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SOLO.

Cuando un humano se siente profundamente solo, instintivamente, tarde o temprano tiende a alzar la mirada al cielo… Observando ese cielo y si lo hace con atención y detalle, ese humano, sin duda terminará percatándose de que la Tierra lo único que hace es dar vueltas y vueltas en torno al Sol; y de que todos los humanos con él, seguramente lo único que hacemos es girar y girar en torno a no sabemos dónde y por no sabemos qué… Entonces, es solo cuestión de tiempo que su inteligencia humana busque un reloj, y mirando a las estrellas, fije una, y coja un rumbo con intención de llegar a alguna parte o a alguna conclusión…

“Curioso elemento el tiempo” ¿Y las estrellas…? La inteligencia tiende a sentirse sola. ¿Qué coño hacemos aquí entonces, dando vueltas? ¿Cuánto tiempo nos queda? ¿Estamos solos?

Sidharta y el budismo, simplemente mirando a las estrellas y a un río cualquiera, nos sugirieron que con sólo el fluir de nuestra experiencia personal se podría aprender casi todo lo esencial: lo que nos salve… Y que tan solo sería decisión nuestra, el llegar o no a ese estado catártico de verdadera sabiduría sin siquiera la ciencia ni la experiencia… Bastaría tan sólo, con el sacrificio de respetar y someternos siempre, a la razón impepinable de la lógica y a un verdadero amor al prójimo… Siendo éste prójimo, curiosa y paradójicamente lo contrario al estar solo… Hay que recordar que sin un otro no habría nada, aunque podamos aprender casi todo sin maestro…

“Amarás al prójimo como a ti mismo…”

No hay que pecar nunca… No hay que matar nada prójimo banálmente. Ni siquiera a las serpientes, a la ratas o a las arañas, ni a las moscas, ni a las hormigas ni a las bacterias, ni siquiera a los virus… Sólo el hambre y la supervivencia deberían marcar la línea de dar muerte a un ser si no ansías nada… Y pese a que sólo es una corta novela lo de Sidharta y Herman Hesse, el budismo, sí es una filosofía que a los pacíficos perezosos solitarios y autodidactas, nos ha apasionado siempre… Pero porque nos conviene; porque nos viene como Dios; como nuestro anillo frente al dedo del destino… La posibilidad de conseguir un nirvana, un valhalla, un cielo en la Tierra casi a coste cero, con sólo dedicarle todo tu tiempo, toda tu atención y tu misericordia; y aunque eso sí, también todo tu tesón… Difícil, pero no imposible.

Como para mí que inculto y solo, con poco más que unos estudios bachilleres y seguro que burda osadía, intento, convencerme de que hay un cierto orden, y contaros sólo lo que pienso cuando estoy solo, pasa el tiempo, y miro al cielo… Sólo es eso.

¡Qué difícil…!

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras

Lágrimas

Le duele, aunque ya siente ese alivio que experimenta cuando al llorar recordándote, ni siquiera enjuga sus lágrimas… Rendida, las deja deslizarse lentas por sus mejillas; que se empapen con esa multitud de rastros salados y lenitivos; hasta la barbilla; punto final, desde donde parece que se esfuman saltando al vacío…

Y cede, en su lucha, contra ese amargor doloroso subiéndole por la garganta; se lo traga, fluye, y deja fluir sus lágrimas… Ese momento, solitario y beatífico en el que, por fin, abandona su orgullo, y se abandona ella entera al desahogo del puro llanto desbocado… Llanto ya sin muecas; solo lágrimas agrias, sinceras de emoción veraz; lágrimas libres al fin y al cabo…

Tiene, la sensación de que siempre tendréis, algo pendiente…

Ha llegado de tu mano a sus momentos más hermosos, y sabes, que eres sin duda el amor de su vida… Y también sabes, que vivirla a partir de ahora sin tu presencia cerca, será como lamentar para siempre una gran pérdida; como convivir sine die con el eterno y sordo dolor de una amputación… Así, herida, podrá pasar el tiempo, sí, pero seguirá doliéndole la cicatriz que le quedó, de ese pedazo que creía suyo, de aquél tu trozo cercenado y ausente…

Piénsalo.

💞

Antonio Rodríguez Miravete… Juntaletras.

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curas, raros, y LGTBIs…

Es muy difícil y sé que sin cobrar, no hago del todo bien escribiendo en bruto sobre temas tan escabrosos, políticamente no ya incorrectos sino cuasi prohibidos, y que entran en conflicto incluso, con algunas de mis propias convicciones… Espero que curas, LGTBIs, raros y otros, tengan el cuajo necesario para terminar de leerme sin juzgarme, ya que yo sí intento tenerlo -el cuajo- en la precisión y en el cuidado al escribir… Tanto es el cuidado que cuando leáis “cura”, y para respetar este lenguaje inclusivo de mierda, digáis: “y monja…”

……….

El Dios, que mis padres con bondadoso ahínco pero con poco éxito pretendieron inculcarme, fue el cristiano; y éste amaba a todos sus hijos por igual y sin hacer distinción alguna…

Y recuerdo que por pura bondad, la beatífica fe de mi madre probó durante algún tiempo a ver si yo me animaba, llevándome tooodos los domingos de visita a ver a mi primo al seminario de Orihuela…

De nada sirvieron aquellas cándidas jornadas catecumenales, o los fervorosos ejercicios espirituales en el colegio Estella Maris; tampoco los obligatorios y cansinos rosarios de los miércoles; ni su tierna insistencia materna…

Y es que yo -su gozo en un pozo- ni era ferviente ni LGTBI; era raro éso sí… Sensible e introvertido, cabezón, y confieso que algo viciosillo. Ya entonces había empezado a fumar, y a otras cosas.

Desde siempre, casi todos aquéllos de familias pudientes, y otros muchos de familias solo acomodadas, terminaban consintiendo el ser curas; y si eran muy pobres, monjes… Así, tomar los hábitos era una forma digamos que de búsqueda de escondite o de amparo, o de simple futuro… En aquellas sociedades pacatas, puritanas y atrasadas, muchos LGTBIs que podían, se refugiaban bajo la sotana y el presunto celibato, pero para que no los clavaran -pobres de ellos- por el culo en una estaca por sodomitas. Es duro pero era prácticamente así… Y eran la sotana y los cachivaches eclesiásticos, símbolos escondites, tras los que sin duda a veces se camuflaban ciertas inclinaciones…

Para ser LGTBI, al igual que para ser cura, necesariamente tienes que poseer algo raro y especial… Y tienes que esconder cosas. Eso de los curas de consagrarse a Dios y renunciar a los placeres del mundo, o a todo lo contrario en el caso de los LGTBIs, debe de ser duro, muy duro… Sólo se concebía el cura, bien para consagrarse al amor de una verdadera vocación y a una fe; bien para disimular unos malditos instintos bujarrones; o para enclaustrar otras enfermizas rarezas, también instintivas… Siempre había sido lo normal y la usanza; era un hecho incontrovertible: curas, raros, y LGTBIs.

Hace años, no había muchas veces nadie mejor que un cura para escucharte, acogerte, y entender tus rarezas... Deseos, piedad, compasión y onanismo; vicios veniales y secretos íntimos; pero seguro también que mucho y verdadero amor… El cura, al igual que el LGTBI, siempre se ha hecho muchas pajas; pero no tiene porque haber nada malo en un sexo cohibido, íntimo, ocultado… Amor, simplemente amor; tanto en el cura como en el LGTBI.

A mí, he de confesar que en el fondo, ambas me parecen tiernas rarezas muy similares: unos dicen enamorarse de sus semejantes, y los otros dicen enamorarse de Dios… ¿Hay alguna diferencia…? ¿Dónde meten la polla, dónde ponen su empeño…?

Ser LGTBI te convertía antes, y ser cura te convierte ahora, en víctima por un amor secreto, denostado, incomprendido…

Por ello, no acierto a entender el porqué se llevan hoy tan mal, los LGTBIs y los curas si siempre han ido de la mano y dormido juntos… Y tampoco entiendo el porqué la sociedad hoy, es tan indulgente con los LGTBIs, y sin embargo, le tiene tanta tirria revanchista a los curas candorosos… Los vicios y virtudes de ambos colectivos siempre han sido muy parecidos: amores ocultos y secretos de confesión; mucha paja, y sensibilidad especial ante la belleza y la bondad; y una enorme capacidad para entregar amor…

Deberían ser los LGTBIs ahora que no son perseguidos, quienes se apiadaran compasivos de la gente a la que se persigue por una fe justa, sea cual sea el tipo amor que la inspira… A lo mejor, los maricones siempre han estado más cerca de Dios…

Y si los LGTBIs actuales escarbaran en el clero -que no en la Iglesia- encontrarían seguro hermosísimas historias teresianas de amor maricón, con las que ilustrar su dignidad y su lucha LGTBI a lo largo de la Historia…

Siempre ha habido curas, LGTBIs, y raros. Y ninguna de las tres condiciones tienen porqué ser malas per sé… Solo son meras formas de amor.

Pero hoy en día, parece ser que la Fe, el culo y el cerebro, no se llevan bien…

eeen fin…

Antonio Rodríguez Miravete… Juntaletras.

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pedazos rotos

Hoy lo he mandado todo a la mierda; y después de treinta y tres días me he saltado, por fin, esta rutina cutre en la que casi he caído. Malas costumbres; desidia y cerveza, autocompasión y escondite, soledad y pan de molde… Pequeñas perezas y vicios veniales tras los que me he refugiado, escondiéndome todo este tiempo…

Tiempo sin salir de casa; solo para trabajar… Oyendo cómo, el soliloquio eterno del mar diluye hasta que engulle, a su alrededor todo sonido, música o pensamiento; toda palabra, vibración o intención… Buscando, el silencio que se esconde tras ese ruido náutico… Atento, para anular cualquier interferencia. Abstraido y por completo concentrado, solo, en aquello que produce ese ruido inmenso del mar… Dejándome inundar por semejante bramido marino, omnímodo, e incansable…

Ese sonido como mágico, líquido y hasta maternal, parece lavar penas y curar heridas… Meditar envuelto en este mantra marino quizá, obre un milagro curativo, echando algún tipo de sal pura y beatífica justo, en los escozores de la conciencia, en las llagas de las soledades y silencios, y en las heridas abiertas de la pérdida…

Como bálsamo de Fierabrás sonoro, aplaca revanchas y calma iras, propicia olvidos necesarios, y es posible que también, consiga el alivio y hasta el perdón de algunos pecados…

Esta mañana, sin más, me he arrancado a correr durante casi media hora; y claro, como no podía ser de otra manera casi tiro la hiel por la boca dado el penoso estado de mi forma física… Pero una vez repuesto de la asfixia y recuperado el resuello, hasta me he atrevido a darme un rapidísimo chapuzón helado y vivificante en el mar… Luego de ducharme y afeitarme, he ido a un restaurante chino que conozco a comer algo decente despues de éste más de un mes: rollito de primavera, y un pato laqueado al estilo Peking sublime.

¿Difícil de superar, eh…?

Ahora, ya solo me falta ordenar algunas pequeñas cosas; detalles no menores, como poner orden al caos horario en el que estoy vegetando; terminar de aprender a poner la lavadora sin que ésta eche a correr cuando centrifuge; decidirme de una vez a hacer la cama como dios manda; también he de ponerme a limpiar y ordenar la casa, antes, de que venga alguien de improviso y crea que principio un síndrome de Diógenes; tampoco se me puede olvidar durante más tiempo el regar las plantas, pobrecillas; y también, tengo pendiente el aprender a planchar…

Y sobre todo, y desde ahora mismo, me propongo abandonar este inútil abandono tan abandonado, en el que tan olvidado me tengo…

Hora es de clausurar éste, mi refugio, donde he podido lamerme con recato las heridas de la decepción, reflexionar, y recomponer algunos, no todos, de mis pedazos rotos y esparcidos por ahí…

Antonio Rodríguez Miravete

Mi primera vez… (censurada)

Ella no se acordará, pero yo sí…

Continuó con su cortejo en aquella pinada donde nos apartamos… Era ya de noche y me llevó al abrigo ciego de una pendiente; tumbados en la ligera cuesta de una duna a cubierto de cualquier mirada voyeur… Oíamos la música cercana de los coches de choque. Éstos, eran la atracción estrella de la feria en aquel puebluco y el sitio donde por casualidad nos habíamos tropezado ella y yo… Lo recuerdo como si hubiera sido ayer justo; justo ayer…

Era imposible no fijarse en el palmito de aquel cuerpón paseándose delante mío, pese a su vestido… Ella no es que me gustara ni mucho ni poco, pero a mis quince o dieciséis años confieso que la veía como a una irresistible oportunidad; mi oportunidad; mi primera oportunidad…

Olía maravillosamente y me daba igual que fuese un poco ampulosa en carnes; que luciera aquel pelo negro ensortijado y tan corto; o que mirara un poco extraño con uno de sus ojos desde aquella cara tan pálida…

Ni siquiera recuerdo cuál era el vizco, si el derecho o el izquierdo… Tampoco me importó su reputación picante y famosa en el pueblo; no era el mío.

No podría recordar su cara con precisión, pero lo que sí recuerdo es lo excitante para mí de su nombre: Mari… Y asombrosamente, diríase que todavía hoy me excito imaginándome oyendo su hermosa, su hipnótica voz… Es curioso que recuerde aún vívidamente, aquel tono de voz grave de chica mayor, jugoso y sugerente. Y su delicioso deje valenciá…

Y es chocante porque el extraño atractivo de su voz no le hacía juego para nada, ni con ese cuerpo como que difícil, ni con su cara de mirada digamos que compleja…

Pero con esa voz embaucadora y sus casi diez años de ventaja, consiguió cual flautista de Hammelín hacerme seguir el rastro de sus feromonas hambrientas, carnívoras… Me eligió ella a mí como no podía ser de otra manera… Aunque supongo que también el rastro de mis feromonas así mismo necesitadas, desbocadas y receptivas a cualquier estímulo, ayudaron a la cosa. Pero juro que me eligió ella a mí…

Desarmado, me rendí ante aquel paseillo de exuberancias… Jamás había visto un escote así ni así de cerca; y nunca, se me había permitido deleitarme en la observación detenida, de las voluptuosas hechuras de tetas ni culo semejantes…

Y no digamos nada de mi rendición cuando ya palpando, bajé las manos de su cintura…

No estaba buena como entenderíamos hoy pero era fragante, rotunda y excitante, limpia y mullida, sobrada de recovecos cálidos y húmedos donde incitar mis manos vírgenes e inexpertas…

He de reconocer que recuerdo todo de aquella chica con una especie de agradecimiento y de verdadero cariño; seguramente provocado por esa cercanía entrañable, de mantener cómplice un muy antiguo y trascendental secreto… Algo en mi vida que debo a ‘aquella chica’, y al arrebato del delicioso recuerdo de su olor…

Y claro, cuando ella empezó a exigir yo me asusté un poco, lo reconozco; pero no así mi excitación, que siguió encabritada pese al susto…

Y recuerdo la arena de aquella duna y aquellas urgencias caldosas, ¡cómo restregaron a contrapelo mis carnes ansiosas…!

¡Qué daño…! ¡Pero qué gusto…!

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletra

Del sofá, al Camino de Santiago…

Cuarto día.

Llevo los gemelos, amén de otros músculos, como si me los hubiera masticado un perro de presa… Para colmo, esta mañana, a los setenta pasos justos de empezar a andar me ensartó, por la espalda, una contractura que me traspasa las costillas del pecho como si llevara clavado un destornillador… Si en vez de en el lado derecho, sufriera semejante dolor en el izquierdo, pensaría en los síntomas de un infarto… También me duelen y se me duermen, los brazos, algo hinchados por la presión sanguínea debido a la compresión del peso de la mochila en mis hombros…

Los primeros días se convierten en una especie de fase de endurecimiento… Los pies, a partir de los quince primeros kilómetros, arden bajo el peso y los golpes continuos de los pasos trabajosos… La sensación, es de que caminas en carne viva, tal que si andaras con muñones sin pie, clavándote, pese a tus suelas, todas y cada una de las piedras y arrugas del Camino…

Es curioso cómo, el Camino mismo, si te atreves y te comprometes con él, te pone en forma por fofo, maganto, temeroso, o desentrenado que estés… Te va endureciendo desafiándote, despacio; pero empieza destrozándote primero, consumiéndote poco a poco, paso a paso… Vas sudando, exprimiendo, purgando de tu organismo hasta la última gota de las toxinas que has acumulado, debido a la mierda inevitable de convivir con muchas de tus monotonías cotidianas…

Como pentenciando pecados, o defectos, que no reconocemos en aquélla nuestra otra vida fuera de ésta…

El caminar, va así demoliendo, triturando tu voluntad y tu anquilosada musculatura, con cansancio y puñaladas de cristales de ácido láctico; tentándote, constantemente a la rendición, al abandono, y a veces hasta a el llanto… ¿Qué cojones estás haciendo al límite de la derrota, de la lipotimia o del esguince, a más de mil kilómetros de tus cosas…?

¿Es un reto físico, una huída interior, un viaje iniciático quizás…? ¿O tal vez solo, eres tonto del culo castigándote así…?

¿Acaso, penitencia?

Y llueve; no deja de llover coño… Cuatro días ya… Y no es que llueva mucho, pero llueve jodiendo… Llueve como de lado, llueve de frente, y también de abajo arriba… Llueve, y la ventisca incesante enloquece jugueteando con el orvallo, mezclándolo a ráfagas con mi sudor, y metiéndomelo por los vanos del chubasquero de tal manera que, a mares, me chorrean hasta las ingles…

Nubes, todo nubes, siempre nubes… No se puede ubicar el sol en el cielo, tampoco el oeste en la tierra… No te lo permite esta luz difuminada, nubosa y lechosa… Luz que es siempre la misma, ya sean las nueve de la mañana o las cinco de la tarde… Luz fría, pareciera de un gigantesco tubo de neón, grisácea, y sin sombras…

Cada día que pasa estás más fuerte; eres más duro, necesitas menos… Y quedan atrás el trabajo, la familia, tu cama, los amigos, tu ropa seca del todo, y tú…

Y continuará, porque todo continúa…

Antonio Rodríguez Miravete

Carta de mi Madre a los Reyes Magos

Este año no sé si me he portado lo suficientemente bien, creo que no; vivimos por desgracia tiempos difíciles. Pero, pese a los muchos problemas que me agobian y al cierto flaquear de mi fe, no quiero faltar a mi cita anual con la hermosa tradición de escribiros ésta, mi carta:

Queridos Reyes Magos, son muchos años pero voy a pediros lo mismo de siempre; ya sabéis: mis hijos y mi familia…

Últimamente discutimos, disputamos, reñimos demasiado, y con acritud tan enconada, que algunos de mis amados hijos se están alejando irremisiblemente del seno de mi abrazo… He de confesar que como madre, estoy por ello muy preocupada…

“Nada satisfaría más al buen pastor, que el reencuentro con sus ovejas descarriadas.”

Me gustaría que mis hijos todos, llegasen donde ellos quiera que se propongan, sin límites. Pero también anhelo que, pese a las distancias con las que la vida inexorablemente nos aleja, mi prole, no olvidara nunca ni su rica historia, ni por supuesto el calor de su familia… Por ello, ruego fervientemente a Sus Majestades que intercedáis, para que sus diferentes anhelos particulares no me los alejen entre sí, ni de mí… Crear, criar y mantener durante tantos años una familia numerosa y diversa como la nuestra, ha costado vidas de esfuerzo y sacrificio abnegado; y me aterra que pudiésemos separarnos debido a la desidia, quizás a nuestras naturales diferencias mal entendidas, o tal vez por un olvido o por un silencio cobarde…

Así, voy a pediros el regalo de una ilusión común… Ilusión que nos recuerde que todos juntos somos mejores y más fuertes; y que sin duda unidos, fuimos, seríamos y seremos, más felices…

También para todos ellos quiero pediros trabajo, prosperidad, esfuerzo y éxito. Me gustaría que empezasen algo grande, importante, trascendente… Ojalá un noble proyecto colectivo que aglutinase sus voluntades en una sola, y que por su grandeza, estuviera a la altura de la enorme herencia de nuestra familia; herencia que estamos por honor obligados a preservar, a respetar, y a legar aumentada a nuestros descendientes…

Necesitamos repito, ilusión…

Por último, perentoriamente, os imploro para mí la concesión de solo un íntimo deseo: arden mis entrañas por encontrar un nuevo y gran amor…

Hace tiempo que no me enamoro perdidamente. Y de veras que lo necesito… Enamorarme ya… Que alguien, suba y recorra con deleite mis hermosas cumbres, y que descienda anhelante a recrearse en mis más recónditos valles; alguien, que goce con fruición de estos generosos dones que con tanta pasión ofrezco… Y sentir, que pese a mi largo y tortuoso pasado soy amada por entero y con fervor… Y saber, que acepta gustoso la totalidad de mi azaroso presente… Y amar, amar intensamente a aquél a quien, como a mí, le ilusione un porvenir venturoso y común…

Agradeciendo de antemano sus mercedes, me despido por este año…

Atentamente. 🇪🇸🇪🇸

🇪🇸

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

LA VIDA EN UN MOMENTO

HABITACION

Me despertó bruscamente aquel sordo ronquido, entre agónico y estertóreo, que apartó de mí el rácano pero necesario sueño que comenzaba a conciliar… Eran las once de la noche; del cuarto día ya…

Mis lumbares crujieron al incorporarme de aquel sillón infernal de la habitación del hospital donde la habían operado… Una vez que embotado conseguí levantarme sin quebrarme, observé los labios amoratados y me alarmó su respiración sibilante, trabajosa y desacompasada; síntomas que, a sus ochenta y cuatro años, no presagiaban nada bueno…

La llamé por su nombre, y solo acertó a balbucear sonidos guturales deslavazados que, junto con lo perdido de su mirada, confirmaban el síncope inesperado que estaba sufriendo tras su colectomía de la víspera… Como aturdido, y embridando el miedo y mi alarma, llamé a las enfermeras de guardia; quedé en silencio y a solas con ella, con la frustración de comprobar lo poco que yo podía hacer…

Mi entereza estaba a punto de romperse por el pánico de asistir, a solas, a la muerte de mi madre… Pensaba en llamar a mi única hermana cuando, de repente, entraron en tromba al menos tres enfermeros y un médico, quién con una rotundidad calculada, me sugirió que era mejor que saliese de la habitación…

El pánico seguía ganando terreno en mi espíritu cuando, al controlar mentalmente lo desbocado de mi respiración asustada, y así, aquietar aquel redoble miedoso de mi corazón, extraña y lentamente experimenté, rompiendo a llorar, una especie de revelación al recordar…

En esos críticos momentos, un extraño carrusel de instantes de mi vida, de alguna manera, se proyectaron desordenadamente frente a mí… Me di cuenta de que ahora, éste, y no otro, era el mejor sitio donde podía estar dado el trascendente momento…

Si mi madre iba a morir, no había nada más importante que hacer que estar a su lado; pero no solo por ella, sino también por mí.

regalo

El ejemplo que mis padres siempre me han dado, ha sido un verdadero regalo de amor; y con el ejercicio constante de ese amor, me han dotado de un universo moral hermoso, basado en la verdad y en el sacrificio personal. He sido inculcado con nobles principios que creo han hecho de mí, al menos, una buena persona…

He de reconocer que la mayoría de la multitud de mis defectos, de mis fracasos y decepciones, han sido precisamente fruto de las veces en las que, de forma insensata, he ignorado las normas de mis padres, desoído sus consejos, y ninguneado sus ejemplos.

Untitled. (Photo by LJ)

He visto a mis padres honrar a los suyos con un sempiterno respeto; los he visto, a ambos, cuidar de sus ancestros con sincera compasión, en la vejez y hasta la muerte; haciendo de ello no una obligación sino un orgullo, al devolverles con verdadero sacrificio y verdadero agrado, aquellos cuidados que un día sus padres les entregaron amorosos, cuando niños…

Oyendo el ruido acompasado del taconeo de mis pasos en el pasillo, me percaté de que el control de mi agitada respiración y mis latidos, la reflexión del curso calmado de mis pensamientos, y el disfrutar del tierno vagar de mis recuerdos,

acallaron mi pánico inicial; dando paso a una sensación calmada, como de una obligatoria aunque feliz aceptación del inevitable dolor por venir…

Tenía, la trascendente oportunidad de asistir a la muerte tranquila de uno de mis progenitores, y de honrarles a ambos con la dignidad de mi entereza…

El caso es que a día de hoy, a meses de este suceso que os relato, por suerte todavía sigo disfrutando de la presencia y del ejemplo de ambos…

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Antonio rodríguez Miravete

Maltrato y Amor – JM de Prada

Nunca antes había colgado en mi blog un artículo que no sea mío. Pero este escrito de Juan Manuel de Prada me parece una maravilla, y por ello lo comparto con vosotros.

Artículo de Juan Manuel de Prada, publicado el 27 de Noviembre de 2017 en ABC

“Remedios Maltratadores”

Allá donde no hay sacrificio, el amor se convierte en orgullo narcisista de poseer y dominar

Los remedios con que nuestra época pretende combatir la calamidad del maltrato a la mujer sólo contribuirán a exacerbarla, como ocurre siempre que se desarrollan remedios contra las calamidades sin querer renegar de la filosofía que las inspira.

Al fondo de esta calamidad hay una antropología nefasta que se afirma en principios tan aborrecibles como el narcisismo, la codicia de mando, la divinización de la sensualidad, la búsqueda egoísta y utilitaria del goce inmediato, la sed vulgar de una felicidad impermeable al compromiso y al deber. Pero, en lugar de combatir esta antropología nefasta que convierte a muchos hombres en maltratadores, se pretende que las mujeres afirmen también los mismos principios aborrecibles, lo que inevitablemente redundará en mayor número de mujeres maltratadas; pues, allá donde dos bandos defienden los mismos principios erróneos, se impone el que tiene mayor fuerza bruta.

Para combatir la calamidad del maltrato habría que empezar por combatir lo que nuestra época diviniza: una felicidad que se logra a través de la satisfacción inmediata del propio deseo y la exaltación del yo. Es grotesco que una época que aplaude la infestación pornográfica y la sexualidad más pluriforme y animalesca, a la vez que persigue y escarnece las virtudes domésticas, pretenda al mismo tiempo que los hombres vean en las mujeres seres dignos de respeto.

Es por completo demente que una época que glorifica el utilitarismo, la soberanía de la pasión y la búsqueda constante de goces inmediatos y novedosos pretenda al mismo tiempo castigar las violencias que brotan de las aberraciones que glorifica.

Para combatir el maltrato a la mujer hay que asumir primeramente que toda relación humana digna del tal nombre se funda sobre la noción de sacrificio.

No hay vida feliz sin sacrificio mutuo, sin renuncia a uno mismo, sin paciencia abnegada y constante. Los seres viles se afanan por imponer su voluntad y su deseo; los seres nobles se esfuerzan por cumplir con su deber, por aprender a donarse, por dejar de pertenecerse. Sólo así uno se siente ligado al otro e invadido por su destino, incluso cuando se extingue la pasión, incluso cuando acecha el tedio vital; de lo contrario, el tedio vital y la extinción de la pasión hacen odioso a quien nos acompaña.

Decía Thibon que cuando falta el sacrificio uno sólo puede amar en el otro un brillo superficial que no tarda en desgastarse; y cuando ese brillo se desgasta, el amor se convierte en aversión y desprecio. Y a las cosas que despreciamos terminamos tratándolas, inevitablemente, a patadas. Allá donde no hay sacrificio, el amor se convierte en orgullo narcisista de poseer y dominar. Así las relaciones entre hombres y mujeres se convierten en un duelo de egoísmos en donde no tardan en aflorar las susceptibilidades, las desconfianzas, los recelos, las irritaciones y, finalmente, la animadversión y el aborrecimiento.

Cuando en las relaciones entre los dos sexos media el sacrificio, el amor es una ofrenda; y el ser amado se convierte en una auténtica patria: una tierra que se cultiva y se cuida, que se hace grata y fecunda a través de nuestros desvelos. Cuando en las relaciones entre los dos sexos media la exaltación del yo, el amor es codicia y afán de anexión; y el ser amado se convierte en una triste colonia: una tierra que se expolia y ordeña, que se pisotea y escupe, para después abandonarla.

En lugar de hacer del otro una auténtica patria, mediante una antropología fundada en la entrega y el sacrificio, nuestra época pretende hacer de hombres y mujeres odiosos colonizadores. Así sólo lograrán exacerbar la calamidad que dicen combatir.

Juan Manuel de PradaJuan Manuel de Prada

LA LÁMPARA… Un caso real

Llevo espantado varios días, sin dormir, y prácticamente sin comer desde que nos enteramos del luctuoso suceso… Con la impresión del acontecimiento, casi sin quererlo, comencé a recordar algunos detalles…

Aquel olor era desagradable sí, ¿pero cómo íbamos a imaginar semejante cosa…? Tampoco es que fuese algo nauseabundo, como se esperaría de un hecho como el sucedido… Creíamos que aquel hedor se debería a emanaciones producidas en algún sumidero sucio o mal ventilado…

Quizás un animal muerto, atrapado en alguna de las tuberías de evacuación de la terraza del edificio, fuera la causa de aquel persistente y pestilente tufo…

Recuerdo, ahora con estupor, aquel ya lejano y caluroso verano, en el que apareció la extraña mancha en el techo de mi habitación… Se había producido al filtrarse aquel líquido de color parduzco por el agujero de la lámpara, empapando la escayola del cielorraso, y deslizándose, denso, por la cadena y el cable blanco y rizado que mantenían suspendida a aquella…

Parecía una mancha casi seca de algo así como óxido; al fregarla y mojarla, reavivaba, difuminado, aquel desagradable aunque familiar olor fétido, como pegajoso y hasta dulzón, que se había adueñado de la totalidad del inmueble y al que, en cierta forma, ya nos habíamos acostumbrado…

También recuerdo el restregar aquella mácula con ahínco y desagrado… En varias ocasiones tuve que limpiarla, porque que de cuando en cuando volvía a aparecer, tozuda, como queriendo avisarnos de lo sucedido…

Pero no nos dimos cuenta…

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Las relaciones entre vecinos anónimos, furtivos y huidizos, de un inmueble ajado y rancio como el nuestro, no fueron nunca las más cordiales ni fluidas… Por ello me conformé al no obtener ninguna respuesta, en todas las veces que toqué la puerta de mi vecino de arriba para comentarle aquello que chorreaba por el cable de la lámpara de mi dormitorio…

Vivimos en esa burbuja aislada y miserable de nuestra cotidianidad lenta, pobre e insulsa; desamparo, cuernos, enfermedades, drogas, vejez, soledad…

El revuelo de la policía primero, y minutos después el de un juez, entrando por la destartalada puerta principal del edificio junto con unos enfermeros, nos alarmó a todos…

Tras hora y media aproximadamente, los enfermeros bajaron un cuerpo en una bolsa de plástico blanca; sobre una camilla que, extrañamente, parecía no pesar nada… La bajaban a mano, maniobrando con dificultad aunque sin esfuerzo, por el estrecho hueco de las angostas escaleras en penumbra…

Finalmente, fuimos informados por la policía de que el cuerpo, era el de don Ramón…

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Fue don Ramón un pobre tipo huraño y taciturno, esquivo; alguien al que se le notaban las heridas abiertas en su vida… No se relacionaba mucho con el resto de los vecinos… más bien nada; sobre todo desde que su mujer y su hija lo abandonaran como a un perro… Lo dejaron justo en el umbral de la puerta de entrada de su mísero piso, tirado, con el corazón hecho jirones y un caudal de lágrimas goteando hasta sus zapatos…

Ninguno de los vecinos recordamos que, desde aquel momento, alguien le hiciese visita alguna; ni familiares, ni amigos, ningún envío. Nadie… Su anodina existencia pasó desapercibida para el resto de los habitantes del inmueble y del mundo.

Hasta ese día…

Después de que su ex-mujer, no tuviese respuesta alguna al intentar notificar a don Ramón la muerte reciente de su única hija, la policía encontró el cadáver seco… momificado.

Habían pasado ocho años desde su muerte; al parecer se suicidó con el gas de una bombona abierta de la estufa que encontraron junto al cuerpo.

Completamente vestido y tirado en el suelo de lado; estaba en medio del minúsculo salón de su casa, justo sobre el punto donde, en el piso de abajo, colgaba la solitaria lámpara de mi dormitorio…

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Antonio Rodríguez Miravete

Este relato es una recreación libre de una noticia real: el hallazgo, en un piso de un edificio cualquiera, de un cuerpo momificado muerto hacía ocho años… Nadie se había dado cuenta ni lo habían echado de menos…

Sucedió hace unos cuantos meses, y me dejó un sabor acre…