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El mejor poema del mundo

MELANCOLÍA DE DESAPARECER



Y pensar,
que después de que yo muera,
aún surgirán mañanas luminosas,
que bajo un cielo azul,
la primavera,
indiferente a mi mansión postrera, encarnará en la seda de las rosas.


Y pensar que,
desnuda, azul, lasciva,
sobre mis huesos danzará la vida,
y que habrá nuevos cielos de escarlata,
bañados por la luz del sol poniente,
y noches llenas de esa luz de plata,
que inundaban mi vieja serenata,
cuando aún cantaba Dios, bajo mi frente.

Y pensar que no puedo en mi egoísmo
llevarme al sol ni al cielo en mi mortaja,
que he de marchar yo solo hacia el abismo,
y que la luna brillará lo mismo,
y ya no la veré yo,
desde mi caja.Agustí de Foxa

Tocarse… Paco Sanz

Necesito otro nivel de compañía, porque el ver y oír no bastan, es necesario tocar y oler para sentirse verdaderamente acompañado. Para entrar y salir realmente. Cuando entro en una habitación me doy cuenta que olisqueo, cuando vuelvo a ver a un amigo hago por tocarlo. Buen olfato y mucho tacto son cosas que se pierden si no se cultivan. Al otro lado de las pantallas ni se huele ni hay quién toque nada, al menos de momento. Sé que ella sigue en la cama, que si voy me acogerá bien, que esta tarde iré a buscar mis nietos, que les daré la mano para llevarles hasta el coche… eso alivia mi contraria suerte.

Al escribir eso me ha venido a la mente el bucanero ciego de Borges, también él “Sabía que en remotas playas de oro/ Era suyo un recóndito tesoro/ Y esto aliviaba su contraria suerte”. ¡Qué gusto acercarse tanto como para poder oler y tocar!, al menos a los que queremos. ¡Qué curioso que se diga de los que están perdiendo la chaveta que “no tocan”, que de los que hacen música se diga que la “tocan”!

Y según cómo, ¡qué descanso la distancia! Para Nietzsche “La suprema elevación de la humanidad es el sentimiento de que no le es lícito tocar todo; de que hay vivencias sagradas ante las cuales tiene que quitarse los zapatos y mantener alejada su sucia mano. Por el contrario en los denominados hombres cultos, en los creyentes de las “ideas modernas” acaso ninguna cosa produzca tanta náusea como su falta de pudor, la cómoda insolencia de ojo y mano con la que tocan, lamen y palpan todo”.

Y es que la nuestra es la sociedad del espectáculo. El espectador quiere tocar todo lo que ve. Eso no permite acercarse a lo que es, en lo visto y lo oído no es donde se encuentra el centro del ser. Hay que aprestar el ojo para ver, que aplicar el oído para oír, como si lo más tocable allí estuviera. Las reglas de la gramática, el mensaje de la ley, la palabra del testigo, el eco del Big-Bang, el sistema de la filosofía, el lenguaje, la consciencia… incluso el más allá no es concebible más que como una vasta armonía. Somos mártires por lo que no queremos decir y condenados por lo que hemos dicho.

Hace tiempo que las relaciones “humanas” no incluyen ya para casi nada lo de oler y tocar. Creo que las cosas empezaron a desmadrarse con la invención de la correspondencia, hubo un tiempo en el que se perfumaban las cartas y ahora con lo de las redes sociales no hay quien perfume nada. Lo de escribir cartas ha traído al mundo una terrible perturbación de las almas. ¡A quién se le ocurrió que la gente puede mantener relaciones por correspondencia! Uno puede pensar en una persona ausente y puede tocar a una presente, todo lo demás supera las fuerzas humanas. Los besos escritos no llegan a destino, son bebidos por los fantasmas en el camino. y esa abundante alimentación hace que los fantasmas se multipliquen en forma desmesurada.

A los hombres de mi familia nos ha dado por salir a darnos un paseo más que los de otras familias que conozco. Supongo que es porque hay en nosotros más genes de cazadores que en las de los demás, que por eso siempre andamos olisqueándolo todo. Es como si pensáramos que salga de donde salga, en ninguna parte puede oler tan penetrantemente mal como en casa de cada uno. Y salimos a darnos una vuelta… porque necesitamos aire.

Autor: Paco Sanz

Lágrimas

Le duele, aunque ya siente ese alivio que experimenta cuando al llorar recordándote, ni siquiera enjuga sus lágrimas… Rendida, las deja deslizarse lentas por sus mejillas; que se empapen con esa multitud de rastros salados y lenitivos; hasta la barbilla; punto final, desde donde parece que se esfuman saltando al vacío…

Y cede, en su lucha, contra ese amargor doloroso subiéndole por la garganta; se lo traga, fluye, y deja fluir sus lágrimas… Ese momento, solitario y beatífico en el que, por fin, abandona su orgullo, y se abandona ella entera al desahogo del puro llanto desbocado… Llanto ya sin muecas; solo lágrimas agrias, sinceras de emoción veraz; lágrimas libres al fin y al cabo…

Tiene, la sensación de que siempre tendréis, algo pendiente…

Ha llegado de tu mano a sus momentos más hermosos, y sabes, que eres sin duda el amor de su vida… Y también sabes, que vivirla a partir de ahora sin tu presencia cerca, será como lamentar para siempre una gran pérdida; como convivir sine die con el eterno y sordo dolor de una amputación… Así, herida, podrá pasar el tiempo, sí, pero seguirá doliéndole la cicatriz que le quedó, de ese pedazo que creía suyo, de aquél tu trozo cercenado y ausente…

Piénsalo.

💞

Antonio Rodríguez Miravete… Juntaletras.

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curas, raros, y LGTBIs…

Es muy difícil y sé que sin cobrar, no hago del todo bien escribiendo en bruto sobre temas tan escabrosos, políticamente no ya incorrectos sino cuasi prohibidos, y que entran en conflicto incluso, con algunas de mis propias convicciones… Espero que curas, LGTBIs, raros y otros, tengan el cuajo necesario para terminar de leerme sin juzgarme, ya que yo sí intento tenerlo -el cuajo- en la precisión y en el cuidado al escribir… Tanto es el cuidado que cuando leáis “cura”, y para respetar este lenguaje inclusivo de mierda, digáis: “y monja…”

……….

El Dios, que mis padres con bondadoso ahínco pero con poco éxito pretendieron inculcarme, fue el cristiano; y éste amaba a todos sus hijos por igual y sin hacer distinción alguna…

Y recuerdo que por pura bondad, la beatífica fe de mi madre probó durante algún tiempo a ver si yo me animaba, llevándome tooodos los domingos de visita a ver a mi primo al seminario de Orihuela…

De nada sirvieron aquellas cándidas jornadas catecumenales, o los fervorosos ejercicios espirituales en el colegio Estella Maris; tampoco los obligatorios y cansinos rosarios de los miércoles; ni su tierna insistencia materna…

Y es que yo -su gozo en un pozo- ni era ferviente ni LGTBI; era raro éso sí… Sensible e introvertido, cabezón, y confieso que algo viciosillo. Ya entonces había empezado a fumar, y a otras cosas.

Desde siempre, casi todos aquéllos de familias pudientes, y otros muchos de familias solo acomodadas, terminaban consintiendo el ser curas; y si eran muy pobres, monjes… Así, tomar los hábitos era una forma digamos que de búsqueda de escondite o de amparo, o de simple futuro… En aquellas sociedades pacatas, puritanas y atrasadas, muchos LGTBIs que podían, se refugiaban bajo la sotana y el presunto celibato, pero para que no los clavaran -pobres de ellos- por el culo en una estaca por sodomitas. Es duro pero era prácticamente así… Y eran la sotana y los cachivaches eclesiásticos, símbolos escondites, tras los que sin duda a veces se camuflaban ciertas inclinaciones…

Para ser LGTBI, al igual que para ser cura, necesariamente tienes que poseer algo raro y especial… Y tienes que esconder cosas. Eso de los curas de consagrarse a Dios y renunciar a los placeres del mundo, o a todo lo contrario en el caso de los LGTBIs, debe de ser duro, muy duro… Sólo se concebía el cura, bien para consagrarse al amor de una verdadera vocación y a una fe; bien para disimular unos malditos instintos bujarrones; o para enclaustrar otras enfermizas rarezas, también instintivas… Siempre había sido lo normal y la usanza; era un hecho incontrovertible: curas, raros, y LGTBIs.

Hace años, no había muchas veces nadie mejor que un cura para escucharte, acogerte, y entender tus rarezas... Deseos, piedad, compasión y onanismo; vicios veniales y secretos íntimos; pero seguro también que mucho y verdadero amor… El cura, al igual que el LGTBI, siempre se ha hecho muchas pajas; pero no tiene porque haber nada malo en un sexo cohibido, íntimo, ocultado… Amor, simplemente amor; tanto en el cura como en el LGTBI.

A mí, he de confesar que en el fondo, ambas me parecen tiernas rarezas muy similares: unos dicen enamorarse de sus semejantes, y los otros dicen enamorarse de Dios… ¿Hay alguna diferencia…? ¿Dónde meten la polla, dónde ponen su empeño…?

Ser LGTBI te convertía antes, y ser cura te convierte ahora, en víctima por un amor secreto, denostado, incomprendido…

Por ello, no acierto a entender el porqué se llevan hoy tan mal, los LGTBIs y los curas si siempre han ido de la mano y dormido juntos… Y tampoco entiendo el porqué la sociedad hoy, es tan indulgente con los LGTBIs, y sin embargo, le tiene tanta tirria revanchista a los curas candorosos… Los vicios y virtudes de ambos colectivos siempre han sido muy parecidos: amores ocultos y secretos de confesión; mucha paja, y sensibilidad especial ante la belleza y la bondad; y una enorme capacidad para entregar amor…

Deberían ser los LGTBIs ahora que no son perseguidos, quienes se apiadaran compasivos de la gente a la que se persigue por una fe justa, sea cual sea el tipo amor que la inspira… A lo mejor, los maricones siempre han estado más cerca de Dios…

Y si los LGTBIs actuales escarbaran en el clero -que no en la Iglesia- encontrarían seguro hermosísimas historias teresianas de amor maricón, con las que ilustrar su dignidad y su lucha LGTBI a lo largo de la Historia…

Siempre ha habido curas, LGTBIs, y raros. Y ninguna de las tres condiciones tienen porqué ser malas per sé… Solo son meras formas de amor.

Pero hoy en día, parece ser que la Fe, el culo y el cerebro, no se llevan bien…

eeen fin…

Antonio Rodríguez Miravete… Juntaletras.

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NO TE CREAS NADA

Lejos de mí está, te lo juro lector, el pretender expresar aquí verdades o certezas… Aunque sí es mi deseo, el conseguir acercarme si quiera a describir con palabras esos sutiles y secretos filamentos, que forman la trama y la urdimbre donde se tejen nuestras emociones… Porque son éstas en verdad, de lo que os quiero hablar en mis relatos… Pero hay dos cosas, que procuro nunca hacer al escribir: una es contaros verdades, realidades; y la otra es mentir…

Solo pretendo, lector, que te quedes conmigo cuatro, cinco o seis minutos.. Que me permitas tocarte con letras y si es posible, que vibres o se te erize el vello cuando junto esas letras… Y si no, que al menos te sirva para algo el leer mi intento de expresar; de escribir…

……….

Tras tomar aquella decisión juntos, encanados a llorar, decidimos que iríamos también juntos a la clínica con tal de solucionarlo de una vez… Una decisión muy muy difícil… Recuerdo que cada vez que si quiera pensábamos en ello, rompíamos a llorar de puta culpa y de vergüenza… Éramos tan jóvenes, tan ignorantes…

Y no, no dijimos nada; a nadie…

Entramos creo que temblando, cruzando unas puertas automáticas translúcidas; de esas de apertura lenta y sensación aséptica, típicas de clínicas privadas y caras… Una impoluta enfermera, al vernos titubear agarrados de la mano nos atendió solícita, se ve, que pretendiendo calmarnos con una de esas fingidas y frías sonrisas de buzón abierto de par en par… Una sonrisa como automática, maquinal, corporativa… Comprobó, lo primero, la tarjeta de crédito al rellenar la ficha con nuestros datos…

Como en todas las salas de espera de este tipo de clínicas caras, olía a un exceso de ambientador de notas sofisticadas y como pretenciosas; se ve que para disimular ese otro tufo, mezcla de miasmas, secreciones y ansiedades, propio de toda clínica ya fuere de ricos o de pobres… Antros éstos, que desinfectan y adormecen el olvido y la culpa, y en los que por igual te operaban para abortar, que para implantarte una polla artificial o enderezarte la nariz; siempre y cuando claro, la tarjeta estuviera a la altura…

Nos llamaron a la vez, y nos despedimos con un beso fuerte. Él a la habitación 16 y yo a la 14. Y llegó el momento de que abriésemos las piernas…

Casi tres horas después, nos volvimos a encontrar, temblando, de nuevo en aquella sala de espera de lujo… Ambos lucíamos un rictus espantado, y un evidente y extraño bulto doloroso en la entrepierna…

……….

Lo que sí confieso que hago, lector, es darme algo así como una especie de capricho… Quiero contar algo; y tengo un hecho real que lo ilustra… Pero sobre todo lo que tengo es la potestad de poder cambiar cualquier relato a mi antojo, siempre y cuando claro, sea fiel a la historia y a éso que te quiero contar… Ansío hablar de pequeñas verdades en las que creo, y es cierto que disfruto al contarlas; jugando a mezclar lo verdad y la mentira, la realidad y lo imaginario, el presente y lo pasado; hablando de risas entre lágrimas, o al contrario…

………..

Menos mal que la tarjeta de papá no tenía límite de disposición, porque en aquella casquería de lujo, nos clavaron tres mil quinientos pavos por un par de cortes en los bajos… Su fimosis curó en unos cuantos días; pero costó semanas que el corte en mi vulva cicatrizara, y dejara expedita ya de una vez la estrechez de mi coño… Vulvitis adhesiva congénita, me dijeron…

Menos mal que ya podríamos follar sin que nos doliera… Lo que sí nos dolió, y mucho, fueron los tres mil quinientos sesenta y cinco pavos que nos estafaron… Porque en aquella clínica, nos tangaron con nuestra propia prisa…

……….

Adolescentes, queriendo colmar y aplacar sus urgencias carnales… Un oscuro negocio de matarifes frustrados…

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras

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¿Cómo se hacen los niños?

Todavía recuerdo aquella mañana de domingo, en la que se ve que me desperté algo más temprano de la cuenta; y como siempre hacía, fui a retozar un rato en la cama de mis padres. Tendría yo siete u ocho años… Al ir acercándome al dormitorio, sin duda, noté algo raro… La puerta estaba entornada al máximo; y tanta oscuridad en la habitación se debía, a que también las persianas estaban casi completamente cerradas. Me paré, indeciso y furtivo ante el umbral de la puerta… En completo silencio la empujé, poco a poco, lo justo para colarme. Y la vista se me fue acomodando a la oscuridad…

Nada se percató de mí, y no sé porqué me agaché y volví a entornar la puerta…

¡Qué extraño! En vez de encontrarme dos personas durmiendo bajo las sábanas, como sería de esperar, apenas distinguí entre la penumbra una especie de bulto semoviente, blanquecino; algo grande e informe… Algo, envuelto bajo los pliegues de la inmensa sábana de aquella cama… Y como que palpitaba el bulto ése; pero con impulsos lentos, diríase acompasados y muy sigilosos… Se movía aquello en una especie de caótico y suave vaivén; un subibaja repetitivo; piiim pam, piiim pam… Y sólo se oían lo que me parecieron como cuchicheos guturales, o gruñidos suspirados, o reprimidos; y una especie de bisbiseos ininteligibles…

No, no lo tenía claro… Viendo lo visto y muy extrañado, no me atreví a interrumpir aquello…

Así que, con un silencio ofídico y volviendo lentamente sobre mis pasos, regresé a mi cama pensativo y atribulado…

Dejé transcurrir la mañana hasta que los oí removerse; y noté, que lo hicieron tarde y de muy buen humor… Desayunábamos ya a eso las diez de la mañana, cuando me preguntaron extrañados el porqué, de no haber ido esa mañana a jugar con ellos en su cama…

– Me había quedadooo, durmiendo…

El recuerdo de lo acontecido, no me dejaba parar de mirar constantemente a mi padre… Estuve toda la mañana creyendo detectar algo extraño entre sus gestos, o quizá en sus facciones; le observaba con detalle, sin que él se apercibiese… Me parecía verlo como más chulo y hasta más guapo; diferente… Creo, que hasta noté un extraño brillo que parecía aureolar su figura… No sé, serían cosas mías.

Y mi madre, si te fijabas, también lucía enigmática, distinta, contenta…

¿Cómo se hacen los niños..?

Si habéis tenido hijos sabéis, que cuando llega el momento, es ésta una pregunta que a no ser que llevéis mucho cuidado, te enreda en un nudo dialéctico y didáctico del cual es difícil salir airoso ante a tu crianza… Que si París y el amor; que si el papá y la mamá porque duermen juntos; que si aquellos monos del zoo; que si el huevo y el pollito; que si las chicas porque los chicos; o que si la manida cigüeña… Un problema.

Pues imaginaos a los niños en mi infancia… Hace cuarenta años cuando preguntabas por asuntos de cintura para abajo, todo eran silencios; sapos y culebras… Es decir, o no te decían nada; o como mucho, te contaban alguna filfa para salir del paso y que te callaras… Sí, pero no. Y como fueses descarado, incluso te llevabas un buen cuesco o un pellizco, dependiendo si le preguntabas a papá o a mamá…

Estábamos solos, ante un tupido velo de puritanismo cándido. Te enfrentabas a un páramo sexual, ignoto… Las chicas con las chicas; los chicos con los chicos; aquéllas, eran siempre un completo misterio… Descapullar era un verbo imposible; y si tú mismo te la tocabas mucho, se te reblandecían las rodillas y los nudillos; y te salían, unos granos en la cara de una pus muy sospechosa… Casi todo era pecado, malo, o estaba prohibido…

Pero a diferencia de hoy, había tanta libertad entonces, que nos saltábamos todas aquellas normas y prohibiciones veniales con suma facilidad… O bien haciéndonos a hurtadillas con las páginas más picantes del Interviú. O bien colándonos, escondidos en los retretes del cine, para después ver una película X… O mezclándonos con los mayores para ver si nos enterábamos ya de una vez, de qué coño era aquello de hacerse pajas, lo de comerse un torrao, o lo de darse un magreo…

No sabíamos nada. Y no había Internet… Subíamos sin miedo a los árboles a robar fruta; jugábamos juegos sin juguetes; salíamos en bicicleta sin cuidado, sin límites ni permiso; y aprendíamos, a estudiar con libros de verdad, o también a fumar tabaco negro sin toser… Aprendíamos…

Yo ya tendría mis doce o trece años; una tarde de verano en aquella pinada… Éramos amigos de ésos temporales; desconocidos conocidos en un par de meses de vacaciones: un madrileño, vasco, murciano, y hasta un alemán… Competíamos, en una de esas típicas exhibiciones de pichas inexpertas, propias de adolescentes salidos… Que si yo la más grande, que si la tuya la más dura, o que si la de aquél la más gorda.

– ¿Y qué se hace con ésto…?

– ¿Y los niños qué, no eran cuestión de amor…?

– ¡Pero qué amor ni qué amooor…!

– Picha en breva.

Sé, que quedé como un tontaina; pero aquella tarde, aunque me lo explicaron riéndose sentí, que en ese preciso momento me convertía en un hombre.

Y luego, muuucho más tarde, me convertí en padre…

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

Nuestro niño interior…

Ahora tenemos Internet, Instagram y Facebook, y WhatsApp…

Menos mal…

A nuestras órdenes siempre están los secadores de pelo, el mando a distancia del aire acondicionado, o los dos botoncitos de los elevalunas eléctricos… Para hacernos la vida aún más ociosa e inane, disponemos de alivios como la moda, la inteligencia artificial, o una multitud de fármacos multiusos que hasta nos la ponen dura… Y una de las cosas, creo yo, más inquietantes: coches, que dentro de poco van, ni más ni menos que a conducirnos…

Os acordáis del anuncio aquél de BMW: ¿Te gusta conducir…? Un BMV con las ventanillas abiertas y la carretera fluyendo frente ti… Tu mano abierta, fuera del coche, abanicada libremente por el placer de conducir a contraviento de la velocidad… La otra de tus manos agarraba el volante; conducías tú…

Pues hasta eso nos quieren quitar… Porque es el coche, al igual que lo fue el caballo, una de las grandes conquistas humanas: la de la libertad de movimientos a nuestro albur… Y no dudéis de que es éso justo -después del dinero en metálico- lo segundo que nos quieren arrebatar: el libre albedrío….

O bicicletas y transporte público barato, o coches para pobres. Cochecitos capados, obedientes, que tengan como mucho tres o cuatrocientos kilómetros de autonomía, y que chiven a cada paso, cualquiera de los que tú des… Que siempre sepa George Orwell por dónde vas, y cuándo y porqué usas tu tarjeta de crédito.

Tooonto…

George Orwell ha empezado a tener razón mucho más aprisa, de lo que cualquiera hubiéramos podido imaginar.

Dejamos una especie de rastro, como de baba rastrera, a cada paso digital que damos en Internet… Nuestros datos, son muestra y carnaza para oscuros sabuesos; perros de olfatos prestos a interpretar nuestra realidad presente, y a decidir, lo mejor para todos y cada uno de nosotros. Y así, alguien siempre nos usa… Usan constantemente nuestro horario y nuestros gustos, para invadir con impunidad, hasta la intimidad de esos minutos en los que vas a cagar tranquilo en casa, y te llevas el móvil… O hasta cuando estás yendo al trabajo en el autobús, y repasas en el jodido aparatito tus menesteres varios.

Tooonto…

Hemos creado una sociedad mullida de tantas perezas, que la gente se ha creido que puede salvar el mundo y comprar barato…

Soplar y sorber a la vez… Ansiamos bóbamente, gustar a todo el mundo y volver a recuperar aquél nuestro niño interior… La niñez -lo infantil- es un estadío que está mariconamente sobrevalorado… Los niños al igual que las flores, son muy monos; pero dan fruto sólo, cuando dejan de serlo… Pretendemos recuperar una felicidad mañaca y cutre, como turistas que repiten todos, las mismas aventuras ya sin riesgos, y en sitios ya trillados…

Yo en cambio, querría olvidar toda esta nadería vital que nos domestica, y recuperar mi animal salvaje interior… Ansiaría volver a lo de carnívoro y lo de nómada; lo de animal prístino que aún quede en mí… Regresar a mi ser homínido perdido y primigenio, omnívoro y depredador. Sentir de nuevo dentro de mí a aquel bruto lleno de pelos y miedo; bestia dejada al albedrío del frío, del torbellino, y de la completa intemperie de esta puta naturaleza nuestra…

Con lo que ahora sé, quiero dejar de ser insensible ante este presente de mierda, esta estupidez y esta ñoñería flagrantes… Es más, quiero que se me revuelvan las tripas y vomitar de vergüenza ajena, frente a tanta hipocresía… Quiero atacar para defenderme si me atacan… No quiero permanecer impasible ante este suicidio vital en el que nos estamos embutiendo lentamente… Una trituradora moral, una confusión, en la que olvidamos nuestro deber de ser humanos; de ser gente amigable, receptiva, ignorante, y por ello curiosa…

Quiero luchar todos los días para ganar mi comida mientras me sea posible y duren mis fuerzas… Continuar porfiando para follar, mientras esa pulsión animal así me empuje. Y proteger hasta la muerte mi cueva y a los míos… Me gustaría que se me volviesen a afilar los colmillos para volver a devorar carne cruda si fuera preciso, arrancándola a estirones de los huesos de mis presas…

Quiero matarme en una curva cualquiera, o en el intento de colmar cualquier pequeña cumbre… Peleando, malfollando, o persiguiendo un sueño ¿qué más da…?

Y cuando no sea así, piedras sobre mí…

Antonio Rodríguez Miravete

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Mi primera vez… (censurada)

Ella no se acordará, pero yo sí…

Continuó con su cortejo en aquella pinada donde nos apartamos… Era ya de noche y me llevó al abrigo ciego de una pendiente; tumbados en la ligera cuesta de una duna a cubierto de cualquier mirada voyeur… Oíamos la música cercana de los coches de choque. Éstos, eran la atracción estrella de la feria en aquel puebluco y el sitio donde por casualidad nos habíamos tropezado ella y yo… Lo recuerdo como si hubiera sido ayer justo; justo ayer…

Era imposible no fijarse en el palmito de aquel cuerpón paseándose delante mío, pese a su vestido… Ella no es que me gustara ni mucho ni poco, pero a mis quince o dieciséis años confieso que la veía como a una irresistible oportunidad; mi oportunidad; mi primera oportunidad…

Olía maravillosamente y me daba igual que fuese un poco ampulosa en carnes; que luciera aquel pelo negro ensortijado y tan corto; o que mirara un poco extraño con uno de sus ojos desde aquella cara tan pálida…

Ni siquiera recuerdo cuál era el vizco, si el derecho o el izquierdo… Tampoco me importó su reputación picante y famosa en el pueblo; no era el mío.

No podría recordar su cara con precisión, pero lo que sí recuerdo es lo excitante para mí de su nombre: Mari… Y asombrosamente, diríase que todavía hoy me excito imaginándome oyendo su hermosa, su hipnótica voz… Es curioso que recuerde aún vívidamente, aquel tono de voz grave de chica mayor, jugoso y sugerente. Y su delicioso deje valenciá…

Y es chocante porque el extraño atractivo de su voz no le hacía juego para nada, ni con ese cuerpo como que difícil, ni con su cara de mirada digamos que compleja…

Pero con esa voz embaucadora y sus casi diez años de ventaja, consiguió cual flautista de Hammelín hacerme seguir el rastro de sus feromonas hambrientas, carnívoras… Me eligió ella a mí como no podía ser de otra manera… Aunque supongo que también el rastro de mis feromonas así mismo necesitadas, desbocadas y receptivas a cualquier estímulo, ayudaron a la cosa. Pero juro que me eligió ella a mí…

Desarmado, me rendí ante aquel paseillo de exuberancias… Jamás había visto un escote así ni así de cerca; y nunca, se me había permitido deleitarme en la observación detenida, de las voluptuosas hechuras de tetas ni culo semejantes…

Y no digamos nada de mi rendición cuando ya palpando, bajé las manos de su cintura…

No estaba buena como entenderíamos hoy pero era fragante, rotunda y excitante, limpia y mullida, sobrada de recovecos cálidos y húmedos donde incitar mis manos vírgenes e inexpertas…

He de reconocer que recuerdo todo de aquella chica con una especie de agradecimiento y de verdadero cariño; seguramente provocado por esa cercanía entrañable, de mantener cómplice un muy antiguo y trascendental secreto… Algo en mi vida que debo a ‘aquella chica’, y al arrebato del delicioso recuerdo de su olor…

Y claro, cuando ella empezó a exigir yo me asusté un poco, lo reconozco; pero no así mi excitación, que siguió encabritada pese al susto…

Y recuerdo la arena de aquella duna y aquellas urgencias caldosas, ¡cómo restregaron a contrapelo mis carnes ansiosas…!

¡Qué daño…! ¡Pero qué gusto…!

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletra

Un vicio…

Es, diríase un vicio verdaderamente adictivo…

Salgo por ahí y sin en realidad buscarla, la encuentro siempre casi por pura casualidad… Noto que me excita; voy descubriendo, que me gusta el oír de ella y el mirarla muy de cerca; observarla cual entomólogo; con la máxima precisión posible… Luego, busco un motivo…

Y me paro… Pero me paro a esperar esa inspiración, ese momento que me empuje a hacerlo; a saltar sobre ella; a asaltarla… Y así pueden pasar días, una semana, o tres; o meses… Una especie de juego de gato y ratón; siempre detrás de ella; al acecho constante…

Así, excitado, la sigo siguiendo todo el tiempo que haga falta, curioso e implacable; y muy muy de cerca… Oliéndola… Palpándola si es posible… Oyendo de sus ruidos hasta los latidos al acercarme al máximo, al máximo posible de cualquiera de sus detalles… Estudiándolos, todos, para conocerlos a fondo y así, una vez que me entregue a la faena, saber tratarla como se merece…

Y me decido por fin a degustarla; y después de abordarla y hacerla mía, entregado, comienzo sin piedad como a despedazarla, estudiándola; rebuscándola en sus recovecos; regustándome en los detalles íntimos de sus entrañas… Y escribiéndolos…

Y sin miramientos, aunque despacio, la voy como si fuera cortando en trocitos de ella misma, cada vez más y más pequeños… Y esa disección curiosa, concienzuda y lenta, satisface mis apetitos de poseer, al anotarlos, algunos de sus secretos…

Secretos que puedo así comprender e intentar expresar aquí, con claridad, con precisión, y acaso a veces hasta con garbo… Y si además acierto en la expresión de aquellos secretos, creo, que consigo algo así como una rara forma de verdad, o de justicia; o quizá solo son tonterías mías…

Y continúo…

Cuando empiezo, ya no puedo parar una buena historia…

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras
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El gatillazo…

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Ella acababa de descubrir que yo era un cincuentón, vieja gloria, y deprimido… La naturalidad de nuestro acercamiento, había contribuido a superar los muchos miedos que últimamente me acosaban cuando llegaba el momento… Era guapa de cara, con un cuerpo algo orondo y como postizo, que no le hacía justicia en absoluto… Tenía una extraña belleza frágil, pálida de piel, pero morena azabachada de crines…

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Calmé mis nervios, cerré los ojos, y me serené respirando hondo; y me concentré solo en sentir, y en escuchar…

La sentí recorrerme, completamente, con esa humedad bucal y cavernosa con la que subía y bajaba, lenta y minuciosamente, a lo largo de ése mi músculo que se inflamaba cada vez más con su cabecear cadencioso y lubricado… Se paraba, de cuando en cuando, juguetona y cachonda, lujuriosa; y así, se henchían todavía más mi tensión y mis impulsos, al dejar al albur de su lengua y del mordisco pícaro de sus dientes, ese juego húmedo en el que estábamos…

Sentía también a mis dedos, seguidos de mis manos, recorriendo excitados aquella carne temblorosa, que pedía ser recorrida, sobada y exprimida…

Y así, palpando, llegué al bosque de su seno que se abrió a mi paso sin ambages, encharcando agradecido mi mano y mi lujuria; aquélla devolvía el placer recibido al frotar sinuosamente con los dedos, la lámpara maravillosa de esa vulva incandescente, que estaba como a la espera, chorreante…

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Con un gemido entrecortado y un gesto satisfecho, me propuso un cambio en nuestro juego; pícara y lentamente se puso de rodillas, y comenzó a libar de nuevo mi bálano antes de abrazarlo, avariciosa, contra el centro de su pecho…

Inició así un subibaja lúbrico y acompasado, que estiraba mi piel casi hasta el dolor, haciendo tensar de gusto el límite de esa punta de mis carnes… El ritmo implacable de aquel dulce castigo, obligaba a aullar a mi garganta y a temblar a mis caderas, rendidas a ese refregarse acompasado y frenético de sus senos deslizantes, contra los que me deshacía en jirones de gozos y carne…

Justo antes de explotar, sobreexcitado, me arranqué del abrazo voluptuoso de esas avariciosas ubres mojadas; necesitaba darme algo de respiro, o iba a reventar…

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Empujándola sin remilgos, acosté aquel cuerpo desnudo y rotundo tomándolo a mi entera merced, recorriendo sus rincones de alto en bajo con la saliva de mi lascivia desbocada….

Lamiendo, me acerqué lento y malicioso a sus ingles, hasta que, bruscamente, penetré su embocadura apretando mi cara contra aquellas entrañas; mi lengua se estiraba pretenciosa para hurgar a fondo, aquellos caldosos adentros que se rendían temblorosos a mis manejos…

Cegado por la lívido continué chupando, saboreando, oliendo y mordiendo aquella ambrosía viva y viscosa, que con ese sabor metálico, carnoso y crudo, enervaba mi endurecido deseo hasta el dolor ansioso…

Fue en ese momento cuando, suplicante y en un puro temblor, dijo aquello de “yo también quiero…”

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En ese momento, poseído por una fiebre de lujuria encabritada, gruñendo de gusto y encendido por el deseo, giré mi cuerpo ciento ochenta grados sin apartar mi cara de su sexo y mi faena, hasta que, sin pedir permiso y a horcajadas, exasperado clavé de nuevo mi hombría en su cara…

Y nos hundimos desatados en ese abrazo invertido, que deja al albedrío silencioso de la boca, el resto de los regocijos del cuerpo…

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Empecé a escuchar… Los líquidos, babosos, borbolleaban al lubricar el recorrido carnoso de dientes, lenguas, dedos y labios. Los sonidos guturales que el gusto nos arrancaba, se mezclaban con el susurrar de las sábanas rozando; rozándose entre ellas y nosotros… Se oían nuestros jadeos, entrecortados por pequeños brincos de placer, que provocaban estallidos de puro goce en cada mordisco, en cada pellizco…

Se oía su lamento agradecido; su gruñido satisfecho; se oía su exigencia de más, de más adentro, de una vez más…

Por segunda vez el temblor convulsivo de sus carnes, reveló la generosidad de esos orgasmos mojados con saliva… Mientras, yo, una vez más contenía apurado la erupción de mis adentros a la espera de ese momento, en que ensartaríamos nuestros anhelos ardiendo por el deseo…

Y llegó ese momento…

Y se oía su respiración agitada al buscar insaciable, jadeante, suplicante e imperativa, la forma de penetrar con la horma de mi hierro vivo, los vacíos en la entrepierna de sus carnes…

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De momento vamos muy bien, que siga así…

Antonio Rodríguez Miravete

Maltrato y Amor – JM de Prada

Nunca antes había colgado en mi blog un artículo que no sea mío. Pero este escrito de Juan Manuel de Prada me parece una maravilla, y por ello lo comparto con vosotros.

Artículo de Juan Manuel de Prada, publicado el 27 de Noviembre de 2017 en ABC

“Remedios Maltratadores”

Allá donde no hay sacrificio, el amor se convierte en orgullo narcisista de poseer y dominar

Los remedios con que nuestra época pretende combatir la calamidad del maltrato a la mujer sólo contribuirán a exacerbarla, como ocurre siempre que se desarrollan remedios contra las calamidades sin querer renegar de la filosofía que las inspira.

Al fondo de esta calamidad hay una antropología nefasta que se afirma en principios tan aborrecibles como el narcisismo, la codicia de mando, la divinización de la sensualidad, la búsqueda egoísta y utilitaria del goce inmediato, la sed vulgar de una felicidad impermeable al compromiso y al deber. Pero, en lugar de combatir esta antropología nefasta que convierte a muchos hombres en maltratadores, se pretende que las mujeres afirmen también los mismos principios aborrecibles, lo que inevitablemente redundará en mayor número de mujeres maltratadas; pues, allá donde dos bandos defienden los mismos principios erróneos, se impone el que tiene mayor fuerza bruta.

Para combatir la calamidad del maltrato habría que empezar por combatir lo que nuestra época diviniza: una felicidad que se logra a través de la satisfacción inmediata del propio deseo y la exaltación del yo. Es grotesco que una época que aplaude la infestación pornográfica y la sexualidad más pluriforme y animalesca, a la vez que persigue y escarnece las virtudes domésticas, pretenda al mismo tiempo que los hombres vean en las mujeres seres dignos de respeto.

Es por completo demente que una época que glorifica el utilitarismo, la soberanía de la pasión y la búsqueda constante de goces inmediatos y novedosos pretenda al mismo tiempo castigar las violencias que brotan de las aberraciones que glorifica.

Para combatir el maltrato a la mujer hay que asumir primeramente que toda relación humana digna del tal nombre se funda sobre la noción de sacrificio.

No hay vida feliz sin sacrificio mutuo, sin renuncia a uno mismo, sin paciencia abnegada y constante. Los seres viles se afanan por imponer su voluntad y su deseo; los seres nobles se esfuerzan por cumplir con su deber, por aprender a donarse, por dejar de pertenecerse. Sólo así uno se siente ligado al otro e invadido por su destino, incluso cuando se extingue la pasión, incluso cuando acecha el tedio vital; de lo contrario, el tedio vital y la extinción de la pasión hacen odioso a quien nos acompaña.

Decía Thibon que cuando falta el sacrificio uno sólo puede amar en el otro un brillo superficial que no tarda en desgastarse; y cuando ese brillo se desgasta, el amor se convierte en aversión y desprecio. Y a las cosas que despreciamos terminamos tratándolas, inevitablemente, a patadas. Allá donde no hay sacrificio, el amor se convierte en orgullo narcisista de poseer y dominar. Así las relaciones entre hombres y mujeres se convierten en un duelo de egoísmos en donde no tardan en aflorar las susceptibilidades, las desconfianzas, los recelos, las irritaciones y, finalmente, la animadversión y el aborrecimiento.

Cuando en las relaciones entre los dos sexos media el sacrificio, el amor es una ofrenda; y el ser amado se convierte en una auténtica patria: una tierra que se cultiva y se cuida, que se hace grata y fecunda a través de nuestros desvelos. Cuando en las relaciones entre los dos sexos media la exaltación del yo, el amor es codicia y afán de anexión; y el ser amado se convierte en una triste colonia: una tierra que se expolia y ordeña, que se pisotea y escupe, para después abandonarla.

En lugar de hacer del otro una auténtica patria, mediante una antropología fundada en la entrega y el sacrificio, nuestra época pretende hacer de hombres y mujeres odiosos colonizadores. Así sólo lograrán exacerbar la calamidad que dicen combatir.

Juan Manuel de PradaJuan Manuel de Prada