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¿Cómo se hacen los niños?

Todavía recuerdo aquella mañana de domingo, en la que se ve que me desperté algo más temprano de la cuenta; y como siempre hacía, fui a retozar un rato en la cama de mis padres. Tendría yo siete u ocho años… Al ir acercándome al dormitorio, sin duda, noté algo raro… La puerta estaba entornada al máximo; y tanta oscuridad en la habitación se debía, a que también las persianas estaban casi completamente cerradas. Me paré, indeciso y furtivo ante el umbral de la puerta… En completo silencio la empujé, poco a poco, lo justo para colarme. Y la vista se me fue acomodando a la oscuridad…

Nada se percató de mí, y no sé porqué me agaché y volví a entornar la puerta…

¡Qué extraño! En vez de encontrarme dos personas durmiendo bajo las sábanas, como sería de esperar, apenas distinguí entre la penumbra una especie de bulto semoviente, blanquecino; algo grande e informe… Algo, envuelto bajo los pliegues de la inmensa sábana de aquella cama… Y como que palpitaba el bulto ése; pero con impulsos lentos, diríase acompasados y muy sigilosos… Se movía aquello en una especie de caótico y suave vaivén; un subibaja repetitivo; piiim pam, piiim pam… Y sólo se oían lo que me parecieron como cuchicheos guturales, o gruñidos suspirados, o reprimidos; y una especie de bisbiseos ininteligibles…

No, no lo tenía claro… Viendo lo visto y muy extrañado, no me atreví a interrumpir aquello…

Así que, con un silencio ofídico y volviendo lentamente sobre mis pasos, regresé a mi cama pensativo y atribulado…

Dejé transcurrir la mañana hasta que los oí removerse; y noté, que lo hicieron tarde y de muy buen humor… Desayunábamos ya a eso las diez de la mañana, cuando me preguntaron extrañados el porqué, de no haber ido esa mañana a jugar con ellos en su cama…

– Me había quedadooo, durmiendo…

El recuerdo de lo acontecido, no me dejaba parar de mirar constantemente a mi padre… Estuve toda la mañana creyendo detectar algo extraño entre sus gestos, o quizá en sus facciones; le observaba con detalle, sin que él se apercibiese… Me parecía verlo como más chulo y hasta más guapo; diferente… Creo, que hasta noté un extraño brillo que parecía aureolar su figura… No sé, serían cosas mías.

Y mi madre, si te fijabas, también lucía enigmática, distinta, contenta…

¿Cómo se hacen los niños..?

Si habéis tenido hijos sabéis, que cuando llega el momento, es ésta una pregunta que a no ser que llevéis mucho cuidado, te enreda en un nudo dialéctico y didáctico del cual es difícil salir airoso ante a tu crianza… Que si París y el amor; que si el papá y la mamá porque duermen juntos; que si aquellos monos del zoo; que si el huevo y el pollito; que si las chicas porque los chicos; o que si la manida cigüeña… Un problema.

Pues imaginaos a los niños en mi infancia… Hace cuarenta años cuando preguntabas por asuntos de cintura para abajo, todo eran silencios; sapos y culebras… Es decir, o no te decían nada; o como mucho, te contaban alguna filfa para salir del paso y que te callaras… Sí, pero no. Y como fueses descarado, incluso te llevabas un buen cuesco o un pellizco, dependiendo si le preguntabas a papá o a mamá…

Estábamos solos, ante un tupido velo de puritanismo cándido. Te enfrentabas a un páramo sexual, ignoto… Las chicas con las chicas; los chicos con los chicos; aquéllas, eran siempre un completo misterio… Descapullar era un verbo imposible; y si tú mismo te la tocabas mucho, se te reblandecían las rodillas y los nudillos; y te salían, unos granos en la cara de una pus muy sospechosa… Casi todo era pecado, malo, o estaba prohibido…

Pero a diferencia de hoy, había tanta libertad entonces, que nos saltábamos todas aquellas normas y prohibiciones veniales con suma facilidad… O bien haciéndonos a hurtadillas con las páginas más picantes del Interviú. O bien colándonos, escondidos en los retretes del cine, para después ver una película X… O mezclándonos con los mayores para ver si nos enterábamos ya de una vez, de qué coño era aquello de hacerse pajas, lo de comerse un torrao, o lo de darse un magreo…

No sabíamos nada. Y no había Internet… Subíamos sin miedo a los árboles a robar fruta; jugábamos juegos sin juguetes; salíamos en bicicleta sin cuidado, sin límites ni permiso; y aprendíamos, a estudiar con libros de verdad, o también a fumar tabaco negro sin toser… Aprendíamos…

Yo ya tendría mis doce o trece años; una tarde de verano en aquella pinada… Éramos amigos de ésos temporales; desconocidos conocidos en un par de meses de vacaciones: un madrileño, vasco, murciano, y hasta un alemán… Competíamos, en una de esas típicas exhibiciones de pichas inexpertas, propias de adolescentes salidos… Que si yo la más grande, que si la tuya la más dura, o que si la de aquél la más gorda.

– ¿Y qué se hace con ésto…?

– ¿Y los niños qué, no eran cuestión de amor…?

– ¡Pero qué amor ni qué amooor…!

– Picha en breva.

Sé, que quedé como un tontaina; pero aquella tarde, aunque me lo explicaron riéndose sentí, que en ese preciso momento me convertía en un hombre.

Y luego, muuucho más tarde, me convertí en padre…

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

Del sofá, al Camino de Santiago…

Cuarto día.

Llevo los gemelos, amén de otros músculos, como si me los hubiera masticado un perro de presa… Para colmo, esta mañana, a los setenta pasos justos de empezar a andar me ensartó, por la espalda, una contractura que me traspasa las costillas del pecho como si llevara clavado un destornillador… Si en vez de en el lado derecho, sufriera semejante dolor en el izquierdo, pensaría en los síntomas de un infarto… También me duelen y se me duermen, los brazos, algo hinchados por la presión sanguínea debido a la compresión del peso de la mochila en mis hombros…

Los primeros días se convierten en una especie de fase de endurecimiento… Los pies, a partir de los quince primeros kilómetros, arden bajo el peso y los golpes continuos de los pasos trabajosos… La sensación, es de que caminas en carne viva, tal que si andaras con muñones sin pie, clavándote, pese a tus suelas, todas y cada una de las piedras y arrugas del Camino…

Es curioso cómo, el Camino mismo, si te atreves y te comprometes con él, te pone en forma por fofo, maganto, temeroso, o desentrenado que estés… Te va endureciendo desafiándote, despacio; pero empieza destrozándote primero, consumiéndote poco a poco, paso a paso… Vas sudando, exprimiendo, purgando de tu organismo hasta la última gota de las toxinas que has acumulado, debido a la mierda inevitable de convivir con muchas de tus monotonías cotidianas…

Como pentenciando pecados, o defectos, que no reconocemos en aquélla nuestra otra vida fuera de ésta…

El caminar, va así demoliendo, triturando tu voluntad y tu anquilosada musculatura, con cansancio y puñaladas de cristales de ácido láctico; tentándote, constantemente a la rendición, al abandono, y a veces hasta a el llanto… ¿Qué cojones estás haciendo al límite de la derrota, de la lipotimia o del esguince, a más de mil kilómetros de tus cosas…?

¿Es un reto físico, una huída interior, un viaje iniciático quizás…? ¿O tal vez solo, eres tonto del culo castigándote así…?

¿Acaso, penitencia?

Y llueve; no deja de llover coño… Cuatro días ya… Y no es que llueva mucho, pero llueve jodiendo… Llueve como de lado, llueve de frente, y también de abajo arriba… Llueve, y la ventisca incesante enloquece jugueteando con el orvallo, mezclándolo a ráfagas con mi sudor, y metiéndomelo por los vanos del chubasquero de tal manera que, a mares, me chorrean hasta las ingles…

Nubes, todo nubes, siempre nubes… No se puede ubicar el sol en el cielo, tampoco el oeste en la tierra… No te lo permite esta luz difuminada, nubosa y lechosa… Luz que es siempre la misma, ya sean las nueve de la mañana o las cinco de la tarde… Luz fría, pareciera de un gigantesco tubo de neón, grisácea, y sin sombras…

Cada día que pasa estás más fuerte; eres más duro, necesitas menos… Y quedan atrás el trabajo, la familia, tu cama, los amigos, tu ropa seca del todo, y tú…

Y continuará, porque todo continúa…

Antonio Rodríguez Miravete

El grito

El sopor y la morriña que el calor provocaba en la tarde de un miércoles de agosto, en plena canícula estival, era irresistible. Las sombras caían perpendiculares al suelo, apenas rebasando el contorno de los objetos que las proyectaban, el calor espeso parecía que detenía el tiempo, lo ralentizaba pesado y pegajoso. A la hora de la siesta, en la huerta, solo se oían el crujido de mis pasos en la hierba seca y el chirriar de las cigarras…

El grito de auxilio sacudió mi pereza y mis embotados sentidos… Respondí con otro esperando respuesta para poder ubicar el origen de donde provenía. El consiguiente grito hizo cambiar bruscamente el rumbo hacia donde desorientado me dirigía…

No acertaba ver a nadie; largas filas de algodón plantado geométricamente a lo largo y ancho de un enorme bancal frente a mí, más atrás, la línea verde intenso de la acequia bordeada de cañaverales que partía en dos la finca. Volví a gritar y la consiguiente respuesta me mantuvo en la dirección hacia la que me dirigía, pero seguía sin ver a nadie. Corría alarmado a horcajadas evitando pisar las hileras de las plantas, acercándome rápidamente a la acequia, no parecía haber nadie, sin embargo los gritos no cesaban…

Llegué hasta la mota de la acequia, junto a una compuerta, ésta retenía el agua haciéndola subir de nivel hasta que rebosaba hacia una “regaera” que distribuía finalmente el líquido, progresivamente a cada uno de los márgenes del bancal. Las cañas se dejaban caer lánguidamente de las motas hacia el cauce de la acequia cerrándome la vista del mismo; estaba muy cerca del lugar origen de los incesantes gritos pero el espeso follaje me impedía distinguir nada. Finalmente pude atisbar una cabecita que apenas asomaba del nivel del agua, y unos brazos que agarraban frenéticamente cañas y follaje para mantenerse a flote, las paredes lisas de hormigón de la acequia impedían apoyarse en lugar alguno para poder izarse y salir; los dos metros largos de profundidad tampoco ayudaban…

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Al acercarme más pude darme cuenta de que se trataba de una niña. Los gritos cada vez eran más débiles debido al cansancio; el esfuerzo de mantenerse a flote y de luchar contra la corriente, que arreciaba justo en ese punto junto a la compuerta, estaban desgastando la tenacidad de la pequeña. Los remolinos del agua apretujándose por la presión, arrastraban y succionaban a la niña hacia abajo venciendo poco a poco, pero de forma inexorable, su resistencia… Me lancé al agua, con precaución para no golpearme con las paredes de hormigón de la acequia, a la vez que me agarraba de alguna de las cañas que se vencían hacia el cauce… Conseguí acerqué a ella y me di cuenta que era una gitanilla de no más de ocho años que gritaba y se agitaba como una loca.

En cuanto sintió mi contacto al agarrar su bracito, bruscamente se giró; con la agilidad de un mono me agarró ella y, literalmente, trepó primero por mi brazo, luego pisó sin misericordia mi cabeza con sus pies desnudos, arañándome e impulsándose hasta agarrar mi otro brazo que sujetaba la caña que nos sostenía a ambos. Finalmente consiguió otro agarre más arriba hasta que, con una rapidez y habilidad inesperada, en un último impulso y golpeándome sin miramientos con sus piernas, de un brinco consiguió salir del cauce…

Allí me quedé yo, hablándole para tranquilizarla, pidiéndole que me ayudase ahora ella buscando una caña robusta o algo que sostuviese mi peso para salir; me preocupaba mucho que estuviese asustada o herida, no paraba de hablarle y de pedirle que me hablase…

Tras un instante me di cuenta de que se había largado… la cría había salido corriendo dejándome allí tirado, mojado, sin ayuda y hablando solo; ni gracias…

Sin mucho esfuerzo conseguí salir de la acequia y, refrescado eso sí, comencé a “espionar” algodón.

Antonio Rodríguez Miravete

¿Qué era aquello…?

Yo la vi… Oscura, cada vez más y más grande al acercarse, sucia e informe; ¿qué era aquello? De repente la playa se llenó de extraños. En aquella época no había turismo en Guardamar como lo conocemos hoy -cuatro gatos aparte de los que veraneábamos- y éramos casi todos del Pueblo: los Galí, Balín, Pepe Barrera, Santi Soto, Yo…
Los extraños se arremolinaron en semicírculo frente a la playa, como escondiendo algo.

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De repente, una imagen que no habíamos visto nunca: hombres rana, que ahora parecerían ridículos por su primitivo equipo, emergían a unos veinticinco o treinta metros de la playa, quitándose trabajosamente sus escafandras.

Mientras, los extraños comenzaban a advertir a los bañistas de que se alejasen por precaución…

Por la mañana fuimos nosotros, en el primer baño matutino, los que descubrimos esa mancha oscura y como circular, entre la playa y la línea que delimitaban las boyas de señalización.

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Buceábamos, temprano, en una mañana radiante de mediados de septiembre en la que el verano languidecía. El agua estaba fría, muy fría, y era el mejor momento para recoger unas enormes almejas a unos cinco o seis metros de profundidad, semienterradas en la arena del fondo, a la altura de las boyas.

Nos asustamos, todo hay que decirlo, y no poco… No sabíamos qué podría ser esa cosa;

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no parecía el típico montón de algas enmarañadas por el oleaje flotando a la deriva, tampoco se parecía a ningún banco de peces pastando cerca de la orilla… Nos atrevimos apenas a acercarnos a unos cuatro o cinco metros, lo suficiente para advertir unas extrañas e inquietantes protuberancias cilíndricas… Manolo Galí, el más bragado de todos nosotros, fue el único que se atrevió a tocarla… bueno, apenas la rozó, pero era algo a lo que no nos hubiéramos atrevido ninguno, salvo él… Su tacto, duro, rugoso y metálico según nos dijo, no hizo más que aumentar nuestra curiosidad aunque también el temor que empezábamos a sentir respecto a aquella cosa; ¿pero qué era aquello…?

Una vez satisfecha en parte, nuestra normal curiosidad por esa novedad extraña en el tramo final de nuestras vacaciones estivales, corrimos a contar nuestro hallazgo. Tras el inicial revuelo, recuerdo como el padre de uno de nosotros, tras comprobar con evidente alarma nuestro descubrimiento y salir del agua apresuradamente, corrió al restaurante Valentí en busca del único teléfono que había en las inmediaciones… Al poco empezó a llenarse la playa de los extraños.

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A mediodía y tras un frenético ir y venir, comenzaron a llegar guardias civiles uniformados, lo que contribuyó todavía en mayor medida a aumentar nuestra curiosidad por el suceso. Dos o tres de los hombres rana se sumergieron de nuevo con la, nos pareció, evidente intención de sacar esa cosa a la playa…

Resultado de imagen de barco militar

Nuestra sorpresa aumentó más tarde al comprobar cómo un pequeño barco militar se situó extrañamente cerca de la playa, maniobrando durante un par de horas, hasta que “eso”, que no pudimos ver claramente debido a la distancia a la que nos encontrábamos, comenzaba a flotar de forma extraña y, enganchado con algo parecido a unas cadenas, era remolcado por el buque aguas adentro hasta perderse de vista.

Más tarde supimos que se trataba de una mina explosiva procedente de quién sabe qué lejana refriega de nuestra infausta guerra civil…

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Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.