entrecortado y un gesto satisfecho, me propuso un cambio en nuestro juego; pícara y lentamente se puso de rodillas, y comenzó a libar de nuevo mi bálano antes de abrazarlo, avariciosa, contra el centro de su pecho…

Inició así un subibaja lúbrico y acompasado, que estiraba mi piel casi hasta el dolor, haciendo tensar de gusto el límite de esa punta de mis carnes… El ritmo implacable de aquel dulce castigo, obligaba a aullar a mi garganta y a temblar a mis caderas, rendidas a ese refregarse acompasado y frenético de sus senos deslizantes, contra los que me deshacía en jirones de gozos y carne…

Justo antes de explotar, sobreexcitado, me arranqué del abrazo voluptuoso de esas avariciosas ubres mojadas; necesitaba darme algo de respiro, o iba a reventar…

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Empujándola sin remilgos, acosté aquel cuerpo desnudo y rotundo tomándolo a mi entera merced, recorriendo sus rincones de alto en bajo con la saliva de mi lascivia desbocada….

Lamiendo, me acerqué lento y malicioso a sus ingles, hasta que, bruscamente, penetré su embocadura apretando mi cara contra aquellas entrañas; mi lengua se estiraba pretenciosa para hurgar a fondo, aquellos caldosos adentros que se rendían temblorosos a mis manejos…

Cegado por la lívido continué chupando, saboreando, oliendo y mordiendo aquella ambrosía viva y viscosa, que con ese sabor metálico, carnoso y crudo, enervaba mi endurecido deseo hasta el dolor ansioso…

Fue en ese momento cuando, suplicante y en un puro temblor, dijo aquello de “yo también quiero…”

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En ese momento, poseído por una fiebre de lujuria encabritada, gruñendo de gusto y encendido por el deseo, giré mi cuerpo ciento ochenta grados sin apartar mi cara de su sexo y mi faena, hasta que, sin pedir permiso y a horcajadas, exasperado clavé de nuevo mi hombría en su cara…

Y nos hundimos desatados en ese abrazo invertido, que deja al albedrío silencioso de la boca, el resto de los regocijos del cuerpo…

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Empecé a escuchar… Los líquidos, babosos, borbolleaban al lubricar el recorrido carnoso de dientes, lenguas, dedos y labios. Los sonidos guturales que el gusto nos arrancaba, se mezclaban con el susurrar de las sábanas rozando; rozándose entre ellas y nosotros… Se oían nuestros jadeos, entrecortados por pequeños brincos de placer, que provocaban estallidos de puro goce en cada mordisco, en cada pellizco…

Se oía su lamento agradecido; su gruñido satisfecho; se oía su exigencia de más, de más adentro, de una vez más…

Por segunda vez el temblor convulsivo de sus carnes, reveló la generosidad de esos orgasmos mojados con saliva… Mientras, yo, una vez más contenía apurado la erupción de mis adentros a la espera de ese momento, en que ensartaríamos nuestros anhelos ardiendo por el deseo…

Y llegó ese momento…

Y se oía su respiración agitada al buscar insaciable, jadeante, suplicante e imperativa, la forma de penetrar con la horma de mi hierro vivo, los vacíos en la entrepierna de sus carnes…

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De momento vamos muy bien, que siga así…

Antonio Rodríguez Miravete

el borracho…

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Eran las tantas de una de aquellas madrugadas escarchada de invierno, y todavía estábamos en el WAY-KAY… Un sempiterno garito de mi pueblo. Apurábamos nuestro cuarto o quinto gintonic de aquella noche cuando oímos abrirse la puerta de entrada… Nos giramos con desgana para ver quién era el parroquiano que, a semejantes horas, buscaba refugio a su noche…

Al ver entrar a Vicente, nuevamente nos giramos al unísono esta vez pero para mirar a Pepe, el dueño del establecimiento…

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Éste, frunció el ceño y cordialmente aunque con cierta superioridad paternalista, salió de la barra para con unos empujoncitos insistentes, conminarle a que se marchase a su casa.

Vicente, se le acercaba trabajosamente. Le miraba nebuloso y beodo… Los vaivenes cruzados de sus pasos y el pícaro desatino de su mirada, evidenciaban su animoso y espeso estado etílico…

Había sido Vicente toda su vida aparcero de mi abuelo Antonio en nuestra finca de El Saladar, y yo le recordaba siempre cercano y familiar desde que tengo memoria. Era un tipo chaparro, bajo y ancho en exceso aunque no gordo sino ligeramente como chafado; tenía sin duda una figura algo grotesca… Su cara, también como aplastada, así como su chata expresión, estaban surcadas por unas arrugas de tiempo indefinible, que le daban el aspecto de un raro y feo treintañero, pero cincuentón…

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Como trabajador era algo maganto, pero era valioso por lo leal y por lo gracioso, y especialmente, porque poseía una enorme experiencia y algo parecido a un don especial para casi todas las labores de la agricultura… Derrochaba, una simpatía ramplona y sincera aunque en absoluto estúpida ya que no era tardo ni mucho menos… Y tenía una conversación siempre chocante, ácida y bullanguera y algo ‘salida’, cosa que yo en mis tiempos mozos siempre le agradecí, dada la falta de fuentes de información que había a esos respectos…

Vicente, pese a los empellones que Pepe le daba en dirección a la puerta de salida, con toda la corrección que su pedal le permitía y dejándose arrastrar, le imploraba para que le sirviese una copa de soberano…

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En ésas estaban cuando en su tira y afloja pasaron por delante de nosotros, y Vicente, al reconocerme, con el suplicar de su mirada me pidió que intercediese por él para conseguir aquella copa…

No me pude resistir, era amigo mío… Haciendo un gesto condescendiente a Pepe, aplaqué a regañadientes su intención de sacar a empujones de su establecimiento a tan estrafalario parroquiano… Accedió a ponerle la copa finalmente.

Se la sirvió con desgana; dejando caer poco a poco aquel líquido ambarino mientras fijaba molesto sus ojos en los desvalidos de su cliente… Éste, oscilaba espirituosamente frente a él con la suavidad de su pedal, mirando la copa, y agarrándose a la barra con sus dos manos; abriendo ligera y aunque trabajosamente las piernas, debido a su constante búsqueda temblequeante de estabilidad corporal…

Una vez servida la copa, de forma desabrida y rotunda, Pepe le dijo:

– ¡Vicente, ésta es la última copa que te pongo…!

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Vicente abrió como platos sus ojos de curda mirando a los de Pepe; a la vez, beodo perdido, seguía meciendo suavemente su cabeza cuando estiró de repente los brazos que le agarraban a la barra, hasta el punto de casi caer de espaldas… Pasaron unos segundos de silencio entre mutuas miradas extrañadas, hasta que Vicente consiguió aclarar lo justo sus pensamientos… En aquel momento, incorporándose apenas y casi retador, va, y le dice con voz caldosa, mirándole todo lo fijamente que podía y con un bamboleo borracho y socarrón:

– ¡Ootiaa Pepe…! ¿la údtima…? ¿Eg que te vasss aa moriiirr…?

Justo estaba escuchando la respuesta con el trago de gintonic en la boca, cuando de la risa, la pedorreta inevitable me hizo escupir hasta por las narices aquél combinado…

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El pub entero comenzó a reír por lo ocurrente de la respuesta hilarante, ágil e inesperada, de un tipo tan sencillo como Vicente… Aquello no pareció gustarle demasiado a Pepe, quien haciéndose el sueco empezó a enredar con sus labores propias de barman, restándole importancia a la chocante derrota dialéctica que acababa de sufrir a manos de alguien como Vicente…

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Estábamos apenas reponiéndonos de nuestras carcajadas cuando del tirón, Vicente se embauló de un trago la copa… Con garbo chocarrero y con sus pasos cruzados por el pedal, se despidió de mí y del resto de los feligreses nictálopes que ahí quedábamos en el garito… La bonita curda que llevaba hizo que, del impulso al abrir la puerta para salir, se golpease fuertemente los hocicos con la misma, cayendo de espaldas con una marcada línea roja en la cara que le cruzaba verticalmente el ojo derecho y parte de la nariz…

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No pude evitar el recoger del suelo a Vicente y acompañarle durante los acaso cien metros que nos separaban de su casa, a la que llegamos haciendo eses, abrazados, y parloteando de forma viscosa y embarullada de nuestros recuerdos comunes…

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

LA VIDA EN UN MOMENTO

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Me despertó bruscamente aquel sordo ronquido, entre agónico y estertóreo, que apartó de mí el rácano pero necesario sueño que comenzaba a conciliar… Eran las once de la noche; del cuarto día ya…

Mis lumbares crujieron al incorporarme de aquel sillón infernal de la habitación del hospital donde la habían operado… Una vez que embotado conseguí levantarme sin quebrarme, observé los labios amoratados y me alarmó su respiración sibilante, trabajosa y desacompasada; síntomas que, a sus ochenta y cuatro años, no presagiaban nada bueno…

La llamé por su nombre, y solo acertó a balbucear sonidos guturales deslavazados que, junto con lo perdido de su mirada, confirmaban el síncope inesperado que estaba sufriendo tras su colectomía de la víspera… Como aturdido, y embridando el miedo y mi alarma, llamé a las enfermeras de guardia; quedé en silencio y a solas con ella, con la frustración de comprobar lo poco que yo podía hacer…

Mi entereza estaba a punto de romperse por el pánico de asistir, a solas, a la muerte de mi madre… Pensaba en llamar a mi única hermana cuando, de repente, entraron en tromba al menos tres enfermeros y un médico, quién con una rotundidad calculada, me sugirió que era mejor que saliese de la habitación…

El pánico seguía ganando terreno en mi espíritu cuando, al controlar mentalmente lo desbocado de mi respiración asustada, y así, aquietar aquel redoble miedoso de mi corazón, extraña y lentamente experimenté, rompiendo a llorar, una especie de revelación al recordar…

En esos críticos momentos, un extraño carrusel de instantes de mi vida, de alguna manera, se proyectaron desordenadamente frente a mí… Me di cuenta de que ahora, éste, y no otro, era el mejor sitio donde podía estar dado el trascendente momento…

Si mi madre iba a morir, no había nada más importante que hacer que estar a su lado; pero no solo por ella, sino también por mí.

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El ejemplo que mis padres siempre me han dado, ha sido un verdadero regalo de amor; y con el ejercicio constante de ese amor, me han dotado de un universo moral hermoso, basado en la verdad y en el sacrificio personal. He sido inculcado con nobles principios que creo han hecho de mí, al menos, una buena persona…

He de reconocer que la mayoría de la multitud de mis defectos, de mis fracasos y decepciones, han sido precisamente fruto de las veces en las que, de forma insensata, he ignorado las normas de mis padres, desoído sus consejos, y ninguneado sus ejemplos.

Untitled. (Photo by LJ)

He visto a mis padres honrar a los suyos con un sempiterno respeto; los he visto, a ambos, cuidar de sus ancestros con sincera compasión, en la vejez y hasta la muerte; haciendo de ello no una obligación sino un orgullo, al devolverles con verdadero sacrificio y verdadero agrado, aquellos cuidados que un día sus padres les entregaron amorosos, cuando niños…

Oyendo el ruido acompasado del taconeo de mis pasos en el pasillo, me percaté de que el control de mi agitada respiración y mis latidos, la reflexión del curso calmado de mis pensamientos, y el disfrutar del tierno vagar de mis recuerdos,

acallaron mi pánico inicial; dando paso a una sensación calmada, como de una obligatoria aunque feliz aceptación del inevitable dolor por venir…

Tenía, la trascendente oportunidad de asistir a la muerte tranquila de uno de mis progenitores, y de honrarles a ambos con la dignidad de mi entereza…

El caso es que a día de hoy, a meses de este suceso que os relato, por suerte todavía sigo disfrutando de la presencia y del ejemplo de ambos…

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Antonio rodríguez Miravete

EL PAN…

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Cuando ahora al entrar en la panadería estiro el cuello, y a través del mostrador y de mis años, me asomo con curiosidad para ver el obrador, compruebo complacido que el horno es el mismo de hace más de cuarenta añadas… Solo la zona de venta al público ha sido actualizada y reformada; el resto del establecimiento es, a mis ojos, exactamente el mismo.

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Todavía puedo oír a La Dolo gritándonos, espantada, para que nos alejásemos de la peligrosa boca del horno… Monas, rollos secos, magdalenas y bizcochos de docena, salían a borbotones por aquel agujero abrasador; y peligraban, lógicamente, con nuestra ávida y atracadora presencia en las inmediaciones… Almojábanas, toñas o mantecados; relentes, pelusillas y pastas flora; tortas de sal y tortas de calabaza o boniato; dulces de yema tostada, almendrados y hojaldres con cabello de ángel; panes de leche, empanadas y pasteles de cierva; tortas de santiago, tartas de novia o tetas de monja…

Una maravilla os lo aseguro…

Siempre pillábamos algo porque sabíamos, de las vecinas generosas que obsequiaban con una de aquellas delicias todavía candentes, el que les abriésemos las puertas, o el que las ayudáramos a cargarse apoyándolas en las caderas, aquellas enormes bandejas negras, metálicas y quemadas por el uso, que acarreaban con garbo y maña…

En aquellos años de mi infancia los dulces se hacían en cada casa, casi nadie los compraba; en parte porque era caro, pero en mayor medida porque las mujeres tenían cada una el prurito de hacer sus propias recetas; en una especie de franca competición vecinal para que, al compartirlas, comparásemos la excelencia de aquellas ambrosías caseras…

Los críos, andábamos enredando y haciendo alguna faena entre delantales y artesas, pellizcando ávidos a diestro y siniestro las mullidas masas fermentadas y olorosas; babeando detrás de aquel baile continuo de aromas insinuantes y confitados… Engullíamos compulsivos los merengues batidos y azucarados, y rebañábamos afanosos, almíbares, mermeladas y mieles, en una vorágine de ir y venir en procesión incesante, y casi hipnótica, de irresistibles manjares golosos… Esas mujeres mágicas de mi puericia, creaban una repostería sublime con solo sus manos y unos saberes ancestrales, aprendidos de la tradición y del respeto a sus antepasados… Saberes que exhibían cada año en navidades o por pascua, por todos santos, y por cualquiera otra excusa que hubiera para un buen yantar…

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Ayer compré un pan de kilo y medio, rotundo, hermoso, como los de hace ocho lustros… Una hogaza como antigua, salida del horno de la calle San Francisco, de esas que duran más de una semana, y que estarán mejor al tercer día que en el momento de comprarla…

Un pan de textura amable y crujiente, que junto con su sabor honesto, dulce y salado a la vez, invocó borrosos recuerdos, sentimientos difuminados y olvidadas sensaciones… Una hogaza de pan molludo, blanco y cálido, con un olor maternal y acogedor a tostado y a levadura, que tuvo la virtud de rebobinar mi memoria hasta evocar con intensidad y ternura mi niñez…

Antonio rodríguez Miravete. Juntaletras.

Maltrato y Amor – JM de Prada

Nunca antes había colgado en mi blog un artículo que no sea mío. Pero este escrito de Juan Manuel de Prada me parece una maravilla, y por ello lo comparto con vosotros.

Artículo de Juan Manuel de Prada, publicado el 27 de Noviembre de 2017 en ABC

“Remedios Maltratadores”

Allá donde no hay sacrificio, el amor se convierte en orgullo narcisista de poseer y dominar

Los remedios con que nuestra época pretende combatir la calamidad del maltrato a la mujer sólo contribuirán a exacerbarla, como ocurre siempre que se desarrollan remedios contra las calamidades sin querer renegar de la filosofía que las inspira.

Al fondo de esta calamidad hay una antropología nefasta que se afirma en principios tan aborrecibles como el narcisismo, la codicia de mando, la divinización de la sensualidad, la búsqueda egoísta y utilitaria del goce inmediato, la sed vulgar de una felicidad impermeable al compromiso y al deber. Pero, en lugar de combatir esta antropología nefasta que convierte a muchos hombres en maltratadores, se pretende que las mujeres afirmen también los mismos principios aborrecibles, lo que inevitablemente redundará en mayor número de mujeres maltratadas; pues, allá donde dos bandos defienden los mismos principios erróneos, se impone el que tiene mayor fuerza bruta.

Para combatir la calamidad del maltrato habría que empezar por combatir lo que nuestra época diviniza: una felicidad que se logra a través de la satisfacción inmediata del propio deseo y la exaltación del yo. Es grotesco que una época que aplaude la infestación pornográfica y la sexualidad más pluriforme y animalesca, a la vez que persigue y escarnece las virtudes domésticas, pretenda al mismo tiempo que los hombres vean en las mujeres seres dignos de respeto.

Es por completo demente que una época que glorifica el utilitarismo, la soberanía de la pasión y la búsqueda constante de goces inmediatos y novedosos pretenda al mismo tiempo castigar las violencias que brotan de las aberraciones que glorifica.

Para combatir el maltrato a la mujer hay que asumir primeramente que toda relación humana digna del tal nombre se funda sobre la noción de sacrificio.

No hay vida feliz sin sacrificio mutuo, sin renuncia a uno mismo, sin paciencia abnegada y constante. Los seres viles se afanan por imponer su voluntad y su deseo; los seres nobles se esfuerzan por cumplir con su deber, por aprender a donarse, por dejar de pertenecerse. Sólo así uno se siente ligado al otro e invadido por su destino, incluso cuando se extingue la pasión, incluso cuando acecha el tedio vital; de lo contrario, el tedio vital y la extinción de la pasión hacen odioso a quien nos acompaña.

Decía Thibon que cuando falta el sacrificio uno sólo puede amar en el otro un brillo superficial que no tarda en desgastarse; y cuando ese brillo se desgasta, el amor se convierte en aversión y desprecio. Y a las cosas que despreciamos terminamos tratándolas, inevitablemente, a patadas. Allá donde no hay sacrificio, el amor se convierte en orgullo narcisista de poseer y dominar. Así las relaciones entre hombres y mujeres se convierten en un duelo de egoísmos en donde no tardan en aflorar las susceptibilidades, las desconfianzas, los recelos, las irritaciones y, finalmente, la animadversión y el aborrecimiento.

Cuando en las relaciones entre los dos sexos media el sacrificio, el amor es una ofrenda; y el ser amado se convierte en una auténtica patria: una tierra que se cultiva y se cuida, que se hace grata y fecunda a través de nuestros desvelos. Cuando en las relaciones entre los dos sexos media la exaltación del yo, el amor es codicia y afán de anexión; y el ser amado se convierte en una triste colonia: una tierra que se expolia y ordeña, que se pisotea y escupe, para después abandonarla.

En lugar de hacer del otro una auténtica patria, mediante una antropología fundada en la entrega y el sacrificio, nuestra época pretende hacer de hombres y mujeres odiosos colonizadores. Así sólo lograrán exacerbar la calamidad que dicen combatir.

Juan Manuel de PradaJuan Manuel de Prada

MEMORIA HISTÉRICA

Para mi es una verdadera paradoja la idea establecida, y la ley promulgada, de eso que llaman memoria histórica; no acierto a entender el hecho de que una sociedad que se supone moderna y culta, como la nuestra, necesite que los políticos le digan qué es Historia, y qué, no lo es… Siempre pensé que la Historia era cosa de estudiosos; asunto universitario, erudito y académico que, por su propia naturaleza, admitía -la Historia- distintos puntos de vista a la hora de abordar su interpretación.

Creía yo que la Historia se escribía con mayúsculas, desde la rigurosidad, mediante la investigación y el estudio; y sobre todo desde la objetividad, o al menos desde su anhelo… Los datos históricos, si bien es cierto que por su naturaleza nunca serán verdades matemáticas inmutables, tampoco pueden ser, salvo por espurias intenciones, mercadería ideológica con la que inundar a los ciudadanos con el fin de que, cual corderos ideológicos, pasten ideológicamente en uno u otro corralito, también ideológico…

Que los políticos se dejen de monsergas de derechas o de izquierdas, y hagan por aumentar el nivel real de la cultura de este país y de su Historia; que damos pena… No consintamos que nos digan qué tenemos que pensar o decidir.

Ése es el juego de políticos inmorales y carentes de ideas; adanistas sin los cuales estaríamos perdidos en los procelosos mares de la Historia y de la moral, de la política y hasta del criterio y el buen juicio; necesitándoles así -a los políticos- parece ser que hasta para ir a mear…

Por todo ello, yo me pregunto: ¿qué hacen los políticos decidiendo de cosas de la Historia? ¿Qué hacen en las universidades…? ¿Qué coño hacen pretendiendo imponer, uno u otro criterio, de lo acontecido en una Historia que es de todos los españoles? ¿Acaso lo que quieren, no es sino dar por ciertos sus criterios, en contra de los del otro…?

¿No es ése su juego acaso: quítate tú para que me ponga yo…?

Finalmente, creía que la memoria era algo subjetivo, tan personal e íntimo, que necesitar también que esos políticos nos digan cuál debe ser nuestra memoria adecuada, es ya el colmo de la estupidez colectiva…

Es la memoria un territorio profundamente personal, una propiedad privada tan valiosa, tan sujeta a las experiencias y emociones vividas, que consentir injerencias ridículas -ni más ni menos que de políticos lerdos- es como necesitar que te digan la veces que tienes que respirar por minuto. Y yo respiro, y meo, las veces que me da la gana…

Tenemos multitud de ejemplos en la Historia, de veces que los políticos han intervenido en cosas, que posteriormente han destrozado al corromperlas con sus intereses y su nefasta gestión.

Que no piensen ni decidan por mí… por favor.

El que quiera conocer la Historia, ya sabe: ¡a estudiar! que cultiva la memoria.

Antonio Rodríguez Miravete

Españoles encerrados

LOS ÚLTIMOS DE FILIPINAS

Si salías morías o matabas; igual que ahora que también estamos encerrados…

“Morir bajo tu cielo” creo humildemente que es una Obra Maestra… Pero sinceramente no sé si porque es una gran obra de la literatura -no tengo en absoluto criterio para si quiera opinar de algo así- o porque con su creo que genialidad, simplemente ha removido en mí unos sentimientos e ideas que no sé porqué me veo impelido a compartiros…. Hacía mucho tiempo que nada había logrado excitarme así el recuerdo, de que la hispanidad es más que solo España; de ahí Las Españas…

Es una novela que nos devuelve el heroísmo; el Quijote hispano; lo español… En una de las versiones más íntegras, más reflexivas y eruditas que yo recuerde de este pasaje, apasionante y por desgracia muy mal conocido de nuestra inmensa Historia…

“Morir bajo tu cielo” es la historia de una más de nuestras muchas gestas como pueblo; cándida en su relato pero de una profunda intensidad, compleja, sincera; arrebatadora en la vehemencia de su expresión léxica; poética incluso… Una obra redonda donde la investigación, la trama y los personales, pero sobre todo el lenguaje español, las palabras en español, constituyen un referente, una norma y un objetivo en el que fijar la atención…

Es una especie de piropo u homenaje a la compleja y amplísima historia de ésta nuestra lengua: EL ESPAÑOL… El verbo prístino y rebuscado que el autor utiliza es, en sí mismo, un viaje a la hondura de nuestro pasado y a la profundidad de ésta la historia a contar…

Como medio, genial para iniciar dicho viaje, el autor nos propone algo tan sencillo de usar como un diccionario. Porque sí, os lo advierto, éste es un libro que hay que leer necesariamente con un diccionario al lado tuyo…

Este autor, de verbo política y genialmente incorrecto disfruta, se regodea; nos grita a la cara y con razón cuán poco usamos y menos conocemos, la complejidad de las palabras y expresiones que un idioma tan hermoso y exacto como el nuestro, permite utilizar a la hora de definir con precisión nuestras emociones…

Sagaz, oportuna e inteligentemente el autor se ríe de nosotros, nos reta… Nos vacila mediante geniales fuegos artificiales lingüísticos que constantemente nos absortan, y nos obligan irremediablemente a buscar el sentido de ese rizo léxico; asombrándonos luego con su idoneidad y exactitud.

Es un juego de muchísimas páginas; un maravilloso y emocionante juego al que jugar éstos días…

Excelente novela histórica. Os la recomiendo encarecidamente.

¿O tenéis algo mejor que hacer…

Buscad en YouTube la película; pero no la mierda que hicieron hace unos años. Buscad el clásico…

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

El grito

El sopor y la morriña que el calor provocaba en la tarde de un miércoles de agosto, en plena canícula estival, era irresistible. Las sombras caían perpendiculares al suelo, apenas rebasando el contorno de los objetos que las proyectaban, el calor espeso parecía que detenía el tiempo, lo ralentizaba pesado y pegajoso. A la hora de la siesta, en la huerta, solo se oían el crujido de mis pasos en la hierba seca y el chirriar de las cigarras…

El grito de auxilio sacudió mi pereza y mis embotados sentidos… Respondí con otro esperando respuesta para poder ubicar el origen de donde provenía. El consiguiente grito hizo cambiar bruscamente el rumbo hacia donde desorientado me dirigía…

No acertaba ver a nadie; largas filas de algodón plantado geométricamente a lo largo y ancho de un enorme bancal frente a mí, más atrás, la línea verde intenso de la acequia bordeada de cañaverales que partía en dos la finca. Volví a gritar y la consiguiente respuesta me mantuvo en la dirección hacia la que me dirigía, pero seguía sin ver a nadie. Corría alarmado a horcajadas evitando pisar las hileras de las plantas, acercándome rápidamente a la acequia, no parecía haber nadie, sin embargo los gritos no cesaban…

Llegué hasta la mota de la acequia, junto a una compuerta, ésta retenía el agua haciéndola subir de nivel hasta que rebosaba hacia una “regaera” que distribuía finalmente el líquido, progresivamente a cada uno de los márgenes del bancal. Las cañas se dejaban caer lánguidamente de las motas hacia el cauce de la acequia cerrándome la vista del mismo; estaba muy cerca del lugar origen de los incesantes gritos pero el espeso follaje me impedía distinguir nada. Finalmente pude atisbar una cabecita que apenas asomaba del nivel del agua, y unos brazos que agarraban frenéticamente cañas y follaje para mantenerse a flote, las paredes lisas de hormigón de la acequia impedían apoyarse en lugar alguno para poder izarse y salir; los dos metros largos de profundidad tampoco ayudaban…

nina-gritando

Al acercarme más pude darme cuenta de que se trataba de una niña. Los gritos cada vez eran más débiles debido al cansancio; el esfuerzo de mantenerse a flote y de luchar contra la corriente, que arreciaba justo en ese punto junto a la compuerta, estaban desgastando la tenacidad de la pequeña. Los remolinos del agua apretujándose por la presión, arrastraban y succionaban a la niña hacia abajo venciendo poco a poco, pero de forma inexorable, su resistencia… Me lancé al agua, con precaución para no golpearme con las paredes de hormigón de la acequia, a la vez que me agarraba de alguna de las cañas que se vencían hacia el cauce… Conseguí acerqué a ella y me di cuenta que era una gitanilla de no más de ocho años que gritaba y se agitaba como una loca.

En cuanto sintió mi contacto al agarrar su bracito, bruscamente se giró; con la agilidad de un mono me agarró ella y, literalmente, trepó primero por mi brazo, luego pisó sin misericordia mi cabeza con sus pies desnudos, arañándome e impulsándose hasta agarrar mi otro brazo que sujetaba la caña que nos sostenía a ambos. Finalmente consiguió otro agarre más arriba hasta que, con una rapidez y habilidad inesperada, en un último impulso y golpeándome sin miramientos con sus piernas, de un brinco consiguió salir del cauce…

Allí me quedé yo, hablándole para tranquilizarla, pidiéndole que me ayudase ahora ella buscando una caña robusta o algo que sostuviese mi peso para salir; me preocupaba mucho que estuviese asustada o herida, no paraba de hablarle y de pedirle que me hablase…

Tras un instante me di cuenta de que se había largado… la cría había salido corriendo dejándome allí tirado, mojado, sin ayuda y hablando solo; ni gracias…

Sin mucho esfuerzo conseguí salir de la acequia y, refrescado eso sí, comencé a “espionar” algodón.

Antonio Rodríguez Miravete

¿Qué era aquello…?

Yo la vi… Oscura, cada vez más y más grande al acercarse, sucia e informe; ¿qué era aquello? De repente la playa se llenó de extraños. En aquella época no había turismo en Guardamar como lo conocemos hoy -cuatro gatos aparte de los que veraneábamos- y éramos casi todos del Pueblo: los Galí, Balín, Pepe Barrera, Santi Soto, Yo…
Los extraños se arremolinaron en semicírculo frente a la playa, como escondiendo algo.

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De repente, una imagen que no habíamos visto nunca: hombres rana, que ahora parecerían ridículos por su primitivo equipo, emergían a unos veinticinco o treinta metros de la playa, quitándose trabajosamente sus escafandras.

Mientras, los extraños comenzaban a advertir a los bañistas de que se alejasen por precaución…

Por la mañana fuimos nosotros, en el primer baño matutino, los que descubrimos esa mancha oscura y como circular, entre la playa y la línea que delimitaban las boyas de señalización.

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Buceábamos, temprano, en una mañana radiante de mediados de septiembre en la que el verano languidecía. El agua estaba fría, muy fría, y era el mejor momento para recoger unas enormes almejas a unos cinco o seis metros de profundidad, semienterradas en la arena del fondo, a la altura de las boyas.

Nos asustamos, todo hay que decirlo, y no poco… No sabíamos qué podría ser esa cosa;

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no parecía el típico montón de algas enmarañadas por el oleaje flotando a la deriva, tampoco se parecía a ningún banco de peces pastando cerca de la orilla… Nos atrevimos apenas a acercarnos a unos cuatro o cinco metros, lo suficiente para advertir unas extrañas e inquietantes protuberancias cilíndricas… Manolo Galí, el más bragado de todos nosotros, fue el único que se atrevió a tocarla… bueno, apenas la rozó, pero era algo a lo que no nos hubiéramos atrevido ninguno, salvo él… Su tacto, duro, rugoso y metálico según nos dijo, no hizo más que aumentar nuestra curiosidad aunque también el temor que empezábamos a sentir respecto a aquella cosa; ¿pero qué era aquello…?

Una vez satisfecha en parte, nuestra normal curiosidad por esa novedad extraña en el tramo final de nuestras vacaciones estivales, corrimos a contar nuestro hallazgo. Tras el inicial revuelo, recuerdo como el padre de uno de nosotros, tras comprobar con evidente alarma nuestro descubrimiento y salir del agua apresuradamente, corrió al restaurante Valentí en busca del único teléfono que había en las inmediaciones… Al poco empezó a llenarse la playa de los extraños.

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A mediodía y tras un frenético ir y venir, comenzaron a llegar guardias civiles uniformados, lo que contribuyó todavía en mayor medida a aumentar nuestra curiosidad por el suceso. Dos o tres de los hombres rana se sumergieron de nuevo con la, nos pareció, evidente intención de sacar esa cosa a la playa…

Resultado de imagen de barco militar

Nuestra sorpresa aumentó más tarde al comprobar cómo un pequeño barco militar se situó extrañamente cerca de la playa, maniobrando durante un par de horas, hasta que “eso”, que no pudimos ver claramente debido a la distancia a la que nos encontrábamos, comenzaba a flotar de forma extraña y, enganchado con algo parecido a unas cadenas, era remolcado por el buque aguas adentro hasta perderse de vista.

Más tarde supimos que se trataba de una mina explosiva procedente de quién sabe qué lejana refriega de nuestra infausta guerra civil…

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Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.